Historia
GALERIO († 311)

Cuando Diocleciano abdicó el 1 de mayo de 305, Galerio se convirtió en augusto del este, gobernado los Balcanes y Anatolia. Técnicamente estaba subordinado al gobernante occidental, Constancio Cloro, pero como Galerio había organizado el nombramiento de sus dos favoritos, Maximino (su sobrino) y Flavio Valerio Severo, para que fueran césares en el este y el oeste, se convirtió en gobernante supremo. Cuando Constancio Cloro murió en 306, Galerio se empeñó en que Severo gobernara el oeste como augusto, pero de mala gana concedió que el título subordinado de césar lo ostentara el hijo de Constancio Cloro, Constantino, quien era sospechoso de simpatías cristianas. Pero la supremacía de Galerio fue de corta vida. Severo fue enseguida derribado (306) y asesinado por Majencio (hijo del anterior emperador Maximiano). Galerio invadió Italia, pero se vio obligado a retirarse. En 308 indujo a Diocleciano y Maximiano a reunirse con él en Carnuntum en el Danubio, para declarar a Majencio usurpador. El 11 de noviembre Galerio proclamó como augusto del oeste a su amigo Licinio, que tenía el control efectivo sólo sobre la región del Danubio.
Gobernante brutal, Galerio sometió a la población urbana a impuestos y mantuvo la persecución contra los cristianos. Pero en el invierno de 310-311 quedó incapacitado con una dolorosa enfermedad. Tal vez temiendo que su enfermedad fuera la venganza del Dios de los cristianos, publicó el 30 de abril de 311 un edicto otorgándoles a regañadientes la tolerancia. Poco después murió. Fue sucedido por su sobrino Maximino Daia. El texto del edicto de tolerancia de Galerio es el siguiente:
'Entre todas las leyes que hemos promulgado por el bien del Estado, hemos intentado restaurar las antiguas leyes y disciplina tradicional de los romanos. En particular hemos procurado que los cristianos, que habían abandonado la religión de sus antepasados, volviesen a la verdad. Porque tal terquedad y locura se habían posesionado de ellos que ni siquiera seguían sus primitivas costumbres, sino que se han hecho sus propias leyes y se han reunido en grupos distintos. Después de la publicación de nuestro edicto, ordenando que todos volviesen a las costumbres antiguas, muchos obedecieron por temor al peligro; y tuvimos que castigar a otros. Pero hay muchos que todavía persisten en sus opiniones, y nos hemos percatado de que no adoran ni sirven a los dioses, ni tampoco a su propio dios. Por lo tanto, movidos por nuestra misericordia a ser benévolos con todos, hemos creído justo extenderles también a ellos nuestro perdón, y permitirles que vuelvan a ser cristianos, y que vuelvan a reunirse en sus asambleas, siempre que no atenten contra el orden público. En otro edicto daremos instrucciones acerca de esto a nuestros magistrados.
A cambio de esta tolerancia nuestra, los cristianos tendrán la obligación de rogarle a su dios por nuestro bienestar, por el bien público y por ellos mismos, a fin de que la república goce de prosperidad y ellos puedan vivir tranquilos.'