Historia
GREGORIO XVI (1765-1846)

A la edad de dieciocho años ingresó en la orden camaldulense, destacándose en sus asuntos y siendo nombrado abad en 1805 del gran monasterio de San Gregorio en Roma. Tras la ruptura entre Pío VII y Napoleón se vio obligado a buscar refugio en su primer hogar monástico en Murano, cerca de Venecia, donde dirigió una escuela para niños de clases elevadas. En 1814 pudo regresar a San Gregorio, ascendiendo al cargo de procurador general y vicario general de su orden. En 1825 León XII le nombró cardenal y prefecto de Propaganda. A la muerte de Pío VIII (14 de diciembre de 1830), el cónclave se dividió entre los cardenales Pacca y di Gregorio y solo cuando los amigos de este último mostraron signos de permitir que el reaccionario Giustiniani hiciera a Pacca el principal soporte de Albani, se volvieron a Cappellari. Sin embargo, no alcanzó el número necesario de votos hasta el 2 de febrero, después de que el duque de Módena expresara el deseo de Austria de que se hiciera rápidamente una elección, para que el papa y el emperador pudieran trabajar juntos para frenar la amenazante revolución en Italia central.
La revolución italiana de 1831 y sus consecuencias.
Apenas Cappellari fue coronado como Gregorio XVI cuando estalló la revolución. Luis Felipe se había declarado en favor de la política de no intervención en el otoño de 1830 y los pequeños estados italianos esperaban que se les permitiera regular sus propios asuntos. Francisco IV de Módena, tal vez en interés de Austria, había fingido coquetear con el movimiento revolucionario. El día después de la elección de Gregorio pensó que había llegado el momento para actuar decisivamente en contra. Pero al día siguiente se produjo un formidable levantamiento en Reggio, obligándole a refugiarse en Mantua; al mismo tiempo un movimiento similar surgió en Bolonia y el 8 de febrero la bandera tricolor italiana había reemplazado a la bandera papal en esa parte de los Estados de la Iglesia. Un intento de levantamiento en Roma en la noche del 12 al 13 de febrero fue rápidamente abortado; pero fuera de la ciudad la riada de la revolución corría impetuosa y Bernetti, secretario de Estado, sólo vio la salida de pedir ayuda a Austria. El 25 de febrero un fuerte destacamento austriaco marchó sobre Bolonia, huyendo el gobierno provisional a Ancona y hallando refugio poco después la mayoría de los conspiradores (entre los que estaban Luis Napoleón) en países extranjeros. Austria se sintió capacitada para hacer ciertas exigencias al papa, prometiendo Bernetti considerables reformas. Cuando las mismas no fueron llevadas a cabo, las cinco grandes potencias emitieron una nota conjunta el 21 de mayo de 1831, demandando la admisión de laicos a oficios administrativos y judiciales, el establecimiento de consejos comunales y provinciales y una asamblea de notables que debería garantizar la continuidad en el gobierno. Gregorio nombró comisiones para informar sobre esas propuestas, a fin de ganar tiempo. El año 1831 fue calamitoso financieramente en los Estados papales, elevándose la deuda pública alarmantemente, al alcanzarse la cifra de sesenta millones de escudos a la muerte de Gregorio. Tales reformas no contentaron al pueblo y cuando el ejército austriaco salió de Italia en julio, ya estaba en ciernes una nueva revolución. Diputados de las provincias llegaron a Roma, esperando con la ayuda de los embajadores extranjeros obligar a la ejecución de las reformas exigidas por las potencias. Bernetti contemporizó e hizo ligeras concesiones, pero en enero de 1832 las tropas austriacas tuvieron que ser llamadas de nuevo. Francia ya había advertido a Bernetti que a ese paso le seguiría la ocupación francesa de Ancona, siendo llevada a cabo, a pesar de las protestas papales, el 21 de marzo. Casimir-Périer anunció que se realizó para efectuar reformas liberales, pero su efecto fue contrabalanceado por la influencia de Austria. Las universidades habían sido cerradas el año anterior y muchos estudiantes tuvieron que dejar sus hogares, resentidos con la Iglesia católica. Una buena idea del espíritu que prevalecía en la curia se puede obtener por la encíclica Mirari vos del 15 de agosto de 1832, un eslabón en la serie de declaraciones que culminó en la encíclica y Syllabus de 1864. Iba dirigida especialmente contra Lamennais y contra Bélgica, que poco antes había adoptado una constitución que garantizaba la libertad de conciencia. Gran excitación causó también la encíclica Dum acerbissimas del 26 de septiembre de 1835 en Alemania, condenando el hermesianismo.

