Historia

DURAND DE ST. POURÇAIN († 1334)

Durand de St. Pourçain (Durandus de Sancto Porciano) nació en Saint Pourçain en Auvernia en el siglo XIII y murió en Meaux el 10 de septiembre de 1334.

Su vida.
Ingresó en la orden dominica en 1303. En 1312 obtuvo una licenciatura y fue llamado a Aviñón como lector curiæ y magister S. Palatii, permaneciendo allí algún tiempo. En 1317 fue hecho obispo y en 1326 lo fue de Meaux. Durante los últimos años de su vida estuvo en oposición a Juan XXII a causa de su enseñanza sobre la visio beatifica, declarando un judicium magistrorum theologiæ in curia existetium 11 de sus artículos objetables. De sus escritos sólo uno tiene importancia, el comentario exhaustivo sobre las "Sentencias" de Pedro Lombardo, que él comenzó, según su propia declaración, mientras era joven y lo acabó ya siendo anciano.

Independencia como pensador.
En la controversia entre las tendencias científicas de su tiempo, Durand ocupó una posición crítica independiente y no se adhirió a ninguna escuela, una posición por la que obtuvo el nombre de Doctor resolutissimus. Aunque las declaraciones dogmáticas que tenían autoridad en la Iglesia eran totalmente autoritativas para él, distingue claramente entre lo que es realmente una declaración eclesiástica y lo que comúnmente se deduce de ella, siendo lo primero y no lo segundo vinculante. Además, la autoridad de cualquier maestro individual debe estar abierta a buenas razones contrarias. Especialmente esto es verdad (como él señala en referencia indudable a los colegas de Tomás, que le hicieron el teólogo absolutamente autoritativo de la orden, Præf. in sent. no. 12) con respecto a cada maestro moderno, pues "todo el que desprecia la razón por causa de la autoridad humana cae en necedad animal." Todavía más decidida es la posición de Durand contra las autoridades extra-eclesiásticas; "no es parte de la filosofía natural saber lo que Aristóteles u otros filósofos pensaron, sino que lo esencial es la verdad del asunto; allí donde Aristóteles se aparta de la verdad del asunto no es ciencia saber lo que Aristóteles pensó, sino más bien error" Præf. in sent. qu. 1, no. 6).

Posición filosófica.
Como todos los teólogo de ese tiempo, Durand tiene algo que decir sobre la cuestión de los universalia. Pero su posición no es clara porque el comentario fue compuesto durante un largo periodo, en el cual sus ideas experimentaron cambios. De ahí que Prantl señale (p. 292) que sólo se aproxima a las ideas nominalistas y Baur (Kirchengeschichte des Mittelalters, p. 377) que las premisas del nominalismo se encuentran en él. No obstante, cada entidad real es para él meramente una entidad individual (II, dist. 3, qu. 3, no. 9). Los conceptos generales no son meramente cosas, ya que designan congruencias que se encuentran entre cosas diferentes, pero esas congruencias no retroceden a algo realmente común, por tanto: "La unidad de un universal en sus particulares no es una unidad de la cosa sino una unidad de relación, tal como la entidad es una entidad de relación" (I, dist. 19, qu. 4, no. 10; comp. II, dist. 3, qu. 3 no. 16). Por esta razón también la muy disputada cuestión del principium individuationis se convierte para él en nula y vacía, porque da por hecho que cada cosa real procede como tal de lo individual y es individual (II, dist 3, qu. 3, no. 15). Desde este punto de vista Durand debe ser considerado un nominalista, aunque esto no se desprende de todas las partes. Pero por otro lado no se puede decir que las ideas teológicas de Durand se han de ser trazar a su nominalismo, ni siquiera a sus ideas filosóficas en general, pues él mismo no lo hace. Sólo se puede admitir una cierta tendencia correspondiente en su pensamiento sobre ambas esferas. Durand permite que sus ideas se desarrollen por doquier desde una crítica de sus predecesores, pero esta crítica, aguda como es, descansa tan poco sobre principios firmes que a duras penas se puede hablar de un sistema personal suyo. Como dominico comienza en primer lugar a partir de Tomás, pero en puntos esenciales se liberó del tomismo e impulsó en muchas direcciones una senda semejante a Escoto, sin convertirse en escotista. Por ejemplo, no comparte con él la posición fundamentalmente importante de la voluntad antes de la inteligencia. Sobre la cuestión de si la teología ha de ser considerada ciencia, se desvía de Tomás, afirmando con énfasis que para la mayoría de las declaraciones teológicas es imposible una demostración científica; ni siquiera admite con Escoto la posibilidad de una refutación satisfactoriamente científica de las razones contrarias (IV, dist. 11, qu. 1, no. 6). Consideraciones añadidas le llevaron a la conclusión de que la teología no es en ningún aspecto una ciencia en el sentido estricto, sino sólo en el sentido amplio, porque se puede llamar ciencia a una disciplina que descansa en proposiciones verdaderas, aunque no son evidentes para el razonador. En conjunto se puede percibir en Durand una percepción de la distinción entre fe y conocimiento. Tomás imaginó que él podía tender el puente que salvara el abismo entre ambos, ya que la fe, en tanto descansa en la autoridad divina, la concibe bajo el punto de vista del conocimiento, y de hecho de un conocimiento cuya certeza es mayor que la de todo conocimiento de la razón natural (Summa, p. I, qu. 1, art. 8, ad. 2). Sin embargo, Durand dice (II, dist. 23. qu, 7, no. 10) "hay muchas condiciones de conocimiento y acción en nosotros más ciertas y mejor conocidas que la fe."

