Historia

EUGENIO III († 1153)

Eugenio III (Bernardo di Pisa) fue papa entre los años 1145 y 1153. Nació cerca de Pisa y murió el 8 de julio de 1153 en Tívoli, cerca de Roma.

Escudo de armas de Eugenio III
Escudo de armas de Eugenio III
Desórdenes en Roma.
Estudió bajo el gran Bernardo de Clairvaux y fue designado por él abad del monasterio cisterciense de San Atanasio cerca de Roma; también fue cardenal. Cuando el papa Lucio II murió súbitamente el 15 de febrero de 1145, en medio de su batalla con el senado romano, los cardenales eligieron inmediatamente a Bernardo como su sucesor, siendo entronizado en Letrán como Eugenio III. Dos días más tarde el partido senatorial le obligó a dejar la ciudad. Una sentencia de excomunión pronunciada por él contra el patricio Pierleone no tuvo efecto y Bernardo de Clairvaux, quien intercedió a su favor, fue incapaz de pacificar a los romanos, no pudiendo tampoco el papa inducir al rey Conrado III de Alemania a que tomara las armas contra los insurgentes romanos. No fue hasta Navidad que Eugenio pudo regresar a la ciudad, tras acordar un tratado de paz con el partido senatorial, por el que reconocía la República romana bajo la autoridad del partido. Unas pocas semanas más tarde, sin embargo, se vio obligado de nuevo a abandonar Letrán.

La segunda cruzada.
En ese momento, Eugenio logró asumir el liderazgo en un asunto que concernía a toda la cristiandad occidental. A consecuencia de la conquista de Edesa por el emir Zengi de Mosul (Navidad de 1144), los señoríos cristianos en el este quedaron gravemente en peligro, mientras que desde Jerusalén misma se hacían repetidos llamamientos de ayuda; incluso una embajada armenia contempló la posibilidad de someter la Iglesia armenia a la sede romana. El interés de Eugenio III en favor del este fue tan fuerte que el 1 de diciembre de 1145 emitió la encíclica Quantum prædecessores, por la que exhortaba al rey, la nobleza y el pueblo de Francia a tomar la cruz, asegurándoles las mismas recompensas eclesiásticas que en la primera cruzada. Este llamamiento tuvo una brillante secuela. Luis VII de Francia, quien desde hacía tiempo proyectaba una peregrinación a Tierra Santa, se preparó inmediatamente e incluso Conrado III de Alemania prometió, en la dieta imperial de Spira del 27 de diciembre de 1146, llevar la cruz. Que este llamamiento tuviera este resultado tan eficaz, se debió realmente a Bernardo de Clairvaux. Pero el papa supo aprovecharlo, como se pone de manifiesto en que convocó un sínodo en Reims el 21 de marzo de 1148, asistiendo más de cuatrocientos obispos. Entre las notables medidas que pasó (las actas no se han preservado) está la declaración de invalidez de la consagración de Anacleto II y de los matrimonios contraídos por los sacerdotes, así como la imposición de un entredicho sobre la residencia de una persona excomulgada. Eugenio se sintió tan fuerte que se aventuró a suspender a los arzobispos de Colonia y Maguncia, faltando poco para que excomulgara a Esteban de Inglaterra; los enviados del rey Enrique de Alemania le solicitaron un breve para los clérigos alemanes, exhortándoles a que le fueran leales, en ausencia de su padre. Mientras el sínodo estaba reunido, el papa recibió las noticias de la derrota de los cruzados alemanes y franceses, por lo que rápidamente regresó a Italia.

Arnaldo de Brescia.
Pero las condiciones que le aguardaban no eran muy favorables. Arnaldo de Brescia, que había sido recibido de nuevo a la comunión en la Iglesia por Eugenio al principio de su pontificado, había permanecido quieto al principio, pero durante la larga ausencia del papa de Roma, había reanudado sus esfuerzos reformadores. Por su exposición de magníficos planes para Roma, había fascinado al pueblo romano, acordándose un tratado con Arnaldo, quien juró defender la República romana, poniéndose el pueblo de su parte. Todos los intentos de Eugenio para romper esta alianza fueron ineficaces. Tampoco logró, a finales de 1149, y con la ayuda del rey Roger de Sicilia, someter a la República romana por la fuerza de las armas.

