Historia
ECKHART, JOHANNES (c. 1260-1327/28)
- Nombramientos diversos
- Acusaciones de herejía
- Sus obras
- Escolástico y místico
- Como predicador
- Su idea fundamental de Dios
- El proceso trinitario
- Dios en la creación
- La relación del alma con Dios
- Pecado y redención
- El lugar de Cristo
- Ética de Eckhart

La cuestión del origen del nacimiento de Eckhart fue resuelta por Denifle, quien afirmó que nació en Hochheim, una localidad a unos kilómetros al norte de Gotha. Pronto se unió a los dominicos en Erfurt, tomando sus primeros estudios en Colonia. Más tarde fue prior en Erfurt y provincial de Turingia. En 1300 fue enviado a París para enseñar y recibir la graduación académica, permaneciendo allí hasta 1303. En el último año regresó a Erfurt, siendo provincial de Sajonia, una provincia que en aquel entonces abarcaba desde los Países Bajos hasta Livonia. Las quejas que se hicieron contra él y el provincial de Teutonia, en el capítulo general celebrado en París en 1306 sobre irregularidades entre los terciarios, deben haber sido triviales, porque el general, Aymeric, le nombró al año siguiente su vicario general para Bohemia, con plenos poderes para poner los desmoralizados monasterios en orden. En 1311 Eckhart fue nombrado por el capítulo general de Nápoles profesor en París. A partir de ahí sigue un largo periodo del que solo se sabe que pasó parte del tiempo en Estrasburgo (comp. Urkundenbuch der Stadt Strassburg iii. 236). Un pasaje en una crónica del año 1320, existente en manuscrito habla de un prior llamado Eckhart en Francfort, quien era sospechoso de herejía, pensando algunos que pudiera referirse a Meister Eckhart, pero es muy improbable que un hombre sospechoso de herejía fuera nombrado profesor, en una de las escuelas más famosas de la orden.

Luego Eckhart aparece como profesor en Colonia, donde el arzobispo Hermann von Virneburg le acusó de herejía ante el papa. Pero Nicolás de Estrasburgo, a quien el papa había dado el cargo temporal de los monasterios dominicos en Alemania, le exoneró. Sin embargo, el arzobispo llevó adelante las acusaciones contra Eckhart y Nicolás ante su propio tribunal. El primero negó la competencia de la Inquisición arzobispal y solicitó litteræ dimissoriæ (apostoli) una apelación ante el papa. El 13 de febrero de 1327 señaló en su protesta, leída públicamente, que él siempre había detestado todo lo incorrecto y que de cualquier cosa que fuera encontrada en sus escritos se retractaría. Sobre el progreso posterior del caso no hay información, salvo que Juan XXII publicó una bula (In agro dominico) el 27 de marzo de 1329 en la que una serie de afirmaciones de Eckhart son calificadas de heréticas y otras como sospechosas de herejía (la bula se halla completa en ALKG, ii. 636-640). Al final se afirma que Eckhart se retractó antes de su muerte de todo lo que falsamente había enseñado, sometiéndose a sí mismo y a sus escritos a la sede apostólica. Esto alude sin duda a la declaración del 13 de febrero de 1327, pudiendo inferirse que la muerte de Eckhart, de la que no existe información, tuvo lugar poco después de ese suceso. En 1328 el capítulo general de la orden en Toulouse decidió actuar contra los predicadores que 'promueven la predicación de sutiles cosas que no sólo no avanzan la moral, sino que fácilmente descarrían al pueblo al error.' Los discípulos de Eckhart fueron amonestados a ser más cautos, pero sin embargo reverenciaron la memoria de su maestro.
Sus obras.
