Historia

IGNACIO DE LOYOLA (1491-1556)

Ignacio de Loyola (Íñigo López de Recalde) nació en el castillo de Loyola, cerca de Azpeitia, España, probablemente la noche de Navidad del año 1491 y murió en Roma el 31 de julio de 1556.

Ignacio de Loyola, c. 1530
Ignacio de Loyola, c. 1530
Perteneciente a una familia militar pasó su juventud en la corte de Fernando, teniendo poca preparación educativa al entrar muy pronto en el ejército. Seriamente herido en la batalla de Pamplona (20 de mayo de 1521) pasó varios meses inválido en el castillo de su padre. Durante este periodo cayeron en sus manos varios libros devocionales sobre vidas de santos y una vida de Cristo, tras lo cual resolvió ardientemente hacerse seguidor de Jesús y emular los hechos de Francisco de Asís, Domingo de Guzmán y otros grandes personajes eclesiásticos. Sin embargo, le asaltaban deseos de ambición que él atribuía a Satanás por un lado y otros de santidad y servicio cristiano que atribuía al Espíritu Santo. Finalmente resolvió dedicar su vida a la conversión de los infieles en Tierra Santa. Al recuperarse de su convalecencia se vistió con ropas de mendigo y visitó Montserrat (25 de marzo de 1522) donde colgó su indumentaria militar ante una imagen de la Virgen. Ingresó en el cercano monasterio de Manresa, donde se disciplinó en el ascetismo más severo, acompañado de frecuentes confesiones y asistencia a misa. En esta época se le atribuyen visiones sobre la Trinidad, la creación y la unión de la humanidad y divinidad en Cristo (en la eucaristía). La contemplación de cualquier acto religioso o la meditación de alguno de los grandes actos de la redención provocaban en su mente imágenes de los hechos relacionados. La Virgen, especialmente, se convirtió en objeto especial de su veneración. Profundamente impresionado por sus pecados y los del mundo describió vívidamente el conflicto entre Cristo y sus huestes y Satanás y las suyas, jugando la imaginería militar un poderoso papel en sus contemplaciones. Antes de dejar Manresa había elaborado sus Ejercicios Espirituales, que habrían de tener un papel clave en la difusión del movimiento que Ignacio habría de fundar.

De la obra "Sacros panegíricos, Panegírico de San Ignacio de Loyola" de Paolo Segneri es el siguiente pasaje sobre el duro ascetismo practicado por Ignacio en Manresa:

'Una vez sacrificada a Dios la parte superior de sí mismo, que era el espíritu, con tan humildes mortificaciones, faltaba por sacrificarle todavía la parte inferior, que era la carne, con los más dolorosos tormentos; y así prepararse tal vez, casi como en una batalla doméstica, contra esos dos terribles enemigos que había de encontrar siempre en la propagación por el mundo de la mayor gloria divina; afrentas espirituales, sufrimientos corporales. ¿Cómo creéis que dominaba su cuerpo sin compasión alguna? Escuchadme y luego, si podéis, no os horroricéis.
Cubrirse con un saco extraordinariamente áspero y por debajo un erizado silicio; envolverse las caderas desnudas o bien con ortigas muy ásperas, o con verdugos espinosos, o con hierros puntiagudos; ayunar todos los días, excepto los domingos, a pan y agua, y los domingos añadirle para deleite alguna hierba amarga, disuelta en cenizas o en tierra; pasar a veces tres, a veces seis, a veces hasta los ocho días enteros sin comer; flagelarse cinco veces entre noche y día, siempre con una cadena y haciéndose sangre; con una piedra golpearse con furia habitualmente el pecho desnudo; no tener más lecho, donde acomodar sus miembros, que el duro suelo, ni otra almohada, donde apoyar la cabeza, que un helado peñasco; pasar de rodillas siete horas al día en profunda contemplación, no parar nunca de llorar, no cesar nunca de torturarse; este fue el invariable régimen de vida que llevó en la cueva de Manresa, sin suavizarlo nunca ni siquiera durante las largas y penosísimas enfermedades que muy pronto contrajo, debilidades, temblores, espasmos, desmayos, fiebres incluso mortales.'
Ignacio de Loyola
Ignacio de Loyola
En el verano de 1523 salió de Manresa para Jerusalén vía Barcelona y Venecia. Viajó sin dinero ni recursos, llegando el 4 de septiembre al Santo Sepulcro, pero al no tener medios para realizar la tarea misionera regresó a Venecia en enero de 1524, convencido de que poco podía conseguir sin preparación académica. Ese mismo año fue a Barcelona, inscribiéndose en una escuela de niños (tenía treinta y tres años) para aprender rudimentos de latín. En dos años estaba capacitado para entrar en la universidad de Alcalá de Henares y en el otoño de 1527 se trasladó a la de Salamanca. En ambas universidades incurrió en la censura de sus autoridades por sus intentos de inducir a los estudiantes a practicar sus Ejercicios. A principios de 1528 se matriculó en la universidad de París, donde estuvo más de siete años, perfeccionando su educación literaria y teológica y ganando adeptos. De nuevo aquí sus ardorosos impulsos le ganaron la oposición de las autoridades académicas. Pasó sus vacaciones en los Países Bajos, donde sus compatriotas suplieron generosamente los recursos materiales que a él le faltaban. Para 1534 se había ganado la confianza de personas tales como Pedro Faber, Francisco Javier, Alfonso Salmerón, Jaime Laínez, Nicolás Bobadilla y Simón Rodrígues, este último portugués y los anteriores españoles. El 15 de agosto de 1534 todos ellos, en la iglesia de Santa María de Montmartre hicieron voto de terminar sus estudios y hacer obra misionera en Jerusalén o donde el papa estimara oportuno enviarles. A principios de 1535 Ignacio fue a España para resolver ciertos asuntos de Javier, Laínez y Salmerón, no queriendo que ellos los resolvieran para no ser enredados en tentaciones o presiones familiares que les hicieran abandonar su resolución, quedando con ellos que se verían en Venecia en enero de 1537. Visitó su hogar en el castillo de Loyola, predicando y atrayendo gran atención. Mientras estaba en España sus compañeros ganaron otros tres asociados, Claude le Jay, Jean Codure y Pasquier Brouet, capaces y bien preparados. Tal como estaba previsto se encontraron en Venecia, pero hallaron que ganarse la aprobación papal no era cuestión fácil. Caraffa, bajo cuyos auspicios habían sido creados los teatinos con propósitos similares, quiso persuadir a Ignacio y a sus compañeros a que se unieran a la orden que él había creado. Entonces Ignacio determinó ir directamente a Pablo III, quien al saber de su celo y propósitos les dio su aprobación, permitiéndoles que fueran ordenados sacerdotes, lo cual fue hecho en Venecia por el obispo de Arbe el 24 de junio. Pero ese mismo año el papa, el emperador y Venecia habían declarado la guerra a los turcos, lo cual hacía imposible la misión de Ignacio a Tierra Santa.

