Historia
FEDERICO III EL SABIO (1463-1525)
- Su naturaleza religiosa
- Relaciones con Lutero
- Actitud hacia la Reforma de Wittenberg
- Acepta la fe protestante en su lecho de muerte

Fotografía de Wenceslao Calvo
Recibió la dignidad electoral tras la muerte de su padre, Ernesto, y gobernó los otros territorios con su hermano, Juan el Constante. Él no fue el promotor de una Iglesia establecida en Alemania, como algunos han creído, pero, mientras sus predecesores y otros príncipes fueron impulsados principalmente por motivos políticos, el interés puramente religioso fue más fuerte en Federico. Fue el modelo de un príncipe piadoso del tipo medieval. Vivió y se movió en las formas de la devoción eclesiástica peculiar de su tiempo, que satisficieron plenamente su naturaleza religiosa. Recibió su primera instrucción en la escuela en Grimma, donde los agustinos poseían un floreciente monasterio y desde ese tiempo mostró una predilección por su orden. En 1493 viajó a Tierra Santa, con un largo séquito, aunque como mero peregrino. Era devoto de la veneración de los santos como todos los hombres piadosos de su tiempo. En su iglesia en Wittenberg tenía la colección más escogida de reliquias que podía hallarse en Alemania. Muchas de ellas probablemente las compró en su peregrinación por grandes sumas de dinero; otras las trajo de un viaje a los Países Bajos que realizó en 1494 y nunca se cansó de añadir nuevos tesoros. Un catálogo de la colección impreso en 1509 contiene no menos de 5.005 objetos. Las reliquias abrieron el camino para el otorgamiento de indulgencias; cualquiera que visitara la colección tenía garantizado el perdón de sus pecados durante 100 años. Por tanto no ha de asumirse que Federico, cuando fundó una universidad en Wittenberg en 1502, quisiera romper con el pasado al recibir adherentes de lo que posteriormente fue denominado humanismo.
Relaciones con Lutero.
Federico probablemente supo de Lutero por vez primera en 1512, cuando Johann von Staupitz, vicario general de los agustinos, le pidió que sufragara los gastos de promoción para el pobre pero prometedor monje. Parece haber sido también Staupitz quien dirigió la atención del elector al estudio de la Biblia, como la única fuente cierta de salvación, convirtiéndose en un sincero estudiante de la Escritura.Puede suponerse que las tesis de Lutero sobre las indulgencias provocaran probablemente la ira del elector, dedicado como estaba a la práctica y veneración de los santos. Pero él tenía un corazón amplio y poseía también una naturaleza noble. Sin embargo, Lutero estaba equivocado cuando pensó que la intención de Federico al protegerle y no permitir su traslado a Roma se originó en su "asombrosa inclinación hacia su teología." La actitud del elector se debió más bien a su amor por la justicia, que no podía soportar que Lutero fuera entregado a sus enemigos sin haber sido condenado y a su deseo de salvar para su universidad, hasta donde fuera posible, a uno de sus más celebrados profesores, como se puede apreciar por su carta a Staupitz de 8 de abril de 1518. Al no querer interferir en la voluntad de Dios, la política del elector no fue ni aprobar ni desaprobar las acciones de Lutero, sino dejarle expresar sus propias convicciones. Sin embargo, él mismo estaba apegado a sus santos y reliquias; en 1520 el número de éstas se había incrementado a 19.013.
Luego vinieron los grandes sucesos de 1520, la bula de excomunión contra Lutero, la publicación de sus grandes escritos reformadores, la apelación a un concilio, la quema de la bula papal, etc. Sin minusvalorar la seriedad de la situación, Federico no retrocedió en su línea, repitiendo su demanda de que la causa de Lutero debería ser confiada a jueces entendidos e imparciales. Como obediente y fiel hijo de la Iglesia, nunca entró en su mente defender la doctrina de Lutero; como laico no pretendía entender nada de eso. Siguió la misma política en la dieta de Worms. Lutero, insistió, debería ser condenado por herejía sólo según los principios y formas establecidos en la ley. En cartas confidenciales mostró un cordial interés por el monje perseguido, pero en la dieta se tomó mucho cuidado de no mostrarlo y evitar todo diálogo con él. Gracias a la influencia de su hermano, Juan de Sajonia, que era un luterano devoto, Federico protegió a Lutero tras la dieta. Probablemente fue quien dio a sus consejeros una orden para proteger a Lutero, sin detalles definidos, ya que durante un tiempo ni el elector ni su hermano sabían que Lutero estaba en Wartbrugo. En cualquier caso, no era la intención de Federico proteger la causa de Lutero sino sólo a su persona. Pronto percibió, sin embargo, que su acción había avanzado esa causa de la forma más poderosa.
Actitud hacia la Reforma de Wittenberg.
Entonces comenzaron los años más duros e incómodos de su vida. Ningún príncipe enfrentó una responsabilidad más difícil que Federico ante las perturbaciones e innovaciones en Wittenberg; pero casi ninguno practicó mayor auto-renuncia. Todo lo que él amaba tan profundamente quedó gradualmente privado de su valor y aunque siempre aconsejó moderación, no estuvo dispuesto a frenar la corriente, porque no quería actuar contra la palabra de Dios y el nuevo movimiento podría tal vez ser su voluntad. Como laico toleró todo en religión, hasta donde el orden público no fuera perturbado, pero sus oponentes no reconocieron la justicia de esta actitud y le hicieron responsable de todo lo que sucedió en las iglesias sajonas. En 1523 consintió en poner fin a la veneración de reliquias en la Iglesia católica. La abolición de las misas debe haber supuesto un rudo golpe en su corazón, pero su oposición fue inútil. Sin embargo, no pudo ser inducido a defender la introducción de las reformas.
Acepta la fe protestante en su lecho de muerte.
Evidentemente él había quedado más y más absorto en el estudio de la doctrina de Lutero y especialmente del evangelio, bajo la influencia de su fiel consejero y secretario Georg Spalatin, íntimo amigo de Lutero. Luchó con todo su corazón para vivir de acuerdo al evangelio y hacer la voluntad de Dios. Sin embargo, Lutero había atacado severamente su devoción favorita y cualquiera que fueran los problemas y cuidados que las acciones de Lutero le habían causado, siempre tuvo hacia él la misma inclinación, aceptando el consejo de Spalatin sobre él; pero todavía evitaba todo contacto directo con Lutero. Éste apenas le vio, salvo en la dieta de Worms, y nunca habló con él. Sólo cuando llegó la hora de la muerte, Federico mandó hacerlo venir, pero entonces era demasiado tarde. Lutero estaba lejos en las montañas Hartz, intentando apagar la rebelión de los campesinos, que amargó los últimos días del pacífico príncipe, aunque no sacudió su confianza en Dios. Spalatin le consoló en su lecho de muerte. Antes de su muerte, participó de la Cena en ambas especies, con plena convicción, comprometiéndose de esta forma abiertamente con la doctrina evangélica y con la Iglesia evangélica.