Historia
ENRIQUE III (1551-1589)

Las guerras de religión (1562-98) continuaron durante el reinado de Enrique III. En mayo de 1576 corroboró la Paz de Monsieur, llamada según el título de su hermano Francisco, duque de Alençon, pero su concesión a los hugonotes en el Edicto de Beaulieu enfureció a los católicos, que formaron la Santa Liga para proteger sus intereses. Enrique retomó la guerra contra los hugonotes, pero los Estados Generales, reunidos en Blois en 1576, estaban cansados de las extravagancias de Enrique y se negaron a otorgarle los subsidios necesarios. La Paz de Bergerac (1577) acabó con las hostilidades temporalmente; los hugonotes perdieron algunas de sus libertades por el Edicto de Poitiers y la Santa Liga quedó disuelta. Sin embargo, en 1584 los católicos se alarmaron cuando el hugonote Enrique de Navarra (futuro Enrique IV) se convirtió en heredero al trono a la muerte Francisco, hermano de Enrique III, resucitándose la Liga bajo la dirección de Enrique, tercer duque de Guisa.

Enrique III, actuando bajo el consejo de su madre, intentó aplacar a la Liga al revocar los edictos anteriores que habían otorgado tolerancia a los hugonotes, pero sus miembros lo consideraron un tibio defensor de la fe e intentaron destituirlo. Un levantamiento del pueblo en París el 12 de mayo de 1588 (Día de las Barricadas) hizo que el rey huyera a Chartres. En diciembre de 1588 se aprovechó de una reunión de los Estados Generales en Blois para que el duque de Guisa y su hermano Luis, cardenal de Lorena, fueran asesinados. Este hecho exacerbó la hostilidad de la Liga y Enrique se vio obligado a aliarse con Enrique de Navarra. Juntos pusieron asedio a París, pero el 1 de agosto de 1589, el fraile Jacques Clément, que había logrado acceder a la presencia del rey, lo apuñaló. Antes de morir, Enrique, que no tenía hijos, reconoció a Enrique de Navarra como su heredero.

Enrique III tenía un buen intelecto, maneras gratas y gustos cultivados, así como don de palabra, pero no pudo salvar a Francia de la guerra civil. Publicó ordenanzas destinadas a corregir muchos de los problemas financieros y judiciales de la nación, pero no hizo los esfuerzos necesarios para imponerlos. Estaba más atento a la parafernalia del poder que a su sustancia, por lo que perdió la simpatía de poderosos elementos por su distanciamiento de la corte y por los favores otorgados a sus mignons, pequeño grupo de jóvenes apuestos a los que permitió todo tipo de excesos.