Historia

EDWARDS, JONATHAN (1703-1758)

Jonathan Edwards, teólogo congregacional americano, nació en Windsor Farms, Connecticut, el 5 de octubre de 1703 y murió en Princeton, New Jersey, el 22 de marzo de 1758.

Jonathan Edwards
Jonathan Edwards
Hogar.
Descendía del reverendo Richard Edwards, clérigo londinense de la época de Isabel I, cuya viuda con su segundo marido, James Coles, y su hijo William Edwards llegaron a Nueva Inglaterra hacia 1640. William y su hijo Richard fueron comerciantes en Hartford, Connecticut. Timothy, hijo mayor de Richard, nació en 1669, graduándose en Harvard College en 1691 y siendo pastor de East Windsor, mayo de 1694, sirviendo allí hasta su muerte en enero de 1758. Por su matrimonio con Esther, hija del reverendo Solomon Stoddard de Northampton, tuvo once hijos, siendo Jonathan el quinto y único varón.

Primeros estudios. Colegio.
Por falta de escuelas fue enseñado en casa con otros alumnos, avanzando precozmente bajo un entendido padre y una madre de facultad intelectual inusual. En septiembre de 1716, todavía no tenía trece años, ingresó en Yale College, que tras un periodo inicial de grupos esparcidos de estudiantes, se abrió por voto de los fiduciarios en New Haven. Sin embargo, un tutor, el reverendo Samuel Smith, y sus estudiantes, se negaron a moverse de Wethersfield y el descontento con otro tutor, el reverendo Samuel Johnson, hizo que los estudiantes de New Haven, incluyendo a Edwards, se unieran al grupo de Wethersfield en el verano de 1719 bajo Timothy Cutler como rector, estableciéndose finalmente el colegio en New Haven. Como a los pocos meses Johnson dimitió de su tutoría, Edwards no pudo haber sido muy influenciado por este eminente pensador, posteriormente filósofo de la línea de Berkeley y presidente de King Colege; pero el revolucionario efecto ya efectuado sobre la mente de Johnson por la ciencia newtoniana le emancipó del antiguo escolasticismo, siendo paralelo a la acción formativa de Newton y Locke sobre Edwards, que a los catorce años leyó Essay de Locke con más deleite 'que el más codicioso avaro encuentra cuando agarra puñados de oro y plata de algún tesoro recién descubierto.' En esos años de colegio, como si planeara una Summa del conocimiento humano, el joven comenzó a recoger sus reflexiones sobre la naturaleza de la mente humana y de la ciencia natural, así como Notes on the Scriptures y Miscellanies, que continuó posteriormente. Ya con doce años había mostrado una centrada y delicada observación científica en un relato del fenómeno sobre las 'arañas voladoras' y en el colegio adquirió un poder de razonar teóricamente en términos de ciencia newtoniana. Ante él se abría un mundo que abarcaba desde los diminutos átomos de los que todos los cuerpos estaban compuestos a las distantes estrellas que, según su razonamiento, debían ser soles brillantes rodeados como el nuestro por planetas circundantes. Era un mundo de leyes naturales, aunque no un mecanismo de cuerpos que actúan por sí mismos, pues el cuerpo es solo inteligible como una manifestación del poder divino ejercido en los puntos del espacio. Nuestra idea del espacio es sólo espacio coloreado y si el color se quitara se iría todo, espacio, extensión, movimiento y figura. 'El secreto yace aquí: Lo que es verdaderamente la sustancia de todos los cuerpos es la idea infinita, exacta y precisa y perfectamente estable en la mente de Dios, junto con su estable voluntad, que gradualmente no será comunicada a nosotros y a otros mentes según ciertos métodos y leyes establecidas, fijas y exactas.' Esto era la irrupción de un muchacho en el idealismo de Berkeley sin saber nada de él.

Aún más destacable fue que el joven intuyó otro aspecto de la realidad además del hecho ordenadamente relacionado y un modo de captación diferente al del entendimiento lógico. En sus notas en Mind escribió: 'No ha habido nada más sin definición que la Excelencia; a pesar de que es con lo que estamos interesados, más que con cualquier otra cosa; sí, no estamos interesados en nada más.' En este comienzo de un estudio del valor, o perfección en algún grado, late la idea maestra de toda su carrera. Descubre un funcionamiento de la conciencia independiente de la razón intelectual sin distinguir lo estético y lo puramente religioso. La excelencia, descubre, consiste en la mayor grandeza -grado del ser- y belleza, que es aprobación o amor del ser al ser. La majestad divina es más, pues, que la infintud del ser y poder de la cual se han hecho principalmente las deducciones calvinistas. Es una infinitud de belleza que es el amor de Dios a sí mismo, o, ya que todas las cosas son comunicaciones de él mismo, un amor de todas las cosas hecho manifiesto en el sosiego y paz que se disemina por el mundo. Después argumentaría que la debida percepción, el sentido directo de la dulzura de la belleza en el ser divino, fue la manifestación redentora de Dios al elegido.

Estudios teológicos. Primera labor pastoral.
Se graduó en Yale en septiembre de 1720, pasando dos años en estudios teológicos en New Haven y en agosto de 1722 comenzó un ministerio en una iglesia presbiteriana en Nueva York, del que se retiró, por el escaso apoyo económico, en mayo siguiente. El 21 de mayo de 1724 fue elegido para el cargo de tutor en Yale, aunque sus servicios no se necesitaron hasta junio. Su enseñanza fue interrumpida en septiembre de 1725 por una larga enfermedad y un año después dimitió para ser ayudante de su abuelo, Solomon Stoddard, en Northampton, Massachusetts. La incompatibilidad de su trasfondo espiritual con la tradición de esta iglesia estaba destinada a terminar en un doloroso conflicto.

