Historia
INOCENCIO III (c. 1160-1216)
- Vida antes de su elevación al papado
- Éxito como papa en Roma e Italia
- Asuntos en Alemania
- Inocencio como árbitro en Alemania
- Coronación de Otón. Federico de Sicilia
- Relaciones de Inocencio con Francia y España
- Inocencio en el norte
- Inocencio y Juan de Inglaterra
- La cuarta cruzada
- Inocencio y el cuarto concilio de Letrán
- La administración de la Iglesia
- Decretales y sermones

Siendo hijo del conde Trasimundo de Segni recibió su primera educación en Roma, estudiando luego en París y Bolonia. A su regreso a Roma y tras recibir las órdenes menores fue nombrado canónigo de San Pedro. Entre sus parientes había tres distinguidos cardenales, lo cual influyó en su rápido ascenso. Bajo Gregorio VIII obtuvo el puesto de subdiácono y en una fecha tan temprana como 1190 ya era cardenal-diácono de San Sergio y Baco, gracias al favor de su tío, el papa Clemente III. Bajo Celestino III estuvo poco envuelto en los asuntos de la curia, empleando su ocio involuntario en la composición literaria; los tres libros De contemtu mundi sive de miseria humanæ conditionis; los seis libros, Mysteriorum evangelicæ legis ac sacramenti Eucharistiæ y el tratado De quadripartita specie nuptiarum, que muestran su cultura y su profunda sinceridad. El 8 de enero de 1198, el mismo día de la muerte de Celestino III, fue elegido su sucesor a la edad de treinta y siete años. Al principio declinó aceptar el nombramiento, pero el 21 de febrero fue ordenado sacerdote y al día siguiente recibió la consagración episcopal, ocupando la sede bajo el nombre de Inocencio III.
Éxito como papa en Roma e Italia.
El primer objetivo de Inocencio fue restaurar el prestigio del papado en Roma e Italia. Indujo a Pedro, quien había sido nombrado por Enrique VI prefecto de Roma, a que reconociera la supremacía de la autoridad papal; también logró que el senador, Scottus Paparoni, quien había sido elegido por el pueblo y que hasta ese momento era independiente de la sede de Roma, dimitiera. Tras ello se destapó como el libertador de Italia del dominio alemán. Conquistó Spoleto, sometió Perugia, tomó una posición de mando en Toscana, afirmó su gobierno en el patrimonium y pronto fue considerado en Italia como el protector de la independencia nacional. Además, las circunstancias favorables le entregaron el reino de Sicilia en sus manos. Tras la muerte del emperador Enrique VI, su viuda Constanza estaba reinando en lugar de su hijo menor, Federico, pero la duras presiones de los partidos rivales, italianos y alemanes, hicieron que ella reconociera el derecho de la sede romana a atacar Sicilia como su feudo, declarando su disposición a jurar lealtad e incluso renunciar a todas las antiguas prerrogativas de los gobernantes normandos en los asuntos de la Iglesia. Cuando murió el 27 de noviembre de 1198 dejó un testamento nombrando a Inocencio regente del imperio y guardián del pequeño Federico.

El siguiente texto, titulado Sicut universitatis conditor, de octubre de 1198, en el que Inocencio delinea la relación del emperador con el papado, resume su idea sobre la relación entre ambos poderes:
'El creador del universo ha establecido dos grandes luminarias en el firmamento del cielo; la mayor luce para gobernar el día, la menor para gobernar la noche. Del mismo modo para el firmamento de la Iglesia universal, designada como cielo, señaló dos grandes dignidades; la mayor para gobernar las almas (que son los días), la menor para gobernar los cuerpos (que son la noche). Esas dignidades son la autoridad pontificia y el poder real. La luna recibe su luz del sol, y es por lo tanto inferior al sol tanto en tamaño como en calidad, tanto en su posición como en sus efectos. De la misma manera, el poder real deriva su dignidad de la autoridad pontificia y cuanto menos se sujeta a esta autoridad con menos luz es adornado; pero cuanto más se le somete tanto más aumenta su brillo.'

c. 1207; St. Ulrich Museum,
Regensburgo, Alemania
Al principio del pontificado de Inocencio las condiciones para la extensión de la soberanía papal eran más favorables en Alemania. En este país dos pretendientes, Felipe de Suabia hermano de Enrique VI y Otón IV de la casa de Welf, estaban luchando por la corona real alemana y la corona imperial romana. El último se había propuesto tener al papa de su lado, renunciando a los derechos más esenciales del imperio en Italia y entregando a la sede romana el exarcado de Rávena, la Pentápolis y el ducado de Spoleto. Pero mientras los seguidores de Otón trataban de que el papa reconociera la elección de su candidato, los príncipes pertenecientes al partido de Felipe mostraban una determinada independencia, por lo que Inocencio simpatizó con el candidato de los güelfos en vez de con el de la casa de Hohenstaufen, aunque parece que consideró los derechos de los dos aspirantes. La contemporización del papa se basaba en la esperanza de que ambos pretendientes se sometieran a un tribunal de arbitraje compuesto por príncipes alemanes, del que Otón saldría vencedor. Pero ese tribunal no se llegó a convocar. El memorial de Inocencio Deliberatio papæ Innocentii super facto imperii, justificó su adhesión a la causa de Otón. En el mismo espíritu su legado, el cardenal-obispo Guido de Praeneste, viajó a Alemania y en marzo de 1201 Otón fue reconocido por Inocencio como rey alemán y futuro emperador romano. El 3 de julio, en una asamblea del partido de Otón, todos sus adversarios fueron excomulgados por el legado papal, pero no antes de que Guido tuviera en sus manos un documento emitido en Neuss el 8 de junio de 1201, en el que se renovaba la promesa de que todo lo recuperado por la sede romana quedaría intacto. Este documento sería posteriormente la base de las posteriores reclamaciones papales para los Estados papales. Como las armas eran cada vez más favorables a Otón, Felipe trató en 1203 de entrar en negociaciones con Inocencio, pero no se llegó a ningún acuerdo porque no estuvo dispuesto a renunciar a la Italia central, cosa en la que el papa puso especial énfasis. Sin embargo, en 1204 y 1205 se produjo un vuelco a favor de Felipe, al pasarse varios de los aliados de Otón a él. El confederado de Felipe, el rey de Francia, derrotó al de Otón, el rey de Inglaterra, lo que permitió que Felipe estuviera ahora en la cima de su poder.

