Historia
HODGE, CASPAR WISTAR (1830-1891)

Sólo los que conocieron estrechamente a Hodge supieron cuán grande hombre era. Era singularmente modesto y retraído, estando libre de vanidad y protagonismo. Se entregó a la obra de la enseñanza y su influencia permanente se encuentra en los hombres que preparó y que hallaron en él inspiración para la obra a la que consagraron sus vidas. Para los estudiantes teológicos era el favorito como predicador, aunque no fue lo que usualmente se denomina un predicador popular. Tuvo una voz de maravillosa riqueza, pero nunca la usó para efectos retóricos. Predicaba con la conciencia de que el mensaje del evangelio debe apelar a los hombres en su sencillez majestuosa y que la Palabra de Dios no necesita la ayuda del arte humano para darle poder o belleza. No intentó decorar la vasija terrenal que contenía el tesoro celestial, para que la excelencia del poder fuera de Dios. Sus sermones eran realmente estudios de teología bíblica y aunque iban más allá del alcance y abundaban en distinciones que escapaban a una audiencia ordinaria, eran modélicos para el púlpito del seminario. Eran sermones universitarios del orden más elevado. Estaban saturados de pensamiento sutil, pero siempre práctico. En esos sermones presentaba los errores de su tiempo ante la vista de los candidatos al ministerio, no como si el predicador fuera un defensor de la fe o un campeón de la ortodoxia, sino como un amigo cristiano que avisaba a sus oyentes contra las malas tendencias que podían paralizar su obra o debilitar su fe.
Sin embargo, la gran obra de Hodge la hizo en la sala de clase. No dispersó sus energías; su terreno era el Nuevo Testamento, manteniéndose ahí rígidamente. Es probable que los estudiantes lograran más de su sala de clase en la auténtica obra de la preparación para el púlpito que de cualquier otra en el seminario. Fue un reverente creyente en la Biblia como Palabra de Dios y en las doctrinas bíblicas tal como están formuladas en el credo de la Iglesia presbiteriana. Era honesto, imparcial y firme. Conocía los recursos del enemigo y no los subestimó, pero también conocía los recursos argumentativos del cristianismo. La consecuencia fue que sus clases fortalecieron la fe y profundizaron la convicción y hombres que no tenían gran sagacidad crítica sintieron que habían sido confortados inmensamente por tener a un hombre de la erudición y juicio de Hodge en el lado de la teología reformada. Hodge no escribió para la imprenta. Sus ideales fueron muy elevados y probablemente la insatisfacción incluso con su mejor obra tuvo algo que ver con su negativa a publicar un libro.