La narración de Edwards sobre su desarrollo religioso, escrita hacia 1740, posee un exquisito encanto. Ya a la tierna edad de siete u ocho años participaba en el avivado fervor de la iglesia local y en un bosque solitario llevaba a otros niños a orar. El absorbente estudio del colegio frenó esa sensibilidad, pero al final de ese periodo la perturbación de su alma hizo que la búsqueda de la salvación fuera el principal asunto de su vida. A principios de 1721 pensamiento y emoción culminaron en una experiencia que era evidencia de un corazón visitado por la gracia regeneradora. La santidad le fue revelada como la belleza divina, en comparación con la cual todo lo demás era fango y contaminación. Arrebatado por tal majestad de dignidad, su corazón gimió 'postrado ante Dios en el polvo; que yo pueda ser nada y que Dios pueda ser todo, que yo pueda ser como un bebé.' Esta experiencia le produjo un asentimiento con la doctrina calvinista de la absoluta soberanía divina. La distribución arbitraria por su puro deleite de la felicidad eterna o el tormento sin fin en el infierno, había sido desde su infancia una idea repelente. 'Me parecía una horrible doctrina.' Pero ahora las objeciones comenzaban a difuminarse. El abrumador sentido de la infinitud de la voluntad divina latiendo en cada objeto del vasto cosmos y la arrebatadora experiencia de la suprema belleza y valor en esa infinitud le convencieron de que la pura soberanía en la concesión de la salvación es la gloria esencial de la majestad divina. Esta es la idea presentada en sus sermones sobre la soberanía divina. Es evidente que la elección y la reprobación están implícitas en la identificación de la gracia salvadora con una intuición estética demasiado intensa para ser compartida por todos los hombres. Las notas en Mind y su diario muestran que Edwards era consciente de cierta divergencia con otros teólogos. En cualquier caso discrepaba con la religiosidad típica de la iglesia de Northampton y el contraste era más marcado por el fervor emocional de su esposa, Sarah Pierpoint de New Haven, con quien se casó en julio de 1727. Cuatro años antes Edwards había anotado experiencias de su privilegiada comunión con Dios cuando era una niña de trece años. Siempre 'estaba llena de gozo y deleite y nadie sabía por qué.' En la soledad, en la que le gustaba estar, parecía 'que había alguien invisible conversando con ella.' Veinte años después ella misma recogió sus experiencias más maduras en forma extremadamente emocional y Edwards parece haberlas valorado como una norma para juzgar las experiencias de otros. En ese hogar la gracia de Dios y la fe humana adquirían intensidades de manifestación raras en las vidas de otros.

Originalmente las iglesias congregacionales estaban formadas sólo de aquellos que por una profesión de la gracia salvadora experimentada podían ser aceptados como santos visibles, pero, debido al gran declive de tales profesiones, el sínodo de Massachusetts de 1662 sancionó una 'mambresía de pacto' tal como la que podía ofrecer una fe intelectual y el deseo de asumir las obligaciones de la vida cristiana. El abuelo de Edwards admitió otra relajación al admitir en la iglesia a la Cena a toda la parroquia, viendo el sacramento como un posible medio de gracia para los no regenerados. La membresía tendía de este modo a descansar en 'la sinceridad moral.' Tales cambios difuminaron las diferencias entre una iglesia congregacional y una iglesia anglicana, que abarcaba a todos los bautizados. Se abrió otro posible peligro. La alarmante defección de Samuel Johnson, Timothy Cutler, rector de Yale, y uno de los tutores de Yale, a la iglesia anglicana en 1722 significaba también la adopción de la teología arminiana prevaleciente en esa iglesia, una teología que basaba la salvación tanto en el esfuerzo moral humano como en la gracia divina. La atención a la propaganda episcopal arminiana irrumpió al máximo en Connecticut cuando, en 1729, Daniel Dwight, nacido en Northampton y relacionado con la distinguida familia Partridge en Hatfield, abandonó el congregacionalismo por la iglesia anglicana. Desde entonces también Edwards temió una tendencia arminiana en vecinos suyos que no apoyaban su psicología de la gracia divina, como en sus propios parientes de la dominante familia Williams de Hatfield y especialmente su imperioso y mundano primo, Israel Williams, que, graduado de Harvard en 1729, comenzó su prominente carrera de propietario y oficial público que le ganó el apelativo de 'señor del valle.' Su auténtica oposición era a la insistencia de Edwards sobre la 'percepción sensible del poder inmediato y la operación del Espíritu de Dios.' Con ellos en mente Edwards definió posteriormente la controversia (A Treatise Concerning Religious Affections, 1746): 'Ellos dicen que la manera del Espíritu de Dios es cooperar en una forma callada, secreta e indiscernible con el uso de los medios y nuestros propios esfuerzos, por lo que no hay forma de distinguir por los sentidos entre las influencias del Espíritu de Dios y las operaciones naturales de nuestras propias mentes.' De su idea de la inmanencia divina Edwards establecía una mezcla indistinguible de lo humano y lo divino en la acción de la conciencia moral; pero la visión de la belleza divina, que para él significaba la salvación, viene sólo por la iluminación sobrenatural, siendo sensiblemente pecibida como tal. El reverendo Solomon Williams, hermano de Israel, sostenía que la seguridad de la fe salvadora era resultado en el hombre de su mejora moral y la sinceridad de su obediencia y que 'no hay ningún hallazgo espiritual y bondadoso hecho al alma de la infinita belleza y amistad de Dios sino tal como él es en Cristo' (A Vindication of the Gospel Doctrine of Justifying Faith, 1746).

