Historia
FELIPE II (1527-1598)

Museo del Prado, Madrid
Dos objetivos principales; fracaso en Inglaterra.
Felipe comenzó su reinado con la resolución de exterminar el protestantismo a cualquier costo de todo territorio que él controlaba. Estrechamente relacionado con este aspecto de su política estaba una determinación de hacer su propia voluntad suprema en todo su vasto dominio. El protestantismo nunca había podido ganar mucho terreno en España y él no ahorró esfuerzos para eliminar todo vestigio de anticatolicismo. Con igual severidad trató con los moriscos (moros convertidos pero que seguían siendo musulmanes en su corazón) y con los convertidos del judaísmo, cuya sincera devoción al catolicismo estaba bajo sospecha. Se casó con María Tudor (1554) con el doble propósito de poner a Inglaterra bajo el dominio de España y exterminar la herejía en las islas. Incluso procuró congraciarse con el pueblo inglés poniendo a un lado su acostumbrada reserva y asumiendo un aire de amistad y suavidad. Su fracaso para ganarse los corazones de los ingleses, la insatisfacción de María con su vida privada y la urgente necesidad de su presencia en España hizo que dejara Inglaterra para siempre (septiembre de 1555). En 1556 por la abdicación de Carlos V se convirtió en dueño de España, las dos Sicilias, el Milanesado, el Franco Condado, los Países Bajos, México y Perú, convirtiéndose en el mayor potentado sobre la tierra, con recursos aparentemente ilimitados.

Estaba impaciente por comenzar una cruzada contra el protestantismo en la que procuró alistar a todos los soberanos católicos de Europa, pero fue sorprendido por el descubrimiento de que el papa había formado una alianza con Francia y el sultán para privarle de sus posesiones italianas. Tenía escrúpulos de emprender una guerra contra el papa, pero el interés propio triunfó y envió al duque de Alba para expulsar a las fuerzas francesas y papales de Sicilia y apoderarse de las posesiones papales, mientras que administraba un severo castigo a los franceses en San Quintín (10 de agosto de 1557) y en Gravelinas (2 de abril de 1559). Tras la muerte de María Tudor procuró una vez más ganar terreno en Inglaterra pensando en casarse con Isabel, hermanastra y sucesora de María. Al fracasar en este proyecto se casó con Isabel de Francia, hija de Catalina de Médicis, siendo su principal propósito ejercer su influencia en favor del catolicismo más poderosamente sobre Francia para la destrucción de los hugonotes e impedir la interferencia francesa con sus medidas contra el cristianismo evangélico en los Países Bajos. Como preparación para la cruzada contra el protestantismo, que él estimaba una empresa de vastas proporciones, comenzó a acumular rápidamente en el tesoro la riqueza de sus dominios, ignorando completamente los derechos legales y tradicionales del pueblo. La revuelta de los Países Bajos y sus infructuosos esfuerzos para suprimirla vaciaron las arcas y le obligaron a imponer exagerados y destructivos impuestos en España, incluyendo a las fundaciones eclesiásticas. Portugal pasó a su poder por la carencia de línea directa masculina de sucesión y por una invasión militar (1580). Al haber otorgado el papa Inglaterra a Felipe, éste se propuso tomar posesión de ella (1588) por el envío de una armada, una flota de 131 navíos con 19.000 soldados y 8.000 marinos, contra una flota inglesa inferior. Pero los vientos y la superior destreza dieron la victoria a los ingleses, siendo España casi barrida del mar. Felipe promovió y se regocijó con la Matanza de San Bartolomé en Francia (1572) y cuando Enrique de Navarra se convirtió en heredero y estaba pretendiendo la corona, Felipe unió sus fuerzas con los Guisa. En la guerra que siguió, fue vencido y obligado a firmar el tratado de Vervins (mayo de 1598). Durante 40 años de agresiva guerra para la destrucción de los enemigos políticos de España y de los enemigos de la Iglesia católica, perdió una gran parte de sus posesiones hereditarias, empobreció y degradó lo que quedaba y a su muerte (1598) dejó a España como un poder secundario y a su pueblo alejado de las instituciones libres. La Inquisición de la herejía fue para él una ocupación favorita, ejerciéndola con la mayor crueldad allá donde su autoridad prevaleció.

Aunque consideraba el catolicismo como la única forma válida de cristianismo y estaba convencido de que la tolerancia de cualquier otra forma de religión tendía hacia la anarquía o al menos hacia la destrucción de la monarquía, fue firme en resistir cualquier acción papal o conciliar que pudiera representar una amenaza a las prerrogativas de la corona española. Sostuvo permanentemente el control sobre la Inquisición, su derecho a proponer obispos no sólo para España sino también para los Países Bajos, el regium exequatur (que supone el derecho del rey a aprobar todas las bulas y breves papales antes de su promulgación en sus dominios), así como el derecho del rey a administrar y controlar los asuntos de los Hospitalarios y otras instituciones eclesiásticas dotadas. Ejerció una influencia controladora sobre el concilio de Trento (1556 en adelante), siendo sus representantes defensores entusiastas para detectar y derrotar cualquier ordenanza que amenazara los derechos de la corona española. La provisión conciliar para la visitación episcopal de los capítulos de las órdenes monásticas la combatió resuelta y efectivamente, así como la propuesta del concilio de organizar sínodos provinciales y diocesanos. Promovió grandemente el progreso de las órdenes monásticas, especialmente los dominicos, franciscanos, la orden fundada por Pedro Nolasco y los jesuitas, estimulando la multiplicación de sus establecimientos en España y las colonias. Se tomó el mayor interés en las elecciones papales y virtualmente insistió en sus derechos para proponer para el oficio papal, o al menos para derrotar a todos los candidatos a quienes él desaprobaba. Promovió la escuela jesuita en Douai para la educación de misioneros católicos en Inglaterra.