Historia
GROCIO, HUGO (1583-1645)

Su educación básica la recibió de su padre y del pastor Jan Uytenbogaert. Cuando tenía doce años era alumno de Scaliger en la academia de Leiden. En 1598 acompañó a Oldenbarnevelt y Justino de Nassau a París, donde la fama de su saber ya era públicamente conocida. A su regreso obtuvo el doctorado en derecho por Orleáns. Tras afincarse como abogado en La Haya, los Estados generales le designaron abogado general de la corte de Holanda, encargándole que escribiera la historia de la rebelión contra España, que no fue publicada hasta después de su muerte. En el exterior era conocido como poeta latino por Adamus exul y Christus patiens, y como abogado por su Mare liberum, que le llevó a una extensa correspondencia con los hombres más entendidos de su tiempo.
Carrera política; controversias teológicas.
Su carrera política comenzó con su designación como pensionario de Rótterdam en 1613. A partir de entonces asistió a las sesiones de los Estados de Holanda y los Estados generales, pero al mismo tiempo se enredó en la batalla entre remonstrantes y contra-remonstrantes. Fue defensor de la política eclesiástica de Oldenbarnevelt, que intentaba impedir una ruptura en la Iglesia. Tomó parte activa en las medidas extraordinarias para mantener la paz en diferentes lugares, oponiéndose a la convocatoria de un sínodo nacional. Durante la revolución de 1618 fue encarcelado y condenado a confinamiento perpetuo en el castillo de Loevenstein. Aquí se dedicó a los estudios filológicos y teológicos, hasta que escapó el 22 de marzo de 1621, yendo a París donde vivió hasta 1631 con su esposa e hijos.
Embajador sueco en París.
Bajo el suave gobierno de Federico Enrique pudo aventurarse a regresar a su patria, pero quedó defraudado en sus expectativas, marchándose a Hamburgo. Al llegar allí fue invitado por Gustavo Adolfo para entrar al servicio de Suecia, pero antes que el asunto pudiera cerrarse el príncipe murió en la batalla de Lützen, si bien Oxenstierna continuó con las negociaciones y poco después Grocio hizo su aparición en París como embajador sueco. Tras ocupar este puesto durante diez años fue a Estocolmo, donde la reina Cristina le recibió con mucha distinción. Le ofreció un lugar de honor, pero él quería liberarse de servicios añadidos. A su regreso naufragó, quedando seriamente herido y muriendo en Rostock.

Su disposición natural y la agitación religiosa de su tiempo le dirigieron involuntariamente hacia los estudios teológicos. Pocos hombres fueron tan versados en la literatura cristiana de los tiempos antiguos y posteriores. En Loevenstein y en París se dedicó a escribir exposiciones de la Biblia, que fueron publicadas bajo los títulos Explicatio trium utilissimorum locorum Novi Testamenti, Ámsterdam, 1640; Commentatio ad loca Novi Testamenti quæ de Antichristo agunt, 1640 y Explicatio Decalogi, 1642. Sus escritos no eran commentarius perpetuus sino annotationes, explicando pasajes difíciles en pocas palabras. Declaró que la Biblia nada tenía que ver con el dogmatismo, manejando los libros de la Biblia como escritos literarios según reglas gramaticales y explicando las palabras de Jesús y los apóstoles mediante la cita de pasajes de autores griegos y latinos. Según su opinión los libros de los profetas contenían verdaderas profecías, pero sólo para Israel. Fue el primero en negar la autoría salomónica de Eclesiastés. Sus Annotationes, después incorporadas en la Políglota de Londres y Critici sacri son célebres por su imparcialidad. A él le corresponde el honor de haber aplicado el método histórico-filológico para explicar la Escritura, siendo el precursor de Ernesti. Su libro De Veritaie religionis Christianæ no es menos celebrado. En Loevenstein escribió un poema diacrítico holandés como manual para marinos, a fin de ayudarles a refutar a los paganos y musulmanes; más tarde trabajó en prosa en latín en París, publicando en 1627. Este libro se publicó una y otra vez, siendo traducido a muchas lenguas, incluyendo el árabe y el urdu. Muestra los dogmas de los estrictos luteranos y calvinistas según Grocio, haciendo que fuera considerado el fundador de la apología científica y dándole un lugar junto a Pascal.
Su tendencia irenista.
En más de un escrito mostró su tendencia pacífica, como en Via ad pacem ecclesiasticam, Ámsterdam, 1642, y Votum pro pace ecclesiastica, 1642. Quería paz en la Iglesia y un cristianismo sin discordias religiosas. Admitiría en una alianza eclesiástica a remonstrantes y contra-remonstrantes, luteranos y socinianos e incluso católicos. En su tiempo fue incomprendido. Con Arminio creía en la universalidad de la gracia divina, pero no quería que lo tomaran por pelagiano (Disquisitio an Pelagiana sunt ea dogmata quæ nunc sub eo nomine traducuntur, París, 1622). En lo que respecta a la doctrina de la expiación difería de Agustín y Anselmo, pero en su Defensio fidei catholicæ de satisfactione Christi adversus F. Socinum, 1614, defendió la doctrina de la Iglesia. Lamentó que la Reforma hubiera traído tantas rencillas entre los cristianos, pensando que la Iglesia anglicana había hecho mejor que Calvino, al tomar del catolicismo lo que no era repugnante al evangelio y soportando la antigua organización de la Iglesia. Sus Annales et historiæ de rebus Belgicis, 1657, y su Historia Gothorum, Vandalorum et Longobardorum, 1655, no son de menor importancia para la historia de la Iglesia. Su Dissertatio de coænæ administratione ubi pastores non sunt, 1638, pertenece a la liturgia. Su De imperio summaram potestatum circa sacra París, 1647, al derecho canónico. Aunque escogió la carrera política merece un puesto de honor entre los teólogos de su tiempo y también como uno de los más grandes benefactores de la humanidad, al poner los fundamentos del derecho internacional en su gran libro De Jure Belli ac Pacis.