En esta iglesia, con escasa ayuda de libros y poca energía física, Edwards vivió la vida a la que se había comprometido en sus setenta Resolutions, una vida de firme disciplina sobre las fuentes del impulso y de intensa aplicación mental; se levantaba a las 4 de la mañana, dedicaba trece horas diarias al estudio, hallando descanso en excursiones solitarias por el bosque, durante las cuales anotaba sus pensamientos para posterior elaboración. Tras la muerte de Stoddard, 11 de febrero de 1729, su propio pensamiento comenzó a hallar reconocimiento y efecto. Su discurso en Boston, God Glorified in the Work of Redemption by the Greatness of Man's Dependence upon Him in the Whole of it (1731), se publicó a petición de los ministros de Boston. Era una protesta contra la relajación en el esfuerzo moral y consideraba que la redención es conocida por el gozo espiritual acompañado de una efusión de la belleza de Dios en el alma. En su iglesia la gente joven se fue haciendo más responsable y en el otoño de 1734 hicieron reuniones de oración. También la iglesia procuró la publicación de otro sermón típico en título y contenido: A Devine and Supernatural Light, Immediately Imparted to the Soid by the Spirit of God, Shown to be both a Scriptural, and Rational Doctrine (1734). De nuevo el discernimiento moral y la miseria contrita se apoyan sólo en la esfera de la gracia común de Dios, su acción causante universal en las limitaciones de la ley natural, mientras que la gracia salvadora es decretada por la libertad trascendente de Dios. Es una iluminación sobrenatural de la mente por la que se contempla la bondadosa santidad de Dios, actuando la mente no con racionalismo sino con conciencia intuitiva directa y certeza auto-vidente. 'La obra de la razón es percibir la verdad y no la excelencia.' Como otros sermones discurren, el hombre natural tiene una entorpecida y bruta ceguera incluso cuando se arrepiente y ora. Aunque tenga las facultades mentales para ello, es ignorante de la excelencia de la naturaleza de Dios como un ciego lo es de los colores.

El Gran Despertar. Expulsado de Northampton.
Las objeciones comenzaron a venir de aquellos que estaban acostumbrados a pruebas más suaves de la elección, pero a pesar de un categórico veto arrogante de Israel Williams de Hatfield, Edwards continuó el tema en sus sermones sobre la justificación por la fe. Mostraba la fe como una unión fraguada con Cristo por la que la justicia de Cristo es imputada al elegido sin la condición de ninguna excelencia calificadora en el destinatario. Aunque abiertamente maltratado por esto, Edwards se sintió divinamente vindicado por el portentoso avivamiento que siguió, el único movimiento de extensión y poder desde el entusiasmo despertado por la predicación de John Cotton un siglo antes. En diciembre de 1734 hubo seis conversiones súbitas y en la primavera siguiente se contaban treinta cada semana. Como los visitantes de otras poblaciones afluían a Northampton, el avivamiento se esparció por el condado y muchos lugares en Connecticut. Los temas religiosos absorbían el pensamiento y conversación de toda la población de Northampton, incluso en bodas. Los niños tenían sus propias reuniones. Una notable conversión fue la de Phœbe Bartlett, una niña de cuatro años, aunque la mayoría de las conversiones contadas como indudables por el crítico y cauto Edwards eran de gente de más de cuarenta años. El avivamiento estaba dirigido por un pastor incansable en la lógica del calvinismo y, como Ignacio de Loyola, un experto psicólogo en exercitia spiritualia. De entrada el oyente debía conocer su culpa como enemigo de Dios: 'Objetas contra tener un odio mortal contra Dios; que nunca sentiste ningún deseo de matarle. Pero una razón ha sido que siempre lo has considerado tan imposible y que has sido tan sensible a tantos deseos que sería en vano, por lo que has mantenido a buen recaudo tal deseo. Pero si la vida de Dios estuviera a tu alcance y la conocieras, no estaría seguro ni una hora.' (Men Naturally God's Enemies). 'Cuando llegues a ser un incendiario del infierno... aparecerás como lo que eres, una verdadera víbora... Entonces escupirás como una serpiente veneno a Dios y descargarás tu rabia y malicia en horribles blasfemias.' Criaturas de tal iniquidad son útiles solo para su destrucción. 'El diablo las está esperando, el infierno está abierto para ellas, las llamas se acumulan y centellean a su alrededor, echándoles mano y devorándolas... Todo lo que las preserva cada momento es la mera voluntad arbitraria y no sujeta a pacto, la paciencia no obligada de un Dios airado.' 'Aunque sabrá que no puedes soportar el peso de la omnipotencia... te aplastará bajo sus pies sin misericordia; aplastará tu sangre y hará que salpique, siendo rociada sobre sus vestiduras hasta macharlas todas.' Con un cambio de imágenes el predicador describía las vastas montañas de fuego y azufre líquido fluyendo sin descanso, no dando tregua día ni noche por toda la eternidad.

Llevados a la angustiosa convicción de que Dios era absolutamente justo en su condenación y hechos completamente sumisos a la soberanía divina, los oyentes pasaban del terror profundo a una calmada conformidad, con una desnuda esperanza de posible misericordia divina. La regeneración era un tercer paso de la experiencia en la que el corazón sumiso sentía una desinteresada gozosa adoración en la contemplación de la inmerecida misericordia que elegía a cualquiera de una raza tan caída y corrupta a la felicidad eterna. A veces Edwards tenía que persuadir a los penitentes de que su asombro de admiración era de hecho la impartición de una luz sobrenatural y evidencia de un corazón nuevo. No distinguían fácilmente lo divino de lo humano en este marco del alma. En mayo la alta tensión comenzó a remitir, parcialmente porque los desesperados buscadores ahora tenían mórbidos impulsos de suicidio, de lo que dedujo Edwards que Satanás había retomado el control.

