Historia
IGNACIO DE CONSTANTINOPLA (c. 799-878)
Ignacio de Constantinopla fue patriarca de esa ciudad entre los años 846-857 y 867-878 (o 877). Era hijo del emperador Miguel I y su nombre verdadero era Nicetas. Al ser encerrado en un monasterio por León V fue llamado Ignacio. Pronto fue escogido abad y consagrado sacerdote, siendo nombrado en el año 846, a instigación de Teodora viuda del emperador Teófilo, patriarca. Pero encontró una fuerte oposición en Asbesta, obispo de Siracusa, quien rechazaba la legitimidad de Ignacio para ese puesto. El asunto fue llevado ante el papa León IV, quien estaba del lado de Ignacio, pero León murió antes de que pusiera por escrito su decisión, por lo que el 23 de noviembre del año 857 Ignacio fue desposeído. La excusa fue la actitud de Ignacio hacia Bardas, hermano de Teodora, que vivía en relación incestuosa con la viuda de su hijo. En la fiesta de la Epifanía del año 857 Ignacio le prohibió participar de la mesa del Señor rehusando también ayudarle en la destitución de su madre. En venganza Bardas le destituyó a él. Focio fue nombrado su sucesor y a partir de aquí comienza la historia que culminaría con la separación de la Iglesia oriental de la occidental. A pesar del apoyo del papa Nicolás I, Ignacio fue degradado en un sínodo celebrado en Constantinopla en el año 861, cruelmente tratado y obligado a retirarse al monasterio en la isla de Terebinto. En septiembre del año 867 Basilio subió al trono, tras el asesinato de Bardas y de Miguel. Una de sus primeras decisiones fue llamar a Ignacio, para congraciarse con el pueblo que todavía añoraba a Ignacio. En el octavo concilio ecuménico (5 de octubre de 869-28 de febrero de 870) Ignacio fue rehabilitado, siendo su elección confirmada por el papa Adriano II. Pero Ignacio no pudo pacificar la oposición y a su muerte Focio recuperó el cargo que había perdido. Ignacio es estimado como santo en las iglesias griega y católica, en esta última porque es contemplado como testigo y mártir de la primacía papal, en la primera por causa de la santidad de su vida y porque en realidad no reconoció dicha primacía.