Historia

EULOGIO DE CÓRDOBA (c. 800-859)

Eulogio nació en Córdoba después del año 800 y fue decapitado en esa ciudad el 11 de marzo de 859. Era de buena familia, siendo educado para el sacerdocio y llegando a diácono y presbítero de la iglesia de San Zoilo en Córdoba, donde adoptó una vida de estricto ascetismo. Su abuelo había sido notorio por su aborrecimiento hacia los musulmanes, heredando Eulogio esa tendencia que fue fortalecida por su maestro, el abad Esperaindeo y por su íntimo amigo Álvaro. Tras regresar a Córdoba de una visita al norte de España en 848, halló una facción de cristianos caracterizada por un deseo fanático de repudiar públicamente a Mahoma. Influenciado por Álvaro, tras un tiempo de vacilación, Eulogio se convirtió en el alma de esta facción apologista, escribiendo en glorificación de los mártires y exhortando a imitarles. El emir Abderramán II (822-852), cuya política era tolerante e inteligente, con el apoyo de algunos cristianos encabezados por el arzobispo Reccafredo (probablemente de Sevilla), intentó en vano detener el fanático movimiento. Eulogio fue encarcelado durante un tiempo, pero continuó su actividad literaria. Fue escogido para suceder al arzobispo Wistremir de Toledo († 858), pero el emir rechazó confirmar su elección. Desilusionado y reavivado en su extremismo, Eulogio quiso imitar la muerte que había alabado en otros. Álvaro la glorificó en himnos y en un relato de su vida y muerte (en MPL, cxv. 705-720). Sus obras incluyen unas pocas cartas y un Memoriale sanctorum martyrum en tres libros, que es la principal fuente de la historia de los mártires del tiempo, siendo una narración de los hechos sobria y digna de confianza, y un Liber apologeticum sanctorum martyrum, en el que intenta situar a los mártires españoles al mismo nivel que los de la Iglesia antigua y a los musulmanes con los perseguidores romanos. Con sus otras obras están en MPL, cxv. 731-912.

El siguiente pasaje procede de la exhortación de Eulogio a la defensa de la fe:

'Previsión de los hombres más doctos debe ser el velar siempre porque no sea menospreciado el bien de la Iglesia católica y el no desistir nunca del logro de su perfección; y si por vicio de cualquier debilidad se entremezclan algunas invenciones extrañas a la piedad religiosa, en modo alguno deben consentir que prosperen a mayor desdicha con la ímproba y descuidada complicidad de su silencio. Porque cuanto más la santa Iglesia con los méritos de excelentes conversaciones y avances de santa doctrina se levanta hacia lo alto, sube hasta lo sublime y con el crecimiento de la fe doquiera se dilata, tanto también -o mucho más- se rebaja por negligencia de los descuidados, es sacudida miserablemente por los impulsos de éstos y por desidia de algunos es lanzada hasta lo profundo. De aquí proviene el que siempre ocasionen perjuicio a los buenos las fuerzas acrecidas de los malos y menoscaben la reputación del pequeño rebaño a quien el Padre se complació en entregar el reino, mientras que encerrados todos en silencio algunas veces vergonzoso o sumergidos con veloz caída en el más profundo de los vicios, no se encuentre ningún redentor ni salvador, diciendo el profeta: «No os levantasteis frente al contrario ni opusisteis un muro en defensa de la casa de Israel, para estar presentes en la batalla el día del Señor». Asimismo, en un terrible vaticinio de aquel profeta, en donde el Señor reconoce el descuido de los pastores inútiles, se dice: «He aquí que vosotros os alimentáis de leche y os cubrís con lana, mientras que los lobos acometen a mis ovejas», y mientras no procuráis pastos saludables para ellas, los enemigos les buscan mortíferas hierbas.'
(Eulogio de Córdoba, Documentum martyriale, edición de J. Gil, en Corpus scriptorum muzarabicorum II, Madrid, 1973, p. 369.)