Durante algunos años prevalecieron unas condiciones más sosegadas y la predicación de Edwards trató más con el amor cristiano manifestado en el corazón y la vida. Ese es el tema de Charity and its Fruits, una serie de sermones predicados en 1738, publicados primero por Tyron Edwards en 1851. Sin embargo, Edwards no estaba solo al esperar repeticiones de fervor avivado y sus intervenciones, privadas y públicas, contribuyeron a este resultado. A Faithful Narrative of the Surprising Work of God in the Conversion of Many Hundred Souls in Northampton, and the Neighboring Towns and Villages, publicado en Boston y Londres en 1737 está relacionado con el intenso interés en las iglesias escocesas y preparó la gran respuesta social a la gira evangelizadora de George Whitefield en 1740-42. Sin embargo, ese 'Gran Despertar' provocó tendencias divisorias en la vida de Nueva Inglaterra. Las denuncias de Whitefield a los ministros, de estar desprovistos de la gracia y las extravagancias fanáticas de laicos iletrados itinerantes que irrumpían en las parroquias, produjeron protestas contra las excitaciones desordenadas y los efectos físicos compulsivos. Edwards mismo escribió juiciosamente en The Distinguishing Marks of a Work of the Spirit of God (1741). En 1742 también, parcialmente en respuesta a Charles Chauncy de Boston, publicó Some Thoughts Concerning the Present Revival of Religion in New England. En esa obra defiende el avivamiento de 1740 por sus resultados morales, pero admite francamente fallas remediables incidentales en el mismo. Su sentido de estar viviendo un tiempo memorable aparece en su argumento de que la Escritura profetiza el derramamiento del Espíritu en los últimos días y lo aplica a América como escenario del preludio de la gran manifestación. No se trataba de un pensamiento momentáneo. Cuando no tenía veinte años de edad había visto en los sucesos contemporáneos preludios del gran Advenimiento y desde entonces una expectación y cálculos apocalípticos eran de profundo interés. El tema aparece en su correspondencia con el clérigo escocés William McCulloch y en los sermones de 1739 que John Erskine de Edimburgo introdujo en A History of the Work of Redemption (Edimburgo, 1774) y domina An Humble Attempt to Promote Visible Union of God's People in Extraordinary Prayer for the Revival of Religion (1747). Es obvio que el avivamiento estaba sustentado por la convicción de una crisis en la historia humana. Sin embargo, ya que en Connecticut y Massachusetts central los avivamientos resultaron en división social y grietas en la iglesia, al ser un conflicto entre exponentes de la religión en la forma de emoción abrupta y los que estimaban la rectitud de la conducta, Edwards necesitó intervenir mediante una serie de sermones en 1742-43 que se convirtieron en A Treatise Concerning Religious Affections, publicado en 1746. Es la expresión suprema de la psicología de Edwards de la religión. La mente tiene dos actividades; el entendimiento y la inclinación de la voluntad, teniendo la última aspectos inseparables de afecto y elección, ya que el hombre quiere lo que ama. La verdadera religión envuelve ambas actividades. Mientras que en gran parte consiste de santos afectos, debe también ser luz al entendimiento, implicada en todos los afectos razonables. Avisa contra la confianza en el mero sentimiento, en sus efectos sobre el cuerpo, en el fervor del habla o en una confianza en la justicia que puede ser solo un sentimiento natural exaltado. La conversión de un hijo de Satanás a hijo de Dios yace en el nacimiento de un amor de Dios que se origina en la revelación al alma de las perfecciones morales de Dios: 'Un verdadero amor a Dios debe comenzar con un deleite en su santidad y no con un deleite en ningún otro atributo, pues ningún atributo es verdaderamente más amoroso sino éste.' No se trata del don de una nueva información doctrinal ni de una iniciación a significados místicos de la Escritura. Es un nuevo discernimiento de la verdad ya captada. Es una visión directa, intuitiva de la belleza que está en Dios y en Cristo, que por su perfecto gozo convence al alma de la realidad y certeza de las cosas divinas. La naturaleza del alma es cambiada. Participa en la luz divina, comparte el carácter de Cristo. Entonces los afectos son llevados a una bella armonía y una nueva conducta manifiesta la divinidad del principio del que fluye, una unión de Cristo con las facultades del alma. A este análisis de la piedad, Edwards añadió pronto un estudio de un ejemplo ilustrativo de los movimientos divinos en el corazón, de quien sondea las profundidades de la tristeza y el gozo. Lo expuso en An Account of the Life of the Late Reverend Mr. David Brainerd (1749), compilado de su diario y documentos.

Autógrafo de Jonathan Edwards
Autógrafo de Jonathan Edwards
La reedición de Treatise Concerning Religious Affections en Inglaterra y Escocia produjo una correspondencia más extensa con teólogos escoceses, que iniciaron un Concierto de Oración Unido por la Venida del Reino de Cristo. Al reverendo John Erskine (1747) le anunció su intención de escribir un ataque sistemático contra el arminianismo, comenzando con el tema de la voluntad y la agencia moral, recibiendo de Erskine varias obras arminianas para ese propósito. Sin embargo, el proyecto tuvo que posponerse pues Edwards estaba en serias dificultades con su iglesia. Al predicar sobre los afectos religiosos ya había dado a conocer su desaprobación de la largamente establecida práctica de admitir a la membresía plena, sin evidencias satisfactorias de un corazón regenerado. El examen de la Escritura y de los antiguos teólogos le convenció del error de esa práctica. Originalmente, una iglesia congregacional consistía de santos visibles, conocidos como tal por una serie de experiencias aceptadas como evidencias de renovación por la gracia divina. Stoddard, en ocasiones inconsistente en su expresión, podía ser citado como si dijera que la sinceridad moral en la fe profesante y el arrepentimiento hacen de un hombre un santo visible en el sentido del Nuevo Testamento, habiéndose convertido la expresión 'sinceridad moral' en el lema de algunos de los descendientes de Williams Stoddard. Edwards sólo podía encontrar sinceridad moral en el regenerado, limitando la membresía a quienes humildemente confían en que sus corazones son ahora capaces de una verdadera vida cristiana. El chismorreo exageró el rigor de las pruebas que él demandaba. En cualquier caso se puso en contra del uso establecido en todas las iglesias menos dos en el condado y contra sus eminentes parientes con avivamientos y pruebas de avivamiento. Israel Williams, que estaba entonces en un puesto militar en la primera guerra francesa e india, fomentó el descontento en Northampton. Ninguna prueba sucedió hasta diciembre de 1748, cuando un solicitante se negó aceptar los términos de una profesión presentada por Edwards. Desafortunadamente, por su propia torpeza en un asunto muy diferente, Edwards se había alienado a muchos miembros. En 1744 al saber que circulaban libros provocativos de lenguaje indecente entre los jóvenes, hizo que la iglesia nombrara un comité de investigación e inmediatamente desde el púlpito leyó la lista de nombres que formarían el comité. Casi todas las familias importantes se vieron comprometidas por la publicación de la larga lista, en la que no había distinción de testigos y acusados. Su indignación frenó la investigación.

