Historia
EGMONT, LAMORAL, CONDE DE (1522-1568)

Egmont junto a otros nobles destacados se resintió de la política de Felipe II, que invadía privilegios locales y libertades religiosas, acentuadas por la elevación del cardenal Granvela a la jefatura del gobierno. Junto con Guillermo, príncipe de Orange, y el conde de Horn, Egmont logró que Felipe II destituyera a Granvela de su cargo en 1564.
Cuando Felipe, a pesar de la apelación personal de Egmont en España (1565) mantuvo sus duras medidas contra los protestantes, éste, junto a Guillermo y Horn, se retiró del Consejo de Estado (noviembre de 1565), aunque permaneció fiel al rey, prestando sólo limitado apoyo a una liga de nobles formada en 1566 para solicitar de Margarita que otorgara mayor tolerancia religiosa. Luego se retiró a su gobierno en Flandes, donde severamente reprimió los levantamientos calvinistas.
Tras la designación del duque de Alba como capitán general en 1567, Guillermo apeló a Egmont para que se uniera a él en resistencia armada. La negativa de Egmont perturbó a Guillermo, quien vació durante varios meses antes de buscar ayuda de los príncipes protestantes alemanes. Mientras tanto, Egmont prestó el juramento de lealtad exigido por Margarita en la primavera de 1567 e ignoró el aviso de Guillermo sobre el peligro que constituía la llegada del duque de Alba. El 9 de septiembre de 1567 fue capturado, junto con Horn y otros. Tras meses de aislamiento en prisión, el día 2 de junio fue sometida su causa al Consejo de los Tumultos, que declaró a él y Horn reos de alta traición. Al día siguiente ambos fueron conducidos en carruaje desde Gante a Bruselas, con una escolta de tres mil soldados, siendo encerrados en habitaciones distintas, frente al palacio municipal. En la tarde del día 4 asistió el duque de Alba a la sesión del Consejo, en la cual leyó el secretario en voz alta las sentencias: los condes de Egmont y Horn, como reos del delito de traición y sedición, serían decapitados por el verdugo, puestas en la extremidad de una percha sus cabezas y confiscados sus bienes. Mandó buscar entonces el duque al obispo de Ypres, a quien comisionó para que comunicase a los condenados la terrible nueva de que su ejecución tendría lugar a la mañana siguiente y los preparase a bien morir.

Las gestiones para que se demorase la ejecución fueron infructuosas. Al penetrar el obispo en la habitación de Egmont, encontró al infortunado noble profundamente dormido, rendido por el cansancio que el viaje le causara después de una larga prisión. Lo despertó con dulzura y, como la emoción no le permitía hablar, depositó en sus manos una copia de la terrible sentencia. Al rehacerse tras la primera impresión, escribió una carta al rey, haciendo protestas de su lealtad y rogándole que le perdonase y que, en consideración a sus pasados servicios, tuviese compasión de su infortunada mujer y tiernos hijos. A las diez de la mañana llegó un piquete de soldados para conducir a Egmont al lugar de ejecución. La amplia plaza estaba ocupada por una inmensa muchedumbre y las ventanas y tejados atestados de gente, en tanto el patíbulo que se alzaba en el centro de la misma, se hallaba rodeado por apretadas filas de infantería española. Se veían sobre el patíbulo dos cojines negros y una mesa pequeña con un crucifijo de plata. Egmont caminaba con sereno porte, recitando el 1 Para el director del coro. Salmo de David, cuando después que se llegó a Betsabé, el profeta Natán lo visitó. Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a lo inmenso de tu compasión, borra mis transgresiones. 2 Lávame por compl[…]Salmo 51. Siguiendo los consejos del obispo, renunció a dirigir al pueblo la palabra; empleó breves momentos en recitar con gran recogimiento fervorosas oraciones, y, besando con respeto el crucifijo, se arrodilló en uno de los cojines. En el momento de exclamar: "En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu", el hacha del verdugo cercenó su cabeza.