Historia
DIODORO DE TARSO († c. 394)
Vida y actividad literaria.
Fue uno de los más prominentes teólogos de la escuela de Antioquía y en el aspecto dogmático su fundador. Tras una educación general en Atenas se preparó como teólogo y orador, estudiando los escritos y teniendo relación personal con Eusebio de Emesa. Su objetivo era doble: obtener la plenitud de la perfección ascética y ser un campeón de la fe de la Iglesia. Luchó con toda su energía para conseguir el ideal monástico, hasta el punto de que el emperador Juliano señaló su gastado cuerpo como prueba del desagrado de los dioses. El estado de la iglesia en Antioquía inspiró todo su celo como presbítero, pues no sólo Juliano, que había establecido en esa ciudad su cuartel de invierno tras su regreso de la campaña persa, restauró el templo de Apolo y usó toda su influencia para ganar a la población para el paganismo, sino que la mayor parte de la sectas heréticas eran fuertes allí también. Era el centro del arrianismo y el cisma meleciano había desgarrado la iglesia en dos. Diodoro fue defensor de la fe nicena. Naturalmente, sus escritos de los que la Iglesia siria conocía más de sesenta, eran principalmente controversiales. Iban dirigidos contra los principales enemigos de la Iglesia: paganos, judíos y herejes. De los filósofos, combatió especialmente a Platón, Aristóteles y Porfirio; entre los herejes a los maniqueos, eunomianos, apolinaristas, Sabelio, Marcelo y Fotino. Dirigió una actividad eclesiástica muy práctica contra paganos y arrianos, siendo su nombre honrado en la Iglesia oriental, aunque al precio de ganarse muchos enemigos. Incluso como laico, bajo Constancio, cuando el arriano Leoncio ocupaba la silla episcopal de Antioquía, con su amigo Flaviano, Diodoro congregaba por la noche a los fieles para la adoración. Cuando el discreto Melecio fue hecho obispo en el 360, Diodoro le ayudó vigorosamente y veló por el rebaño cuando el obispo se vio obligado a huir por la persecución arriana, yendo de casa en casa fortaleciendo la fe de los perseguidos. En el año 372 fue obligado a unirse al desterrado Melecio en Armenia. Allí hizo amistad con Basilio el Grande, uniendo fuerzas la ortodoxia de Capadocia con la de Antioquía, para asegurar el triunfo de la fe de Nicea. Seis años más tarde fue consagrado obispo de Tarso por Melecio (378). En este cargo tomó parte en el concilio de Constantinopla (381), diciéndose que impulsó la elección de Nectario como patriarca. El concilio le dio jurisdicción metropolitana sobre Cilicia. Un edicto imperial del 381 le nombra entre los obispos que habrían de decidir la cuestión de la ortodoxia nicena y por lo tanto sobre la membresía en la Iglesia católica.
Opiniones teológicas.
Por un curioso vaivén, el que había sido honrado como columna de la verdadera fe por sus contemporáneos, cayó bajo sospecha de herejía antes de que se cumplieran cuarenta años de su muerte, como resultado de la controversia nestoriana. En su deseo de vindicar la importancia del elemento humano en la persona de Cristo y en las Escrituras, en controversia con Apolinar, expuso una teoría de la relación de las dos naturalezas de Cristo que parecía disolver la persona en dos. Según fragmentos preservados de las obras cuestionadas, Contra los sinusiastas y Sobre el Espíritu Santo, distinguió entre el Logos y el hijo de David, siendo uno Hijo de Dios por naturaleza y el otro por gracia. El hijo de María no era el Logos, sino el hombre engendrado del Espíritu Santo. Como el Logos es esencialmente perfecto, lo que se dice en la Escritura (Y Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia para con Dios y los hombres.[…]Lucas 2:52) de un desarrollo sólo puede atribuirse a su humanidad. El misterio de la encarnación consiste en que el Logos asume un hombre perfecto y la relación de las dos naturalezas es que el Logos mora en el hombre Jesús, como en un templo. A consecuencia de esta relación, el hijo de David puede ser llamado Hijo de Dios, pero sólo en un sentido derivado; la adoración se debe dar a la humanidad de Cristo, pero sólo en tanto se tenga en cuenta la distinción de naturalezas. El Espíritu de Dios habitó también en los profetas, pero solo temporalmente y en pequeña medida; en Cristo habitó permanentemente y sin medida. Esta idea, basada en la enseñanza de Pablo de Samosata y Luciano, no podía contentar a la piedad y ortodoxia griega. Tras ser el nestorianismo señalado como herejía, el ataque se dirigió a la cristología de los antiguos teólogos antioquenos. Cirilo de Alejandría exigió la condenación de Diodoro y Teodoro de Mopsuestia, pero la Iglesia siria se levantó para defender a su venerado maestro, poniendo un edicto imperial fin al peligroso asunto.
No fue hasta el año 499 que el obispo Flaviano de Antioquía, presionado fuertemente por los monofisitas, se aventuró a pronunciar un anatema contra los escritos de Diodoro y Teodoro. Sin embargo, tal condenación no se halla en las actas del segundo concilio de Constantinopla (553). Pero la sospecha de herejía quedó adherida a Diodoro y la mayor parte de sus obras se perdieron. Solo los nestorianos mantuvieron viva la memoria del hombre y del teólogo, en tanto su propia existencia perduró. Hubo de tener una fuerza considerable en la exégesis, siguiendo los principios gramático-históricos de su escuela en un comentario que cubría casi toda la Biblia, destacado por el saber filológico, independencia de prejuicios dogmáticos, cuidada distinción entre las etapas de revelación del Antiguo y Nuevo Testamento, claridad y sobriedad. Sólo sobreviven unos pocos fragmentos dispersos en las catenæ, estando la mayoría en Migne, Patrologiae cursus completus, xxxiii. La mente de Diodoro no fue creativa, pero combinaba un saber extenso con una fuerte individualidad dialéctica. Incluso sus oponentes respetaron su celo por la verdad, siendo su vida irreprochable. Tiene una importancia histórica especial, por el hecho de que instruyó a más de uno de los más prominentes maestros de la Iglesia. En su escuela maduraron dos grandes Padres griegos: Teodoro de Mopsuestia, en quien la teología de Antioquía alcanzó su culminación, y Juan Crisóstomo.