Su teología.
Característica del modo de consideración moralmente serio, pero religiosamente frío, de Durand es su respuesta a la cuestión (IV, dist. 1, qu. 7) sobre "si el pecado es más odioso al creyente porque es ofensivo a Dios o porque es dañino para sí mismo." La idea de offensa Dei, también la de la ira de Dios, está aquí totalmente removida en sustancia; ambas son afirmadas de Dios sólo secundum effectum, no secundum affectum y por offensa Dei no debe entenderse un desagrado de Dios hacia el pecador o la voluntad de castigarlo, pues la expresión es nada más que una designación metafórica del castigo mismo, que se originó por la transferencia a Dios de una disposición análoga cuando el hombre reprueba. La culpa del pecado no está por tanto en la offensa Dei, sino en la irregular conducta del hombre; tal conducta es contra la razón, mientras que el justo castigo no es contra la razón, de ahí que el pecado es un mal mayor y debe ser odiado más que el castigo. Esta manera de contemplar las cosas se acerca a la de Kant, pero está muy lejos de la de Anselmo y de la de Lutero. No menos lejos de Anselmo está Durand también con respecto a la necesidad de la redención por la satisfacción hecha por el Hijo de Dios. Si Tomás la permitió al menos relativamente, Durand niega en primer lugar toda necesidad en Dios de redimir a la raza caída; en segundo lugar también niega, si la redención va a tener lugar, la necesidad de una perfecta satisfacción, ya que Dios pudo haber rechazado toda satisfacción o pudo haber quedado satisfecho con una menor (III, dist. 20, qu. 12). Que no todos tienen parte en la salvación y que existe una diferencia entre los predestinados y no predestinados debe asumirse sobre la base de la revelación. Para un argumento racional se puede afirmar con Tomás que en este modo en el orden del universo no sólo está plenamente afirmado el bonum misericordiæ sino también el bonum justitiæ punientis, pero Durand no encuentra esta razón convincente porque la justicia punitiva sólo es un bien relativo, en tanto sirve como remedio, pues "el universo era mejor sin culpa y justicia punitiva que con ella; tal como la naturaleza era mejor sin enfermedad y medicina que con ella".

Su doctrina de los sacramentos.
Sobre los sacramentos Durand adoptó el número ya acostumbrado de siete, pero volvió de nuevo a la más antigua distinción entre sacramentos en el sentido reducido y en el sentido amplio y consideró el matrimonio como sacramento sólo en sentido amplio. La doctrina de la transubstanciación le originó, como a muchos de sus contemporáneos, grandes dificultades. Su contemporáneo y colega monástico, Juan de París, enseñó una especie de consubstanciación -permaneciendo la sustancia tras la consagración pero no en proprio suppositio- siendo citado para dar cuenta de ella, muriendo en Aviñón antes de que el juicio terminara. Durand es más cauto; señala que las razones para la doctrina no son satisfactorias, pero también declara que la afirmación de que la sustancia de los elementos permanece removería muchas dificultades (IV, dist. 11, qu. 1, no. 15-17). Contra todas esas consideraciones, sin embargo, afirma la autoridad de la Iglesia, a la que hay que sujetarse. Desea por tanto sólo oponerse a cierta forma de transubstanciación, la común, según la cual tiene lugar un cambio completo de las sustancias e intenta explicarlo asumiendo un cambio en la forma de los elementos, mientras que la sustancia se cambia en la forma del cuerpo de Cristo.

Su importancia como maestro.
La importancia de Durand en conjunto se puede expresar de esta manera: (1) Es un teólogo de una tendencia estrictamente eclesiástico-conservadora y sólo dentro de esos límites fue posible para él una comparativamente (2) mayor libertad por la separación de los dominios de la fe y el conocimiento, pero incluso en esta forma la usó en una manera muy moderada. (3) Su talento es predominantemente crítico, no productivo; es más capaz en la reflexión crítica sobre los puntos bajo discusión que en la captación profunda de los asuntos; (4) las consideraciones precedentes tomadas en conjunto explican por qué fue incapaz de producir una huella que hiciera época. Tal cosa podía haber procedido principalmente del tratamiento de las cuestiones preliminares de la teología y de su nominalismo, pero en ambos aspectos fue sobrepasado por la solidez de Occam que lo relegó a la sombra. (5) No obstante su principal obra gozó durante largo tiempo de autoridad, a causa de las excelencias mencionadas antes y de su exactitud dogmática. Gerson le recomendó además de a Tomás, Buenaventura y Enrique de Gante y en el siglo XVI todavía existía en Salamanca una cátedra especial para Durand.