Historia

FELIPE IV EL HERMOSO (1268-1314)

Felipe IV el Hermoso nació en Fontainebleau en 1268 y murió allí el 29 de noviembre de 1314.

Felipe IV (El Hermoso)
Felipe IV El Hermoso
Un monje cronista contemporáneo flamenco, teniendo en mente sus persistentes e inescrupulosos esfuerzos para subyugar a los flamencos, habla de él como "un cierto rey de Francia... devorado por la fiebre de la avaricia y la concupiscencia." Guizot, citando con aprobación esta caracterización medieval, añade:
"Y esa no fue sólo la única fiebre inherente en Felipe IV... fue también víctima de la ambición y, por encima de todo, del poder. Cuando ascendió al trono, a los 17 años de edad, era apuesto, tal como su apodo nos dice, frío, taciturno y atrevido en la necesidad, pero sin fuego o brío, capaz en la formación de sus designios y obstinado para conseguirlos mediante artimañas o violencia, corrupción o crueldad, con agudeza para escoger y ayudar a sus siervos, vengativo y apasionado con sus enemigos e infiel y distante hacia sus súbditos, pero de vez en cuando teniendo cuidado para conciliarlos, ya sea llamándolos en su ayuda en sus dificultades o peligros o dándoles protección contra sus opositores. Nunca, tal vez, fue un rey mejor servido por las circunstancias o más logrado en sus empresas; pero... desencadenó una escandalosa lucha por los derechos, logros forzados, arrojando a la realeza en Francia por la senda jactanciosa de ese egoísmo arrogante y temerario que es a veces compatible con la capacidad y la gloria, pero que lleva en sí mismo en semilla... los vicios nativos y consecuencias fatales de la arbitrariedad y el poder absoluto."
(Hist. of France, i. 457, Nueva York, 1884).
Su éxito político a duras penas fue tan real como esta caracterización implica, pues aunque durante un tiempo pudo arrebatar Gascuña a Inglaterra, al final se vio obligado a devolverla y aunque durante un tiempo dominó y oprimió a Flandes, su victoria fue seguida por una humillante derrota. Por su matrimonio con Juana de Navarra (1284) añadió Navarra, Champagne y Brie a las posesiones reales. Lyón quedó posteriormente (1312) sujeto a la corona.

En asuntos eclesiásticos su éxito fue más notorio y permanente; pero incluso cuando contendió más efectivamente contra las usurpaciones papales manifestó motivos o cualidades no más altas que las expuestas antes. Su rechazo a someterse a la demanda de Bonifacio VIII para que hiciera la paz con el rey de Inglaterra no se debió a una idea claramente definida de las relaciones apropiadas de la Iglesia y el Estado, sino a su determinación de hacer su propia voluntad para desafiar a quien era reconocido como la más alta autoridad espiritual sobre la tierra. Lo mismo se puede decir de sus medidas de represalia en respuesta a la bula de Bonifacio Clericis laicos (25 de febrero de 1296). Había obtenido una autoridad tan grande en Francia que el clero francés, ya sea que simpatizara con su desafío al papado o no, no se atrevió a contradecirle, pagando al rey los subsidios de guerra exigidos a pesar de la prohibición papal y obedeciendo al rey en la retirada de los deberes papales. Que Bonifacio mereció ser castigado por su arrogancia no hace a Felipe un campeón heroico de la libertad civil al administrar la disciplina. Lo mismo es cierto de su desafiante trato a la bula Unam sanctam. La quema de este arrogante pronunciamiento papal, la confiscación de las propiedades de los prelados que se habían alineado con el papa y su respuesta a la bula papal de excomunión arrojando al papa en prisión, no añaden pruebas de que era un reformador. El hecho es que no consideraba a Dios ni a hombre, cuando sus propios intereses estaban en juego. Manifestó el mismo espíritu al manipular al colegio de cardenales para conseguir la elección de un papa (Clemente V) entregado a los intereses de Francia y comprometido a trasladar la capital papal a Aviñón. Consiguió el traslado de la sede papal a territorio francés no para producir una reforma de la administración papal, sino para obstaculizar a otros soberanos que usaron el poder organizador del papado contra él mismo, logrando la cooperación papal y curial para el engrandecimiento de la monarquía francesa. Obligó al papa cautivo y a la curia a cooperar con él en la destrucción de los Templarios, no porque creyera que la orden se había convertido en escandalosamente inmoral y diabólicamente blasfema e irreligiosa, como los miembros de la orden fueron obligados bajo tortura a confesar, sino porque estaba celoso de su poder político y falta de sujeción, además de codicioso de sus inmensas riquezas. Persiguió a los judíos no porque deseaba que se hicieran cristianos, sino como un medio de apropiarse de su riqueza. No ha de suponerse que las bien ideadas y ejecutadas medidas para consolidar e incrementar la autoridad de la corona, venciendo toda oposición eclesiástica y civil y enriqueciendo el tesoro real, fueron el producto de su propio pensamiento independiente. Estuvo rodeado de capaces e inescrupulosos consejeros (tales como Guillermo de Nogaret), que servilmente se prestaron a su deseo de poder y gloria y se beneficiaron personalmente de sus abusos.