Ignacio de Loyola recibe del papa Pablo III la bula de fundación de la Compañía de Jesús. Iglesia de Jesús, Roma
Ignacio de Loyola recibe del papa Pablo III la bula de
fundación de la Compañía de Jesús.
Iglesia de Jesús, Roma
A partir de ahí decidieron dirigir sus esfuerzos a predicar y hacer obras caritativas en varias partes de Italia. Con Faber y Laínez viajó a Roma en octubre de 1538 con la persuasión, basada en una visión, de que el papa aprobaría la constitución de la nueva sociedad. Pablo III se encontraba reunido con sus cardenales buscando encontrar fórmulas para reformar la ciudad de Roma. Pablo III recibió a Ignacio y a sus compañeros con los brazos abiertos, designando a Faber y Salmerón para puestos de enseñanza en el colegio Sapientia y encargando a Ignacio para que acometiera la reforma de la ciudad. A principios de 1539 los siete socios estaban en Roma, acometiendo con dedicación la tarea que se les había encomendado, predicando en las calles, plazas, iglesias, universidades y cuidando de los pobres y enfermos. Las tardes las pasaban en oración y perfeccionando sus planes organizativos. Los cargos de herejía que habían sido hechos contra ellos, ahora recibían poca atención ante el aplauso general. Javier y Rodrigues fueron a Portugal, siendo enviado el primero como misionero a la India y el segundo como consejero del rey. El tiempo de confirmación de la orden había llegado, informando favorablemente una comisión de cardenales a Pablo III de la constitución que se les había presentado, lo cual indujo a éste a quedar persuadido de que era obra del Espíritu Santo. Por la bula Regimini militantis la orden quedó confirmada el 27 de septiembre de 1540, pero limitando el número de sus miembros a setenta, una limitación retirada por la bula Injunctum nobis del 14 de marzo de 1543. Ignacio fue escogido unánimemente general de la orden por los miembros que estaban entonces en Roma y con solemnidad le prometieron obediencia, reconociendo que estaba 'en el lugar de Dios' respecto a ellos. A partir de este momento la historia de Ignacio es la historia de la Compañía de Jesús. Muchas de sus cartas se han preservado y su tratado Sobre la virtud de la obediencia y sus Ejercicios Espirituales describen perfectamente al hombre y a la orden que fundó. Como general pasó la mayor parte de su tiempo en Roma donde, en estrecho contacto con el papa y la curia, dirigió la obra de la orden que pronto se convertiría en un fenómeno de escala mundial. Es probable que ningún hombre haya combinado tanto entusiasmo religioso, que rayaba en el fanatismo, con tal determinación de propósito y tan sabia adaptación de los medios a los fines. Identificó su lema 'A mayor gloria de Dios' con el triunfo universal de la Iglesia católica a la que había entregado todo su celo y capacidad de sacrificio.

De su obra Prima Summa (1539) está extraído el siguiente texto:

'... una comunidad instituida principalmente para provecho de las almas en vida y doctrina... para la propagación de la fe por medio del ministerio de la palabra, de los ejercicios espirituales, de las obras de caridad y, expresamente, por medio de la instrucción en la doctrina cristiana de niños y rudos... Esta Sociedad universalmente y cada uno en particular, bajo la obediencia fiel a nuestro santísimo señor Pablo III y a sus sucesores, son soldados de Dios y están bajo el poder y la divina autoridad del vicario de Cristo, no sólo con la obligación que comúnmente le deben todos los clérigos, sino también por el vínculo del voto que obliga a acudir dondequiera que Su Santidad entienda pertinente enviarnos para provecho de las almas y propagación de la fe, ya sea que nos envíe con los turcos, al Nuevo Mundo, con los luteranos o con cualquier otros.
Todos los hermanos que tengan órdenes sagradas... estarán obligados a decir los oficios según los ritos de la Iglesia, pero no en el coro, para que no descuiden las obras de caridad a las que todos debemos dedicación... pues de acuerdo a la forma de nuestra vocación, además de otros oficios necesarios, debemos ocuparnos la mayor parte del día e incluso de la noche en el consuelo de quienes padecen enfermedades tanto corporales como espirituales.'