Historia

FRUMENCIO

Frumencio introdujo el cristianismo en Etiopía.

Frumencio
Mapa de las actividades misioneras de Frumencio
Según los historiadores griegos y romanos (Rufino, i. 9; Teodoreto, i. 22; Sócrates, i.19 y Sozomeno, ii. 24), en el tiempo de Constantino (hacia el año 330), Frumencio y Edesio acompañaron al tío del primero desde Tiro en un viaje al Mar Rojo, donde fueron capturados en la costa etíope y llevados a la corte de Axum. Allí se ganaron la confianza y el honor, siéndoles permitido predicar el cristianismo. Poco después Edesio regresó a Tiro, pero Frumencio continuó la obra, yendo a Alejandría donde Atanasio ocupaba la sede patriarcal, obteniendo colaboradores misioneros para él y siendo consagrado como obispo y cabeza de la Iglesia etíope, con el título de Abba Salama, padre de paz, que todavía está en uso junto con el de abuna, nuestro padre. No es improbable que el cristianismo fuera conocido por los etíopes antes de la llegada de Frumencio (cuya fecha ha sido fijada por Dillmann en 341), pero es contemplado como el fundador de la Iglesia etíope. En los siglos V y VI la misión recibió un nuevo impulso por la inmigración de varios monjes (monofisitas) desde el alto Egipto.

El siguiente texto procede de Rufino y relata la llegada de Frumencio a Axum:

'Se dice que un cierto filósofo, Metrodoro, para conocer nuevos lugares e investigar el orbe, penetró en el interior de la India. Siguiendo su ejemplo, un filósofo tirio, Meropio, decidió ir a India por la misma causa, llevando consigo a dos niños de su familia, a los que instruía en las letras liberales. Uno de éstos, el más joven, se llamaba Edesio; el otro, Frumencio. Una vez vistas y tomado nota de las cosas con que se alimentaba el espíritu, el filósofo comenzó su camino de vuelta. Para proveerse de agua y demás cosas necesarias, la nave en que viajaba arribó a un determinado puerto. Era costumbre de los bárbaros de aquel lugar que si, en momentos de rotura de su pacto con los romanos, se les anunciaba la llegada de extranjeros, degollaban a cuantos romanos encontraban entre ellos. Invaden la nave del filósofo y perecen todos con él. Encuentran a los dos niños meditando y preparando sus lecciones a la sombra de un árbol. Salvados por misericordia de los bárbaros, son conducidos al rey, el cual hace copero e uno de ellos, a Edesio; al otro, Frumencio, del que se había dado cuenta que era perspicaz y prudente, lo encarga de sus finanzas y de su archivo. Desde ese momento, ambos gozaron de gran honor y cariño por parte del rey. Al morir éste dejó como heredero del reino a su mujer y a su hijo pequeño, dando libertad a los dos adolescentes para que hiciesen lo que quisieran. Pero la reina, consciente de que no tenía en el reino nada más fiel, les suplicó que compartiesen con ella el gobierno del reino hasta que el hijo alcanzase la adolescencia; especialmente a Frumencio, cuya prudencia sería suficiente para gobernar. Porque el otro daba muestras simplemente de una fe pura y una mente sobria. Estando así las cosas, y teniendo Frumencio en sus manos las riendas del gobierno, por inspiración e impulso de Dios, comenzó a investigar solícitamente si había cristianos entre los comerciantes romanos, y a darles máxima facilidad y aun exhortarlos a que tuviesen reuniones en cada lugar para orar según el rito romano. Él mismo hizo mucho más: exhortó a otros, invitándolos con favores y beneficios, proveyendo todo lo oportuno, lugares, edificios y demás cosas necesarias, sintiendo vivo deseo de que se implantase allí la simiente de los cristianos.
Pero cuando el niño, cuya regencia, adolesció, cumplido el oficio y transferido fielmente, se volvieron a nuestro mundo, a pesar de los ruegos y presiones de la madre y del hijo para que se quedasen. Edesio marchó rápidamente a Tiro, para volver a ver a sus parientes y familiares; Frumencio, a Alejandría, diciendo que no era justo ocultar la obra de Dios. Y así, expone al obispo todo lo hecho tal como ha sucedido, para que provea algún digno varón al que envíe como obispo a los ya numerosos cristianos e iglesias construidas en aquel suelo bárbaro. Entonces Atanasio (porque éste acababa de recibir el orden episcopal) considerando más atenta y propiciamente los dichos y las obras de Frumencio, dice ante el concilio de obispos: «¿Qué otro varón vamos a encontrar en el que se halle el espíritu de Dios como en ti, y que pueda realizar todo esto?». Y, una vez consagrado obispo, le ordena regresar con la gracia de Dios allá de donde había venido. Marchó, pues, a la India como obispo y se dice que Dios le concedió tantas virtudes que hizo milagros apostólicos y se convirtió a la fe infinito número de bárbaros. De ahí nacieron en las regiones indias pueblos cristianos, iglesias y sacerdocio. Y todo esto lo referimos porque lo hemos sabido no de opiniones del vulgo, sino porque nos lo ha contado el mismísimo Edesio, ordenado después presbítero de Tiro, que había sido antes compañero de Frumencio.'
(Rufino, HE 1,9).