Historia

HEFELE, KARL JOSEPH (1809-1893)

Karl Joseph Hefele, teólogo católico alemán, nació en Unterkochen, Württemberg, el 15 de marzo de 1809 y murió en Rottenburg, Württemberg, el 5 de junio de 1893.

Karl Joseph Hefele
Karl Joseph Hefele
Primera etapa y actividad literaria.
Desde 1827 a 1832 estudió en Tubinga y durante un año en el seminario de Rottenburg, siendo ordenado sacerdote el 10 de agosto de 1833. Tras desempeñar ciertos puestos menores, fue llamado, cuando Möhler fue a Munich, para enseñar historia de la Iglesia en Tubinga (como docente privado 1836, profesor adjunto 1837 y profesor titular en 1840). Su educación teológica sucedió en el período del renacimiento del saber católico en Alemania, cuando la influencia de la filosofía del siglo XVIII pasaba y estaba siendo reemplazada por una generosa rivalidad entre católicos y protestantes y, por el lado católico, se escudriñaba más profundamente en los valiosos tesoros del pasado. Drey y Hirscher estuvieron entre sus profesores, pero a quien debió más fue a Möhler, quien le impulsó hacia la tarea histórica. Su primera obra literaria consistió de estudios en el Theologische Quartalschrift desde 1834 en adelante, en los que muestra su concepción de la unidad de la historia de la Iglesia como el desarrollo del gran plan de Dios para el mundo. Su primera obra importante fue la historia de la introducción del cristianismo en Alemania suroccidental (Tubinga, 1837). Su edición de los Padres apostólicos con introducción y notas (1839, ediciones revisadas y mejoradas 1842, 1847, 1855) fue una obra meritoria. La de la epístola de Bernabé (1840) abrió el camino a una más correcta apreciación de este antiguo documento, que Hefele atribuyó, no al apóstol, sino a las primeras décadas del siglo segundo. La nueva escuela de historiadores católicos fundada por Möhler se había propuesto vindicar las afirmaciones de su Iglesia tanto contra los filósofos como contra los protestantes y Hefele trabajó celosamente en este objetivo en sus artículos ocasionales, así como en su monografía sobre el cardenal Cisneros (1844). Siguiendo a Ranke y Leo subrayó el carácter secular de la Inquisición española, sin estimar suficientemente su fatal influencia sobre el desarrollo político y espiritual de España, demostrando una buena porción de celo partidista. Tomó una breve parte en la acción política como miembro de la cámara de diputados de Württemberg desde 1842 a 1845, años de conflicto, en los que una facción eclesiástica hizo sus primeros esfuerzos para vindicar la libertad eclesiástica contra un gobierno que la despreciaba. Pero otra forma de defender la Iglesia católica estuvo más en armonía con su naturaleza. Él alimentó a generaciones de estudiantes en su idea de la Iglesia, su unidad, su pasado y su relación entre cabeza y miembros. Fue un profesor admirable, atrayendo estudiantes por su claridad, frescura y definición, así como por una disposición cálida a ayudarles, siendo altamente estimado por sus colegas. Mientras tanto continuó su actividad literaria. Contribuyó al Theologische Quartalschrift, del que fue uno de los primeros editores en 1839, y al Neue Sion con una variedad de artículos, algunos de los cuales los elaboró para su Beiträge zur Kirchengeschichte, Archäologie und Liturgik (2 volúmenes, 1864).

Conciliengeschichte.
Pero toda su otra obra cedió la preferencia a su magnum opus, el Conciliengeschichte, fruto de años de estudio (7 volúmenes, Friburgo, 1855-74). El volumen uno llega hasta el sínodo de Gangra; el dos desde 381 al año 553; el tres hasta el año 813; el cuatro hasta 1073; el quinto hasta el año 1250; el sexto hasta el año 1409; el octavo desde 1434 a 1520; el noveno hasta el año 1536. Fue universalmente admirada por la amplitud de su investigación de campo y por el uso relativamente completo de su material y actitud histórica no prejuiciada. La obra, por supuesto, no está en todas partes basada en el mismo examen crítico exhaustivo y en algunas secciones ya se ha quedado anticuada. Pero marcó una nueva etapa en el estudio de la acción conciliar, que en manos de Hefele se convirtió en una historia de la Iglesia y del desarrollo del dogma.

Concilio Vaticano I.
El libro le situó en el primer rango de eruditos católicos y en 1868 obtuvo una plaza como consultor en la comisión para la preparación del concilio Vaticano I. Pasó una parte del año 1869 en Roma en este asunto y retornó allí al año siguiente, para tomar parte en el concilio como obispo de Rottenburg. A su llegada a Roma tuvo inmediatamente un lugar prominente como dirigente de la minoría que se oponía a la infalibilidad. Su sólido saber y su valor fueron vitales para mantenerla unida, tomando parte en todos sus importantes movimientos y apoyándola también mediante un pequeño libro sobre la cuestión de Honorio publicado en Nápoles. Discutió la cuestión de si Honorio había declarado de fide una proposición herética ex cathedra y si un concilio general, afirmando el derecho de juzgarle, lo había condenado como hereje. Atrajo gran atención y desagradó grandemente a la mayoría, provocando varios enfrentamientos. En el debate del 17 de mayo, Hefele pronunció un discurso memorable, votó non placet en la sección decisiva del 13 de julio y apoyó la propuesta de Haynald de un encuentro de la minoría el día 17 para repetir esta votación en la sesión pública del día siguiente; al fracasar este intento, afirmó la solemne protesta de la minoría ante el papa y salió de Roma antes de que se efectuara la votación final. Los siguientes meses estuvieron llenos de dudas y dificultades para él. Al principio decidió no proclamar el nuevo dogma en su diócesis, pero al final, tras abandonar la esperanza de una acción concertada por parte de los obispos de la minoría y bajo presión del nuncio en Munich y la facción ultramontana en su diócesis, lo publicó el 10 de abril de 1871. Explicó su posición claramente, diciendo que no se lamentaba de la postura que había tomado en el concilio y expresaba la esperanza de que el futuro tratamiento conciliar de las partes del programa que habían quedado sin terminar pudiera remover los recelos que le habían obligado a tomarla. Sobre la base de que faltaba todavía una exposición autorizada de la definición, dio la suya propia que la suavizaba todo lo posible. Su sumisión fue recibida con amargo reproche por los Antiguos Católicos y por otros, que le atribuyeron motivos indignos. Pero no hay duda de que fue sólo el resultado lógico de una vida dedicada a mantener la unidad de la Iglesia, a la que se sintió ligado incluso al precio del sacrificio más costoso. Sus restantes años los pasó en incansable obra en su diócesis, a la que devolvió la paz por su decisión. Esto le dejó poco tiempo para escribir, aunque logró terminar la revisión de los primeros cuatro volúmenes para la nueva edición de su gran obra, que la terminó con la adición de dos volúmenes más por el cardenal Hergenrŏther. Dejó tras sí en Württemberg la memoria de una personalidad entregada y afectuosa, respetada más allá de los límites de su propia Iglesia.