Historia
GREGORIO VII (c. 1025-1085)
- Educación. Servicios a León IX, Víctor II y Esteban IX, 1048-1058
- Nicolás II y Alejandro II. Hildebrando elegido papa, 1073
- Relaciones con Alemania. Batalla con Enrique IV
- Enrique excomulgado, 1076. Canosa, enero de 1077
- Segunda excomunión de Enrique, 1080. Triunfo de Enrique, 1084
- Política de Gregorio y logros fuera de Alemania
- Fines y medios. La controversia de las investiduras laicas
- La administración interna de la Iglesia
- Importancia de Gregorio

Su padre (Bunicus o Bonizo) era de humilde condición, yendo el hijo a Roma donde recibió su primera educación en una escuela en Letrán. Cuando Enrique IV de Alemania, tras el sínodo de Sutri (1046), llevó a Gregorio VI a Alemania con él, Hildebrando ayudó a Gregorio en el exilio, aprendiendo por experiencia personal a conocer el país que estaba destinado, más que ningún otro, a definir su futura política. Gracias al obispo Bruno de Tul, quien en 1048 sucedió al papa Dámaso II como León IX, Hildebrando fue llevado de vuelta a Roma, con la idea de pasar el resto de su vida como monje. Parece que hizo profesión en Roma, aunque no se sabe si fue antes o después de su estancia en Alemania. León IX ordenó a Hildebrando subdiácono (1049), nombrándolo œconomus de la Iglesia de Roma, asignándole la dirección del monasterio de San Pablo en Roma y en 1054 le comisionó como legado en Francia. Víctor II también mostró aprecio por él, admitiéndole en la cancillería papal y mandándole como enviado a Francia. Cuando Esteban IX vio que era deseable tener la aquiescencia de la emperatriz Inés a su elección, encomendó esta difícil misión a Anselmo de Lucca y a Hildebrando. El resultado justificó esta señal de confianza. Cuánto estimó este papa a Hildebrando se aprecia también por el hecho de que cuando el papa presintió su muerte, solemnemente obligó al clero y pueblo de Roma a que no realizaran una nueva elección papal hasta que Hildebrando no hubiera regresado de Alemania. El temor del papa, tras su súbita muerte (29 de marzo de 1058), estaba bien fundado. El obispo Juan de Velletri fue hecho papa inmediatamente (Benedicto X) por la nobleza romana. Pero fue incapaz de mantenerse, lo que fue obra de Hildebrando. Al oír las noticias de los sucesos en Roma, mientras estaba en Florencia de regreso de Alemania, se puso de acuerdo con el duque Godofredo sobre un candidato opositor; luego alienó una porción del pueblo romano de Benedicto y se ganó la aprobación de la corte alemana para sus planes. Tras los protocolos necesarios, el obispo Gerhard de Florencia fue elegido papa por los cardenales reunidos en cónclave en Siena y entronizado en Roma como Nicolás II el 24 de enero de 1059.
Nicolás II y Alejandro II. Hildebrando elegido papa, 1073.
La influencia de Hildebrando durante la administración de Nicolás es indudable, compartiendo plenamente los grandes sucesos que marcaron ese pontificado, como la ley para la elección papal de 1059, la alianza del papado con los patarinos y el tratado con los normandos. En 1059 fue nombrado archidiácono. Cuando el papa murió (1061) peligraba la independencia duramente ganada frente a la nobleza romana y al rey alemán, siendo de nuevo Hildebrando quien supo actuar con rapidez y eficacia. El hecho de que fuera elegido Alejandro II (Anselmo de Lucca) y se afirmara a sí mismo en oposición al obispo Cadalo de Parma (Honorio II), se debió a la energía de Hildebrando. Tras la muerte de Alejandro (21 de abril de 1073) el tiempo de Hildebrando había llegado. Durante las solemnidades del funeral en la iglesia de Letrán se oyó el grito: 'Hildebrando obispo', siendo tomado en medio del tumulto y llevado a la iglesia de San Pedro ad Vincula donde fue entronizado, tomando el nombre de Gregorio VII. Ese método estaba en contradicción directa con la ley para la elección de 1059, pero los ataques contra la validez de su elección no surgieron hasta después de 1076.

