Historia

FABER, STAPULENSIS, JACOBUS (c. 1450-1536)

Jacobus Faber (Fabri) Stapulensis (Jacques Lefèvre d'Étaples) nació en Staples, Picardía, hacia 1450 y murió en Nérac, Béarn, en 1536.

Jacobus Faber Stapulensis
Jacobus Faber Stapulensis
Del que llegaría a ser el hombre más prominente en el comienzo de la Reforma en Francia, preparando el camino para Calvino y Farel, a la vez que promotor y renovador de la auténtica filosofía aristotélica, fundador de una mejor exégesis de la Sagrada Escritura y traductor de la Biblia, no se sabe nada de su familia ni de su juventud, salvo que fue ordenado sacerdote y llegó pronto a París, impulsado por su afán de conocimiento. Aquí se dedicó sincera y celosamente a los estudios clásicos. Jerónimo de Esparta fue su profesor de griego y con él, junto con Paulo Emilio de Verona, tuvo estrecho contacto, aunque su estilo latino y su conocimiento de la lengua griega fueron siempre muy defectuosos. Fue profesor y en 1492 viajó a Italia, donde pasó por Florencia, Roma y Venecia, estudiando platonismo y las obras de los místicos, pero principalmente a Aristóteles. A su regreso a Francia renovó su actividad como profesor en el colegio que llevaba el nombre de su fundador, cardenal Lemoine, ejerciendo una influencia más allá de la sala de clase por sus capacitados estudiantes, traducciones latinas de los Padres de la Iglesia e introducciones y comentarios a las obras de Aristóteles. Se ganó el respeto por su extenso conocimiento, sus talentos como profesor, su piedad, modestia y caballerosidad, hallando numerosos admiradores y amigos. Cuando Guillaume Briçonnet, su antiguo alumno, fue nombrado cabeza del famoso monasterio benedictino de San Germain de Prés (1507), nombró a Faber bibliotecario, viviendo allí hasta 1520. Hacia ese tiempo dejó sus estudios seculares y se dedicó a la Biblia. En 1512 publicó una traducción latina de las epístolas de Pablo, con comentarios. Por dos razones fue el libro sumamente notable: primera, porque junto al texto tradicional imprimió una versión revisada de la Vulgata; segunda, porque adelantó dos de las doctrinas fundamentales de la teología luterana. En el comentario sobre la primera epístola a los Corintios afirma el autor que no existe mérito alguno en las obras humanas sin la gracia de Dios; y en el que hace a la epístola a los Hebreos, niega, aunque en términos menos categóricos, la doctrina de la transubstanciación al propio tiempo que admite la presencia real. Dos ensayos críticos sobre María Magdalena, que publicó en 1517 y 1518, dieron a la Sorbona ocasión de acusarlo de herejía; y Natalis Béda (Noël Bédier), síndico de la facultad teológica de París, logró que el libro fuera formalmente condenado por un decreto de la facultad el 9 de noviembre de 1521. Béda sospechaba que Faber era un luterano encubierto y quiso instruir un procedimiento contra él, pero se lo impidió la intervención de Francisco I y Margarita de Navarra. En 1520 Faber tuvo que dejar París, aceptando gratamente una invitación de Briçonnet para que fuera a Meaux como director del hospital para leprosos. En 1523 el obispo le designó vicario general. Tras la batalla de Pavía (1525), en la que el rey quedó cautivo, los enemigos de Faber aprovecharon la oportunidad para proceder severamente contra los adherentes del denominado luteranismo, siendo nombrada una comisión especial por el parlamento para investigar las herejías en la diócesis de Meaux. Varios predicadores que habían sido designados por Briçonnet fueron arrestados; otros se retractaron; Faber huyó con su amigo Gérard Roussel a Estrasburgo a principios de noviembre de 1525, bajo el seudónimo de Peregrinus. Tras la liberación de Francisco I, ambos volvieron a ser llamados. Faber incluso fue tutor privado de los hijos del rey y vivió como bibliotecario en el castillo real en Blois. Al ser cada vez más amenazantes las condiciones para los seguidores de la Reforma, la reina de Navarra llevó a Faber a su residencia en Nérac, donde pasó pacíficamente el resto de su larga y activa vida. Faber estaba abiertamente a favor de los principios de la Reforma, pero externamente permanecía en la Iglesia católica, esperando que la renovación del evangelio pudiera efectuarse sin ruptura con el papado, siendo consciente de la desigualdad para una batalla abierta con poderes hostiles.

Sus producciones teológicas se pueden dividir en dos clases: ediciones de los Padres de la Iglesia y escritores místicos, por un lado, y traducciones y comentarios de las Sagradas Escrituras. El primer resultado de sus estudios bíblicos fue su Psalterium quintuplex (1509). El prefacio a su comentario sobre las epístolas paulinas es notorio, porque Faber propuso los principios de la Reforma cinco años antes de las tesis de Lutero en Wittenberg. Mantuvo la autoridad de la Sagrada Escritura y la gracia inmerecida de la redención, combatió los méritos de las buenas obras, el celibato de los sacerdotes y discutió la necesidad de una reforma en la Iglesia. En 1522 apareció su comentario sobre los cuatro evangelios y en 1525 el de las epístolas universales. Aquí descubrió los errores de la Vulgata y por su exposición del texto preparó el camino para una mejor exégesis. La Biblia era para él la única norma de fe, no teniendo temor de ofender los dogmas y usos de la Iglesia. A instancias del rey y de su hermana, Briçonnet indujo a Faber a traducir el Nuevo Testamento al francés. La traducción la hizo desde la Vulgata y apareció en Amberes en 1523; siguieron los Salmos en 1525. En Blois preparó una traducción francesa de toda la Biblia (1530), que fue, al menos para el Nuevo Testamento y los apócrifos, la base de la traducción de la Biblia de R. Olivetan (1535), aprobada por la Iglesia reformada de Francia.

De su obra Corpus Dionysiacum (París, 1499) es el siguiente texto:

'Cuanto más se aproxima una luz a la intensidad del sol, brilla con mayor claridad... Cuanto más cerca está una cosa de sus orígenes, conserva con mayor pureza su naturaleza... Los escritos de los tiempos apostólicos que han llegado a nosotros se distinguen de otros como las cosas vivas se diferencian de las muertas... [porque], más que cualquier otro, conservan en sí mismos una fuerza viva y una luz prodigiosa.'