Tras la dificultad sobre la admisión a la iglesia en diciembre de 1748, Edwards pidió al comité de la iglesia que le dejara exponer sus ideas en sermones. Pero el comité prefirió una explicación escrita. Consciente de que la dimisión como pastor sería el resultado probable, pero conscientemente indispuesto a admitir solicitudes sin profesión pública, Edwards se ofreció el 13 de abril de 1749 a dimitir de su puesto si, tras leer su proyectado libro, los miembros, con la aprobación de un comité mutuo, votaban. Fue el comienzo de una larga y complicada serie de negociaciones que suponían disputar los derechos del distrito electoral (la comunidad civil que apoyaba a la iglesia) para dirigir la acción de la organización eclesiástica, el derecho de Edwards a ser escuchado dese el púlpito en defensa de su posición, su derecho a que iglesias de fuera del condado (que entonces comprendía los tres actuales condados de Franklin, Hampshire y Hampden) le representaran en el concilio y a la definición de las funciones del mismo cuando se formara. Edwards ha dejado un registro detallado y exacto de cada incidente en la controversia en un diario desapasionado y escrupuloso, que es un monumento a su integridad intelectual. Finalmente la iglesia le concedió la convocatoria de un concilio mutuo de diez iglesias, dos de las cinco seleccionadas por él de fuera del condado y el concilio para ser libre de presentar cualquier recomendación. Se reunió el 19 de junio de 1750, pero estaba incompleto; una iglesia convocada por Edwards no envió delegados. No obstante, la mayoría se negó a posponer la acción hasta que la disparidad pudiera ser subsanada. Tras vanos intentos de poner de acuerdo a la iglesia y el pastor, se votó por mayoría de un voto que la relación pastoral debía ser disuelta inmediatamente si la iglesia persistía en ese deseo. Acto seguido más de 200 de los 230 votantes de la iglesia (todos varones) votaron que dimitiera y el concilio el 22 de junio, de nuevo por mayoría de uno, dictó sentencia final. La minoría se unió en una protesta pública. El 1 de julio Edwards predicó su sermón de despedida, un discurso de gran dignidad e intensidad comedida. Su noción de la causa de todo el problema se aprecia en el aviso contra la invasión del arminianismo: 'Si esos principios prevalecieran grandemente en esta ciudad... amenazarán la ruina espiritual y eterna de este pueblo, en la presente y futuras generaciones.'

En Stockbridge. Presidente de Princeton.
El 5 de julio de 1750 escribió a Erskine: 'Ahora estoy arrojado en el amplio océano del mundo y no sé lo que será de mí y mi numerosa y cargada familia.' Erskine ya le había ofrecido ayuda al procurarle alguna iglesia escocesa, pero Edwards, aunque dispuesto a aceptar la política presbiteriana, retrocedió ante las incertidumbres que envolvía. La gente de Northampton, incapaz de conseguir otro pastor, le pidió ocasionalmente que predicara, pero en noviembre los oponentes consiguieron de la ciudadanía que tal servicio se terminara. Una amistosa minoría le propuso unirse con él en una nueva iglesia, pero él se negó a dividir la iglesia. Invitó, por una solicitud posterior, a un concilio de ministros para que le asesoraran en el asunto (15 de mayo de 1751), pero en vista de una grosera protesta dirigida al concilio, aceptó el consejo de ese organismo de que asumiría otro cargo que ya le habían ofrecido. Había sido llamado para ser misionero a los indios y unos pocos colonos blancos en Stockbridge. Tras dos visitas de investigación, se estableció en Stockbridge el 8 de agosto de 1751. El escaso apoyo eclesiástico sería complementado por fondos de la misión desde la legislatura provincial y la Sociedad para la Propagación del Evangelio en Nueva Inglaterra de Londres.

Hasta que su casa de Northampton pudo ser vendida tuvo que luchar con la adversidad, estando endeudado por la tierra y la casa en el nuevo lugar y los matrimonios de dos hijas. La esposa e hijas a duras penas estiraban los ingresos de la familia vendiendo en el mercado de Boston sus encajes, bordados y abanicos pintados.

Más doloroso fue el conflicto por la codicia e intriga de un comerciante residente, Ephraim Williams, pariente de la familia que era responsable en buena medida de la catástrofe en Northampton. La educación de los niños indios estaba garantizada por una concesión del rey, por la Sociedad de Londres y por un filántropo en Londres, proponiendo otro benefactor inglés una escuela para niñas. Para evitar cualquier malentendido, Edwards obtuvo de la legislatura el nombramiento de tres fiduciarios para todos los fondos. Sin embargo, dos de los parientes de los Williams lograron de Londres el nombramiento sobre la junta de comisionados de la Sociedad de Boston y el nombramiento de una pariente como ama de la escuela de niñas. Además uno de los nuevos fiduciarios, casado en la familia Williams, llegó a Stockbridge para asumir el control. Bajo este régimen, a propuesta de los comisionados de Boston, Edwards solo pudo informar de los laxos arreglos provechosos para bolsillos particulares; de ahí que el grupo de Williams intentara apartarle a él y a Gideon Hawley, maestro de la escuela de niños, y comprar las tierras de los colonos que les apoyaban. Sin embargo, por el valor y habilidad de Edwards, esas intrigas fueron torpedeadas y repudiadas por colonos, indios, comisionados y la legislatura. Durante este tiempo hubo otra escaramuza surgida de la controversia de Northampton. En agosto de 1749 Edwards se había defendido publicando An Humble Inquiry into the Rules of the Word of God, Concerning the Qualifications Requisite to a Complete Standing and Full Communion with the Visible Christian Church. Aunque los miembros opuestos se negaron a leerla, Elisha Williams, antiguo rector de Yale, comenzó a trabajar en una réplica, pero al irse a Inglaterra dio el material a su hermanastro, el reverendo Solomon Williams de Lebanon, quien en 1751 editó la obra The True State of the Question Concerning the Qualifications Necessary to Lawfid Communion in the Christian Sacraments. En Stockbridge Edwards tuvo tiempo de responder con Misrepresentations Corrected, and Truth Vindicated (1752), una pesada obra maestra de controversial sutileza. Libradas estas batallas personales, retomó el plan de una campaña general contra la teología arminiana. Antes de su temprana muerte a los 55 años había completado cuatro notables obras y dejado otras en perspectiva.

