Historia

DONATO († c. 355)

Donatismo es el nombre de un movimiento cismático que se originó en la Iglesia africana a principios del siglo IV, siendo un resultado de la persecución de Diocleciano, igual que las persecuciones de Decio y Valeriano dieron origen al novacianismo.

Mapa de las iglesias de Numidia durante el cisma donatista
Mapa de las iglesias de Numidia durante el cisma donatista

Origen.
La exigencia de la entrega de los libros sagrados de los cristianos hizo la cuestión del deber algo muy complicado; un compromiso con el gobierno podía asegurar la protección del obispo y su grey, pero era casi como apostasía. La conducta de Mensurio, obispo de Cartago, se relata en su correspondencia con Segundo de Tigisis, primado de Numidia. Adoptó la táctica de entregar los escritos heréticos a los perseguidores en las iglesias, con la satisfacción del procónsul y censuró a los que cortejaban el martirio al declararse en posesión de los libros sagrados y rehusar entregarlos. Por otra parte Segundo, alabó a éstos como mártires y rechazó que hubiera que hacer concesiones. Las acusaciones vertidas contra Mensurio y su archidiácono Ceciliano en las Actas de Saturnino y sus compañeros, que son donatistas al menos en su forma actual, arrojan luz. Mensurio había tomado medidas para evitar todo lo que fuera agravar la persecución, oponiéndose a la extravagante reverencia hacia los confesores. Aunque no es seguro cuánto de las acusaciones contra Ceciliano, que muestran un odio apasionado hacia él, son verdaderas, claramente se comportó imprudentemente. La oposición fundamental latente en la iglesia de Cartago se vio aumentada por la rencilla personal, que estalló a la muerte de Mensurio. Hay diferencia de opinión en cuanto a las circunstancias bajo las cuales ocurrió la ruptura. La parte moderada parece que eligió a Ceciliano para suceder a Mensurio, recibiendo la ordenación sin esperar al primado, pensando probablemente en la ventaja de los hechos consumados y asegurándose el reconocimiento de fuera de África; pero la forma del procedimiento dio ocasión a la facción hostil a Ceciliano y a los obispos numidios. Estos últimos enviaron a Cartago como interventor (administrador de la sede) al obispo Donato de Casæ Nigræ, quien fue el auténtico fundador del cisma. Según las autoridades más confiables fue enviado antes de la consagración de Ceciliano para intervenir en la lucha en nombre de los obispos de Numidia y tal vez para retrasar la acción decisiva hasta su llegada. Su abierta hostilidad hacia Ceciliano solo hizo que la facción de éste fuera más activa y determinada. Donato consagró a Mayorino como obispo y setenta de los obispos numidios, congregados en concilio en Cartago, citaron a Ceciliano ante ellos, rechazando reconocerle aunque él expresó su disposición a someterse a una segunda consagración.

Mapa de los puntos de partida de las grandes herejías
Mapa de los puntos de partida de las grandes herejías