El capítulo más importante en la historia de la política de Gregorio es su relación con Alemania. Tras la muerte de Enrique III (1056) el poder del reino se debilitó grandemente, bajo la regencia de la emperatriz Inés y los príncipes. En 1073 Enrique IV (nacido en 1050) era todavía un inexperto estadista y estaba sumido en asuntos de gobierno doméstico, hasta el punto de que no podía mantener la actitud de su padre hacia la curia. La situación, por tanto, era favorable a Gregorio. En 1073-74 Enrique se vio en apuros por los insurgentes sajones, hasta el punto de que tuvo que buscar la ayuda del papa. En mayo de 1074 hizo ciertas declaraciones ante los legados de éste en Nuremberg que fueron totalmente satisfactorias para Gregorio, llegando al extremo de pensar en la organización de una cruzada, encomendándole durante su ausencia la protección de la Iglesia de Roma a Enrique. Sin embargo, en el verano de 1075 la situación del rey alemán cambió completamente por su victoria sobre los sajones cerca de Hamburgo, teniendo campo libre en Alemania y cambiando su actitud hacia el papa. Enrique envió al conde Eberhard a Lombardía para restaurar el prestigio imperial amenazado por el movimiento patarino. Nombró a Teobaldo arzobispo de Milán y entabló negociaciones con los normandos. Esos pasos por parte del rey se apartaban de la política del papa y Gregorio le dirigió un ultimátum, refiriéndose al mismo tiempo a supuestos crímenes del rey por los que podía ser excomulgado y destituido. Inmediatamente Enrique convocó un concilio en Worms el 24 de enero de 1076. Los prelados asistentes se pusieron del lado del rey y la temperatura subió por los ataques de Cándido contra el papa, con el resultado de que los obispos declararon a Gregorio depuesto, mientras que Enrique exhortaba a los romanos a elegir un nuevo papa. Los documentos fueron rápidamente enviados al norte de Italia, respaldándolos el episcopado de Lombardía en el sínodo de Piacenza.

Los papeles fueron llevados a Roma, donde un eclesiástico de Parma los leyó en voz alta en el sínodo entonces congregado por Cuaresma. Gregorio respondió excomulgando al rey, declarándole desposeído y liberando a sus súbditos de su juramento de fidelidad.
'En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, por el poder y la autoridad de San Pedro, y en defensa y honor de la iglesia, pongo en entredicho al rey Enrique, hijo del emperador Enrique, quien con orgullo sin igual se ha alzado contra la iglesia, prohibiéndole que gobierne en todos los reinos de Alemania y de Italia. Además libro de sus juramentos a quienes le hayan jurado o pudieran jurarle fidelidad. Y prohíbo que se le obedezca como rey.'

Sólo una paz transitoria entre Enrique y Gregorio siguió a este suceso. Cuando varias semanas más tarde, a iniciativa de los príncipes alemanes, fue elegido Rodolfo de Suabia como rey en Flarchheim, Gregorio no se declaró contra él. Trató el asunto de la legitimidad de Enrique o de Rodolfo como una cuestión abierta, esperando decidir como juez. Finalmente, cuando Rodolfo el 27 de enero de 1080 obtuvo una gran victoria cerca de Flarchheim, Gregorio de nuevo excomulgó a Enrique y sostuvo la sentencia de destitución contra él. Mas en esta ocasión la opinión pública se volvió contra él, aunque en 1076 había estado de su lado. Pero el 15 de octubre de 1080 Rodolfo murió y Hermann de Luxemburgo, elegido más tarde en su lugar, no pudo fortalecer la posición papal en Alemania. Enrique IV tomó la ofensiva contra Gregorio. En Brixen (25 de junio de 1080) Gregorio fue solemnemente repudiado y Guiberto de Rávena fue elegido antipapa. Al año siguiente, Enrique marchó contra Italia, ya que Gregorio solo sería vencido en Roma, lo que sucedió en 1084. Una facción del clero se apartó de Gregorio, dándole la espalda trece cardenales y el pueblo romano, cansado de la guerra, entregó la ciudad al rey alemán. Guiberto de Rávena fue entronizado (24 de marzo) como Clemente III y Enrique coronado emperador por él el 31 de marzo. No fue hasta mayo que el príncipe normando Roberto Guiscard acudió en ayuda de Gregorio. Obligó a Enrique a retirarse, pero al saquear Roma la causa de Gregorio, de la que era responsable, se perdió para siempre. Gregorio vivió un año más en el exilio en Salerno, olvidado por sus amigos y quebrantado interiormente.