Las juveniles notas en Mind, que evidencian un talento filosófico prometedor, eran desconocidas para sus contemporáneos. Su fama era como predicador y avivamentista. Pero la publicación en 1754 de A Careful and Strict Enquiry into the Modern Prevailing Notions of that Freedom of Will which is Supposed to be Essential to Moral Agency, Vertue and Vice, Reward and Punishment, Praise and Blame, le reveló como la primera gran inteligencia filosófica en la historia americana. La obra muestra su deuda con Locke pero también una profunda originalidad, agudeza lógica y discriminación crítica en el uso de los términos. Su propósito era mantener los dogmas de la soberanía absoluta de Dios y la predestinación incondicional contra las objeciones arminianas halladas especialmente en Six Dicourses (1719) de Whitby. Hay libertad, pues la mente puede libremente ejercer su elección. Pero el origen de la elección está absolutamente determinado. Está determinado por el motivo, que tiene la mayor tendencia a excitar la volición al ser contemplado como el mayor bien. El hombre tiene el poder natural de servir a Dios, si es así inclinado; pero la voluntad no está inclinada a menos que Dios se revele a sí mismo como el bien más elevado del hombre, una revelación que no es para todos. La responsabilidad moral yace en la elección, cualquiera que sea su origen, no en la causa de la elección. La necesidad no anula la libertad o la responsabilidad moral. La libertad significa sólo que el hombre puede hacer lo que quiere, pero, vista desde la presciencia de Dios, las voliciones están determinadas. La presciencia de Dios, que se evidencia en el cumplimiento de las profecías, significa la certeza de los acontecimientos, y sólo la voluntad de Dios establece su certidumbre. La caída de Adán fue una elección causada por unos motivos. En último análisis los motivos se debían a Dios. Dios quiere el sistema bajo el cual el pecado infaliblemente sucederá. El sistema es de Dios. El pecado del hombre.

¿Qué es entonces la inclinación del hombre? En 1758 Edwards publicó su obra The Great Christian Doctrine of Original Sin Defended, principalmente en réplica a las obras de John Taylor de Norwich, Inglaterra, que circularon ampliamente por Nueva Inglaterra en la propaganda de las iglesias episcopales. Taylor contemplaba todas las propensiones humanas buenas en sí mismas, ya que actúan como un incentivo para el desarrollo en el control de la razón y la virtud. Edwards determina la tendencia humana al afianzar toda acción divina restrictiva, todo lo que afianza la conducta moral. El hombre nace depravado y en condiciones que infaliblemente le llevan al pecado. El pecado es infinito, pues es contra el ser infinito. Nos depravamos cuando Adán se depravó. Cometimos el pecado de Adán. ¿Qué sentido tiene la identidad personal? Es una uniformidad de conciencia explicable sólo por la continuidad de la acción divina. Nuestra identidad es una identidad constituida. Dios nos constituye una persona con Adán. Esta ingeniosa novedad fue un modo de escape de la alegación de Taylor de que Dios no puede tenernos por culpables por el pecado de uno que nos representa sin nuestro conocimiento o consentimiento.

Entre las dos últimas obras Edwards había escrito otras dos que entonces puso a un lado. Una es un ensayo, The Nature of True Virtue, un estudio del genuino carácter cristiano. Posiblemente la formulación deba algo a su discípulo Hopkins. Ciertamente Hopkins y Bellamy, preparados teológicamente en la casa de Edwards, desarrollaron efectivamente la formulación aquí encontrada. No obstante, es un elaboración que pertenece a las notas de Mind. La virtud, argumentaba, es una especie de belleza, esa belleza moral que es la forma de amor, la belleza de una disposición de buena voluntad hacia el ser en general. 'Si cada ser inteligente está en cierta medida relacionado con el ser en general, y es una parte del sistema universal de existencia y por tanto permanece en relación con el conjunto, lo que puede ser su general y verdadera belleza no es sino su unión y acuerdo con el gran conjunto.' Esta propensión procura el bien más alto del ser en general. El objeto que tiene más del ser extrae la mayor participación de la benevolencia del corazón. Dios es, pues, el objeto supremo de la propensión virtuosa. La ética se funde en la actitud religiosa. Todos los hombres tienen 'conciencia natural.' Aprueban la justicia y la benevolencia, incluso perciben su belleza, pero amar, gustar su primaria y esencial belleza, pertenece sólo a aquel cuya conciencia ha sido iluminada por la gracia salvadora. Las virtudes naturales son espurias; descansan en el amor propio. El amor desinteresado pertenece a Dios y a los redimidos.

Evidentemente Edwards dejó aparte estos escritos para una revisión. ¿Descubrió que el desarrollo de este pensamiento era en alguna manera incompatible con su calvinismo? La conjetura se ha hecho también con otra obra sin publicar de 1755, Concerning the End for which God Created the World. Se traa de un vuelo en el misticismo panteísta de su juventud y una elaboración de reflexiones recogidas en su Miscellanies sin uso en sus sermones. ¿Por qué existe el mundo? Una última pregunta. La más breve expresión de esa nebulosa contemplación es 'que una disposición en Dios, propiedad original de su naturaleza, hacia una emanación de su propia infinita plenitud, fue lo que le impulsó a crear el mundo; y de ese modo la emanación misma fue dirigida por él como fin último de la creación.' El universo, pues, es una exfoliación de Dios, una emanación, no una creación de la nada. Nada tiene existencia real salvo en su participación de Dios. Su término final en la gran manifestación es él mismo. El mundo existe para su gloria. Él, la suprema y única excelencia, necesariamente se ama a sí mismo. Si Dos se complace en la criatura, es porque la criatura es su emanación, teniendo la esencia divina en ella. Es difícil ver cómo en esta idea el ser humano tiene realidad distintiva y la conjetura surge de nuevo en cuanto a si el sistema especulativo no se ha convertido en algo independiente del sistema teológico.