La auténtica brecha.
Aunque las diferencias personales fueron la causa activa del cisma donatista, su extensión y duración muestran que tenía bases más profundas. La oposición entre las actitudes rigoristas y moderadas se había manifestado ampliamente y la difusión de este cisma puramente local, que tuvo destructivas consecuencias para toda la Iglesia africana, se debió también grandemente a las nuevas relaciones entre la Iglesia y el Estado, que comenzaron en ese tiempo. En el año 313 el emperador Constantino dio un subsidio a Ceciliano y su facción, llamando la atención de sus representantes en África al cisma y ordenando que esa exención de impuestos se aplicara solo al clero de la facción de Ceciliano. Esas medidas obligaron a los donatistas a apelar formalmente a Constantino, quien refirió el asunto a Melquíades, obispo de Roma. Diez obispos de cada facción aparecieron con Ceciliano en Roma; tres galos y quince italianos actuaron como asesores de Melquíades. Como el obispo romano había mantenido desde el principio relaciones amistosas con Ceciliano, quien tenía la prioridad de consagración también en su favor, no es sorprendente que se le reconociera como obispo legítimo. Donato fue tratado como el verdadero acusado y excomulgado por haber rebautizado a gente laica y reconsagrado obispos que habían renegado durante la persecución. La forma de reconciliación fue suavizada por los obispos de la facción de Mayorino al permitirles retener sus sedes; donde hubo dos obispos en una sede, el mayor la retendría y se hallaría una diócesis en otra parte para el otro. Las cartas de Constantino a Ælafius (llamado también Ablabius o Ablavius), vicario de África y a Cresto, obispo de Siracusa, muestran que los donatistas se quejaron de que no habían sido escuchados plena y justamente en Roma. El emperador ordenó un nuevo encuentro en Arlés en 316, del que se da un relato por los obispos allí reunidos con Silvestre de Roma y en los cánones aprobados por el sínodo. La práctica africana de rebautizar cismáticos, aplicada por los donatistas a los adherentes de Ceciliano, fue desaprobada y sancionada la costumbre romana de imponer las manos. La acusación donatista de que Félix de Aptunga, que consagró a Ceciliano, había sido un traditor (uno que había entregado los libros sagrados a los paganos), la cual solo incidentalmente había sido considerada, tomó un lugar prominente. Pero el sínodo decidió que solo aquellos contra los cuales la traditio podía ser probada documentalmente fueran considerados culpables y que incluso en esos casos las órdenes conferidas por ellos eran válidas. Un sector de los donatistas se sometió a esas decisiones, pero el resto apeló una vez más al emperador, quien citó a los principales testigos y representantes de ambas partes ante él en Roma. Cuando Ceciliano no apareció, Constantino pensó enviar delegados para llevar el caso en África, o incluso ir él mismo, pero finalmente trasfirió la vista a Milán. Allí Ceciliano y su oponente Donato, (llamado el Grande por sus seguidores, para distinguirlo de Donato de Casæ Nigræ) quien había sucedido a Mayorino como aspirante a la sede de Cartago, estuvieron presentes. La decisión fue una vez más en favor de Ceciliano, pero el emperador les prohibió a los dos regresar a África, enviando dos obispos como delegados con la esperanza de restaurar la paz.

Medidas represivas contra los donatistas.
Cuando esos esfuerzos demostraron ser infructuosos puso en vigor las medidas represivas que ya había amenazado tomar. Se dieron órdenes de quitarles las iglesias a los donatistas, lo que significaba el uso de la fuerza, ya que era improbable que se sometieran voluntariamente. Al tomar posesión de una iglesia en Cartago hubo derramamiento de sangre, siendo la persecución, contemplada como marca de la verdadera Iglesia, un factor que solo incrementó el celo de los donatistas. Aseguraron al emperador que nunca tendrían comunión con Ceciliano, quedando él tan impresionado que revocó su orden y permitió a los obispos desterrados regresar. La facción cismática sacó el máximo provecho del indulto, convocándose un concilio de 270 de sus obispos durante dos meses en una tranquilizada Cartago (antes del año 340). Su organización estaba entonces confinada prácticamente a África, aunque tenían una comunidad en España y otra en Roma.
La situación cambió tras la muerte de Constantino. Constante, a quien le correspondió África, adoptó severas medidas para restaurar la unidad de la Iglesia, tras ofrecerles dinero que había sido desdeñosamente rechazado por órdenes de Donato. Pero esta vez los cismáticos respondieron a la fuerza con la fuerza. Otro Donato, obispo de Bagæ, reclutó a los más peligrosos fanáticos conocidos como circumcelliones en apoyo de su causa. La fecha de esta persecución no ha sido determinada, debiendo ser entre el sínodo de Sárdica, que intentó entrar en algún tipo de relaciones con Donato, y la muerte de Constante, posiblemente en 342. Los obispos cismáticos, incluyendo a Donato mismo, fueron una vez más desterrados y sus iglesias entregadas a los seguidores de Ceciliano. Su sucesor, Grato, en un concilio en Cartago dio gracias por la restauración de la unidad de la Iglesia como obra agradable a Dios y alabó a los siervos de Dios, Pablo y Macario, por quienes había sido realizada. El rebautismo de quienes habían recibido el sacramento según la fórmula ortodoxa fue prohibido y también toda veneración de los mártires donatistas.
Bajo Constancio no les fue mejor a los donatistas. Donato murió en el exilio y fue sucedido por el español Parmeniano. Pero cuando Juliano permitió el regreso de Atanasio y otros obispos que habían sido expulsados por la facción cortesana semi-arriana, los donatistas exigieron el mismo trato, lo cual obtuvieron como también la restauración de las iglesias, aunque esto último solo tras conflictos armados con los católicos en ciertos casos. Comunidades completas fueron ganadas para el cisma durante este periodo de tolerancia, pero con la muerte de Juliano comenzó una nueva época de represión imperial. Valentiniano prohibió el rebautismo; Graciano, poco después de su ascenso, y aún más después de 378, prohibió toda reunión de herejes y en 379 específicamente de rebautizadores, es decir, de donatistas. Esas regulaciones no se pudieron aplicar al principio en Numidia, manteniéndose el donatismo todavía como un frente sólido.

