Historia
GREGORIO EL TAUMATURGO (c. 213 - c. 270)
Un recuerdo de su trabajo se encuentra en su Epistola canonica, sobre la regulación de la vida de la iglesia en el Ponto, tras haber sido perturbada por la invasión de los godos. Parece ser que las demandas de la vida práctica le dejaron poco tiempo para la actividad literaria. Su Exposición de la fe fue evidentemente escrita para cubrir necesidades prácticas. Una Metáfrasis del Eclesiastés se atribuye por diversos manuscritos a Gregorio de Nacianzo, el más famoso portador oriental de ese nombre, pero Jerónimo (De vir. ill., lxv; In Eccl., iv) definitivamente la atribuye a Gregorio el Taumaturgo. Más difícil resulta decidir sobre la autoría en el caso de dos tratados atribuidos a él en su traducción siríaca. A Teopompo, sobre la impasibilidad de Dios y A Filagrio, sobre la consustancialidad. El primero ofrece notorios detalles de parecido con las indudables obras de Metodio, tanto en estructura general como en lo particular. El original griego del último se halla en las obras de Gregorio de Nacianzo y también de Gregorio de Nisa. A Taciano sobre el alma, una discusión filosófica de la naturaleza del alma, se halla también en siríaco, atribuida a Gregorio en un pasaje de Nicolás de Metona. El tratado comúnmente denominado Anathematismoi, por otro lado, no es suyo, perteneciendo a Vitalis o, más probablemente, es una obra anti-apolinarista de éste de mediados del siglo V. Caspari ha demostrado que Kata meros pistis es una obra apolinarista, haciéndose la queja, ya hacia el año 500, de que tales obras eran interpolaciones entre los escritos genuinos de Gregorio. De los fragmentos hallados en las catenæ griegas, armenias y siríacas algunos son genuinos y otros espurios.
«A una gracia llena de atractivo, unía una fuerte persuasión. No me es posible detallar aquí todos los argumentos que invocaba para decidirnos a que estudiáramos la filosofía. Aseguraba, que solo aquel que puede apreciar realmente esta ciencia, puede tener verdaderos sentimientos de piedad. Entre todas las criaturas terrestres, ¿no es solo el hombre el que ha sido considerado digno de conocerla? A fuerza de razonar con nosotros sobre el particular, acabó por arrastrarnos tras sí, como por un poder divino. Depositó en el fondo de nuestras almas una chispa que encendió en nuestros corazones un ardiente amor por la Palabra de verdad, que es el más preferible de todos los temas. Estimábamos aquella palabra, cuya inefable belleza atrae irresistiblemente a todo hombre hacia su maestro, al mismo tiempo que estimábamos al hombre que era el amigo y el abogado de la verdad. De tal manera, fui penetrado por este amor, que me dejé persuadir de renunciar a todo lo que había perseguido y anhelado. Abandoné la jurisprudencia, a la que tenía en mucha estima, y hasta descuidé mi patria y mis amigos.
»En su enseñanza, Orígenes no se limitaba a desarrollar las facultades del espíritu que sirven al estudio de la dialéctica, sino que nos hablaba de la ciencia y de la naturaleza. Distinguía y explicaba la gran variedad de objetos creados, de los cuales describía las revoluciones y las transformaciones múltiples, hasta que lograba cambiar nuestra admiración instintiva por otra admiración razonada del plan divino del universo... Con este objeto, procuraba que adquiriéramos el conocimiento de nosotros mismos, como supremo resultado de la filosofía. Respecto de la moral, nos enseñaba a que no nos contentáramos con vanas palabras, y a la enseñanza de lo que hay que hacer o no, añadía las más serias exhortaciones de que no abandonáramos la práctica de la virtud. Por sus actos, nos estimulaba más aún que por la doctrina que profesaba...
»Opinaba que debíamos leer cuanto habían escrito los poetas y los filósofos, haciendo excepción solamente de los escritos de los ateos. Temía que a la lectura de éstos, nuestra alma, creada para la piedad, se manchara por las palabras contrarias a la fe en Dios. Ponía un cuidado especial a la aplicación de este principio. No quería que ninguna falsa palabra, penetrase en nuestro espíritu. Temía que llegáramos a perder la fuerza de echarla y de limpiarnos de ella. Porque la palabra humana es un fuerte y activo poder; sutil para los sofismas, que rápidamente encuentra camino para obrar en el espíritu humano, y cuando se ha posesionado de él, aunque sea una palabra de mentira, mantiene su dominio sobre el hombre. Es como el encantador, que convierte en partidario suyo, al que ha sido engañado por él... No hay bosque tan espeso, ni pantano tan peligroso, ni laberinto tan embrollado como los sofismas de una falsa filosofía.»
(Panegírico de Orígenes, cap. v, vi, viii, ix, xiii, xiv)