Durante siglos ninguno de los escritos de Eckhart fueron conocidos salvo un número de sermones, hallados en las antiguas ediciones de sermones de Tauler, publicados por Kachelouen (Leipzig, 1498) y por Adam Petri (Basilea, 1521 y 1522). En 1857 Franz Pfeiffer en el segundo volumen de su Deutsche Mystiker (Stuttgart), que está totalmente dedicado a Eckhart, añadió considerable material en manuscrito. Pfeiffer fue seguido por otros, especialmente Franz Jostes, Meister Eckhart und seine Jünger, ungedruckte Texte zur Geschichte der deutschen Mystik (Collectanea Friburgensia, iv, Friburgo, 1896). Pero algunos tratados son de dudosa autenticidad y la tradición sobre otros es muy insatisfactoria. Fue una gran sorpresa, cuando en 1880 y 1886, H. Denifle descubrió en Erfurt y Cues dos manuscritos con obras latinas de Eckhart, cuya existencia habían mencionado Nicolás de Cusa y Trittenheim, pero que desde entonces se consideraban perdidos. No hay duda de su autenticidad, pero aun así sólo se conocen los ejemplos, comparativamente extensos, que Denifle había publicado (en ALKG, ii). Los escritos existentes parecen ser sólo partes de una obra mayor, Opus tripartitum, que juzgada por el prólogo en la primera parte trata más de mil proposiciones, en la segunda debate un número de cuestiones especiales y en la tercera expone primero textos bíblicos (opus sermonum) y después explica los libros de la Biblia en su orden, con especial referencia a los pasajes importantes.
Escolástico y místico.
De esas obras se pueden hacer algunas deducciones. En primer lugar que Eckhart fue un auténtico escolástico, que reflejó y se ocupó de las numerosas cuestiones que interesaban al escolasticismo en general. Que en principio existió una oposición entre misticismo y escolasticismo que no es aplicable a su caso, porque en su tiempo no existió en absoluto, como ha demostrado Engelhardt (Richard von St. Victor und Johannes Ruysbroek Erlangen, 1838, preface). Como escolástico, en lo que se refiere a elegancia de descripción, Eckhart parece inferior a Tomás de Aquino, a quien sigue mayormente. En el resto, es digno de mención que el rango de temas está limitado en sus escritos latinos. Sus pensamientos se concentran en el ser divino, en su unidad y trinidad; en la relación entre Dios y las criaturas, especialmente entre Dios y el alma humana; en la naturaleza del alma; en la regeneración y unión con Dios, a la que recurre una y otra vez. Pero esos temas son los mismos con los que el misticismo estaba vitalmente interesado. Incluso como escolástico, Eckhart muestra una tendencia predominante hacia el misticismo. Los sermones de Eckhart son primordialmente para monjes o monjas y de hecho, según Denifle (ALKG, ii. 641, 652), el sermón alemán de los dominicos en general se originó del cuidado de los conventos de monjas. Pero cuando el sermón era predicado en la iglesia, otros oyentes no quedaban excluidos, refiriéndose Eckhart a ellos a veces (Pfeiffer, 287, 26). De hecho, sus sermones presuponen una congregación interesada y religiosamente educada.
Como predicador.
Es posible que no haya habido predicador que haya propuesto a sus oyentes especulaciones más profundas y elevadas sobre Dios y el mundo, sobre el alma y su vida, que él. Pero no lo hace por ostentación, ni por mero placer en especular, sino porque está convencido de que así hará un mejor servicio a sus oyentes. Sabía que no todos podían seguirle (Pfeiffer, 209, 29; 242, 35) y por eso les exhorta a la piedad (310, 1; 498, 18). Para él esos pensamientos estaban íntimamente conectados con su vida espiritual y por lo tanto los expresa con fervor y ardor, que no podían fallar en impresionar al más inteligente de sus oyentes. Está convencido de que los pensamientos que él presenta se hallan en las Escrituras, en las que tiene más fe que en sí mismo (4, 17). La costumbre de entonces, de tomar un texto para el sermón no se restringe a él y de acuerdo con el uso de su tiempo selecciona solo una frase, una 'palabra', de una sección más larga. Este modo de exposición es tal, que fácilmente puede deducir cualquier pensamiento de cualquier texto. A nosotros su método nos parece un abuso increíble de la Sagrada Escritura, pero Eckhart lo practicó en buena fe, siguiendo la costumbre de su tiempo y nadie se ofendió. Por otro lado, Eckhart es verdaderamente grande en la manera en la que dio forma y expresión a sus pensamientos. Esto se aprecia claramente a pesar de las faltas de las copias, a las que hay que atribuir la desproporción de la ejecución y la falta de conexión. Se puede decir que la verdad y pureza de sentimiento, a los que adjudica gran valor, también moldean su sermón. Evita todo adorno y artificiosidad. Habla en una manera íntima, agradable y conmovedora. La seriedad poderosa y el humor los domina. Con frecuencia usa parábolas, pero brevemente, sin detalle, aplicando esta brevedad donde prevalecen los elementos narrativos (13, 26; 108; 168, 12; 285, 24). A la vez que anima su discurso introduciendo tesis y antitesis, su manera es verdaderamente germana, estando desprovistas sus sentencias de la influencia de la fraseología latina. No pocos pasajes de sus sermones tienen una belleza de lenguaje que hasta hoy los hace dignos de enaltecimiento, como modelos del estilo alemán.
