Historia

FOCIO (c. 815 - 897/898)

Focio nació en Constantinopla hacia el año 815, ignorándose con certeza la fecha de su muerte.

Focio, sello; en Dumbarton Oaks Research Library and Collection, Washington, D.C.
Focio, sello; en Dumbarton Oaks Research
Library and Collection, Washington, D.C.
Fue dos veces patriarca de Constantinopla en el siglo IX, teniendo una preeminencia casi sin igual tanto en la Iglesia griega como en la rusa hasta el día de hoy. Aunque en su tiempo tuvo enemigos, y aunque las circunstancias opacaron su fama en Roma y en la corte bizantina, gozó de un profundo respeto entre su pueblo desde el principio, poniendo tras su muerte su Iglesia su nombre en el santoral. No es fácil juzgar su carácter. No fue el tirano que sus enemigos describieron, aunque pudo ser duro y dominante. Era astuto, falso y frívolo, pero eso formaba parte del carácter de su época y de la atmósfera de la Constantinopla en que vivía. Fue una especie de genio universal: filólogo, filósofo, teólogo, jurista, matemático, científico, orador y poeta; no era un pensador original pero poseía una memoria prodigiosa, férreo trabajo, buen sentido estético, gran habilidad dialéctica, inteligente en asuntos prácticos, voluntad imperiosa, juicio profundo, fiel en la amistad, aunque también siempre exigiendo la contrapartida. Su piedad era real a su manera. A él debe la Iglesia ortodoxa su entendimiento y apreciación de su distinción de la católica. Ya orgulloso de su legado, Focio intensificó y confirmó esa conciencia y le dio lemas cargados de significado, que nunca han sido olvidados.

Primeros años.
Focio nació en Constantinopla, probablemente entre los años 815 y 820 y murió en el monasterio armenio de Bordi, el 6 de febrero de 897 o 898. Era de una familia rígidamente ortodoxa y amiga de las imágenes. Sus padres murieron pronto 'adornados con la corona del martirio', queriendo esto decir probablemente que, como amigos de las imágenes, fueron desposeídos de sus propiedades y honores. Se sabe que ellos, con Focio, fueron excomulgados por un sínodo iconoclasta, aunque Focio no parece que tuviera nunca dificultades económicas. No es posible seguir el curso de su vida detalladamente antes de ser patriarca. Cuando no era más que un muchacho comenzó a enseñar, primero sobre gramática y luego sobre filosofía y teología, actividad que fue interrumpida por una embajada 'a los asirios' mencionada sin mayor explicación en el prefacio a la Bibliotheca, refiriéndose probablemente a una visita a la corte del califa en Bagdad. Tras la muerte del emperador Teófilo en 842, la emperatriz Teodora se convirtió en regente en lugar de su hijo Miguel III, llamado el Borracho, ayudada por su hermano Bardas, quien como consejero de su hermana se convirtió rápidamente en su rival. Sabiendo que ahora era tenido en más alta estima que lo que había sido con los emperadores iconoclastas anteriores, las relaciones de Focio con la corte se hicieron muy estrechas. Primero fue secretario de Estado y capitán de la guardia, casándose su hermano Sergio con Irene, hermana de Teodora y Bardas. Focio nunca se casó, pero tampoco fue monje. Bardas logró suplantar a Teodora como regente, probablemente en 857 y, para anular su influencia, que era temida tanto por el joven Miguel como por su tío, se propuso recluirla en un convento. El patriarca Ignacio, sin embargo, era simpatizante de Teodora y rechazó apoyar ese plan, por lo que el 23 de noviembre de 858 (según otros 857), Bardas le sustituyó y nombró a Focio como sucesor.

