Historia

GALILEO GALILEI (1564-1642)

Galileo Galilei nació en Pisa el 15 de febrero de 1564 y murió en Arcetri, cerca de Florencia, el 8 de enero de 1642.

Galileo Galilei, retrato de Justus Sustermans, fecha desconocida, óleo sobre lienzo
Galileo Galilei, retrato de Justus Sustermans,
fecha desconocida, óleo sobre lienzo
En 1581 ingresó en la universidad de Pisa para estudiar medicina, pero pronto abandonó esa materia por las matemáticas y la física. En 1585 dejó la universidad y fue a Florencia, para estudiar bajo Otilio Ricci. Fue profesor de matemáticas en Pisa 1589-91 y en Padua 1592-1610, enseñando a multitud de alumnos de toda Europa. En 1610 Cosme II, gran duque de Toscana, le designó matemático y filósofo de la corte florentina, permitiéndole dedicarse enteramente a sus investigaciones científicas.

La oposición de Galileo a la cosmología ptolemaica le puso por vez primera bajo sospecha de la Inquisición en 1611, aunque continuó sus investigaciones y públicamente defendió el sistema copernicano. En una carta a su amigo el padre Castelli, fechada el 21 de diciembre de 1613, sostiene que los teólogos, en lugar de tratar de restringir las investigaciones científicas sobre premisas bíblicas, deberían ocuparse de reconciliar la terminología de la Biblia con los resultados de la ciencia. En 1615 una copia de esta carta fue conocida por la Inquisición, con el resultado de que al año siguiente Galileo fue avisado por el papa para que desistiera de sus enseñanzas heréticas o sería encarcelado. En 1632 atrajo de nuevo la atención de la Inquisición, al publicar una defensa del sistema copernicano. Tras un largo y agotador juicio fue condenado el 22 de junio de 1633 para que abjurara solemnemente de rodillas de su credo científico, lo cual hizo bajo amenazas de tortura, aunque si de hecho fue torturado es una cuestión discutible. Fue también sentenciado a encarcelamiento indeterminado, pero esta pena fue enseguida conmutada por residir en Siena, permitiéndosele en diciembre siguiente regresar a su villa en Arcetri, si bien permaneció bajo vigilancia de la Inquisición. En 1637 se quedó totalmente ciego.

Galileo ante la Inquisición, por Joseph Nicolas Robert Fleury
Galileo ante la Inquisición, por Joseph Nicolas Robert Fleury
Las principales contribuciones de Galileo a la ciencia son su formulación de las leyes que gobiernan la caída de los cuerpos, la invención del telescopio, el descubrimiento del isocronismo del péndulo y numerosos hallazgos astronómicos, incluyendo las fases de Venus, cuatro satélites de Júpiter y las manchas en el sol. Sus obras fueron quitadas del Índice en 1835. Las más importantes son Dialogo... sopra i due sistemi del mondo (Florencia, 1632); Discorsi e demostrazioni matematichè intorno à due nuove scienze (Leiden, 1638) y The Systeme of the World, in Four Dialogues, wherein the two grand Systemes of Ptolemy and Copernicus are... discoursed of... The ancient and modern Doctrine of Holy Fathers... concerning the rash Citation of the Testimony of... Sacred Scripture in Conclusions merely natural. Mathematical Discourses and Demonstrations touching two new Sciences pertaining to Mechaniks and Local Motion... with an Appendix of the Centre of Gravity of some Solids. A Discourse concerning the Natation of Bodies upon… the Water, Londres, 1661.

De una carta de Galileo a Benedetto Castelli procede el siguiente pasaje:

