Gabrielle d'Estrées, célebre amante de Enrique IV de Francia, nació en 1573 y murió en París el 10 de abril de 1599.
Gabrielle d'Estrées facsímil de un grabado de finales del siglo XVIEra hija del marqués de Estrées y de Françoise Babou de La Bourdaisière, mujer de cualidades poco recomendables, pues pasados los cuarenta años abandonó a sus hijos y a su marido para irse con el marqués de Allegre. Gabrielle era la quinta de seis hijas, aunque todas se dieron a conocer por sus galanterías. A la edad de dieciséis años, si se ha de creer a un contemporáneo, Gabrielle, con la participación del duque de Epermon, fue prostituida por su madre a Enrique III, que le pagó seis mil escudos; Montigny, encargado de entregar esta suma, se guardó dos mil. Este rey se cansó muy pronto de Gabrielle; entonces su madre la entregó a un rico negociante, y a varios otros, luego al cardenal de Guisa, que vivió con ella durante un año. La hermosa Gabrielle pasó después al duque de Longueville, al duque de Bellegarde y a varios nobles de las cercanías de Cœuvres, tales como Brunet y Stepay; por último, el duque de Bellegarde se la proporcionó a Enrique IV. Esto ocurrió a fines de 1590. Gabrielle pasó a ser la querida del rey sin renunciar a sus antiguas relaciones con el duque de Bellegarde; el monarca no ignoraba estas infidelidades. Enrique IV casó a su concubina con un noble de Picardía, Nicolas Damerval de Liancourt, que se resolvió a no ser esposo más que de nombre. Al cabo de algún tiempo esta unión fue disuelta por causa de impotencia del marido, aunque éste había dado su apellido a catorce hijos de su mujer, concebidos en otro lecho. Gabrielle acompañó a Enrique IV cuando éste hizo su entrada solemne en París (15 de septiembre de 1591), y sucesivamente recibió los títulos de marquesa de Monceaux y duquesa de Beaufort. En una época en que abrumaba al país la miseria, causada por las guerras civiles y la lucha con España, ostentaba Gabrielle un lujo escandaloso. Se conservó en los que se llamaron Archivos del reino, en Francia, el inventario de los bienes de la favorita, cuyo rico mobiliario se tasó en 156.322 escudos. Poseía además Gabrielle una gran fortuna en inmuebles. Había comprado sucesivamente los señoríos de Vandeuil (1591), Crecy (1595) y Monceaux (1596), la tierra de Jaignes, el condado de Beaufort en Champaña (1597), los señoríos de Jancourt y Loizicourt, las tierras de Montretont y Saint-Jean-les-deux-Jumeaux, etc.; y adquirió, por donación de Margarita de Valois, el ducado de Etampes.
Gabrielle d'Estrées y Enrique IV
En los comienzos de 1588, Enrique IV, despreciando los consejos de Sully, De Thou y los cortesanos honrados, arrostrando el descontento popular, parecía decidido a contraer matrimonio con Gabrielle y a sentarla en el trono, y hubiera realizado su deseo si una muerte repentina, atribuida por unos al veneno y por otros a una apoplejía, no lo hubiese privado de su amada. Es lo cierto que desde 1592 era Gabrielle el obstáculo insuperable para que se realizase el casamiento del rey con María de Médicis, sobrina del gran duque de Toscana; que este último soberano deseaba que la unión se verificase, aun a costa de los mayores sacrificios; que la favorita de Enrique IV adquirió la terrible enfermedad y murió en casa de un negociante italiano, Zamet, hombre de mala reputación; y por último, que Sully, en sus Economías Reales, consigna algunas frases que hacen sospechar si no fue ajeno al crimen, que aceptarían mejor que nadie los espíritus rígidos, a fin de evitar que el trono de Francia fuese deshonrado por aquella mujer. Enrique IV se consoló muy pronto con otra dama.
Los enemigos de Gabrielle atribuyeron al diablo la rápida descomposición del cuerpo de la favorita. Los hijos de ésta y de Enrique IV, o al menos aquellos a quienes dicho monarca llamaba sus hijos, fueron César y Alejandro de Vendôme, y Catalina Enriqueta, casada con el duque de Elbœuf. Dejó Gabrielle gran fama por su hermosura, acreditada por un retrato al lápiz que publicó Niel. «Era, dice Saint-Beuve, blanca y rubia; tenía los cabellos rubios y de oro fino, alzados en masa o medio rizados por los extremos; la frente hermosa; ancho y noble el entrecejo; la nariz recta y regular; la boca pequeña, risueña y purpurina; seductora y tierna la fisonomía; un encanto particular en el conjunto. Sus ojos eran azules y de movimiento rápido, dulces y claros. Era completamente mujer en sus gustos, en sus ambiciones y aun en sus defectos. De espíritu gentil y gracioso, poseía un natural perfecto y ninguna sabiduría; en su biblioteca sólo se halló un libro de Horas.» Dejó Gabrielle algunas cartas, que han llegado hasta nosotros. Dos de ellas fueron impresas por Deluvt en los Viajes a las cercanías de París (tomo II, págs. 46 y 260).