Primer patriarcado.
Indudablemente Focio formaba parte de un poderoso partido antagonista de Ignacio, en el que estaba Bardas y era dirigido por un tal Gregorio Asbesta. Aunque Focio no era clérigo, la elevación de un laico al patriarcado no era una innovación. En los cinco días siguientes (20 al 24 de diciembre de 858) Gregorio apresuradamente pasó al candidato por los cinco grados necesarios para asumir el patriarcado, siendo consagrado el día de Navidad. Sin embargo, Ignacio no se retiró calladamente, a pesar de los esfuerzos de Bardas y Focio para someterlo, pues había un número de monjes hostiles a Focio. El maltrato a Ignacio y sus amigos se exageró y hasta donde ocurrió fue responsabilidad de Bardas más que de Focio. Éste actuó para procurarles sedes episcopales a sus amigos, consiguiendo que la destitución de Ignacio fuera completa por un sínodo celebrado en 859. Ignacio fue a Roma para buscar ayuda del papa Nicolás I. Al principio Focio ignoró esta maniobra, pero en última instancia envió una legación particularmente impresionante al papa con una notificación de su toma de posesión que ocultaba la auténtica situación. Se acompañaba con una carta del emperador pidiendo el reconocimiento de Focio y solicitando que fueran enviados legados a un concilio en Constantinopla, para resolver los pocos problemas restantes relacionados con los desórdenes iconoclastas. Al mismo tiempo, Focio escribió a los patriarcas orientales, ocultando los hechos más aún que en la carta al papa y evidentemente procurando su reconocimiento antes de que los legados papales llegaran a Constantinopla. El concilio (llamado prima-secunda) se reunió en mayo de 861 y desde el principio los legados papales, Rodoaldo de Porto y Zacarías de Anagni, se pusieron del lado de Focio. Ignacio fue tratado severamente y su deposición confirmada, aunque recibió más ayuda de los obispos congregados que lo que Focio y el emperador habrían esperado.
Nicolás parece que esperaba que Focio reconocería la primacía de jurisdicción, que él había asumido desde el principio, pero Focio no tenía tal intención, por mucho que estuviera dispuesto a halagarle. El papa procedió lentamente, pero el 18 de marzo de 862 emitió una encíclica a los obispos orientales en la que desaprobaba los actos de sus legados en el concilio y declaraba: 'No consideramos a Ignacio depuesto, ni reconocemos las órdenes episcopales de Focio.' Escribió a Focio y al emperador en los mismos términos y un año después (abril de 863), cuando ya era evidente que sus cartas no habían conseguido nada, su juicio fue confirmado por un sínodo en Roma, amenazando a Focio y a sus seguidores con la excomunión. Mientras tanto, Focio halló apoyo inesperado de ciertos obispos occidentales, que habían caído en desgracia ante Nicolás por el divorcio de Lotario II. Preparó una réplica del emperador al papa en la que adoptaba un tono suave, dirigiéndose a Nicolás como súbdito del emperador. El documento se ha perdido, aunque su tenor es evidente por ciertas cartas de Nicolás. El papa respondió con firmeza, pero no tuvo en cuenta a la opinión pública en Constantinopla. La nueva Roma miraba con desprecio a la antigua y su 'lengua bárbara', desdeñando Focio durante toda su vida el aprendizaje del latín. Constantinopla contemplaba la conexión del papado con el imperio carolingio como señal de revuelta. Había una firme determinación para que el papa respetara al menos las fronteras eclesiásticas, excitándose los sentimientos en ese momento por el caso de los búlgaros, quienes convertidos por misioneros orientales y puestos bajo la jurisdicción del patriarca ecuménico por el concilio de Calcedonia, mostraban disposición favorable hacia Roma. Focio, parece que en 865, dirigió una larga carta al nuevo convertido búlgaro Bogoris, pero éste, indudablemente por razones políticas, se volvió al papa, quien le envió dos legados y varios sacerdotes, así como una epístola pastoral al príncipe. Al mismo tiempo, Nicolás envió tres mensajeros con al menos ocho cartas dirigidas al emperador, Bardas, Focio y todos los interesados, incluso a los senadores de Constantinopla, exigiendo la ejecución de su sentencia. Pero el emperador envió a los mensajeros de vuelta a la frontera y las cartas nunca fueron entregadas.

