Historia

GREGORIO DE NACIANZO (c. 330 - c. 389)

Gregorio de Nacianzo nació hacia el año 330 en Arianzo, cerca de Nacianzo, Capadocia, y murió en su localidad natal hacia el 389.

Gregorio de Nacianzo
Gregorio de Nacianzo
Primeros años.
Su padre, que también se llamaba Gregorio, era hombre de cierta importancia. Antes de ser cristiano sostuvo una moralidad monoteísta, siendo miembro de la secta conocida como hipsistarianos. Fue convertido por persuasión de su esposa, Nonna, que era de familia cristiana, siendo bautizado por el obispo de Nacianzo, en el momento en el que comenzaba el concilio de Nicea, a quien sucedió en 328 o 329. Nada se sabe de su actitud en la primera etapa de la controversia arriana; en la sexta década pudo ser reconocido, con la mayoría de obispos de Asia Menor, entre los homoiousianos, pero posteriormente, su hijo y el amigo de éste, Basilio, a quien él ayudó a elevar a la sede de Cesarea, aceptaron el homoousios. Él y su esposa deseaban tener descendencia, siendo Gregorio el mayor de tres hijos que nacieron cuando ya eran de edad avanzada. El fundamento de la educación de Gregorio fue en Nacianzo, aunque su preparación más avanzada en retórica y literatura es probable que la recibiera, con su hermano Cesáreo, en Cesarea de Capadocia, donde comenzó su amistad con Basilio. Para continuar sus estudios fue luego a Tierra Santa, Alejandría y finalmente a Atenas, donde parece que pasó algunos años en estrecha amistad con Basilio. Dejó Atenas probablemente en 357 y pasó por Constantinopla, donde su hermano ya había comenzado una fructífera carrera mundana, de la que Gregorio intentó en vano apartarlo para la vida ascética, regresando a su hogar por el deber hacia sus padres y pasando parte del tiempo allí en meditación y parte en la administración de la propiedad familiar. En ese tiempo es cuando puede ser que se bautizara. Tras el regreso de Basilio de su viaje por los monasterios de Tierra Santa y Egipto, en 358 o 359, Gregorio se unió a él en su retiro en el río Iris, en el Ponto. Hacia el 360 estaba de nuevo con sus padres. Durante los siguientes cinco años fue ordenado sacerdote contra su voluntad, a petición de los creyentes; tras intentar eludir los deberes del cargo, regresó y pronunció las alocuciones numeradas i y ii en sus obras; tras la muerte de Juliano (363) escribió, aparentemente por consejo de Basilio, dos invectivas contra Juliano (iv y v); cuando la corte obligó a su padre a firmar una fórmula que los monjes de Nacianzo consideraron herética, rompieron la comunión con el padre y con el hijo, aunque Gregorio logró reconciliarlos con su obispo (alocución vi, De pace); cuando Basilio y sus monjes cortaron con Eusebio, escogido obispo de Cesarea en el verano de 362, Gregorio se llevó a Basilio al Ponto con él, efectuando luego la reconciliación (probablemente en 366). Durante los siguientes siete años Gregorio ayudó a su padre, cooperando con él en 370 en la elevación de Basilio al obispado de Cesarea y permaneciendo al lado del nuevo obispo en su batalla con Valente, a comienzos de 372.