Su idea fundamental de Dios.
La gran necesidad del hombre es que su alma se una con Dios, pero para ello es necesario un conocimiento de Dios y de su relación con el mundo, un conocimiento del alma y del camino por el que debe andar. Eckhart no tiene dudas de que tal conocimiento está en la fe tradicional de la Iglesia, pero no es suficiente para quien busca la salvación. Debe obtenerlo con su propio entendimiento. Eckhart, por tanto, no se mueve y vive en la tradición eclesiástica, según la manera de Bernardo de Clairvaux o Hugo de San Víctor; en su pensamiento sobre las más altas cuestiones es independiente, llegando de esta forma a ideas que no armonizan con las enseñanzas de la Iglesia, no siendo consciente de ninguna oposición. El último y más alto objeto de pensamiento es la Deidad, es decir, la entidad divina distinguida de las personas, ya que Eckhart a veces usa 'Dios' en el sentido de 'Deidad', donde su pensamiento no fija definiciones seguras. La Deidad es el ser absoluto, sin distinción de lugar o modo (ALKG, ii. 439-440). Ningún predicado derivado del ser finito es aplicable a la Deidad, lo cual no es mera negación o vacío. Más bien, es el ser finito, como tal, la negación y la Deidad, como negación del ser finito, es la negación de la negación, es decir, la absoluta plenitud del ser (322, 13; 539, 10-27). Dionisio equivocadamente señala: Dios no es, él es más bien una no entidad. Cuando Eckhart en otros pasajes (82, 26; 182, 31; 500, 27) designa a Dios como no existente, solo quiere decir que no tiene ninguna característica de la existencia finita. La misma aparente contradicción se halla cuando Eckhart, por un lado, llama a Dios ser absoluto y por otro niega que sea un ser (319, 4; 659, 1); pero él reconcilia las dos ideas (268-269). Es el mismo caso con las expresiones paradójicas, por ejemplo que Dios no es bueno, etc. (269, 18; 318, 35-319, 3). Los elementos esenciales de las cosas finitas están presentes en Dios, pero en un grado exaltado y en una manera que no puede ser abarcada por el hombre (322,20; 640,2-7).
El proceso trinitario.
Al ser absoluto, sin calificación, de la Deidad, Eckhart lo denomina naturaleza no natural, que sin embargo se manifiesta en la naturaleza natural, las tres personas. La Trinidad es la auto-revelación de la Deidad (540, 31; 390, 12-22). En ella, Dios se abarca a sí mismo. Por lo tanto, Eckhart, atribuye al Padre una especie de génesis; solo la Deidad está absolutamente sin ninguna progresión y reposa eternalmente en sí misma. El Padre fue hecho por sí mismo (534, 17). A esta auto-revelación, Eckhart la denomina una cognición, un discurso o un comportamiento. El Padre percibe la total plenitud de la Deidad (6,8); o lo que es lo mismo, habla una sola palabra, que lo comprende todo (76, 25). Él procrea al Hijo (284, 12); pues el Padre es Padre solo a través del Hijo. El Hijo, sin embargo, es en todo como el Padre, salvo que él no procrea (337, 3). La esencia del Padre es también la del Hijo y la esencia en ambos no es otra que la de la Deidad. Del placer y amor que ambos se tienen, surge el Espíritu Santo (497, 26). Eckhart no deja dudas de que el proceso trinitario no ha de concebirse temporal, sino como un proceso extendido a través de la eternidad (254, 10). Preger pensó que la distinción de Eckhart entre la Deidad y Dios debería ser entendida como la distinción entre potencialidad y actualidad. A esta interpretación Denifle (ALKG, ii. 453 y sig.) ha objetado fuertemente, citando los escritos latinos de Eckhart, en los que, con Tomás de Aquino y otros, designa a Dios como actus purus, excluyendo toda potencialidad. Denifle tiene razón al afirmar que Eckhart conscientemente no hizo tal distinción, pero no se puede negar que su idea guía a ello. Especialmente significativa es la explicación de Eckhart (175, 7 y sig.) en la que intenta ilustrar la relación entre la paternidad, como está determinada en la Deidad, y la paternidad de la persona del Padre, por la relación entre la maternidad peculiar a la Virgen como tal y la maternidad que ella adquiere por engendrar. Lo cual es exactamente la relación de potencialidad y actualidad (comp. también el particular pasaje 193, 33). Hay que admitir que Eckhart aquí expresa dos ideas que no pueden reconciliarse entre sí, aunque la segunda no está plenamente desarrollada. Eckhart tuvo multitud de ingeniosas ideas, pero fue incapaz de sistematizarlas.