Ruptura decisiva con Roma.
En ese momento Focio dio el golpe que realmente separó al este del oeste. Como el papa había rechazado la validez de su ordenación y posición, él puso en entredicho la posición del papa, declarando al pontífice patrono de la herejía. La encíclica a los patriarcas orientales en la que Focio hace la acusación e intenta demostrarla, es valorada rectamente como la carta magna del oriente en toda su actitud y conducta consiguiente hacia el occidente. Dejando a un lado los asuntos personales y no tocando las relaciones entre Nicolás y él mismo, Focio habla solamente del peligro que emanaba de Roma, partiendo del envío de sacerdotes romanos a los búlgaros y terminando con el filioque, controversia sobre la cual escribió una detallada discusión teológica con catorce argumentos contra la doctrina de la doble procesión. Él deseaba tener un sínodo en Constantinopla para contraatacar la obra del oeste, reuniéndose de hecho en el verano de 867. Las cartas se han perdido, pero Focio logró los decretos que deseaba y después permitió que su resentimiento personal apareciera cuando tomó represalias por haber sido excomulgado por Nicolás, anatematizándolo. Parece que intentó exaltar a la nueva Roma sobre la antigua, proponiendo la primacía de Constantinopla.

Años de retiro.
El triunfo de Focio fue de corta duración. Bardas fue asesinado en 866 y Basilio el Macedonio le había sucedido como gobernante junto a Miguel. En septiembre de 867, Basilio asesinó a Miguel y quedó como único gobernante, pensando que si Ignacio era restaurado su posición sería fortalecida. Por lo tanto, Focio fue expulsado de su palacio unos días después de la ascensión de Basilio y en el aniversario de su destitución, 23 de noviembre de 867, Ignacio fue devuelto a su cargo, diez días después de la muerte de Nicolás I. Basilio estimó que la ruptura con occidente era inoportuna y tras negociar durante un año con Roma, convocó un concilio (cuarto de Constantinopla, del 5 de octubre de 869 al 28 de febrero de 870; octavo ecuménico del oeste) que selló la restauración total de Ignacio, condenando y destituyendo al mismo tiempo a Focio. Fue dominado por el papa Adriano II, pero su triunfo fue más aparente que real. En occidente este concilio es valorado por la resolución de la controversia sobre las imágenes; pero Focio afirmó con razón que él ya había liquidado esa contienda en el concilio de 861; cuando los legados papales en el concilio demandaron el reconocimiento de las pretensiones de Roma sobre los búlgaros, los orientales protestaron con palabras que mostraban cómo la alianza del papa con el oeste más que con el este era aun asunto incendiario en todas las almas griegas. Focio vivió en Stenos, en el lado europeo del Bósforo, bajo estricta vigilancia y privado de todos sus libros. Le fue prohibida toda relación con sus amigos, aunque pudo mantener correspondencia con ellos. Pero su ascendencia entre el clero era tan grande, que al principio escasamente veinte obispos aparecieron en el concilio que le condenó y a pesar de las grandes presiones de sus enemigos, sólo algo más de cien estuvieron presentes en la sesión final. Las duras medidas contra sus partidarios le facilitaron organizar una especie de anti-jerarquía, sabiendo muy bien cómo mantener su partido unido, animando a todos con su irreductible espíritu, que firmemente rehusaba oír de compromisos. Gregorio Asbesta y un número de influyentes metropolitanos permanecieron fielmente a su lado. Al mismo tiempo, él se guardó de atacar al emperador en sus escritos, llegando el tiempo en el que pudo moverse libremente. Sus peticiones en favor de sus amigos fueron atendidas y hasta el emperador le consultó sobre cuestiones teológicas, siendo llamado finalmente (tal vez en 876) a Constantinopla como tutor de los príncipes. Era evidente que tras la inminente muerte de Ignacio, Focio ascendería de nuevo al patriarcado.

