Historia
FÉNELON, FRANÇOIS DE SALIGNAC DE LA MOTHE (1651-1715)
- Primeros años
- Reputación de tolerancia inmerecida
- Labores misioneras
- Tutoría del duque de Borgoña
- Defensa de Madame Guyon
- Conducta de su diócesis
- Télémaque
- Estimación de su carácter

J. Vivien. Biblioteca Nacional, París
Era el hijo menor del marqués de Fénelon y fue criado en una atmósfera de estricta piedad. Bajo la guía de un tutor privado obtuvo un excelente conocimiento de los clásicos y tras una corta estancia en la universidad de Cahors fue a París, donde se dedicó al estudio de la filosofía y teología en el jesuita Collége du Plessis. Hecho abate con sólo 15 años, logró distinción por sus dones de oratoria; posteriormente ingresó en el seminario de St. Sulpice, donde pasó cinco años en estricto retiro, dedicado primordialmente al estudio de los Padres griegos. Se hizo sacerdote en 1675 y pronto fue nombrado supervisor de las Nouvelles Converties, una asociación de mujeres, principalmente de noble rango, cuyo objetivo era instruir a mujeres recién convertidas al catolicismo, o aquellas inclinadas hacia la conversión, en los principios de la fe católica.
Reputación de tolerancia inmerecida.
En su actitud hacia los protestantes Fénelon no parece haberse ganado el epíteto de "tolerante", que le ha sido otorgado no sólo por escritores católicos sino también por historiadores protestantes. Ciertamente no estuvo libre de los prejuicios de su Iglesia y su tiempo. En su Dissertation sur la tolerance afirma que la Iglesia católica en cuanto opuesta a los protestantes no puede lógicamente extender la tolerancia a los disidentes y en su sermón Pour la profession religieuse d'une nouvelle convertie caracteriza al cisma como el peor de los crímenes. Hablando de su antigua amiga Madame Guyon dice: "Si es verdad que ha intentado diseminar las perniciosas enseñanzas de Molinos, deberían quemarla y no admitirla a la comunión, como el obispo de Meaux hizo." No obstante, Fénelon empleó medios pacíficos en su obra misionera y a través de sus grandes poderes de oratoria, sus instructivas charlas catequistas y su atractiva personalidad, logró ganar a grandes números de protestantes al catolicismo, sin omitir hacer uso de promesas de pensiones y otras recompensas mundanas para facilitar la conversión, aunque contra la obstinación echó mano frecuentemente de la fuerza. Hizo que ciertas miembros testarudas de la institución dirigida por él fueran encarceladas como criminales de Estado y otras fueran castigadas con encarcelamiento en el detestable Hôpital Génerale. Los resultados de sus 10 años de experiencia como director de las Nouvelles Converties los incorporó en su obra De l'educatyion des filles, un libro caracterizado por una profunda percepción psicológica en la vida mental del niño y que ha retenido su valor hasta el tiempo actual. Partiendo del principio de que la educación debe contentarse con seguir y complementar las obras de la naturaleza, establece que el ejercicio del amor dirigido hacia la confianza del niño y la forma indirecta de impartir conocimiento, son los verdaderos métodos del maestro, en oposición al sistema de amenazas, castigos y memorización. Al mismo tiempo insiste sobre la importancia de una sólida base en la religión, especialmente en la historia bíblica. Además de instrucción en religión, lenguas e historia, la muchacha debería también ser preparada en los diversos deberes de la vida doméstica.
Labores misioneras.
