Historia
ENRIQUE IV (1050-1106)

El padre de Enrique, Enrique III, había ejercido un férreo control sobre la Iglesia y había acabado con un cisma en Roma (1046), iniciando nuevas actividades de los reformistas. En Pascua de 1051 el niño fue bautizado una vez que los príncipes alemanes hubieron prestado juramento de fidelidad y obediencia en Navidad en 1050. El 17 de julio de 1053 fue elegido rey en Tribur a condición de que fuera un rey justo. En 1054 fue coronado rey en Aix-la-Chapelle (Aachen) y al año siguiente quedó comprometido con Berta, hija del margrave de Turín. Cuando el emperador murió en octubre de 1056, a la edad de 39 años, la sucesión al trono y la supervivencia de la dinastía parecían aseguradas. Los príncipes no pusieron objeción cuando el gobierno nominal pasó al muchacho de seis años, de quien su piadosa madre fue regente. Pero la prematura muerte de Enrique III fue el comienzo de un fatídico cambio que marcó el reinado de su hijo. En su testamento, el emperador había nombrado al papa Víctor II consejero de la emperatriz, resolviendo Víctor algunos conflictos entre los príncipes y la corte imperial que habían amenazado la paz del imperio.
Sin embargo, tras la temprana muerte de Víctor (1057) la políticamente inepta emperatriz cometió varios errores decisivos. Por su propia cuenta y sin el consejo de un grupo permanente de consejeros, se sometió rápidamente a varias influencias. Transfirió el ducado de Baviera, que Enrique III había dado a su hijo en 1055, al conde sajón Otto de Nordheim, privando al rey de un importante fundamento de su poder. También dio el ducado de Suabia al conde Rodolfo de Rheinfelden, quien se casó con su hija, y el ducado de Carintia al conde Bertoldo de Zähringen, convirtiéndose ambos con el paso del tiempo en enemigos de Enrique IV. La muerte del emperador también marcó el desbaratamiento de la influencia alemana en Italia y de la estrecha relación entre el rey y los papas reformistas. La independencia de éstos pronto se hizo evidente en las elecciones de Esteban IX y Nicolás II, que no fueron influenciadas (como bajo Enrique III) por la corte alemana, en el nuevo procedimiento para la elección de los papas (1059) y en la alianza defensiva con los normandos en el sur de Italia. Esta alianza era necesaria para los papas por ser una protección efectiva contra los romanos y no iba dirigida contra el rey alemán. Aunque los normandos eran considerados usurpadores y enemigos del imperio, el pacto resultó en la tensión de las relaciones entre el papa y la corte alemana, que se agravó por las pretensiones papales y la acción disciplinaria tomada por Nicolás II contra los obispos alemanes.



Esta rebelión afectó a las relaciones entre Enrique y el papa. En Milán una facción popular, los patarinos, dedicada a reformar la ciudad de la corrupción del alto clero, eligió su propio arzobispo, que fue reconocido por el papa. Cuando Enrique contrarrestó la acción con su propio candidato consagrado por los obispos lombardos, Alejandro II excomulgó a los obispos. Enrique no se sometió y no fue hasta la rebelión sajona que estuvo dispuesto a negociar. En 1073 pidió humildemente al nuevo papa, Gregorio VII, que resolviera el problema de Milán. Al renunciar el rey a su derecho de investidura, un sínodo romano, convocado para fortalecer al movimiento patarino, prohibió cualquier investidura laica en Milán; a partir de entonces Gregorio consideró a Enrique aliado suyo en cuestiones de reforma eclesiástica. Incluso puso la defensa de la Iglesia de Roma en manos del rey cuando planeó una cruzada. Pero tras derrotar a los sajones, Enrique se vio lo suficientemente fuerte para romper sus acuerdos con el papa y para nombrar a su capellán de la corte como arzobispo de Milán. La violación del acuerdo sobre las investiduras ponía en entredicho la fiabilidad del rey, enviándole el papa una carta con el recordatorio del triste destino del rey Saúl, pero ofreciéndole negociaciones sobre la cuestión de las investiduras. En lugar de aceptar la oferta, que llegó a su corte el 1 de enero de 1076, Enrique el mismo día, destituyó al papa y persuadió a la asamblea de 26 obispos, llamados apresuradamente a Worms, que se negaran a obedecer al papa. Por esta impulsiva reacción convirtió el problema de la investidura en Milán, que se podría haber resuelto mediante negociaciones, en una disputa fundamental sobre las relaciones entre el Estado y la Iglesia.