Segundo patriarcado.
Ignacio murió el 23 de octubre de 878 (según otros de 877) y tres días más tarde le sucedió Focio. Las relaciones entre Focio y Basilio mejoraron. Basilio pidió al papa Juan VIII que reconociera al reinstalado patriarca, mostrando esta vez el papa, que necesitaba de ayuda imperial para sus planes en Italia, una disposición positiva. Sin embargo, declaró la primera elevación de Focio ilegal, criticó que la segunda se había tomado sin su conocimiento y estipuló que Focio debería pedir perdón en un sínodo. Pero esto no era lo que Focio buscaba, por lo que se las arregló para convocar un concilio en Constantinopla (el 'sínodo de Santa Sofía', entre noviembre de 879 y 26 de enero de 880, el octavo concilio ecuménico del este), al que asistieron tres veces más obispos que en el concilio de 869. En el mismo obtuvo todo lo que deseaba y las actas no reflejaron, en opinión de los legados papales, plenamente lo que ellos hicieron. Focio fue muy amigable y aparentemente sumiso a su 'amado hermano' Juan, pero oscureció el significado pleno de sus demandas y, permaneciendo en segundo plano, habló en el concilio por medio de otros. El emperador se mantuvo alejado del concilio, pero una vez que fue oficialmente clausurado, presidió a instancia de Focio dos asambleas complementarias, en la primera de las cuales los presentes, incluyendo los legados papales, declararon su adhesión al antiguo credo. En la segunda, Focio hizo que uno de los obispos diera una alocución en la que en claros términos se ponía por encima del papa. Luego, por razones políticas, Juan pasó por alto a sus legados en lugar de desmentirlos.
Focio estaba ahora en la cima de su poder y gloria, pero las relaciones con Roma se tensarían pronto de nuevo. En 882, Juan VIII fue sucedido por Marino I, el primer papa que había sido previamente obispo de una sede no romana y que no había sido escogido directamente de entre el clero romano. Que él mismo hubiera efectuado muchos traslados, no impidió que Focio usara esa irregularidad técnica contra su rival romano. Aunque su pontificado fue demasiado breve para conseguir resultados reales, Marino renovó la condena contra Focio, por lo que éste renovaría la contienda sobre la procesión del Espíritu Santo. El 29 de agosto de 886, el emperador Basilio murió inesperadamente. Su sucesor León VI había sido alumno de Focio y al principio le veneraba, aunque por razones desconocidas se convirtió en enconado enemigo del patriarca desde 880. Igual que Basilio, León determinó echar a Focio, siendo bruscamente privado de su oficio y desterrado al monasterio de Bordi en Armenia, donde probablemente vivió una década o más. Con su segunda caída, Focio desaparece de la historia.

Juicio de Focio en 886. Aparece con las manos alzadas ante sus acusadores
Juicio de Focio en 886. Aparece con las manos alzadas ante sus acusadores
Hay que tener en cuenta que la lucha de Focio con los papas no absorbió toda su energía. Siempre encontró tiempo para el saber y el arte, promovió misiones a los búlgaros y rusos; buscó relacionarse con los mandatarios musulmanes, primeramente por el bien de los cristianos bajo su dominio y por los lugares en Tierra Santa; supervisó y acometió la tarea de convertir a los paulicianos y otros herejes, tanto fuera como dentro del imperio. Aunque algunos de sus actos puedan ser criticados, tuvo un elevado concepto de su deber como 'atalaya' contra occidente y pastor supremo del este, realizándolo con celo y energía. Los griegos están en lo cierto al reconocerlo como el principal de sus dirigentes espirituales.

Bibliotheca.
Medido por las normas de su tiempo, a Focio se le puede catalogar como erudito de altos vuelos; en el siglo IX fue un fenómeno de saber y buen juicio. Incluso medido por una norma más exacta está lejos de ser despreciable; sus libros fueron tesoros literarios para la oscura época posterior e incluso ahora conservan su valor. El mejor conocido y más importante es el comúnmente llamado Bibliotheca o Myriobiblon, que presenta relatos reducidos (citados como 'códices') de doscientos ochenta libros leídos y estudiados por Focio, colocados sin aparente arreglo de orden y variando mucho en extensión y método de tratamiento. Algunos códices son breves sinopsis de contenido, otros contienen extractos, que a medida que la obra se desarrolla crecen en contenido y algunos incluyen anotaciones críticas, que también varían, de opiniones superficiales a juicios sopesados y exactos. Posiblemente el libro epitomiza las lecturas académicas de Focio o da ejemplos de ellas. Fue escrito a petición de 'nuestro querido hermano, Tarasio', quien le pidió a Focio, cuando se estaba preparando para su viaje a 'los asirios', que dejara tras su partida una descripción de los libros que había leído con sus eruditos, en momentos cuando Tarasio no pudo estar presente. En su forma actual, difícilmente la obra pudo ser compuesta en tales circunstancias; tal vez se originó a solicitud de Tarasio y fue elaborada más tarde. Tiene en cuenta a escritores paganos y cristianos e incluye no pocas obras que están perdidas. Se revive a los historiadores, teólogos, filósofos, gramáticos, médicos y actas de concilios, mártires y santos. Los retóricos fueron de particular interés para Focio. De los teólogos, los dogmáticos son sus preferidos. Los poetas apenas aparecen y los grandes filósofos de la antigua Grecia son escasamente mencionados, tal vez por una evidente intención de tratar sólo obras menos conocidas. Tucídides, Polibio, Plutarco y escritores como Hipócrates y Pausanias son dejados fuera del relato, tratándose brevemente los más famosos teólogos. Atanasio, Crisóstomo, Gregorio de Nacianzo y Basilio son citados a menudo, pero solo sus obras más raras reciben extensa atención. Los resúmenes son a menudo excelentes, mostrando el gusto de Focio por el estilo de sus autores. Para sus notas biográficas usó un resumen de una obra de Hesiquio de Mileto. A los escritores latinos sólo los conoce traducidos.