Tras la revocación del Edicto de Nantes, Fénelon fue uno de los eclesiásticos enviados a las provincias "para efectuar la conversión de los pocos hugonotes que quedaban en el país. Sus trabajos se centraron en los distritos de Saintonge y Aunis. Cuando se despidió del rey, suplicó que se le permitiera no llevar la usual escolta militar, diciendo que, según el ejemplo de los apóstoles, deseaba cumplir una obra de paz y amor." En lugar de combatir la herejía mediante el debate enconado, procuró más bien lograr sus objetivos por la exposición hábil y atractiva de las enseñanzas católicas, por la diseminación de versiones católicas del Nuevo Testamento y el misal y exigiendo la asistencia de todos los niños a las escuelas católicas. No obstante, en conjunto, parece que tuvo poco éxito, e, impaciente ante la obstinación de los herejes, escribió en febrero de 1686 a Seignelay, secretario de Estado: "Los representantes del rey no deben cesar de tener mano firme sobre esta gente, para la que el más ligero signo de conciliación es impertinente", pasando a informar de las diferentes rutas por las cuales los hugonotes escapaban al extranjero, e insistiendo que las fronteras debían cerrarse, porque "el objetivo es que su estancia en el país sea tan tolerable como sea posible y su huida tan peligrosa como sea posible." El sistema de convertir herejes de Fénelon, como el de la Iglesia católica de su tiempo, era que el clero debía trabajar entre ellos mediante la predicación y la persuasión amorosa, pero invocar contra los obstinados la "presión saludable" de las autoridades seculares.
Tutoría del duque de Borgoña.
Tras seis meses de trabajo en el campo misionero, Fénelon regresó a su puesto en las Nouvelles Converties. Sus destacados dones habían atraído la atención antes de esto y en 1689, cuando el duque de Beauvilliers, llegó a ser gobernador del nieto de Luis XIV, Fénelon fue hecho preceptor de los príncipes, el mayor de los cuales, el duque de Borgoña, estuvo especialmente a su cargo. Durante ocho años Fénelon se entregó con absoluta devoción a la educación del joven duque, quien, combinando talentos inusuales con un carácter obstinado en el más alto grado, insolente y amante del placer, ofreció una excelente oportunidad para el ejercicio de los espléndidos talentos pedagógicos de Fénelon. Preparar a este niño y hacer de él un sabio rey (roi philosophe), un segundo San Luis, era su propósito. Para combatir los vicios y complementar las deficiencias del muchacho, desplegó un destacado conjunto de recursos que se evidencian especialmente en las diferentes obras que escribió para el joven. Su Contes et fables, Dialogues des morts, Démonstration de l'existence de Dieu y Direction pour la conscience d'un roi, tienen un propósito didáctico, que está presente también en la más famosa de sus obras, Les aventures de Télémaque. Fénelon logró tener una influencia absoluta sobre su alumno y le transformó en un joven entendido, afable y modesto. La alabanza de Fénelon estaba en todas las bocas por la maravilla que había forjado. Disfrutó del más alto favor en la corte y como recompensa por sus servicios Luis XIV le hizo, en 1695, arzobispo de Cambrai. No obstante sus obligaciones para con el rey no le impidieron hablar francamente, criticando la política de Luis XIV. En una carta, cuya autenticidad ha sido demostrada por el descubrimiento del original, Fénelon ataca la vanidad del monarca, su mundanalidad y amor al poder con una franqueza que raya en la temeridad absoluta.