Relaciones con Alemania y Francia.
Esta alianza con el rey normando también ejerció una desfavorable influencia sobre sus relaciones con Conrado de Alemania, quien, a su vez, levantó las sospechas del papa por un pacto con el emperador griego Manuel. El partido antipapal en Roma procuró usar esta tensión entre Eugenio y Conrado para sus propios fines, buscando atraer a este último a su lado, aunque sin éxito. Cuando el papa, mediante un tratado con el senado romano, pudo regresar a Roma, sus relaciones con el rey asumieron un cariz más favorable, ya que Eugenio apoyó a Conrado en la restitución del duque Ladislao de Polonia, marido de su hermanastra. Sin embargo, surgieron nuevas tensiones no mucho después. En Francia había un activo deseo para una nueva cruzada, a fin de recuperar el quebrantado dominio cristiano en el este. Como del desastre de la cruzada anterior fue culpado el imperio griego, la empresa sería dirigida contra este poder. Pero este plan sería ejecutado sólo si Roger de Sicilia luchaba del lado de Francia y ya que esta contingencia a su vez presuponía la neutralidad del rey alemán, la comisión de la cruzada dependía del dudoso éxito de alcanzar una reconciliación entre Roger y Conrado. El intento falló y en esta coyuntura Eugenio cambió de política, retirando su apoyo a la cruzada y contribuyendo a restaurar las relaciones favorables con el rey alemán. Sus mutuos intereses les impulsaban a estrechar lazos. El papa, incapaz de dominar los continuos tumultos en Roma y obligado de nuevo a dejar la ciudad, quería la intervención del rey; Conrado, por su parte, aspiraba a la corona imperial, por lo que concibió el plan de marchar sobre Roma, cosa que fue aprobada formalmente por los dignatarios del imperio en la dieta de Würzburgo del 15 de septiembre de 1151, comenzándose los preparativos. Pero antes del plazo acordado, Conrado murió en Bamberg el 15 de febrero de 1152. Su sucesor, Federico Barbarroja, adoptó su plan y los príncipes alemanes en una nueva dieta imperial en Würzburgo (13 de octubre de 1152), juraron apoyar la expedición romana.

Tratado entre Eugenio y Federico I.
Antes de que comenzara, sin embargo, Eugenio llegó a un acuerdo con los romanos para poder regresar a Roma, siendo recibido esta vez cordialmente por el senado y el pueblo. Allí hizo un acuerdo con los enviados del rey alemán que demostró ser una pieza maestra en los siguientes años, siendo ratificado por Federico en Constanza el 23 de marzo de 1153. El rey prometió no hacer la paz ni con los romanos ni con Roger de Sicilia, sin la aprobación de Eugenio o sus sucesores, así como someter, tanto como pudiera, los romanos al papa tal como habían estado sometidos el siglo anterior y defender contra los ataques el honor y las regalías de San Pedro como guardián de la Iglesia romana. El papa prometió honrar al rey como hijo de San Pedro, coronarle como emperador y actuar contra los enemigos del imperio con castigos canónicos. Se prometieron mutuamente no ceder dominio en Italia al emperador griego y si se atrevía a hacer alguna incursión allí, expulsarle.
Eugenio fue enterrado en San Pedro en Roma. Su conducta como político no fue sin dirección y los temores de Bernardo de Clairvaux, que le dedicó su famoso tratado De consideratione no se cumplieron. No sometió nada de la autoridad papal y aprendió cómo retenerla. En su estilo de vida y simpatías mostró constantemente que era un antiguo cisterciense. Que fracasara en controlar el movimiento revolucionario en Roma no es muestra de incapacidad. Fue una ventura para él que muriera antes de que estallara el conflicto entre Federico y el papado.