Dios en la creación.
La auto-manifestación de Dios en la Trinidad es seguida por su manifestación en sus criaturas. Todo lo que hay en ellas de real es del ser eterno de Dios; pero el ser de Dios no se manifiesta de esa manera a sí mismo en su plenitud total (101, 34; 173, 26; 503, 26). En esta antítesis puede expresarse la relación de la filosofía de Eckhart con el panteísmo, en sus similitudes y diferencias. Según Eckhart, las criaturas de Dios no tienen, como Tomás de Aquino sostuvo, meramente preexistencia ideal en Dios, es decir, su esencia conceptual (essentia, quidditas) que viene de la inteligencia divina, siendo su ser (esse) distinto al ser divino; más bien, el verdadero ser de las criaturas es inmanente en el ser divino. Por otro lado, cada peculiaridad que distingue a cada criatura de otra es algo negativo y en este sentido se dice que las criaturas son mera nada. Si Dios retirara de sus criaturas su ser, desaparecerían, como la sombra del muro desaparece cuando desaparece el muro (31, 2). Este ser perecedero es la criatura confinada dentro de los límites de espacio y tiempo (87, 49). Por otro lado, cada criatura, considerada según su verdadera entidad, es eterna. Es obvio que esto precisa una modificación de la idea de la creación. Incluso Agustín y los académicos notaron esta dificultad. Mientras que ellos no relacionan, como Eckhart, la existencia del mundo con el ser de Dios, consideran inadmisible atribuir a Dios cualquier actividad temporal. Alberto Magno intentó evitar la dificultad con la sentencia 'Dios creó todas las cosas desde la eternidad, pero las cosas no fueron creadas desde la eternidad', pero esto es más fácil decirlo que concebirlo. Según la bula de 1329 (p. 2), Eckhart afirmó que 'se puede conceder que el mundo fue desde la eternidad.' Es imposible investigar estas ideas más ampliamente, pero hay que hacer referencia a la estrecha relación en la que Eckhart sitúa el proceso de la Trinidad y la génesis o progreso del mundo, tanto el real como el ideal (76, 52; 254, 16; 284, 12; comp. Com. in Genes., ALKG, ii. 553, 13-17).
La relación del alma con Dios.
La Deidad incalificada, la Trinidad (nacimiento del Hijo o del Verbo eterno) y la creación del mundo, son para Eckhart tres momentos inmediatos, que se siguen el uno al otro en secuencia conceptual, no temporal. Todas las criaturas tienen parte en la divina esencia, lo cual es verdadero del alma en un grado más elevado. En la criatura irracional hay algo de Dios, pero en el alma Dios es divino (230, 26; 231, 4). Aunque Dios habla su palabra a todas las criaturas, solo las criaturas racionales pueden preservarla (479, 19). En otras palabras, en el alma, donde tiene su lugar de descanso, Dios es subjetivo, mientras que en el resto de la creación es meramente objetivo. El alma es imagen de Dios, en tanto sus principales poderes: memoria, razón y voluntad, responden a las divinas personas (319, 1). Esto concuerda con la idea de Agustín. Tal como existe la Deidad absoluta, que es superior a las personas de la Divinidad, así en el alma hay algo que es superior a sus propios poderes. Esto es el trasfondo más profundo del alma, al que Eckhart frecuentemente denomina 'chispa' o 'chispita'. En su naturaleza real esta base del alma es una con la Deidad (66, 2). Cuando Eckhart habla a veces de ella como increada (286, 16; 311, 6), y luego como creada, no entra en contradicción. Mientras que, por un lado, descansa eternamente en la Deidad, por otro entra en la existencia temporal del alma, es decir, es hecha o creada por la gracia. Pero no es en esta original unidad con Dios donde el alma halla su perfección y éxtasis. Al ser un ser subjetivo debe volverse a Dios, para que el principio esencial implantado en ella pueda verdaderamente realizarse. No es suficiente que fuera hecha por Dios; Dios debe venir y estar en ella, lo cual ha tenido lugar sin obstáculos en el alma de Cristo (67,12 ). Para todas las demás almas, el pecado es el obstáculo.
