Historia

GREGORIO DE TOURS (538/539-593/594)

Gregorio de Tours nació en Arverna, la actual Clermont-Ferrand, en el año 538 o 539 y murió en Tours el 17 de noviembre de 593 o 594. Procedía de una noble familia romana y originalmente su nombre era Georgius Florentius, que cambió por la veneración que sentía hacia su bisabuelo, Gregorio obispo de Langres. Una peligrosa enfermedad en 563 le indujo a hacer una peregrinación al santuario de San Martín de Tours, determinando su recuperación la tendencia religiosa de sus siguientes años. A la muerte del obispo Eufronio de Tours, en 573, fue escogido para cubrir la vacante, siendo obligado por Sigiberto I, en cuya corte había vivido, a aceptar el puesto. Se entregó celosamente a sus deberes episcopales y también procuró el bienestar temporal del pueblo de Tours. Esta ciudad había pertenecido a Chariberto, a cuya muerte (567) entró a ser posesión de Sigiberto, aunque fue incesantemente disputada por Chilperico, quien tras el asesinato de Sigiberto en 576, la gobernó hasta su propia muerte en 584. Gregorio no tomó parte activa en este conflicto, pero Chilperico y sus partidarios le odiaban, aunque causó tal impresión sobre el rey por su firme y sabia conducta al ser acusado falsamente de haber calumniado a la reina Fredegunda, que mejoró sus relaciones con él, relaciones que mantuvo con sus sucesores, Guntchramnus y Childeberto II, por quienes fue consultado con frecuencia sobre asuntos de Estado.

Su actividad literaria comenzó con un libro (nunca terminado) sobre los milagros de San Martín en 575. Luego siguió la historia de Julián, un santo local. El Liber in gloria martyrum fue escrito después de 587, donde celebra, al igual que In gloria confessorum, los hechos de los santos galos. Más importante es el Liber vitæ patrum, que da información sobre varios dirigentes galos del periodo que siguió a la caída del imperio y a la fundación de los Estados germánicos. Pero su obra mejor conocida es Historia Francorum, que comenzó no mucho después de su consagración y continuó hasta el año 591, con algunas adiciones fragmentarias en sus últimos años. Comienza con una sinopsis de la historia del mundo y al final del primer libro llega hasta el comienzo de la conquista franca y la muerte de San Martín. El tratamiento crece según avanza, ocupando los últimos siete años cuatro libros. Desde el quinto en adelante tiene el carácter de memorias contemporáneas. Aunque no posee un estilo brillante es seguro en sus declaraciones y hace un sincero esfuerzo por ser imparcial, aunque las tendencias teológicas y moralizantes son un obstáculo para el lector. Gregorio narra la conversión de Clodoveo en el siguiente pasaje:

'La reina Clotilde continuaba rezando para que su marido pudiese reconocer al verdadero Dios y abandonase su culto idólatra. Nada podía persuadirle para que aceptase el cristianismo. Finalmente estalló la guerra contra los alamanos y en este conflicto él fue forzado por la necesidad a aceptar lo que había rechazado libremente. Así sucedió que cuando los dos ejércitos se encontraron en el campo de batalla hubo gran carnicería y las tropas de Clodoveo estaban siendo aniquiladas rápidamente. Cuando él vio esto levantó los ojos al cielo, sintió compunción en su corazón y se emocionó hasta el llanto. «Jesucristo», dijo, «tú, de quien Clotilde mantiene que eres Hijo del Dios vivo, tú que te dignas ayudar a aquellos que en la fatiga y en la victoria confían en ti, en esa fe yo te imploro la gloria de tu ayuda. Si tú me das la victoria sobre mis enemigos, y si yo puedo tener evidencia de ese milagroso poder que la gente dedicada a tu nombre dicen que han experimentado, entonces yo creeré en ti y seré bautizado en tu nombre. Yo he invocado a mis propios dioses, pero, como yo veo muy claramente, ellos no tienen intención de ayudarme. Por eso no puedo creer que ellos posean ningún poder, porque no vienen en ayuda de quienes confían en ellos. Ahora te invoco a ti. Quiero creer en ti, pero antes debo ser salvado de mis enemigos». En el mismo momento que él dijo esto, los alamanos se dieron la vuelta y empezaron a huir. Tan pronto como vieron que su rey era asesinado se sometieron a Clodoveo. «Nosotros te suplicamos», dijeron, «que pongas fin a esta carnicería. Estamos dispuestos a obedecerte». Clodoveo paró la guerra. Pronunció un discurso en el que exigió la paz. Entonces volvió a casa. Le contó a la reina cómo había obtenido una victoria invocando el nombre de Cristo. Esto ocurrió en el decimoquinto año de su reinado.
La reina ordenó entonces que Remigio, obispo de la ciudad de Reims, fuese convocado en secreto. Ella le suplicó que enseñase la palabra de salvación al rey. El obispo pidió a Clodoveo que se reuniese con él en privado y empezó a instarle a creer en el verdadero Dios, Hacedor del cielo y de la tierra, y abandonar sus ídolos, que eran impotentes para ayudarle a él o a cualquiera otro. El rey replicó: «Te he escuchado de buena gana, santo padre. Queda un obstáculo. El pueblo bajo mi mando no aceptará abandonar sus dioses. Iré y les expondré lo que tú acabas de decirme». El convocó un encuentro con su pueblo, pero Dios en su poder le había precedido, y antes de que pudiese pronunciar una palabra todos los presentes exclamaron al unísono: «Nosotros renunciaremos al culto de nuestros dioses mortales, piadoso rey, y estamos preparados para seguir al Dios inmortal que Remigio predica». Estas noticias fueron transmitidas al obispo. Él quedó gratamente complacido y ordenó que la pila bautismal fuese preparada. Las plazas públicas fueron cubiertas con paños de colores, las iglesias adornadas con lienzos blancos, el bautisterio fue preparado, bastones de incienso desprendían nubes de perfume, velas perfumadas resplandecían brillantes y el santo lugar del bautismo estaba lleno de fragancia divina. Dios llenaba los corazones de todos los presentes con tal gracia que ellos imaginaban haber sido transportados a un paraíso perfumado. El rey Clodoveo pidió ser bautizado el primero por el obispo. Como un nuevo Constantino se adelantó hacia la pila bautismal, preparado a limpiar los pecados de su vieja lepra y ser purificado en abundante agua de la sucia mancha que había llevado tanto tiempo.'
(Libri historiarum II,30-31).
Gregorio también escribió un comentario a los Salmos, del que quedan solo fragmentos y De cursu stellarum, que sirvió para fijar el tiempo de los oficios nocturnos, según la posición de las estrellas.