'En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, por el poder y la autoridad de San Pedro, y en defensa y honor de la iglesia, pongo en entredicho al rey Enrique, hijo del emperador Enrique, quien con orgullo sin igual se ha alzado contra la Iglesia, prohibiéndole que gobierne en todos los reinos de Alemania y de Italia. Además libro de sus juramentos a quienes le hayan jurado o pudieran jurarle fidelidad. Y prohíbo que se le obedezca como rey.'
Sin embargo, los príncipes consideraron que Canosa era una ruptura del acuerdo original sobre una asamblea en Augsburgo y declararon a Enrique destronado. En su lugar eligieron a Rodolfo, duque de Suabia, en marzo de 1077, por lo que Enrique confiscó los ducados de Baviera y Suabia para la corona. Recibió el apoyo de los campesinos y ciudadanos de esos ducados, mientras que Rodolfo se apoyó principalmente en los sajones. Gregorio contempló la indecisa batalla entre Enrique y Rodolfo durante casi tres años, hasta que resolvió tomar una decisión por causa de la continuada reforma eclesiástica en Alemania. En un sínodo en marzo de 1080 prohibió las investiduras, excomulgó y destronó a Enrique de nuevo y reconoció a Rodolfo. Las razones para este acto de excomunión no fueron tan válidas como las presentadas en 1077 y muchos nobles que habían favorecido al papa se volvieron contra él, al pensar que la prohibición de las investiduras infringía sus derechos como patronos de iglesias y monasterios. Entonces Enrique pudo destituir a Gregorio y proponer a Guiberto, arzobispo de Rávena, como papa en un sínodo en Brixen. Cuando la oposición de los príncipes quedó paralizada por la muerte de Rodolfo en octubre de 1080, Enrique, liberado de la amenaza de enemigos en la retaguardia, marchó a Italia para encontrar una solución militar en su batalla con la Iglesia. Tras atacar Roma en vano en 1081 y 1082, conquistó la ciudad en marzo de 1084. Guiberto fue entronizado como Clemente III y Enrique fue coronado emperador el 31 de marzo de 1084. Gregorio, el papa legítimo, huyó a Salerno y el emperador, sintiendo que había obtenido una victoria total, regresó a Alemania. En mayo de 1087 coronó a su hijo Conrado como rey. Los sajones hicieron la paz con él. Después Enrique sustituyó a los obispos que no se unieron a Clemente por otros leales al rey.

Miniatura de la Crónica de
Ekkehard de Aura (1113). Cambridge
La huida y muerte de Gregorio VII y la presencia de Clemente III en Roma causaron una crisis en el movimiento reformista de la Iglesia, de la que se recuperó bajo el pontificado de Urbano II (1088-99). El matrimonio, arreglado por Urbano II en 1089, del joven Welf V de Baviera con la condesa Matilde de Toscana que tenía 43 años, celosa adherente de la causa reformista en la Iglesia, alineó a los oponentes de Enrique en el sur de Alemania e Italia. Enrique se vio obligado a invadir Italia una vez más en 1090, pero tras el éxito inicial, su derrota en 1092 resultó en levantamientos en Lombardía y la rebelión de su hijo Conrado, que fue coronado rey de Italia por los lombardos, desembocó en una rebelión general. El emperador se encontró aislado de Alemania y asediado en un rincón del nordeste de Italia. Además, su segunda esposa, Práxedes de Kiev, con quien se había casado en 1089 tras la muerte de Berta en 1087, le abandonó, levantando serios cargos contra él. No fue hasta que Welf V se separó de Matilde en 1095, y a su padre, el destituido Welf IV, le otorgó una vez más Baviera como feudo, en 1096, que Enrique pudo regresar a Alemania (1097).
En Alemania la simpatía hacia la reforma y el papado no excluía la lealtad al emperador. Gradualmente Enrique pudo consolidar su autoridad por lo que en mayo de 1098 los príncipes eligieron a su segundo hijo, Enrique V, rey en lugar del desleal Conrado. Pero la paz con el papa, que era necesaria para una consolidación completa de la autoridad, era una meta que parecía inalcanzable. Al principio una solución era imposible por el apoyo de Enrique a Clemente III, quien murió en 1100. Pascual II (1099-1118), seguidor de las políticas reformistas de Gregorio VII, no quiso llegar a un acuerdo con Enrique. Finalmente, el emperador declaró que emprendería una cruzada si se le levantaba la excomunión. Para preparar la cruzada, prohibió todos los feudos entre los grandes nobles del imperio durante cuatro años (1103). Pero el descontento comenzó de nuevo cuando la reconciliación con la Iglesia no se materializó y los nobles pensaron que el emperador estaba restringiendo sus derechos en favor de su hijo. Enrique V temía una controversia con los príncipes. En alianza con los nobles bávaros se levantó contra el emperador en 1104 para conseguir el trono sacrificando a su padre. El emperador huyó a Colonia, pero cuando fue a Maguncia su hijo lo encarceló y el 31 de diciembre de 1105 le arrancó su aparentemente voluntaria abdicación. Sin embargo, Enrique IV no estaba dispuesto a abandonar el poder. Huyó a Lieja y con los lotaringios derrotó al ejército de su hijo cerca de Visé el 22 de marzo de 1106. Súbitamente Enrique IV murió en Lieja el 7 de agosto. Su cuerpo fue trasladado a Spira, aunque permaneció en una capilla sin consagrar antes de ser enterrado en la cripta familiar en 1111.

Documento de 15 de abril de 1064, en los archivos estatales en Berlín
El juicio de Enrique IV por sus contemporáneos difiere según sea la facción a la que pertenecieran. Sus oponentes consideraron al alto y apuesto rey un tirano, la cabeza de una herejía, cuta muerte desearon porque parecía inaugurar una nueva era. Sus amigos le alabaron como un gobernante piadoso, gentil e inteligente, un patrón de las artes y las ciencias, que se rodeó de eruditos religiosos y que, en su sentido de la ley la justicia, encarnó al rey ideal. En su intento de preservar los derechos tradicionales de la corona, Enrique IV tuvo un éxito parcial, pues mientras fortaleció la posición del rey contra los nobles al obtener el apoyo de los campesinos, los ciudadanos y los oficiales, sus continuas batallas con la Iglesia reformista por las investiduras debilitaron finalmente la influencia real sobre el papado.