Historia
ENRIQUE VIII (1491-1547)
- Ascensión al trono
- Pérdida de popularidad
- La ruptura con Roma
- Reformas domésticas
- Declive mental y físico
- Resumen

Galería Nacional, Roma
Enrique era el segundo hijo de Enrique VII, primero de la línea Tudor, e Isabel, hija de Eduardo IV, primer rey del breve linaje de York. Cuando su hermano mayor, Arturo, murió en 1502, Enrique se convirtió en heredero al trono; de todos los monarcas Tudor sólo el pasó su infancia en una calmada expectativa por la corona, lo que ayudó a darle una seguridad de majestad y justicia a su voluntarioso y enérgico carácter. Sobresalía en saber así como en ejercicios físicos sobre la sociedad aristocrática, y, cuando en 1509 ascendió al trono, se esperaban grandes cosas de él. Bien plantado, fuerte, atlético, cazador y amante del baile, prometió a Inglaterra las alegrías de la primavera, tras el largo invierno del reinado de Enrique VII. Enrique y sus ministros explotaron la insatisfacción inspirada por la enérgica búsqueda por su padre de los derechos reales, al sacrificar, sin titubear, algunas de las instituciones impopulares y algunos de los hombres que habían servido a su predecesor. Sin embargo, pronto reaparecieron las impopulares medidas para gobernar el reino porque eran necesarias. Poco después de su ascenso, Enrique se casó con Catalina de Aragón, viuda de Arturo, y los despilfarros que supusieron la ocasión salieron de las modestas reservas reales. Más seria fue la determinación de Enrique de acometer aventuras militares.

Sin embargo, los años de 1515 a 1527 estuvieron marcados por la ascendencia de Wolsey, preparando sus iniciativas la escena. El cardenal tenía esporádicas ambiciones por la tiara papal y Enrique le apoyaba; Wolsey en Roma hubiera sido una poderosa carta en manos inglesas. Pero de hecho, nunca hubo ninguna oportunidad para que esto sucediera, lo mismo que con la elección de Enrique para la corona imperial, brevemente planteada en 1519 cuando el emperador Maximiliano I murió, siendo sucedido por su nieto Carlos V. Ese suceso alteró la situación europea. En Carlos las coronas de España, Borgoña (con los Países Bajos) y Austria quedaron unidas en un conjunto abrumador de poder que redujo todas las dinastías, con excepción de Francia, a una posición inferior. Desde 1521 Enrique se convirtió en un puesto de avanzada del poder imperial de Carlos V, quien en Pavía (1525), momentáneamente, destruyó el poder de Francia. El intento de Wolsey para invertir las alianzas en ese momento poco propicio produjo represalias contra el vital comercio de telas inglés con los Países Bajos, perdiéndose las ventajas que una alianza con el vencedor de Pavía podrían haber reportado. Eso provocó una seria reacción en Inglaterra y Enrique conluyó que Wolsey había llegado a su fin.

