Historia
ETERIA
Eteria (Egeria) fue una abadesa cuyo origen ha estado en disputa, pensándose que podía ser de la Galia, por la comparación que hace entre el Éufrates y el Ródano, pero es más posible que fuera de Galicia. Los antiguos manuscritos, además de Eteria la llaman Egeria, Aiteria, Geria, etc., sin contar el nombre de Silvia, con el que durante mucho tiempo fue conocida. De ella trazó un ferviente encomio Valerio de Astorga delante de sus monjes y de ahí es por donde vino a descubrir Férotin la verdadera patria de Eteria. En 1881 el erudito italiano J. F. Gamurrini descubrió en la Biblioteca de Santa María de Arezzo una relación muy importante, aunque incompleta, de cierta peregrinación a Tierra Santa, la cual fue publicada en 1887 con el titulo de Sanctae Silviae Aquitaniae peregrinatio ad loca sancta. Esta edición fue revisada al año siguiente. Muy pronto apareció una edición rusa, a la que siguieron una italiana y otra inglesa, francesa y alemana, siendo considerada como definitiva la editada por P. Geyer en 1898 (Vindobonae t. XXXIX m., p. 35-101). Estas diversas versiones suelen además llevar comentarios y anotaciones. Pero todavía no bastaban aquellas ediciones pues aún en 1902 y 1908 se han publicado otras, tal es el interés que ha despertado entre los sabios este asunto. La intrépida monja viajó por todo el Oriente cristiano, por Constantinopla, por Mesopotamia, por Jerusalén y el Sinaí, y hasta anduvo por la tierra de Gosén (Egipto), dejándonos relatos vívidos y minuciosos de todas sus correrías por aquellas tierras de la historia sagrada y de las funciones religiosas y litúrgicas a las que en las iglesias de Jerusalén pudo asistir; de modo que sus narraciones constituyen un monumento preciosísimo para la historia de la liturgia en aquellos remotos tiempos como también para la geografía de Tierra Santa. El verdadero nombre de su obrita no es el que Gamurrino le diera, sino el de Itinerairum puro y escueto y sin aditamento alguno y se escribió por los años 393-396, según la opinión más probable. El estilo del Itinerarium es sencillo, aunque con ciertos arranques de entusiasmo; su latinidad es la del siglo IV, aun cuando tenga algunas expresiones que delaten el lugar y patria de la escritora, como son el frecuente empleo de la voz susum para indicar arriba, uso muy frecuente en las cartas antiguas y en la vieja habla castellana.

El siguiente texto es una descripción de la visita de Eteria a Jerusalén:
«Bendito el que viene en nombre del Señor» y lo que sigue. En atención a los monjes, que van a pie, hay que caminar despacio. Por eso se llega a Jerusalén a la hora en que un hombre puede distinguir a otro, o sea, casi a la hora del alba, antes de la salida del sol. Al llegar, entra el obispo y todos con él en la anástasis, donde hay ya muchas lámparas encendidas. Recitan un salmo, hacen oración y reciben la bendición del obispo, primero los catecúmenos y luego los fieles. El obispo se retira entonces y los demás se van a descansar cada cual a su casa. Los monjes se quedan allí hasta que es de día recitando himnos. Cuando el pueblo ha descansado, vuelven todos a reunirse en la iglesia mayor, en el Gólgota, al comenzar la hora segunda. Huelga decir cuánto es aquel día el ornato en la iglesia mayor, en la anástasis, en la cruz y en Belén. No se ve más que oro, piedras preciosas y seda; las cortinas son también de seda bordada en oro. Los objetos de culto que se usan aquel día son de oro con piedras preciosas incrustadas. Sería imposible calcular y describir cuántos y cuán valiosos son los cirios, candelabros, lámparas y demás objetos del templo. Y ¿qué decir de la ornamentación de la misma iglesia? Constantino, bajo la vigilancia de su madre, en cuanto lo permitieron las circunstancias de su reino, decoró con oro, mosaicos y mármoles preciosos la iglesia mayor, la anástasis, la cruz y demás santos lugares de Jerusalén. Pero volvamos a nuestro tema. El día primero se concentran todos en la iglesia mayor, que está en el Gólgota. Predicación, lecturas, himnos, todo apropiado para ese día. Luego, al despedirse de la iglesia, van cantando himnos hasta la anástasis, como de costumbre. La despedida es a la hora sexta. Se procede al lucernario como de costumbre cada día. Al día siguiente y al tercero van también a la iglesia del Gólgota. Durante el triduo se celebra esta alegre fiesta en la iglesia que hizo Constantino y dura hasta la hora sexta. El cuarto día en Eleona, es decir, la preciosa iglesia que está en el Monte de los Olivos, con el mismo ornato y solemnidad. El quinto día en el Lazario, a unos mil quinientos pasos de Jerusalén. El día sexto en Sión. El séptimo en la anástasis y el octavo en la cruz. Así, pues, durante ocho días se celebran estas fiestas con alegría y ornato en todos los santos lugares que acabo de mencionar. Asimismo en Belén, con igual ornato y alegría celebran el octavario los presbíteros, todo el clero del lugar y los monjes que viven allí. Desde el momento en que el pueblo sale de noche con el obispo de Jerusalén, todos los monjes del lugar velan en la iglesia de Belén hasta el amanecer cantando himnos y antífonas. El obispo debe pasar esos días siempre en Jerusalén. Debido a la alegría y solemnidad de ese día, de todas partes acuden a Jerusalén gentes innumerables: monjes, seglares, hombres y mujeres.
(Egeria, Peregrinación, XXV,6-12. Epifanía y su octava. De Peregrinación de Egeria. Itinerarios y guías primitivas a Tierra Santa, edición presentada y preparada por Teodoro H. Martín-Lunas, Salamanca, 1944, páginas 65-67).