Pecado y redención.
Pero ¿en qué consiste el pecado? No en la finitud, que nunca es removida del alma (387, 3; 500, 11), sino en la dirección de la voluntad hacia lo finito y sus placeres (476, 19; 674, 17). La posibilidad de pecar, sin embargo, se basa en la finitud, junto al libre albedrío de la criatura. Si el destino del alma es ser el lugar de descanso de Dios, entonces la dirección de la voluntad hacia lo finito lo hace imposible, lo cual constituye el pecado. La redención, por tanto, puede tomar lugar solo cuando la criatura deja sitio en el alma a la obra de Dios, siendo la condición de ello volverse de lo finito. Como Dios está siempre dispuesto a trabajar en el alma, a condición de que no sea obstaculizado, el alma es susceptible a su influencia (27, 25; 283, 23; 33, 29; 479, 31). La separación interior de todo lo casual, sensual, terrenal y el sometimiento a la obra de Dios en el corazón, es el retiro o tranquilidad del que Eckhart habla una y otra vez. Para él éste es el fundamento de toda piedad. Pero ¿qué es lo que Dios realiza en el alma? Esto puede ser respondido con una palabra: el nacimiento del Hijo. Como el alma es imagen de la Deidad, si va a cumplir su destino, el proceso por el que la Deidad se desarrolla en tres personas, debe tomar lugar en ella. El Padre procreará en el alma al Hijo (44, 28; 175, 15-20; 479, 10; 13, 12), lo cual tiene lugar durante la vida del alma en el tiempo, y esto no en un momento particular solamente, sino continua y repetidamente. Esto no es una mera copia o analogía de ese proceso interior divino, sino que es en verdad ese proceso mismo, por el que llega a ser, a través de la gracia, lo que el Hijo de Dios es por naturaleza (433, 32; 382, 7; 377, 17). De esta idea de Eckhart se desprenden muchas declaraciones sorprendentes, como que el alma está hecha para compartir los atributos y obras de Dios, incluyendo la creación (119, 28-40; 267, 4; 283, 37-284, 7). Sin embargo, según Eckhart, una completa fusión del alma con la Deidad nunca tiene lugar (387, 3). También se opone a la doctrina de la apocatástasis (65, 20; 402,34; 470,22).
El lugar de Cristo.
Según Eckhart, el pecado no es la causa real de le encarnación (591, 34). Dios quería más bien recibir la naturaleza de las cosas, a través de la gracia, en el tiempo, tal como él las tenía, por naturaleza, en la eternidad en él mismo (574, 34). Igual que el hombre ocupa una posición central en el mundo, ya que lleva a todas las criaturas de vuelta a Dios, así Cristo permanece en el centro de la humanidad (180, 7; 390, 37.) El mismo pensamiento se halla en Máximo Confesor y Erígena, pero ¿de dónde lo tomó Eckhart? Incluso en la creación del primer hombre, ya Cristo era el fin que se tuvo en cuenta (250, 23); y ahora, tras el hecho del pecado, Cristo permanece de igual manera en el centro de la redención. Tras la caída, todas las criaturas trabajaron juntas para producir un hombre que restaurara la armonía (497, 11). Esto tuvo lugar cuando María se sometió tan completamente a la palabra divina, que la palabra eterna pudo asumir la naturaleza humana en ella. Sin embargo, este nacimiento temporal del Hijo está de nuevo incluido en su nacimiento eterno, como un momento del mismo (391, 20). Y ahora Dios nace en nosotros. En esta vida humana, Jesús es un modelo para el hombre; y en todo lo que hizo y experimentó, sobre todo en su pasión y muerte, hay un poder abrumador que lleva al hombre a Dios (218-219) y nos trae a nosotros aquello que primero tuvo lugar en Cristo, quien es el camino al Padre (241, 17).
Ética de Eckhart.