Una indiscreta nota de Bernetti que llegó a manos de Metternich fue la causa de su caída, siendo reemplazado por el genovés Lambruschini, que había sido nuncio en París durante la revolución de julio, y quien fue como diplomático alumno de Consalvi, aunque con mayor sentimiento eclesiástico. Pronto se sintió totalmente aprensivo y el papa con él. Los austriacos evacuaron Bolonia y los franceses Ancona en 1838, pareciendo que las cosas se aquietaban. Pero la facción revolucionaria trabajaba en secreto. Mazzini había formado el partido 'Italia Joven', que, aunque no compartía las creencias religiosas de las masas, todavía combinaba el nombre de Dios con el del pueblo en sus alocuciones. La facción neo-güelfa que surgió en los cuarenta bajo el liderazgo de Gioberti y el conde Cesare Balbo, se adhirió a las enseñanzas de la Iglesia, no pudiendo concordar con un liberalismo hostil a la Santa Sede. Lambruschini, sin embargo, no tenía más simpatía por los neo-güelfos que por Italia Joven, comenzando también a tensarse las relaciones entre Roma y Francia. Gregorio XVI causó malestar en París por su franca simpatía hacia el duque de Burdeos y la causa legitimista. El gobierno comenzó a ser sospechoso de ultramontanismo francés y los estudiantes en el colegio de Francia aplaudieron a Michelete y Quinet cuando atacaron a los jesuitas. Guizot envió a Pellegrino Rossi a Roma para convencer al papa para que retirara su apoyo a la orden. Al principio parecía un objetivo imposible, pero la curia gradualmente estimó que los jesuitas debían ser menos prominentes. Luis Felipe le dijo francamente al nuncio en París que no estaba dispuesto a arriesgar su corona por causa de la orden, cediendo finalmente Lambruschini. En julio de 1845 la orden fue suprimida y sus casas cerradas en Francia.
Sucesos posteriores en Italia. Méritos de Gregorio.
Mientras tanto, la revolución había levantado cabeza una vez más en Bolonia y Rímini en 1843. Luigi Carlo Farini emitió un manifiesto en el que se pedía la amnistía, leyes penales justas y la participación en el gobierno; Massimo d'Azeglio y Gino Capponi publicaron notables alocuciones. La respuesta de Lambruschini fue ejercer mayor severidad y d'Azeglio fue expulsado de Toscana a su petición. La cuestión jesuita irrumpió también en Italia. Algunas expresiones de Gioberti en su Prolegomeni al Primato (1845) provocaron una defensa de la orden por parte de Francesco, hermano de Silvio Pellico, y Curci; Gioberti no se quedó callado, sino que comenzó a reunir material para su obra Il Gesuitá moderno (8 volúmenes, París, 1846-47). Sin embargo, antes de que fuera publicada Gregorio XVI, que ya estaba débil, murió. Fue amigo de las órdenes monásticas e hizo mucho para preparar el dogma de la inmaculada concepción. Inmutable en su política eclesiástica entró en serio conflicto con Prusia sobre la cuestión de los matrimonios mixtos y por la encíclica Inter præcipuas del 8 de mayo de 1844, condenando a las Sociedades Bíblicas y la recién formada Alianza Evangélica. Fue un generoso protector del arte y las letras; creó las colecciones etruscas y egipcias del Vaticano y puso el fundamento del museo laterano de antigüedades cristianas.