Desde su espléndida posición en la corte Fénelon cayó súbitamente, como resultado del papel que desempeñó en el conflicto con las doctrinas místicas de Madame Guyon. Cuando fueron declaradas heréticas por una comisión que incluía a Bossuet y Noailles, Fénelon, disintiendo de la mayoría en ciertas reservas importantes, publicó Explication des maximes des saints, donde formulaba los principios de Madame Guyon en una forma sobria y discreta. Todo amor a Dios, establecía Fénelon, que está condicionado sólo por el temor al castigo o por el deseo de la felicidad terrestre, es sólo una copia extremadamente imperfecta del amor puro, sin egoísmo, que consiste en la adoración de Dios por su propia causa. "Aun cuando Dios, de hecho una suposición imposible, destruyera las almas de los justos o los abandonara por la eternidad a las tentaciones y penas de esta vida o los condenara por toda la eternidad a las penas del infierno, esas almas no le amarían ni le servirían menos fielmente." El estilo en el que esta obra está escrito es árido, dogmático, sin gracia ni unción y como los principios establecidos van frecuentemente seguidos por explicaciones contradictorias, contiene mucho que es sutil y oscuro. Creó gran perturbación, tomando casi todos partido en su favor o en su contra. Bossuet lo atacó violentamente; Fénelon respondió con restricción y dignidad. Aunque Fénelon tenía el apoyo de los jesuitas y en secreto el de Le Tellier, confesor de Luis XIV, la mayoría del clero se adhirió a Bossuet, de cuyo lado, también, se puso el monarca mismo. Fénelon fue desterrado a su sede de Cambrai, de donde apeló al papa para juicio sobre su libro. Tras una larga demora y presión de Luis XIV emitió su decisión, declarando varios pasajes de su obra erróneos (no heréticos). Fénelon públicamente proclamó la decisión papal e hizo que tantas copias de su libro como pudo obtener fueran quemadas. Sin embargo, es una cuestión abierta si su sumisión fue sincera. Que sostuvo sus opiniones en una fecha posterior es manifiesto por una carta a Le Tellier en la que, hablando de su conflicto con Bossuet, dice: "El que estaba en error ha vencido y el que estaba libre de error ha sido vencido." Por supuesto el juicio papal, emitido tan a la fuerza y en forma tan suave, no dañó a Fénelon, sino que le ganó simpatía e incrementó el amor y la admiración por él.
Conducta de su diócesis.
Es en el último periodo de su vida, durante 18 años de trabajo en su diócesis (1697-1715), que Fénelon se muestra en la luz más noble. Dedicado a sus deberes pastorales, se preocupó de las condiciones en cada lugar de su jurisdicción, entregándose especialmente al objetivo de preparar sacerdotes dignos, trasladando el seminario necesario de Valenciennes a Cambrai que tuvo su personal supervisión. Maestro de oratoria en el púlpito, combatió el gusto prevaleciente por la declamación, estableciendo que el triple objeto del predicador es convencer, describir y persuadir. Durante la Guerra de Sucesión española (1702-13) su diócesis fue repetidamente escenario de hostilidades. En 1709, cuando el territorio alrededor de Cambrai fue asolado por el enemigo, Fénelon convirtió su palacio en refugio para los habitantes de poblaciones enteras, prestando su cuidado personal a los enfermos y heridos. Puso sus ingresos episcopales a disposición del gobierno para aliviar el hambre. La nobleza de su conducta no dejó de impresionar ni siquiera al enemigo y el príncipe Eugene y el duque de Marlborough establecieron guardias para la protección de su propiedad personal durante la ocupación del país por los aliados.
En la controversia jansenista Fénelon tomó parte activa como oponente de las enseñanzas del obispo de Ypres. Solicitó al papa obtener del rey la dimisión de todos los dignatarios que rechazaran suscribir la fórmula anti-jansenista y su excomunión en caso de oposición obstinada. Dio incondicional apoyo a la bula Unigenitus dirigida contra los jansenistas. Por otro lado, hacia los protestantes del país mantuvo, según algunas autoridades, una actitud que llegó al extremo de la tolerancia. Sus deberes pastorales le dejaron todavía tiempo para la actividad literaria. Como miembro de la Academia Francesa su consejo fue solicitado en la obra sobre el gran diccionario. Como juez en el conflicto entre los antiguos y modernos, alabó a los escritores clásicos porque describen la naturaleza con poder y gracia, desarrollan sus personajes consistentemente y alcanzan la armonía.
Télémaque.
En ese tiempo ordenó los diferentes fragmentos del Télémaque en un conjunto armonioso. El libro alcanzó un éxito tremendo, no sólo en Francia, donde fue rápidamente prohibido, sino en toda Europa. Fénelon ha sido acusado injustamente de elaborar esta novela como una sátira sobre el gobierno de Luis XIV, idea contra la cual el autor protestó vehementemente. Sin embargo, el libro contiene ecos e imágenes de su tiempo. La obra está escrita en un estilo altamente atractivo y revela un sólido conocimiento de la antigüedad. Lo que desmerece es la mezcla de mitología griega con doctrina y ética cristiana, de antigüedad con tiempos modernos, un proceso que resulta en una impresión general de irrealidad. Aunque el rey había prohibido toda relación entre Fénelon y el duque de Borgoña, los dos permanecieron en comunicación constante por amigos comunes. En ocasiones importantes el joven duque se volvió en busca de consejo a su antiguo maestro y cuando la muerte del Delfín (1711) hizo al duque heredero al trono, parecía que se abría una nueva carrera ante Fénelon. Pero si acariciaba esperanzas de desempeñar el papel de un Mazarino o un Richelieu, la muerte del duque al año siguiente las desvaneció totalmente. Al oir las fatales nuevas señaló: "Mis lazos se han cortado, nada me ata a la tierra." Los últimos años de su vida los pasó en parcial retiro y devoción.
