Historia

HORN, FILIPS VAN MONTMORENCY, CONDE DE (c. 1524-1568)

Filips van Montmorency, conde de Horn (Hoorne), gobernador de Gelderland y Zutphen, almirante de los Países Bajos y miembro del Consejo de Estado, nació hacia 1524 en Nevele, Flandes, y murió el 5 de junio de 1568 en Bruselas.

Filips van Montmorency, conde de Horn
Filips van Montmorency, conde de Horn
Ayudante en la corte del emperador Carlos V, Horn dirigió las tropas imperiales en la Guerra de Esmalcalda (1546-47) y mandó el cuerpo de guardia del futuro rey español Felipe II (1550). Fue nombrado gobernador de Gelderland y Zutphen (septiembre de 1555), siendo investido caballero del Toisón de Oro (1556) y sirviendo como almirante de la flota española (1559).

Miembro del Consejo de Estado (1561-65), Horn se unió a Guillermo el Taciturno, príncipe de Orange, y a Lamoral, conde de Egmont, en la oposición a las medidas represivas religiosas y políticas del dirigente del Consejo, el cardenal Granvela, arzobispo de Malinas, logrando obligar a Felipe II que ordenara el retiro del prelado (1564). La continua persecución por parte del rey de los protestantes resultó en la formación del Compromiso, o Liga de los Nobles, un grupo de 400 nobles que solicitaron el fin de la Inquisición, el tribunal establecido para descubrir y castigar la herejía. Esta Liga fue responsable de los levantamientos anti-católicos en 1566-67, que desembocaron en represiones añadidas del gobierno, tras la negativa del rey a solicitud de la regente por la tolerancia relgiiosa.

Aunque Horn se había aliado con los calvinistas en Tournai en 1566, obedeció las órdenes de la regente a su regreso a Bruselas en octubre de 1566. En un encuento con Guillermo y Egomt en diciembre de 1566, Horn, como Egmont, se negó a apoyar el plan de Guillermo para presentar resistencia armada al rey; Horn se retiró a su casa en Weert, donde quedó recluido.

En su retiro se vio colmado de halagos y lisonjas, a fin de hacer que viniera a la capital. Aunque sentía grandes recelos, creyó que lo más correcto era acceder a la invitación del duque de Alba, que había llegado en agosto de 1567 para tomar el control del gobierno. Una vez en Bruselas, todo estaba listo para poner en práctica el atrevido y bien meditado plan del duque. El 9 de septiembre, los condes de Egmont y Horn y otros consejeros fueron llamados a la residencia de Alba para estudiar, según les dijo, el proyecto de la construcción de una ciudadela en Amberes. Después de comer, se dirigieron al alojamiento del capitán general, a eso de las cuatro de la tarde. Los recibió el duque del modo más afectuoso, y, después de discutir con ellos, y los demás consejeros y algunos arquitectos, los planos que se hallaban encima de la mesa, se retiró de repente bajo pretexto de una repentina indisposición. La consulta se prolongó por espacio de tres horas. Horn, a quien se había dejado salir del salón de audiencias, fue reducido en el patio de honor y encerrado.

Ejecución de Egmont y de Horn en Bruselas. De un dibujo de Felipe Ward
Ejecución de Egmont y Horn en Bruselas.
De un dibujo de Felipe Ward
Tras meses de prisión incomunicada fue condenado por traición y herejía en el Consejo de los Tumultos y junto con Egmont ejecutado. Fue asistido en sus últimos momentos por el cura de La Chapelle. Su primer sentimiento al escuchar la condena fue de indignación y protesta, pero pasado el primer impulso, dio muestras de la mayor fortaleza y serenidad ante la prueba que le esperaba. Un nuevo tormento, que Egmont no había tenido que sufrir, le estaba reservado a Horn: la vista del cadáver de su amigo, cubierto con un paño ensangrentado. Antes de que el hacha cercenase su cuello, se le oyó exclamar: "In manus tuas, Domine." Las cabezas de las dos víctimas quedaron expuestas al público por espacio de tres horas y las retiraron después. Sus cuerpos, colocados en féretros, fueron conducidos, el de Egmont al convento de Santa Clara, y el del almirante a la iglesia de Santa Gúdula, donde fueron visitados por una multitud de personas que, derramando abundantes lágrimas, juraban tomar venganza contra los perpetradores de lo que calificaban ellos de asesinato judicial. Estas ejecuciones no tuvieron otro objeto que dar un ejemplo bien sonado y sembrar el terror entre los enemigos del gobierno; pero, como no tenía más remedio que ocurrir, provocaron una verdadera locura de odio inextinguible contra los españoles y su gobierno, rodeando la memoria de Egmont y Horn con la aureola de mártires de la causa de la libertad, a pesar de no haber hecho nada en favor de ella. Al convertirlos en víctimas de una de las más espantosas tragedias que recuerda la historia, Felipe II y el duque de Alba cometieron un acto que fue, no sólo un crimen innecesario, sino un irreparable error.