Política de Gregorio y logros fuera de Alemania.
La concentración de su energía sobre los asuntos de Alemania le impidió actuar con similar ímpetu en otros países. Proyectó grandes cosas en oriente, pero no logró acabar con el cisma entre el este y el oeste, ni lanzar una cruzada o realizar la unión con los armenios. Hizo sólidas reclamaciones políticas sobre Dalmacia, Córcega y Cerdeña, acariciando la vana esperanza de fundar un reino feudal en España. Amenazó con la excomunión y el entredicho a Felipe I de Francia, incluso con la destitución, por causa de su mala voluntad hacia la simonía y las opresiones eclesiásticas, pero no llegó a cumplir esos castigos porque Felipe era contrario a llegar a acuerdos con Enrique IV. Guillermo I de Inglaterra también sacó provecho de los conflictos en Alemania, pues a pesar de sus relaciones maritales, de su designación de obispos y abades y de su prohibición a los obispos para que visitaran Roma, evitó las censuras romanas. Gregorio mantuvo relaciones favorables con Dinamarca, cuyo el rey Svend II fue exhortado a transformar su reino en una dependencia feudal bajo el pontífice romano. Acarició esperanzas similares con Rusia y afirmó el derecho de posesión de la Iglesia de Roma sobre Hungría. También tuvo a Polonia y Bohemia en el punto de mira, lo mismo que el norte de África, que estaba oprimido por los sarracenos.

Crónica de Otto de Freising
La actividad administrativa de Gregorio abarcó todo el mundo cristiano, actuando con líneas definidas y delimitando claramente los objetivos. De importancia fundamental fueron sus ideas sobre la esencia del Estado. La teoría agustiniana de que el Estado es un producto del pecado fue compartida por él; reconoció que la coexistencia del Estado y la Iglesia es de ordenación divina, pero afirmó al mismo tiempo vigorosamente la subordinación del Estado a la Iglesia. De esas premisas dedujo el derecho de excomulgar y destituir a los gobernantes incompetentes y de confirmar al rey alemán. Los intentos de persuadir a los Estados particulares hacia una relación de dependencia con la sede romana muestran que él consecuentemente tenía la idea de sujetar los Estados temporales a la Iglesia; es decir, crear una teocracia o un dominio papal universal. Se propuso aplicar esos principios cuando había que suplir vacantes espirituales, lo que provocó la controversia de las investiduras laicas. Inaugurada por una ley promulgada en 1049, bajo León IX, suplió a la cristiandad occidental hasta el concordado de Worms en 1122. Es manifiesto por las leyes promulgadas por Gregorio en 1075, 1078 y 1080 que el propósito para evitar los nombramientos para cargos eclesiásticos bajo la influencia del rey, era que los tales fueran designados por el papa mismo, sustituyendo la propuesta papal a la propuesta real. Pero aunque consiguió este propósito, Gregorio no quedó satisfecho todavía en sus aspiraciones, pues aun cuando el rey ya no podía influir en las candidaturas episcopales, se esperaba que los obispos retuvieran todos los derechos soberanos y feudos que les habían sido entregados a ellos como príncipes en el reino. Sin embargo, mediante este proceso el derecho del rey a la propiedad de la Iglesia quedó anulado, mientras que el papa, como soberano feudal, había adquirido el derecho de administración sobre los bienes de la Iglesia.