Anfiloquia.
Anfiloquia es llamado así porque lo dedicó a Anfiloquio de Cícico, uno de sus más fieles amigos y antiguo discípulo que había hecho ciertas preguntas a su maestro y que es mencionado en varias ocasiones en la obra. Consiste de una serie de preguntas y respuestas (trescientas en número según el prólogo, aunque en manuscritos y ediciones existentes el número es mayor y variable y el orden no es el mismo), principalmente sobre temas bíblicos, aunque incluyendo algunas que pertenecen a la dogmática y la filosofía y otras que a duras penas pertenecen al ámbito de la teología. Las preguntas de la Biblia generalmente tienen que ver con pasajes que parecen ser contradictorios, las denominadas enantiophanies de la Escritura y algunas de las respuestas son meramente exposiciones exegéticas. Muchos pasajes son tratados más de una vez. Al igual que en la Bibliotheca, las respuestas varían grandemente en longitud, siendo algunas meras notas, otras casi tratados y sin plan aparente. La mayoría de las respuestas pertenecen al tiempo del primer exilio de Focio y pudieron ser comunicadas por carta. Es posible que Focio las recopilara más tarde y probablemente la obra se agrandó con el tiempo. El autor muestra poca originalidad, escogiendo pasajes de Crisóstomo, Polícrono, Germán de Constantinopla, Juan de Damasco y otros, y en otras partes depende de Atanasio, Basilio, Gregorio de Nacianzo, Dionisio el Areopagita, Máximo Confesor y otros, sin copiarlos directamente. En no menos de treinta y dos pasajes, repite a Teodoreto casi verbalmente. La larga, detallada y entusiasta primera respuesta dirigida a Anfiloquio puede ser original.