Estimación de su carácter.
Los numerosos escritos literarios, teológicos y políticos de Fénelon ofrecen abundantes testimonios de la versatilidad de su talento y de la amplia extensión de su conocimiento. Igualmente su carácter tuvo muchas facetas. Por naturaleza manso, era duro consigo mismo y a veces severo con aquellos que diferían de él en creencia. Con una fuerte tendencia hacia el misticismo, poseyó, no obstante, una destacada percepción de los asuntos y condiciones prácticas. Insistiendo como teólogo sobre "un amor puro y sin reservas a Dios" y revelando como arzobispo un espíritu de noble sacrificio y devoto servicio hacia los pobres y sufrientes, aspiró al mismo tiempo al poder y al dominio. Sincero campeón de la autoridad y doctrina establecida en la Iglesia católica y oponente de toda innovación religiosa, se mostró, en el campo de la ciencia política y social, defensor de los ideales que rayaban en el utopismo. En una edad cuando el absolutismo era estimado casi un principio divino, Fénelon fue el primero en hablar de los derechos populares y el bienestar popular. En esta manera sus ideas representan una anticipación del siglo XVIII, cuyos filósofos, notablemente D'Alembert, le alaban grandemente. En conjunto, a pesar de ciertos defectos, se le puede decididamente colocar entre los caracteres más nobles y los escritores con más talento de su tiempo.
El siguiente es un pasaje de un sermón suyo titulado "Sencillez y grandeza":
"Si deseamos que nuestros amigos, en sus relaciones con nosotros, nos traten con sencillez y franqueza, desprovista de egoísmo, ¿no le agradará a Dios, que es nuestro verdadero amigo, que le rindamos nuestras almas sin temor ni reserva, en esa comunión tan dulce y santa que él nos concede mantener con él? Esta simplicidad constituye la perfección de los verdaderos hijos de Dios. Tal es el fin que debemos perseguir y hacia el cual hemos de avanzar continuamente. Esta liberación del alma de todo lo inservible, lo egoísta, de todo cuidado perturbador, proporciona una paz y una libertad indecibles; ésta es la verdadera sencillez. Es fácil percibir a primera vista su grandiosidad, pero únicamente la experiencia puede hacernos comprender el modo cómo ensancha el corazón. Nos volvemos como niños en brazos de sus padres, "no deseamos nada más; no tenemos ningún temor"; nos entregamos a este afecto puro; no nos preocupa lo que los demás piensen de nosotros. Nuestro ademán es franco, gracioso y feliz. No nos juzgamos a nosotros mismos, y no tememos ser juzgados. Procuremos conseguir esta hermosa simplicidad; busquemos el camino que conduce a ella. Cuanto más lejos estemos, tanto más apresuremos el paso para alcanzarla. Lejos de ser sencillos, la mayoría de los cristianos ni siquiera son sinceros. No solamente son disimulados, sino que son falsos, y disienten con su vecino, con Dios y con ellos mismos. Practican mil pequeñas artimañas que indirectamente pervierten la verdad. ¡Ay! todo hombre es mentiroso; hasta aquellos que por naturaleza son íntegros, sinceros y francos y los que llamamos simples y naturales; ellos también tienen celos y son sensibles en todo lo que tiene atingencia con el yo, que secretamente alimenta el orgullo e impide esa verdadera sencillez que es la renunciación y el olvido perfecto del yo."