Decadencia.
Pero la decadencia del donatismo ya había comenzado. Indudablemente debió su larga existencia en África no solo a su posición más o menos nacionalista, sino al sabio liderazgo durante setenta y cinco años de Donato y Parmeniano. Las cualidades de Donato fueron reconocidas incluso por sus oponentes; era un hombre de profundo saber, de elocuencia y valor. Su obra fue continuada por Parmeniano, contra cuyos escritos va especialmente dirigida la obra de Optato. Sin embargo, Ticonio, quien fue uno de los más prominentes miembros de la secta y dejó un nombre duradero en la historia de la exégesis, rechazó las ideas extremas que prevalecieron y se pronunció contra el rebautismo. Parmeniano le dirigió un aviso y por su contumacia fue excomulgado por un sínodo donatista. No parece que formara ninguna facción distintiva. Cuándo fue formada la de los 'rogatistas', que tenían ideas moderadas, no está claro, aunque fueron perseguidos por el rey pagano Firmo en 372 o 373 por influencia donatista. De mayor importancia fue la división causada por los maximianistas, poco después de que Primiano hubiera sucedido a Parmeniano en 392. Perteneció a la facción moderada, siendo acusado por el diácono Maximiano, pariente de Donato, de someter los antiguos principios de la secta. Los extremistas convocaron un sínodo en Cabarsussi en 393, le destituyeron y eligieron a Maximiano en su lugar, mientras que un sínodo opositor en Bagæ, tres veces más grande, se adhirió a Primiano y excomulgó a Maximiano. Por ayuda secular las iglesias de los maximianistas les fueron quitadas, aunque algunas de ellas todavía existían en el tiempo de la conferencia de Cartago en 411.

Oposición de Agustín.
Cualquiera que fuera el efecto de esas disensiones, no hay duda de la influencia ejercida por el más poderoso y determinado enemigo del donatismo, Agustín, quien durante casi veinte años se dedicó a la recuperación de sus miembros. En su ciudad de Hipona eran mayoría, mostrando enconada hostilidad hacia la Iglesia que sufrió la violencia de los circumcelliones. Mediante relación personal y por sus escritos, Agustín intentó ganar a los cismáticos, pero cuando las medidas conciliadoras, tales como los sínodos de Cartago de 401 y 403, parecieron tener poco resultado, se hizo una apelación al poder secular en 404. Estrictas leyes lograron que un número de comunidades donatistas, con sus obispos, entraran en la Iglesia, pero tras la relajación de esta severidad en 409 comenzaron a recaer. Una diputación de obispos católicos obtuvo una orden imperial para una conferencia en Cartago a la que los donatistas tenían que asistir, aunque a ellos no les cabía duda sobre el temperamento del gobierno. Tuvo lugar en mayo de 411, contando con 286 obispos católicos y 279 donatistas, siendo Agustín y Petiliano los portavoces de ambas partes. Tras tres días de debate el representante imperial, Marcelino, decidió contra los donatistas, endureciéndose las leyes en su contra. En 414 y 415 se prohibió bajo pena de muerte la asistencia a sus reuniones, retirándoseles todos los derechos civiles y encargándose a comisionados especiales que velaran por el cumplimiento de estas medidas. Los escritos controversiales de Agustín muestran claramente cuán lejos estaba este método de lograr su objetivo. Pero el peligro común de los vándalos probablemente hizo que católicos y donatistas se acercaran, contribuyendo gradualmente la influencia de la enseñanza de Agustín a la debilitación del cisma. Los restos que quedaron hasta el periodo bizantino se sometieron finalmente a las nuevas medidas represivas por parte del gobierno.