Sin importar lo que se piense sobre las especulaciones dogmáticas y filosóficas de Eckhart, su ética, en cualquier nivel, es de una rara pureza y elevación. La posición interior del hombre, la disposición del corazón, es para él lo principal (56, 39; 297, 11; 444, 8; 560, 43), no siendo el resultado de una reflexión. Se nota que surge del núcleo de su personalidad, siendo sin duda ésta la razón que explica la extraordinaria impresión que sus sermones produjeron. Habla poco de ceremonias eclesiásticas. Para él, las penas externas tienen solo un valor limitado. Que el hombre se vuelva interiormente a Dios y sea guiado por él, es el principal propósito de las exhortaciones de Eckhart. Que nadie crea que porque tal o cual personaje ha hecho y sufrido muchas cosas, que se debería imitarle. Dios da a cada cual su propósito y pone a cada uno en su camino (560 y sig. 177, 26-35). Nadie puede expresar el hecho más definidamente que lo hace Eckhart, que no son las obras las que justifican al hombre, sino que el hombre primero debe ser justo para hacer obras justas. Tampoco recomienda que se deba huir del mundo, sino de uno mismo, del egoísmo y de la voluntad inclinada hacia sí. De otra forma se hallará poca paz, tanto dentro del convento como fuera. Aunque contempla el sufrimiento como el medio de purificación interior más valioso, eso no significa que se deba buscarlo, sino solo soportar pacientemente el que Dios impone. Reconoce que es natural ser afectado, agradable o desagradablemente, por las diversas sensaciones e impresiones, pero en las profundidades del alma se debe permanecer firme en Dios y no permitir ser sacudido por nada (52, 1; 427, 22). No es necesario añadir que valora grandemente las obras de caridad. Incluso el rapto supremo no debe impedirnos prestar servicio al pobre. Es notorio que en el noveno sermón sitúa a Marta por encima de María, aunque por una extraña mala interpretación del texto. Mientras que María disfrutó solo la suavidad del Señor, siendo una aprendiza, Marta había pasado esa etapa. Ella permaneció firme en lo esencial y ningún trabajo se lo impidió, sino que cada tarea la ayudó a obtener su bendición.
Es posible que investigaciones futuras fijen una estimación más certera de la importancia de Eckhart, pero es difícil que remuevan el veredicto de Suso y Tauler sobre él.
El siguiente es un pasaje de Eckhart en el que medita sobre Dios como fuente de todos los bienes y consuelo del hombre:
'Cuanto más limpias y puras sean las fuerzas del alma, más perfecta y abiertamente recibirá en sí el alma, mayor solaz alcanzará y más íntimamente se unirá con aquello que recibe; tan íntimamente que la más alta potencia del alma, libre de todas las cosas y sin la menor afinidad con ellas, no recibirá en sí nada que no sea Dios mismo en su propio ser. Y dicen los maestros que con la delicia de esta unión y este desbordamiento nada puede compararse. Por eso Nuestro Señor afirma con tanta claridad en el Evangelio: «Bienaventurados sean los pobres de espíritu». «Pobre» es el que nada tiene y «pobre de espíritu» es aquel que, estando vacío en su espíritu, es capaz de recibir todos los dones espirituales y la plenitud misma del espíritu (al igual que el ojo, que es pobre y desprovisto de todo color, es susceptible, sin embargo, de recibirlos en sí todos). Los dones del espíritu son el amor, la paz y la alegría, y el espíritu en su plenitud es Dios. El ser simple y pobre, el no tener nada, el estar vacío transforma la Naturaleza: el vacío hace que el agua suba a la montaña y produce otros admirables efectos, de los que no hemos de tratar aquí.
Si quieres encontrar consuelo y alegría completo, procura vaciarte de todas las criaturas, de todo consuelo de las criaturas, pues, en verdad, no encontrarás jamás un auténtico consuelo mientras lo busques en las criaturas. Nadie más que Dios puede consolarte y sólo Él y con El encontrarás la plena felicidad. Si buscas el consuelo en lo que no es Dios, no lo hallarás en ninguna parte; en cambio, si no buscas el consuelo en la criatura, ni te deleitas en ella, encontrarás el consuelo por doquier.'
(J. Eckhart, El libro del consuelo divino, edición de A. Castaño Piñán, Madrid, 1977, p. 34, en E. Mitre, Iglesia y vida religiosa en la Edad Media, Istmo, Madrid, 1991, páginas 238-239.)