Aunque la grandeza de Inglaterra en Europa se manifestaba como una farsa, el régimen también perdió popularidad adentro. Las fantasiosas expectativas de los primeros días, por supuesto, se desvanecieron, aunque se pudo introducir alguna medida de realismo. Cronistas y escritores continuaban llenos de esperanza hacia un rey que, desde 1517, demandó los servicios de un nuevo consejero, Sir Thomas More, una de las mentes más destacadas de su tiempo. Pero More descubrió pronto que a Enrique le gustaba disfrutar de una conversación de altos vuelos además de dirigir la política. Nada por el momento podía hacer mella en la fuerza de Wolsey y esto supuso un serio retroceso para el rey, quien le apoyaba. El país mostraba crecientes signos de descontento y los esfuerzos de Wolsey para remediar las quejas sólo exasperaban a los hombres de influencia sin proporcionar satisfacción a los pobres. Los sentimientos llegaron a un punto de ebullición en los años 1523-24. Aunque le desagradaba el parlamento, Wolsey tuvo que convocar uno en 1523, aunque los impuestos votados quedaron muy por debajo de lo que se exigía. Al año siguiente, el intento de crear un impuesto especial provocó una resistencia tan enconada que Enrique lo rescindió y tanto él como el cardenal intentaron ganarse el crédito por la remisión de lo que habían sido juntamente responsables de imponer. Mientras tuvo a Wolsey para echarle la culpa, Enrique pudo permitirse tales fiascos; el cardenal no. Hacia 1527 la política del gobierno que, aunque aparentemente era de Wolsey, realmente era del rey, estaba al borde de la bancarrota; ineficaz fuera e impopular dentro presentó al régimen tan vacío de propósitos positivos como en realidad estaba. En ese momento, el rey irrumpió en los asuntos indiscutible y espectacularmente. Entre sus fracasos estaba su incapacidad o la de Catalina para tener un heredero varón para el trono; varios abortos y muertes prematuras habían dejado solo una niña, la princesa María (nacida en 1516), para continuar la descendencia y nadie estaba entusiasmado con el pensamiento de una sucesión femenina, con todas las incertidumbres dinásticas y políticas que pudiera ocasionar. Por supuesto, Enrique no podía pensar que la falta estaba en él. Su rápidamente creciente aversión a Catalina aumentó por su obsesión con una de las damas de la corte, Ana Bolena, hermana de una de sus primeras amantes. Enrique no era un libertino; de hecho tenía una veta de gazmoñería, pero procuró ocasionalmente la liberación del matrimonio de una esposa digna pero endeble, a la que los príncipes han quedado generalmente ligados. En Ana encontró su pareja; esta muchacha de 20 años, criada en la dura escuela de la intriga cortesana, sería más que una amante del rey. A Enrique, que en cualquier caso necesitaba casarse con ella si el esperado asunto del problema sucesorio iba a resolverse, le costó seis años lograr su propósito. Al hacerlo, inadvertidamente provocó una revolución.

c. 1534–35. Museo Británico, Londres


La acción generaría una revolución y la revolución requería un hombre que pudiera idearla y ejecutarla. Ese hombre fue Thomas Cromwell, quien, en abril de 1532, obtuvo el control del consejo y a partir de ahí permaneció al mando durante ocho años. La revolución consistió en la decisión de que la Iglesia inglesa se separaría de Roma, siendo efectivamente un departamento espiritual del Estado bajo el dominio del rey como diputado de Dios en la tierra. La revolución que él no había deseado otorgó al rey su deseo: en enero de 1533 se casó con Ana; en mayo un nuevo arzobispo, Thomas Cranmer, presidió la formalidad de un juicio que declaró el primer matrimonio nulo y en septiembre nació la princesa Isabel. El papa respondió con una sentencia de excomunión que a nadie perturbó. La jefatura suprema en la tierra sobre la Iglesia de Inglaterra, aunque él no la había buscado, representó el mayor logro de Enrique. Tuvo consecuencias de largo alcance, pero las que inmediatamente concernieron al rey fueron dos. En primer lugar, el nuevo título consolidó su propio concepto de realeza, su convicción de que (como una vez dijo) él no tenía superior en la tierra. Redondeó la imagen del gobierno real divinamente instituido, que fue una constante ambición de Enrique para presentarse ante un mundo asombrado y obediente. Pero, en segundo lugar, creó un problema personal para el rey: anteriormente, en su libro Assertio septem sacramentorum adversus Martinum Lutherum (1521), había atacado a Lutero y había expresado una profunda devoción al papado, siendo recompensado con el título de Defensor de la Fe. Ahora se había vuelto contra el papa; su acto equivalía a estimular la Reforma protestante, algo atractivo para Cranmer y Cromwell (y tal vez para Ana Bolena) pero no para Enrique, que despreciaba a Lutero. La religión de la recién independiente Iglesia tenía que asentarse, por lo que durante el resto de su vida, Enrique, quien se jactaba de sus conocimientos teológicos, dedicaría mucho tiempo y pensamiento a la naturaleza de la verdadera religión. Con la excepción del primado papal, nunca abandonó los principios de la fe en la que había sido criado, pero cambió de parecer en detalles, formando una amalgama en la que la transubstanciación y el celibato clerical se mezclaban con ideas radicales sobre la autoridad secular de la Iglesia y la capacidad del hombre para encontrar la salvación sin la ayuda de los sacerdotes.