Posición doctrinal de las dos partes.
La cuestión fundamental discutida en el debate solo se refería a la santidad de la Iglesia, condicionada por el estado moral de sus miembros. El novacianismo había reducido sus estipulaciones originales a la demanda de que los lapsed no deberían ser restaurados; el donatismo dio un paso más y limitó su exigencia a la cualidad de los obispos. Ambas partes apelaron a Cipriano, quien había declarado a los obispos lapsed inhábiles para ejercer sus funciones y favorecido el rebautismo, pero cuyo concepto de la Iglesia contempla su santidad descansando en su provisión de los medios de gracia. Los cismáticos habían establecido el principio de que no se podía dar lo que no se tenía, esto es, la santificación, el Espíritu Santo. Valoraron la persecución como el sello que les confirmaba como la verdadera Iglesia, mostrando la amistad de los gobernantes terrenales lo opuesto de los católicos. Su comunidad, al exigir santidad de sus obispos y miembros, era la única verdadera esposa de Cristo. Los católicos, por su parte, distinguían entre herejes y cismáticos, aunque acusaron a los donatistas de enseñar algunas doctrinas heréticas. Por lo tanto, todavía designaban a sus oponentes como hermanos, reconociendo su bautismo, pero Optato llama a su organización una cuasi-Iglesia, porque no es la católica. Les faltaba verdadera catolicidad porque estaban confinados a una región, no esparcidos por el mundo; no poseían apostolicidad, porque se habían excluido a sí mismos de la comunión apostólica. Agustín subrayó fuertemente la unidad de la Iglesia en el espíritu del amor. No insistió tanto en la subordinación al episcopado como hiciera Cipriano, pero consideró a los donatistas carentes del amor y del espíritu esencial cristiano, por el hecho mismo de haberse separado de la Iglesia. Aunque como maestro ético demanda santidad personal de los cargos de la Iglesia con no menos fuerza que los donatistas, la llama santa porque posee y comunica el espíritu del amor, aun cuando todos sus miembros no caminen perfectamente en ese espíritu. Su creencia en lo inseparable entre la Iglesia católica y los medios de gracia le llevó a la convicción del deber fraternal hacia ellos de 'obligarles a entrar' (Entonces el señor dijo al siervo: "Sal a los caminos y por los cercados, y oblíga los a entrar para que se llene mi casa.[…]Lucas 14:23).

El fracaso de todos los esfuerzos para solucionar la controversia donatista se debió en gran manera al espíritu irreductible de los donatistas y a lo impracticable de sus demandas. No tendrían comunión con ningún individuo o cuerpo de cristianos que no se uniera con ellos en las acusaciones que hicieron contra Mensurio, Ceciliano, Félix de Aptunga, etc., y en la condenación de los hechos alegados. Más aún, excomulgarían a todos los que no excomulgaran a Ceciliano, Félix y ayudantes directos. La mayoría de ellos rechazó reconocer la validez del bautismo recibido de manos de cualquier obispo o presbítero fuera de la comunión donatista e insistieron en el rebautismo de todos los que entraran en su grupo. Los católicos solo armonizarían con ellos si se sometían completamente, repudiando su bautismo y ordenación y excomunión de los otros católicos.