Historia

FEUERBACH, LUDWIG ANDREAS (1804-1872)

Ludwig Andreas Feuerbach nació en Lansdshut, Baviera, el 28 de julio de 1804 y murió en Rechenberg, cerca de Nuremberg, el 13 de septiembre de 1872.

Ludwig Feuerbach
Ludwig Feuerbach
Asistió al gymnasium en Ansbach y en 1822 ingresó en la universidad de Heidelberg, como estudiante de teología. Por las clases de Karl Daub se interesó en el hegelianismo y en 1824 fue a Berlín para escuchar a Hegel. Enseguida dejó la teología por la filosofía y en 1828 era docente de filosofía en Erlangen. La promoción a un profesorado se hizo casi imposible por su Gedanken über Tod und Unsterblichkeit (Nuremberg, 1830), en el que negaba la inmortalidad por razones psicológicas, por lo que se retiró de la universidad para dedicarse a la literatura. Vivió en Ansbach hasta 1836 y luego en el castillo de Bruckberg hasta 1860, cuando se trasladó a Rechenberg. Sus ideas radicales hicieron de su nombre una contraseña a finales de la década de los cuarenta, dando clases en Heidelberg entre 1848 y 1849 a petición de los estudiantes. Aceptando la idea de Hegel de que lo Absoluto alcanza su conciencia en la mente humana, dio un paso adelante y negó la existencia de una mente absoluta, explicando a Dios como un producto subjetivo de nuestra vida consciente. Valoró la religión como una ilusión psicológica, un proceso puramente subjetivo y a Dios, el cielo y la vida eterna como deseos del corazón producidos por la imaginación. En resumen, según su idea naturalista, Dios no nos hizo a su propia imagen sino que nosotros le hacemos a la nuestra, por lo que la teología es un asunto de antropología. Aunque Feuerbach es el autor de una fórmula extremadamente materialista Der Mensch ist, was er isst, (el hombre es lo que come), no debe ser concebido como un materialista, ya que se aproxima a la cuestión desde el lado psicológico. Sus obras principales son Dar Wesen des Christentum (Leipzig, 1841; traducción inglesa The Essence of Christianity, por George Eliot, Londres, 1854); Das Wesen der Religion (1845); Das Theogenie, Oder von dem Ursprung der Götter (1857) y Gott, Freiheit, und Unsterblichkeit vom Standpunkt der Anthropologie (1866). Sus obras completas en diez volúmenes aparecieron en Leipzig entre 1846 y 1866.

De su obra Dar Wesen des Christentum es el siguiente pasaje:

'En su relación con las ideas religiosas, la razón consciente no tiene más que destruir una ilusión. Una ilusión, sin embargo, todo lo contrario a inocua, puesto que ejercita sobre el hombre una influencia fundamentalmente perniciosa y funesta, destruye sus fuerzas para la vida real y le hace perder el sentido de la verdad y de la virtud.
El mismo amor, en efecto, el sentimiento en sí más puro, es corrompido por la religión y transformado en un sentimiento puramente ilusorio y aparente. El amor religioso no ama al hombre más que por amor a Dios: es decir, ama al hombre sólo aparentemente, cuando en realidad ama a Dios.
La religión es la escisión del hombre consigo mismo: él se coloca frente a Dios como ser contrapuesto. Dios no es lo que es el hombre; el hombre no es lo que es Dios. Dios es el ser infinito, el hombre es el ser finito; Dios es perfecto, el hombre es imperfecto; Dios es eterno, el hombre es temporal; Dios es omnipotente, el hombre es impotente; Dios es santo, el hombre pecador. Dios y el hombre son extremos: Dios es el polo positivo, la suma de todas las realidades; el hombre el polo negativo, la suma de todas las nulidades.
Mas en la religión, el hombre tiene como objeto su ser ignoto. Debe demostrarse, por tanto, que esta antítesis, este desacuerdo entre Dios y el hombre en el que se basa el origen de la religión, es una falta de armonía del hombre con su propio ser. La íntima necesidad de esta demostración surge ya del hecho de que si realmente el ser divino, que es el objeto de la religión, fuese algo distinto al ser del hombre, no se podría verificar un desacuerdo. Si Dios realmente es otro ser, ¿qué me importa su perfección? Sólo hay escisión entre seres que están en discordia uno con otro, pero deben ser un solo ser, pueden serlo y, por consiguiente, esencialmente, verdaderamente, son un solo ser.
Por lo tanto, de este principio general debe ya resultar que el ser, del cual el hombre se siente dividido, es un ser innato en él, pero al mismo tiempo un ser de naturaleza distinta, como el ser o el poder que le da el sentimiento, la conciencia de la conciliación, de la unidad con Dios, o lo que hace todo uno consigo mismo.
Este ser no es más que la inteligencia, la razón o el intelecto. Concebido como el extremo opuesto al hombre, no como un ser humano (es decir, personalmente humano), Dios es el ser objetivado por el intelecto. El ser divino, puro, perfecto, privado de defectos, es la autoconciencia que posee el intelecto de la propia perfección. El intelecto no conoce los sufrimientos del corazón; no siente deseos, pasiones o necesidades, y precisamente por eso, no conoce ninguna deficiencia o debilidad, como el corazón.'