Historia

HUME, DAVID (1711-1776)

David Hume, filósofo escocés, nació en Edimburgo, Escocia, el 26 de abril de 1711 y murió allí el 25 de agosto de 1776.

David Hume, estatua en EdimburgoFotografía de Wenceslao Calvo
David Hume, estatua en Edimburgo
Fotografía de Wenceslao Calvo
Era de una buena familia escocesa, trazando su padre su linaje a Lord Home de Douglas. Su madre era 'una mujer de singular mérito'. En 1723 aparece como estudiante en la universidad de Edimburgo, pero no se graduó. Se detuvo en su elección entre varias vocaciones: Derecho, comercio y filosofía. Su primera obra fue Treatise of Human Nature (vols, i, ii, Londres, 1739; volumen iii, 1740). Durante un tiempo se centró en los asuntos políticos y publicó Essays, Moral and Political (2 volúmenes, Edimburgo, 1741-42; edición final 1 volumen, 1788), que tuvo gran éxito. En 1744, debido a la oposición por razones teológicas, no pudo obtener la cátedra de ética y filosofía espiritual en la universidad de Edimburgo. Luego publicó su Philosophical Essays concerning Human Understanding (Londres, 1748; segunda edición, 1750), y desde 1749 a 1751 se embarcó en su Dialogues on Natural Religion (no publicados hasta 1779), Inquiry concerning the Principles of Morals (1751) y Political Discourses (Edimburgo, 1752). Su History of Great Britain apareció en 2 vols, en Edimburgo, 1754-57 (con autobiografía y correcciones finales, 8 volúmenes, 1778) y Natural History of Religion en 1757. Desde 1758 Hume vivió en Londres, París (1763-67, donde fue miembro de la embajada francesa y extremadamente popular entre personas de saber), otra vez en Londres (1767-69) y en St. David's Street (llamada así por él), Edimburgo, desde 1769.

La fama de Hume como historiador ha sido sobrepasada por sus escritos filosóficos. El principal tema es el entendimiento humano, la libertad y la necesidad, los principios de la moral, la inmortalidad, la idea de causa, el teísmo y los milagros, relacionados con la credibilidad y el orden natural. Siguiendo a Locke, se vuelve de la especulación a la experiencia, entrando de esa manera en la senda de la crítica. En su teoría del conocimiento, divide las percepciones en impresiones, sensaciones y reflexiones originales, que son por tanto lo más vívido, e ideas y pensamientos, la reproducción más tenue y menos vívida de las impresiones. Por consiguiente, todo el material para nuestras ideas surge de las impresiones. Con Locke define la voluntad como 'la impresión interna que sentimos, cuando conscientemente suscitamos una nueva emoción de nuestro cuerpo o una nueva percepción de nuestra mente'. La libertad es 'un poder de actuar o no actuar, según las determinaciones de la voluntad'. La necesidad moral es de la misma naturaleza que la necesidad física, aunque la operación de motivos es extremadamente sutil y tal vez completamente imposible de trazar. La responsabilidad, sin embargo, no se destruye, pues no depende de la causa de la acción, sino de la disposición de la persona. La bondad es necesaria para el hombre bueno y en el grado más elevado para Dios. La inmortalidad parece dejar una cuestión abierta. Ni la idea de sustancia inmaterial, ni la doctrina de la identidad personal, ni la naturaleza de la justicia divina, ni la incompatibilidad de las nobles facultades del hombre con la ráfaga de existencia terrenal demuestran que el alma sobrevive tras la muerte. Todo se torna más precario cuando Hume reduce el alma, es decir, el ser, a una serie de percepciones que, si fueran removidas por la muerte, supondrían la aniquilación de la persona. Traza la idea de causa no de los objetos externos, ni de la reflexión, ni de los sentidos, sino de una experiencia de sucesión invariable o costumbre. Esta idea, que ha ejercido una profunda influencia sobre el pensamiento posterior, fue completada por Kant, quien mostró la naturaleza de la necesidad que la mente humana ha asociado con la causalidad.

David Hume
David Hume
En la cuestión del teísmo Hume no halla terreno sólido. Ni la cosmología, ni la teleología, ni el argumento moral son adecuados como base para la creencia en Dios. El politeísmo le parece no una etapa en la captación progresiva de lo divino, pues 'los dioses de los paganos no son mejores que los duendes y genios de nuestros antepasados'. Los milagros los concibe como 'violaciones de las leyes de la naturaleza... por una particular volición de la Deidad', argumentando que ninguna cantidad de testimonio los hace creíbles. 'No se ha encontrado en toda la historia ningún milagro atestiguado por un número suficiente de hombres de tal bondad, educación y saber que nos garantice que no hay engaño en ellos mismos; ni de tal indudable integridad, como para ponerlos más allá de toda sospecha de intento de engañar a otros; ni de tal crédito y reputación a los ojos de la humanidad como para tener mucho que perder en caso de ser hallados en cualquier falsedad; y al mismo tiempo demostrando los hechos, realizados en manera tan pública y tan celebrados por una parte del mundo, como para hacer que la evidencia de los mismos sea incontestable; todas estas circunstancias son requisitos para tener la plena seguridad del testimonio de los hombres'. Este argumento de Hume tiene fuerza contra la idea escolástica de los milagros, pero no contra la de Agustín. Como psicólogo Hume no fue sobrepasado por ninguno de los que le precedieron. Fue filósofo, no teólogo, descansando justamente su fama no en los escritos históricos o políticos, sino en su investigación de la naturaleza, fuente y limitaciones del conocimiento humano. Su escepticismo no es total, sino relacionado solo con la metafísica especulativa. Su punto de partida es la experiencia y no permite desviarse de ella, proporcionando contenido a la inteligencia. Su significado de la religión y la teología descansa no tanto en su discusión directa de esos temas, sino en la idea del hombre y el mundo involucrada en su filosofía. Hume ya habría tenido bastante méritos simplemente por haber sacado a Kant de sus 'sueños dogmáticos'.