Episcopado.
La antigua amistad no fue tan calurosa tras la promoción de Basilio a la sede metropolitana, experimentando un duro golpe cuando Basilio, supuestamente poco después de Pascua de 372, obligó a Gregorio a asumir el obispado de Sasima, insignificante lugar entre Nacianzo y Tiana, para retenerlo contra Antimo, obispo de Tiana, quien infringió la dignidad de Basilio al dañar sus derechos metropolitanos sobre Capadocia. Gregorio se retiró de su obispado a la soledad de las montañas antes de hacerse cargo de sus deberes, declinando participar en la batalla contra Antimo. Rechazó los ruegos de su padre para que volviera a su puesto; pero cuando se le pidió en el verano de 372 que viniera y ayudara en Nacianzo, el deber filial y la apreciación de un campo más amplio prevalecieron. Tras la muerte de su padre continuó oficiando allí, pero sólo como representante de su padre. Cuando, no obstante, los obispos vecinos no mostraron signos de designar otro titular huyó de nuevo en 375, esta vez a Seleucia. Allí permaneció hasta que, tras la muerte de Basilio (1 de enero de 379), fue llamado para una empresa lo suficientemente importante para sacarlo de su retiro. Se trataba nada menos que de representar la fe nicena en Constantinopla, hasta entonces abandonada al arrianismo. Cuando en la primavera de 379 comenzó a predicar en la capital, fue considerado indudablemente un aspirante al puesto episcopal; pero su natural oscilación entre la atracción de lo útil en el mundo y la de ermitaño, le impidieron considerarse apto para ese puesto. Además, la aparición de un falso amigo, Máximo, que se presentó como rival y la acción del concilio de 381 que le presentaba como candidato, fortalecían su ambivalencia. Fue obispo en Constantinopla desde el 26 de noviembre de 380, cuando se hizo cargo de la iglesia catedral de los Apóstoles, pero oficialmente desempeñó la posición sólo durante un corto tiempo, durante la sesión del concilio en el año siguiente. Tras la renuncia de su oficio dejó la capital, probablemente en junio, antes de que el concilio acabara, retirándose a Capadocia. Su interés en la diócesis de Nacianzo, perturbada entonces por los apolinaristas le indujo a prestar atención a sus necesidades; pero después que logró (probablemente en 383) la designación de su pariente Eulalio como obispo, vivió en reclusión supuestamente en Arianzo. Cuando Jerónimo escribió su Catalogus en 392, ya había muerto casi tres años antes, por lo que debió fallecer en 389 o como mucho en 390.

Obras.
Las obras de Gregorio se dividen en tres grupos: cuarenta y cinco alocuciones, doscientas cuarenta y tres cartas y un considerable número de poemas. Las alocuciones parece que fueron todas pronunciadas oralmente, salvo las dos invectivas contra Juliano, y la segunda alocución, al menos en su forma actual. Las más famosas son los cinco Discursos teológicos (xxvii-xxxi) pronunciados en Constantinopla. De interés histórico son varias de las alocuciones memoriales, especialmente la de Basilio (xliii) y la de su padre (xviii). Entre las escritas para festividades, las más notorias son el sermón de Pascua de 363 (comúnmente asignado a 362) y tres (xxxviii-xl) predicadas en Constantinopla el 25 de diciembre de 379 y 6 y 7 de enero de 380; la primera es el sermón cristiano conocido más antiguo predicado en Constantinopla. Sólo una (xxxvii) tiene la naturaleza de homilía; de hecho, la exposición de la Escritura, o lo que se entiende comúnmente como predicación, está enteramente subordinado a la declamación retórica. Las cartas, muchas de las cuales pertenecen a la sexta o séptima década de la vida de Gregorio, son por lo general cortas y no pueden compararse en interés o importancia histórica con las de Basilio. De valor dogmático son las dos cartas anti-apolinaristas al presbítero Cledonio (ci, cii) y la última de ellas dirigida al sucesor de Gregorio en Constantinopla, Nectario (ccii). La carta final o el tratado Al monje Evagrio sobre la divinidad, que es atribuida por el manuscrito a Gregorio de Nacianzo, a Gregorio el Taumaturgo, Gregorio de Nisa y a Basilio, difícilmente puede pertenecer a Gregorio de Nacianzo. Los poemas son buenos ejemplos de poesía artificial de la escuela retórica, pero para la mente moderna muchos de ellos tienen poco de poético. Los poemas autobiográficos (libro ii. sección i) comprenden un tercio del total. El drama conocido como El sufrimiento de Cristo ha sido reconocido durante mucho tiempo no de Gregorio, sino una producción bizantina del siglo XI o XII.

