Historia
FEUERBACH, LUDWIG ANDREAS (1804-1872)

De su obra Dar Wesen des Christentum es el siguiente pasaje:
'En su relación con las ideas religiosas, la razón consciente no tiene más que destruir una ilusión. Una ilusión, sin embargo, todo lo contrario a inocua, puesto que ejercita sobre el hombre una influencia fundamentalmente perniciosa y funesta, destruye sus fuerzas para la vida real y le hace perder el sentido de la verdad y de la virtud.
El mismo amor, en efecto, el sentimiento en sí más puro, es corrompido por la religión y transformado en un sentimiento puramente ilusorio y aparente. El amor religioso no ama al hombre más que por amor a Dios: es decir, ama al hombre sólo aparentemente, cuando en realidad ama a Dios.
La religión es la escisión del hombre consigo mismo: él se coloca frente a Dios como ser contrapuesto. Dios no es lo que es el hombre; el hombre no es lo que es Dios. Dios es el ser infinito, el hombre es el ser finito; Dios es perfecto, el hombre es imperfecto; Dios es eterno, el hombre es temporal; Dios es omnipotente, el hombre es impotente; Dios es santo, el hombre pecador. Dios y el hombre son extremos: Dios es el polo positivo, la suma de todas las realidades; el hombre el polo negativo, la suma de todas las nulidades.
Mas en la religión, el hombre tiene como objeto su ser ignoto. Debe demostrarse, por tanto, que esta antítesis, este desacuerdo entre Dios y el hombre en el que se basa el origen de la religión, es una falta de armonía del hombre con su propio ser. La íntima necesidad de esta demostración surge ya del hecho de que si realmente el ser divino, que es el objeto de la religión, fuese algo distinto al ser del hombre, no se podría verificar un desacuerdo. Si Dios realmente es otro ser, ¿qué me importa su perfección? Sólo hay escisión entre seres que están en discordia uno con otro, pero deben ser un solo ser, pueden serlo y, por consiguiente, esencialmente, verdaderamente, son un solo ser.
Por lo tanto, de este principio general debe ya resultar que el ser, del cual el hombre se siente dividido, es un ser innato en él, pero al mismo tiempo un ser de naturaleza distinta, como el ser o el poder que le da el sentimiento, la conciencia de la conciliación, de la unidad con Dios, o lo que hace todo uno consigo mismo.
Este ser no es más que la inteligencia, la razón o el intelecto. Concebido como el extremo opuesto al hombre, no como un ser humano (es decir, personalmente humano), Dios es el ser objetivado por el intelecto. El ser divino, puro, perfecto, privado de defectos, es la autoconciencia que posee el intelecto de la propia perfección. El intelecto no conoce los sufrimientos del corazón; no siente deseos, pasiones o necesidades, y precisamente por eso, no conoce ninguna deficiencia o debilidad, como el corazón.'