La década de Cromwell, la de 1530, fue el único periodo del reinado durante el que se llevó a cabo un conjunto coherente de políticas. La obra de Cromwell aumentó grandemente el poder de Enrique, especialmente al transferir a la corona la riqueza de los monasterios, disueltos en 1536-40, y nuevos impuestos clericales; pero también, más explícitamente que nunca, sometió al rey la autoridad y la supremacía legislativa del parlamento. Ya que Enrique sabía cómo trabajar con el parlamento el efecto inmediato fue hacerle aparecer más dominante que nunca, lo que dio a su reino un aire espurio de autocracia, porque de hecho el gobierno de la ley quedó en control de la mera voluntad del soberano. La apariencia de autocracia fue engañosamente subrayada por el hecho de que todas las revoluciones tienen sus víctimas. Al rodar las cabezas, la anterior reputación de Enrique como campeón de la luz y del saber, quedó permanentemente sepultada bajo su permanente fama de hombre sangriento. Los antiguos amigos tales como More, que rechazaron aceptar el nuevo orden, cayeron bajo el hacha, al igual que otros 50 hombres acusados por las leyes de traición. Entre 1538 y 1541 las familias de Pole y Courtenay fueron aniquiladas por las sentencias de muerte, a causa de traiciones relacionadas con los esfuerzos en el exterior para cambiar el curso de los acontecimientos en Inglaterra, pero principalmente porque podían pretender derechos reales de sangre y representaban un peligro dinástico para el poco prolífico linaje de los Tudor.

Declive mental y físico.
El fracaso de Cleves destruyó a Cromwell al capacitar a sus muchos enemigos para indisponer al rey contra él y en julio de 1540 su cabeza rodó sobre el patíbulo. Enrique se había convertido en alguien verdaderamente peligroso: siempre reservado, suspicaz, ahora comenzó a mostrar tendencias paranoicas. Convencido de que lo controlaba todo, en realidad estaba siendo manipulado por aquellos que sabían cómo alimentar sus sospechas y consentirle su justicia propia. Saturado de experiencia, era el rey más viejo en Europa, y crecientemente competente en la rutina de la norma, le faltó la visión general y el espíritu amplio que habrían hecho de él un gran hombre. Sus deficiencias temperamentales quedaron agravadas por lo que él consideró desgracias inmerecidas y por su mala salud; se puso enormemente gordo, su mente no se debilitó, pero se volvió inquieto, malhumorado y totalmente impredecible, a veces melancólico y depresivo.

National Portrait Gallery
Resumen.
Como rey de Inglaterra desde 1509 a 1547, Enrique VIII presidió los comienzos de la Reforma inglesa, que se desencadenó por sus propios asuntos matrimoniales, si bien nunca abandonó los fundamentos de la fe católica. Aunque excepcionalmente bien servido por una sucesión de ministros, Enrique se volvió contra todos ellos; a los que elevó, invariablemente les hizo caer. Se sintió atraído por el saber humanista y tenía algo de intelectual, pero fue responsable de las muertes de los humanistas ingleses destacados de su tiempo. Aunque se casó seis veces, dejó un heredero menor y un problema sucesorio peligrosamente complicado. De sus esposas, dos estuvieron entre las personas de talla eminente ejecutadas por supuesta traición. Formidable en apariencia, en memoria y en mente y de temperamento temible, despertó devoción genuina y supo cómo encandilar al pueblo. Monstruosamente egoísta y rodeado de adulación, sin embargo supo mantenerse en la esfera de lo posible; siempre dando falsos pasos en política, emergió esencialmente incólume y superficialmente exitoso en casi todo lo que emprendió.
Enrique VIII ha parecido encarnar siempre la verdadera monarquía. Incluso sus hechos perversos, nunca olvidados, han quedado de alguna manera amalgamados en un recuerdo de grandeza. Dio a su nación lo que le faltaba: un símbolo visible de identidad. También hizo algo para darle un mejor gobierno: una armada útil, un comienzo de reforma religiosa y mejora social. Pero no fue un gran hombre en ningún sentido; aunque era un dirigente en cada fibra de su ser, tuvo poco entendimiento de lo que es dirigir a una nación. Pero aunque no fue ni un estadista ni un profeta por un lado, tampoco fue el monstruo sediento de sangre ni el libertino por otro. Si bien era frío, hermético y siempre suspicaz hacia los métodos de los demás, no puede ser encuadrado en el segundo estereotipo; a pesar de una rudeza alimentada por la propia justicia, nunca encontró placer en matar, como requeriría el primer estereotipo. Simplemente nunca entendió por qué la vida de un hombre de buenas intenciones se vio tan acosada por problemas inmerecidos.