Posición teológica.
Aunque Gregorio es llamado 'el teólogo' por los escritores griegos, no ha dejado una exposición sistemática de la fe cristiana. Su doctrina general de Dios es un platonismo metafísico, más que enseñanza cristiana. Es digno de mención el contraste que hay entre la forma en la que, contra Eunomio, mantiene la incomprensibilidad de Dios y la certeza con la que desarrolla los detalles de la doctrina de la Trinidad. En este último aspecto no es el fundador de la escuela conocida como post-nicena, porque antes de que tomara parte prominente en la discusión, durante el reinado de Juliano, la transición del homoiousios al homoousios ya había tenido lugar en el grupo meleciano en Antioquía y el desarrollo análogo en muchos homoiousianos de Asia Menor, al menos en lo que respecta a la consustancialidad del Hijo, era ciertamente en lo principal independiente de la influencia de Gregorio. De todos modos, Gregorio fue el más antiguo de los representantes teológicos de esa escuela, y su enseñanza especial surge claramente en un tiempo cuando Basilio estaba en términos amigables todavía con Eustacio y cuando Gregorio de Nisa era un laico. Esto es cierto incluso de la doctrina del Espíritu Santo; aunque Gregorio fue toda su vida cauto en cuanto a definir la consustancialidad, por el sentimiento de que las consecuencias llevarían mas allá de lo que la Escritura contiene, ni siquiera entonces excluyó la necesidad de esas consecuencias. Para definir su doctrina en sus términos técnicos se basa en la distinción entre una deidad, sustancia o naturaleza (mia theotes, ousia o physis) y las tres personas (treis hypostaseis o idiotetes). El término ousia significa más que la esencia genérica de varios individuos, pero las treis kypostaseis son numéricamente tres, siendo el único Dios uno, porque la mia theotes es común a los tres, ya que el Hijo y el Espíritu tienen su origen en el Padre fuera del tiempo y porque la voluntad de los tres es la misma. Las cosas que distinguen a los tres, 'que el Padre es ingenerado, que el Hijo en engendrado y que el Espíritu Santo procede' (oratio xxv), no son por tanto diferencias de sustancia, sino expresiones de relación mutua o de hypostaseis. Que se puede hacer un reproche de triteísmo a esta enseñanza, con más justicia que de sabelianismo a Atanasio es obvio. Gregorio era plenamente consciente de la divergencia entre la antigua y la nueva teología nicena, pero él lo consideraba meramente un asunto de terminología.

Posición cristológica.
Que Gregorio fuera capaz de acuñar fórmulas autoritativas en cristología (los concilios de Calcedonia y Éfeso citan su primera carta a Cledonio, siendo bajo Justiniano uno de los principales testigos de la idea ortodoxa sobre la cuestión) también se debe al proceso por el que pasó en sus últimos años. Las casuales expresiones en sus alocuciones son las oscuras declaraciones de una curtida tradición origenista. Su terminología no fue clara y precisa hasta después que se posicionó contra el apolinarismo, necesitando rechazar la tradición antioquena, combatida también por Apolinar, de la existencia de dos sujetos en el Cristo histórico. Clarifica el punto de la totalidad de la naturaleza humana de Cristo, sosteniendo firmemente que el Cristo histórico no es otra cosa que el Logos hecho hombre. Sus fórmulas, aunque entonces no estaban plenamente definidas, suplieron las necesidades de la ortodoxia posterior y de hecho en alguna medida anticipó la diferenciación que tuvo lugar en la cristología entre los términos physis e hypostasis. La ortodoxia del reinado de Justiniano sólo necesitó señalar su afirmación de que la fórmula trinitaria era lo opuesto a la cristológica, al haber en la primera tres hypostasis y una naturaleza y en la segunda dos naturalezas pero una hypostasis. En el asunto de la cristología Gregorio debe su reputación como 'teólogo' mayormente a la casualidad. Su posición la merece más en la teología en el sentido estrecho, aunque incluso aquí no puede negarse que él, que se quejó tanto en su vida de incomprensión e ingratitud, fue desde su muerte y especialmente desde el siglo VI, ricamente indemnizado, más allá de lo que se merecía.

Corresponde a Gregorio de Nacianzo haber definido la propiedad distintiva del Espíritu Santo respecto al Padre y al Hijo, cuestión que resuelve en el siguiente pasaje:

'El Padre es Padre sin principio, porque no procede de nadie. El Hijo es Hijo y no es sin principio, porque procede del Padre. Pero si hablas de principio en el tiempo, también él es sin principio, porque es el Hacedor del tiempo y no está sometido al tiempo. El Espíritu Santo es Espíritu de verdad, que procede del Padre, pero no a manera de filiación, porque no procede por generación, sino por procesión (me veo precisado a acuñar palabras por amor a la claridad). Porque ni el Padre dejó de ser ingénito por haber engendrado, ni el Hijo dejó de ser engendrado por proceder del Ingénito. ¿Cómo podrían hacerlo? Tampoco el Espíritu se ha convertido en Padre o Hijo porque procede o porque es Dios, aunque no lo crean así los impíos.'
(Or. 39,12).
Mapa de los Padres de la Iglesia - Gregorio de Nacianzo