En los asuntos internos de la Iglesia, los esfuerzos de Gregorio se centraron en el celibato del clero y en extirpar la simonía. La legislación de León IX sobre el celibato fue enérgicamente respaldada por Gregorio, siendo combatida la 'herejía nicolaíta' en todos los países, aunque con vehementes protestas de parte de muchos eclesiásticos casados. La dificultad de abolir la simonía aumentó porque en el curso del tiempo la práctica había asumido formas sutiles, creciendo hasta convertirse en una costumbre y hallando cierto apoyo en el uso eclesiástico mismo. Finalmente, es importante constatar que la política administrativa de Gregorio era centralizar todo el gobierno de la Iglesia en Roma. El poder de los obispos quedó restringido y los metropolitanos fueron sometidos mediante juramentos de obediencia y la concesión del pallium. Prominentes entre los partidarios y ayudantes de Gregorio fueron la condesa Beatriz de Toscana, su hermana la condesa Matilde y la emperatriz Inés. Entre el alto clero fue apoyado principalmente por el obispo Altmann de Passau y por los arzobispos Gebhard de Salzburgo, Hugo de Die y Lanfranco de Canterbury.
Importancia de Gregorio.
La importancia de Gregorio VII en la historia de la Iglesia se debe a que elaboró y realizó, con precisión y consistencia lógica, el ideal del papado como poder político. Ejerció una influencia radical en el derecho canónico en su periodo de formación, tanto en virtud de su propia actividad legislativa como por los digestos que se compilaron bajo su impulso. Más aún, consiguió que a partir de entonces el celibato sacerdotal fuera una de las obligaciones de rango para los sacerdotes. Ninguna de las exigencias de Gregorio era absolutamente nueva, pero tuvo el mérito de dar al ideal papal su definición clásica y de hacer de la Iglesia occidental la Iglesia católica romana. Su nombre fue admitido por Gregorio XIII en el Martirologium romano en 1584 y Pablo V lo canonizó en 1606. El pasaje que se refiere a él en el Breviarium Romanum, el 25 de mayo, contiene una glorificación del poder papal sobre príncipes y naciones.
La percepción religioso-política de Gregorio VII está bien expresada en los Dictatus Papae, donde de forma condensada se expone su pensamiento:
1.La Iglesia romana ha sido fundada por el Señor.
2.Sólo el Pontífice Romano puede ser llamado justamente universal.
3.Sólo él puede deponer y absolver a los obispos.
4.Un legado papal, aunque sea de inferior condición que un obispo, puede deponer a éstos.
5.El Papa puede deponer a los ausentes.
6.No puede haber comunicación con los excomulgados por el Papa.
7.Sólo el Papa puede promulgar leyes de acuerdo con los tiempos, fundar congregaciones, transformar en abadía una colegiata y, al contrario, dividir un obispado rico y agrupar varios obispados pobres.
8.Sólo él puede usar las insignias imperiales.
9.Sólo al Papa pueden besar los pies los príncipes.
10.Su nombre debe ser recitado en todas las iglesias.
11.Su título es único en el mundo.
12.Le está permitido deponer a los emperadores.
13.Le está permitido trasladar obispos de sede.
14.Tiene derecho a ordenar un clérigo de cualquier iglesia para el lugar que quiera.
15.Aquel que ha sido ordenado por él puede mandar en la iglesia de otros, pero no debe hacer la guerra; no debe recibir de otro obispo un grado superior.
16.Ningún sínodo general puede ser convocado sin él.
17.Ningún libro puede ser considerado canónico sin su autorización.
18.Sus sentencias no pueden ser revocadas por nadie.
19.Nadie puede juzgarle.
20.Nadie puede condenar a aquel que apele a la Sede Apostólica.
21.Las causas mayores de cualquier iglesia deben ser remitidas a él para las juzgue.
22.La Iglesia romana nunca se ha equivocado y, según los testimonios de la Escritura, no se equivocará jamás.
23.El Pontífice está santificado por los méritos del bienaventurado Pedro.
24.Por orden y consentimiento del Papa les es lícito a los subordinados acusar.
25.Puede, fuera de asambleas sinodales, absolver y deponer obispos.
26.No es católico quien no está de acuerdo con la Iglesia romana.
27.El Pontífice puede desligar del juramento de fidelidad a un monarca inicuo.