Obras polémicas.
La obra polémica mejor conocida de Focio es Tratado sobre la mistagogía del Espíritu Santo, escrito contra el Filioque. Fue un incidente de la renovada lucha con Roma comenzada por Marino y perteneciente a los años 885 o 888. Es totalmente producto de Focio. Fue él quien dio a la doctrina de la procesión del Espíritu Santo la clara y aguda definición que ha tenido siempre en dogmática. Es significativo que la doctrina no se menciona en Anfiloquia, no teniendo interés inmediato para Focio, al ser sólo la necesidad de atacar a occidente lo que le hizo elaborarla. Tras una breve introducción, se centra en Cuando venga el Consolador, a quien yo enviaré del Padre, es decir, el Espíritu de verdad que procede del Padre, El dará testimonio de mí,[…]Juan 15:26 como el locus classicus de la doctrina, donde Cristo dice que el Espíritu procede 'del Padre'. Añadir que procede también del Hijo es sostener lo que lleva al absurdo, pues hace del Espíritu un 'producto del Hijo' y destruye la unidad de las tres Personas de la Trinidad (iii, iv). Este último argumento fue directriz en todas las polémicas orientales contra el occidente, sobre la controversia Filioque. Las consecuencias de la adición son consideradas con más extensión en los capítulos vi–xix, xxxi–xlvii y lxi–lxiv. Pasajes como El me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo hará saber.[…]Juan 16:14 y Y porque sois hijos, Dios ha enviado el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones, clamando: ¡Abba! ¡Padre![…]Gálatas 4:6 no son argumentos válidos contra la posición de Focio (xx–xxx, xlviii–lx, xc–xciv). En el capítulo v, afirma que los Padres y los concilios son unánimes contra la adición y en los capítulos lxv-lxxxix examina las declaraciones de autoridades occidentales como Ambrosio, Agustín y Jerónimo y los papas, desde Dámaso I a Adriano III, manteniendo que apoyan la posición del este. La Disertación sobre los (nuevos) brotes de los maniqueos es una obra contra los paulicianos. Consiste de cuatro libros, de los que el primero da un relato histórico de los paulicianos como nuevos maniqueos y el resto una refutación bíblica y dogmática de sus doctrinas. Los libros ii y iv no concuerdan completamente con el plan establecido en el libro i, habiéndose sugerido que son una obra posterior de doce disertaciones contra los maniqueos. El libro iv parece ser una obra independiente y posterior a ii y iii. Si es genuino, probablemente pertenece al tiempo del primer exilio, ya que el autor se queja de estar privado de sus libros. El primer libro está estrechamente relacionado con la Historia Manichæorum, atribuida a Pedro Sículo (Migne, Patrologiae cursus completus, civ. 1240 y sig.). Las Conclusiones precisas y pruebas, en la forma de cuestiones y respuestas, presentan un compendio de documentos históricos (actas de sínodos, etc.) relacionados con metropolitanos, obispos y semejantes, habiéndose afirmado que Focio lo escribió como defensa indirecta de su elevación y su oposición a Roma, además de una refutación de los argumentos de sus enemigos contra su legitimidad.

Otras obras.
Las cartas de Focio son la fuente más importante para conocer su carácter y pensamiento. Migne las divide en tres libros: políticas, a los papas, patriarcas, obispos, emperadores y otros dignatarios (en número de veinticuatro); privadas, a obispos, clérigos, monjes, etc., siendo la mayoría de ánimo, recomendación, amonestación y semejantes (ciento dos en número, muchas muy cortas); y cartas a laicos, especialmente altos oficiales (sesenta en número). Valettas da un número mayor, dispuesto en cinco libros: cartas dogmáticas y hermenéuticas (84); cartas parenéticas (57); cartas consolatorias (15); cartas de censura (64) y cartas varias (40, la mayoría notas breves).
Otros escritos de Focio incluyen comentarios bíblicos, de los que solo quedan fragmentos (comp. Migne, Patrologiae cursus completus, ci. 1189–1253). Un léxico preparado como ayuda para entender a los autores cuya dicción ya no estaba en uso en el siglo IX, que muestra poca originalidad y tal vez pertenece a la juventud de Focio, teniendo ayuda, tal vez, al componerlo. Poemas, de los que se conocen tres odas sobre Basilio y un himno de nueve odas sobre Cristo (el primero en Migne, Patrologiae cursus completus, cii. 577 y sig., el segundo en Ekklesiastike Aletheia, Constantinopla, 1895). Una Exhortación a través de Proverbios publicada por J. Hergenröther en su Monumenta Græca ad Photium ejusque historiam pertinentia (Regensburgo, 1869, páginas 20–52), así como algunos fragmentos de escritos filosóficos (página 12 y sig.) y un extracto de la obra Sobre la santa liturgia (páginas 11-12). Focio no fue el autor del Nomocanon, el libro canónico de la Iglesia oriental. Es más antiguo que su tiempo, aunque fue suplementado durante su patriarcado (en 883, según el prefacio) y sus concilios de 861 y 879 tuvieron una parte en esta obra. Es incierto si Focio mismo preparó la nueva edición de esta obra, pero al menos es evidente que tuvo un gran conocimiento de derecho canónico, pues algunas de sus cartas exponen puntos legales en una manera iluminadora. Los cánones de sus concilios fueron ciertamente obra de Focio y la Bibliotheca demuestra su dominio de la literatura legal.