Naturalmente este severo lógico tuvo una singular capacidad para el gozo estético. La exquisita narrativa de su experiencia religiosa, casi un poema, muestra un raro deleite en la belleza de la naturaleza. Su respuesta a la pregunta ¿por qué existe el mundo? es que Dios es el artista supremo que se expresa en infinitas perfecciones variadas. Edwards el teólogo no podía estar contento con una relación racional ética con Dios. La verdadera respuesta del alma debe ser el deleite del amante de la belleza.

Jonathan Edwards
Jonathan Edwards
Su tercera hija, Esher, se casó el 29 de junio de 1752 con el reverendo Aaron Burr, presidente desde 1748 del College de New Jersey, que en 1756 se trasladó de Newark a Princeton. Dos días después de la muerte de Burr el 24 de septiembre de 1757, Edwards fue escogido como sucesor suyo. El 19 de octubre escribió dudando de su capacidad para el cargo, subrayando la falta de vigor físico y su vacilación para abandonar los proyectos literarios. Sin embargo, buscó el consejo de un grupo de ministros quienes le estimularon a que lo aceptara. A principios de enero fue a Princeton, donde predicó regularmente y dirigió lo que ahora sería llamado un curso de teología para estudiantes de último año, pero poco después murió tras serle inyectada una vacuna contra la viruela, siendo enterrado en Princeton.

Edwards era bajo de estatura, delgado y de constitución delicada. Su semblante tenía bellas características y ojos penetrantes y su tranquila voz, entonada con cierto sentimiento, ejercía penetrantes efectos por su distinción y modulada expresión. Venerado por la santidad de su disciplinado carácter, fue odiado por una implacable consistencia lógica que ataba la vida. Fue decisivo en el primer gran avivamiento religioso de los tiempos modernos; intensificó el poder del calvinismo para contener la ola del nuevo pensamiento del mundo; fundió la férrea lógica de ese sistema con una comunión de arrebato místico e inició un nuevo capítulo en la historia de la doctrina en la teología de Nueva Inglaterra.

Obras.
Las obras más importantes de Edwards son las siguientes: A Divine and Supernatural Light Imparted to the Soul by the Spirit of God (Boston, 1734), un notorio sermón por su filosofía natural; sus oyentes en Northampton le pidieron que lo publicara; A Faithful Narrative of the Surprising Work of God in the Conversion of many Hundred Souls in Northampton, etc, (Boston y Londres, 1737); Five Discourses on Important Subjects (Boston, 1738); Sinners in the Hands of an Angry God (Boston, 1741), uno de sus más impactantes sermones y frecuentemente impreso una y otra vez; Distinguishing Marks of a Work of the Spirit of God (1741); Some Thoughts concerning the Present Revival of Religion in New-England (1742); A Treatise concerning Religious Affections (1746), una de sus obras más espirituales y analíticas; An Humble Attempt to promote Explicit Agreement and Visible Union of God's People in Extraordinary Prayer (1747); An Account of the Life of the Late Reverend Mr. David Brainerd... chiefly taken from his own Diary (1749); An Humble Inquiry into the Rules of the Word of God, concerning the Qualifications requisite to a Complete Standing and full Communion in the Visible Christian Church (1749). Sus obras más importantes fueron publicadas tras dejar su primera labor pastoral y algunas de ellas después de su muerte, como A Careful and Strict Enquiry into the Modern Prevailing Notions of that Freedom of Will which is Supposed to the Essential to Moral Agency (1754); The Great Christian Doctrine of Original Sin Defended (1758); History of Redemption (1772); Dissertation concerning the End for which God created the World y Dissertation concerning the Nature of True Virtue (1788).

De la obra Great Guilt No Obstacle to the Pardon of the Returning Sinner es el siguiente pasaje:

'Por amor de tu nombre, oh Jehová, perdonarás también mi pecado, que es grande (Oh SEÑOR, por amor de tu nombre, perdona mi iniquidad, porque es grande.[…]Salmos 25:11).