'Acerca del problema general planteado por la Madama Serenísima, me parece que muy sabiamente ha afirmado quelas Sagradas Escrituras no pueden nunca afirmar lo falso ni equivocarse, siendo todas sus proposiciones de absoluta e inviolable verdad. Lo único que yo habría añadido es que, si bien las Escrituras no pueden equivocarse, no podemos excluir que se hayan equivocado algunos de sus intérpretes y glosadores, y de diversas maneras.
Entre éstos habría uno muy grave y frecuente: el quererse atener al significado literal de las palabras. Si así fuese, no sólo se harían patentes múltiples contradicciones, sino que se incurriría en graves herejías e incluso en blasfemias, porque sería necesario atribuir a Dios pies, manos y ojos, y también sensaciones físicas y emociones propias del hombre, como la ira, el pensamiento, el odio e incluso el olvido de las cosas pasadas y la ignorancia de las futuras.
Por lo que, como en las Escrituras se encuentran muchas afirmaciones que, tomadas al pie de la letra, presentan un contenido distinto del auténtico, pero por otra parte están formuladas de esta manera para superar la ignorancia del pueblo, así para los pocos que merecen diferenciarse del pueblo ignorante es necesario que los glosadores expongan sabiamente el auténtico significado y expliquen asimismo los motivos por los que se ha utilizado aquella forma particular para un determinado contenido.
Establecido entonces que en muchos pasajes las Escriturasno sólo pueden transmitir significados divergentes a los de laspalabras tomadas al pie de la letra, sino que puede darse el caso de que incluso se vean en la necesidad de hacerlo, me parece que en las discusiones de carácter científico deberían dejarse a un lado.
Visto, pues, que tanto las Sagradas Escrituras como la naturaleza tienen el mismo origen en el Verbo divino, la una en tanto que dictada por el Espíritu Santo y la otra como obediente ejecutora de los proyectos de Dios; visto, además, que estamos todos de acuerdo en que, para que todos puedan comprenderlas, las Escrituras emplean un lenguaje que, tomado al pie de la letra, a menudo difiere de la verdad absoluta; visto también que, siendo la naturaleza inexorable e inmutable, de ningún modo puede ser afectada por las explicaciones que, con sus instrumentos limitados, pueden dar los seres humanos de sus fines recónditos y de sus modos de explicarse, porque nunca se aleja de la ley a la que está sometida; visto todo esto, puede razonablemente concluirse que no hay ningún motivo para plantear dudas ante lo que los fenómenos naturales o la sensata experiencia nos ponga ante los ojos, o ante las deducciones a las que nos conduzcan los experimentos rigurosos, oponiendo a ello pasajes de las Escrituras que aparentemente sostienen lo contrario, considerando además que toda proposición de las Escrituras no está vinculada a la obediencia severa de una ley, como sí lo están los fenómenos naturales.
Así pues, si las Escrituras atenuaron sus dogmas fundamentales, llegando a atribuir a Dios condiciones lejanas y contrarias a su esencia con la simple finalidad de adecuarse a la capacidad de comprensión de pueblos rudos e incultos, ¿quién querrá obstinarse en sostener que, renunciando a este fin, al hablar incluso casualmente de Tierra, Sol o de cualquier otra criatura, haya escogido atenerse con el máximo rigor al significado restringido y limitado de las palabras?
Con mayor razón, porque habrían afirmado a propósito de estas criaturas cosas bien lejanas de los planteamientos generales de las Sagradas Escrituras; es más: cosas tales que, de haber sido presentadas como verdades desnudas y crudas, habrían sin duda comprometido su fininalidad, dejando al pueblo más reacio a recibir los mensajes de la salvación del alma.
Estando así las cosas y siendo evidente que dos verdades nunca pueden ser contradictorias entre sí, es tarea de los sabios glosadores dedicarse a descubrir el verdadero significado de los pasajes bíblicos, de acuerdo con las conclusiones a las que se llega mediante la observación de la naturaleza, ciertas y seguras porque son sensiblemente manifiestas o porque están deducidas de demostraciones metodológicamente incontestables.
Aún más: puesto que, como he dicho, aunque dictadas por el Espíritu Santo, por las razones aducidas las Escrituras presentan en muchos puntos exposiciones cuyo verdadero significado está muy alejado del literal -y como por otra parte no podemos afirmar con certeza que todos los intérpretes hablen inspirados por Dios-, me parecería un modo sabio de actuar el impedir a cualquiera la vinculación de todos los pasajes de la Escritura como si debiese de algún modo dar por fuerza revisiones verídicas en materia de fenómenos naturales, después de que los sentidos y las demostraciones científicas hayan llevado a valoraciones contrarias. ¿Quién quiere poner límite al ingenio humano? ¿Quién querrá afirmar que en el mundo ya se sabe todo lo que se puede saber?...
Yo opino que la autoridad de las Sagradas Escrituras se ha propuesto como único fin convencer a los hombres acerca de las cuestiones que, siendo necesarias para la salvación y trascendentes respecto a las posibilidades del lenguaje humano, no podían con otra ciencia u otro medio haber aparecido como creíbles sin la intervención del Espíritu Santo.
Pero que Dios mismo, quien nos ha hecho entrega de los sentidos, de la inteligencia y del lenguaje, haya querido, haciéndonos arrinconar estos dones, hacernos evidente con instrumentos diferentes lo que con aquéllos podemos conocer, es algo que no me parece que sea necesariamente creíble, sobre todo a propósito de aquellas ciencias que tienen en las Escrituras un tratamiento completamente irrelevante y fragmentario. Como es precisamente el caso de la astronomía, presente de una manera tan sumaria que ni siquiera cita los nombres de los planetas. Por otra parte, si los primeros escritores sagrados hubiesen tenido la intención de comunicar al pueblo la verdad acerca de la disposición y el movimiento de los cuerpos celestes, no habrían hablado tan poco sobre ello, que es lo mismo que no decir nada en relación con los continuos, complejísimos y admirables avances que caracterizan a esta ciencia.'