Doctrina: Si de verdad nos acercamos a Dios pidiendo misericordia, lo inmenso de nuestro pecado no será un impedimento para que nos perdone... Esto es lo que necesitamos a fin de poder acercarnos a Dios pidiendo misericordia:
Necesitamos ver nuestra desdicha a fin de ser sensibles a nuestra necesidad de misericordia. Los que no tienen conciencia de su desdicha no pueden acudir a Dios en busca de misericordia, porque es justamente la noción de la misericordia divina lo que constituye la bondad y gracia de Dios hacia el desdichado. Sin la desdicha en la ecuación, no se puede ejercer misericordia. Es una contradicción querer misericordia sin sentir desdicha, o comprensión sin tener una calamidad. Por lo tanto, los hombres no pueden considerarse objetos adecuados de misericordia, a menos que tengan primero conciencia de que son desdichados. Así que, a menos que éste sea el caso, es imposible que acudan a Dios en busca de misericordia.
Tienen que ser sensibles al hecho de que son hijos de ira, que la Ley está en su contra y que están expuestos a su maldición: que la ira de Dios mora en ellos y que él está disgustado con ellos cada día que están bajo la culpa del pecado. Tienen que ser sensibles al hecho de que es cosa terrible ser el objeto de la ira de Dios, que es cosa terrible tenerlo como enemigo, y tienen que saber que no pueden sobrevivir su ira. Tienen que ser sensibles a que la culpa del pecado los convierte en criaturas desdichadas, sean cuales sean los placeres temporales que tienen; que no pueden ser más que criaturas desdichadas, arruinadas, en tanto Dios está disgustado con ellos; que no tienen fuerza y deben perecer, y esto, eternamente, a menos que Dios los ayude. Tienen que ver que su caso es totalmente desesperante, que no hay nada que nadie puede hacer por ellos; que están al borde del foso de la desdicha eterna; y que tendrán que caer en él, si Dios no tiene misericordia de ellos...
1. La misericordia de Dios es suficiente para perdonar los pecados más grandes, así como lo es para perdonar los más pequeños, porque su misericordia es infinita. Lo que es infinito es tan superior a lo que es grande como lo es a lo que es pequeño. Entonces, siendo Dios infinitamente grande es superior a los reyes, así como lo es a los mendigos. Es superior al ángel principal, así como lo es al gusano más inferior. Una medida de lo infinito no depende de la distancia entre lo infinito y lo que no lo es. Por lo tanto, siendo la misericordia de Dios infinita, es tan suficiente para perdonar todo pecado, así como lo es para perdonar uno solo...
2. Lo que Cristo pagó por el pecado es suficiente para quitar la culpabilidad más grande, así como lo es para quitar la más pequeña. "La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado" (mas si andamos en la luz, como El está en la luz, tenemos comunión los unos con los otros, y la sangre de Jesús su Hijo nos limpia de todo pecado.[…]1 Juan 1:7). "De todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree" (y que de todas las cosas de que no pudisteis ser justificados por la ley de Moisés, por medio de El, todo aquel que cree es justificado.[…]Hechos 13:39). Todos los pecados de quienes verdaderamente se acercan a Dios para pedir misericordia, sean los que sean, han sido saldados si Dios, quien lo dice, no miente. Y si la pena de todos ha sido saldada, es fácil creer que Dios está listo para perdonarla. De modo que Cristo, habiendo satisfecho plenamente el castigo de todos los pecados, y habiendo hecho un pago que es apto para todos, no desmerece la gloria de los atributos divinos perdonar los pecados más grandes de aquellos que de una manera correcta acuden a él pidiendo perdón. Dios puede ahora perdonar a los pecadores más grandes sin menoscabar el honor de su santidad. La santidad de Dios no lo deja pasar por alto el pecado, sino que lo lleva a dar testimonios claros de su aborrecimiento por él. Porque Cristo satisfizo el castigo por el pecado, Dios puede ahora amar al pecador y no tener en cuenta para nada su pecado, no importa lo grande que haya sido. El hecho que descargó su ira en su propio Hijo amado cuando éste tomó sobre sí la culpa del pecado es testimonio suficiente de cuánto aborrece Dios al pecado. No hay nada mejor que esto para mostrar el odio que Dios siente por el pecado...
Dios puede, por medio de Cristo, perdonar al más grande pecador sin menoscabar el honor de su majestad. El honor de la majestad divina ciertamente requiere ser satisfecho, pero los sufrimientos de Cristo reparan plenamente el agravio. Aunque la ofensa sea muy grande, si una persona tan honorable como Cristo asume la función de mediador del que cometió la ofensa y sufre tanto por él, repara plenamente el agravio hecho a la Majestad del cielo y de la tierra. Los sufrimientos de Cristo satisfacen plenamente su justicia. La justicia de Dios, como Soberano y juez de la tierra, requiere que el pecado sea castigado. El juez supremo tiene que juzgar al mundo de acuerdo con la ley de la justicia... La Ley no es un impedimento para el perdón del pecado más grande, siempre y cuando el hombre realmente acuda a Dios pidiendo misericordia, porque Cristo, por medio de sus sufrimientos, ha cumplido la Ley, él cargó con la condena del pecado, "Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en su madero)" (Cristo nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho maldición por nosotros (porque escrito está: MALDITO TODO EL QUE CUELGA DE UN MADERO),[…]Gálatas 3:13).
3. Cristo no se negará a salvar a los más grandes pecadores, quienes de la manera correcta acuden a Dios pidiendo misericordia, porque esa es su obra. Es su deber ser el Salvador de los pecadores, pues es la obra por la que vino al mundo y, por lo tanto, no se opondrá a hacerlo. No vino a llamar a los justos, sino a los pecadores al arrepentimiento (Mas id, y aprended lo que significa: "MISERICORDIA QUIERO Y NO SACRIFICIO"; porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.[…]Mateo 9:13). El pecado es justamente el mal que vino al mundo a remediar: por lo tanto, no tendrá objeciones contra nadie porque sea muy pecador. Más pecador es, más necesita a Cristo. La pecaminosidad del hombre fue la razón por la que Cristo vino al mundo... El médico no se niega a sanar a alguien que acude a él porque tiene gran necesidad de su ayuda....
4. En esto consiste la gloria de la gracia por la redención de Cristo: en que es suficiente para perdonar a los más grandes pecadores. Todo el plan del camino de salvación es hacia este fin: glorificar la gracia de Dios. Desde toda la eternidad fue la intención de Dios glorificar este atributo; y por lo tanto es así que concibió el recurso de salvar al pecador a través de Cristo. La grandeza de la gracia divina se muestra claramente en esto: que Dios por medio de Cristo salva a los más grandes ofensores. Más grande la culpa de cualquier pecador, más gloriosa y maravillosa es la gracia manifestada en su perdón: "Cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia" (Y la ley se introdujo para que abundara la transgresión, pero donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia,[…]Romanos 5:20)... El Redentor es glorificado, en el sentido que da prueba de ser suficiente para redimir a los que son excesivamente pecadores, en el sentido que su sangre prueba ser suficiente para limpiar la culpa más grande, en que puede salvar al máximo y en que redime hasta de la desdicha más grande.
Es el honor de Cristo salvar a los más grandes pecadores cuando acuden a él, así como es un honor para el médico poder curar las enfermedades o heridas más desesperantes. Por lo tanto, no cabe duda de que Cristo estará dispuesto a salvar a los más grandes pecadores si acuden a él, porque no vacilará en glorificarse a sí mismo y de elogiar el valor y la virtud de su propia sangre. Siendo que se dio a sí mismo para redimir a los pecadores, no le faltará disposición para mostrar que es capaz de redimir al máximo... Si tú no aceptas la suficiencia de Cristo para perdonarte, sin ninguna rectitud y justicia propia que te recomiende, nunca llegarás al punto de ser aceptado por él. La manera de ser aceptado es acudir-no por ningún aliento que te da el saber que has podido mejorar, o que eres más digno, y no tan indigno sino-por el mero aliento de lo digno que es Cristo y lo misericordioso que es Dios.'