Inocencio como árbitro en Alemania.
Ello le permitió enviar un mensaje conciliador al papa en junio de 1206, en el que exponía con notoria franqueza las condiciones para la doble elección y firmemente defendía sus derechos a la corona. Para asegurarse el reconocimiento de ese derecho por parte del papa, estaba dispuesto a someter los puntos en disputa a un tribunal compuesto de cardenales y príncipes. En 1207 Inocencio se vio obligado a reconocer el cambio de situación, dejando caer a Otón, aunque los legados fueron incapaces de inducirle a que abdicara. Tras prolongadas negociaciones, Felipe consintió en el arbitraje papal propuesto por Inocencio, habiéndose asegurado de que el resultado cierto de la deliberación de la doble elección sería su propio reconocimiento. En vista de la situación creada, Otón no podía evitar someterse al veredicto de la curia. Este cambio significó un gran triunfo para la política de Inocencio, al tener éxito en transferir a Roma la decisión de la lucha por el trono. La difícil cuestión de la disposición de los estados del imperio en la Italia central encontró una solución por la renuncia formal de Inocencio a esos dominios, con la condición de que la hija de Felipe sería dada en matrimonio al sobrino del papa, mientras que este último, como yerno del rey, sería investido con el ducado de Toscana. Pero en el momento en el que la corona real y la imperial estaban disponibles para Felipe, éste fue asesinado el 21 de junio de 1208 por Otón de Wittelsbach.
Coronación de Otón. Federico de Sicilia.
Otón IV se sometió ahora a una nueva elección, siendo reconocido universalmente rey de Alemania el 11 de noviembre de 1208. El 20 de marzo de 1209 concedió más de lo que había prometido, es decir, el reconocimiento de las fronteras de los Estados de la Iglesia, según habían sido diseñadas por Inocencio III, jurando servir en la extirpación de la herejía y jurando no influir en las elecciones de la Iglesia. A cambio recibió del papa su aprobación para ser emperador, realizándose la ceremonia de coronación el 4 de octubre de 1209. Pero nada más obtener su corona, Otón se olvidó de todas sus promesas. Declaró la guerra a un protegido de Inocencio, Federico de Sicilia, y la toma forzada de una porción del patrimonio de Pedro hizo que el papa le amenazara con el anatema. El 18 de noviembre de 1210 llevó a cabo la amenaza, cuando la curia supo de la intrusión de Otón en el dominio del rey de Sicilia. El papa convocó contra Otón a los magnates de Italia y a los príncipes alemanes, concluyendo una alianza con Felipe Augusto de Francia para destronar al emperador.

tratado De arte venandi cum avibus;
en la Biblioteca Vaticana (MS. Palat. Lat. 1071)

coronado y entronizado, de un documento de 1180
Inocencio pudo jactarse de mayor éxito en relación a Felipe Augusto de Francia, quien mediante una asamblea de obispos en Compiègne se había separado de su legítima esposa, la princesa danesa Ingeboig, a causa del estrecho parentesco entre ambos, casándose a continuación con Agnes, hija del duque Bertoldo III de Meran. El papa Celestino III ya había protestado contra la disolución del matrimonio y la celebración del nuevo. Inocencio tomó la causa de la repudiada desde el comienzo de su papado. Felipe Augusto hizo oídos sordos a todas las amonestaciones, hasta que los legados del papa declararon en un concilio en Dijon el entredicho contra Francia, suspendiéndose los servicios divinos en todo el territorio, lo que ocasionó la revuelta del pueblo y el levantamiento de los nobles en armas. Finalmente, Felipe Augusto tuvo que prometer ante los legados papales, el cardenal-obispo Octaviano de Ostia y el cardenal Giovanni de Colonna, volver a tomar como esposa a Ingeboig el 7 de septiembre de 1200. Luego intentó, sin éxito, que un sínodo en Soissons indujera a los legados papales a disolver su matrimonio, tras lo que intentó obligar a su esposa a una renuncia 'voluntaria'. En 1213 Inocencio tuvo la satisfacción de ver a la reina siendo aceptada con honor por el penitente marido. El papa celebró un triunfo similar en 1206 cuando disolvió un matrimonio prohibido por parentesco entre el rey Alfonso IX de León con doña Berenguela, hija del rey de Castilla. Igualmente se opuso al matrimonio del rey Pedro de Aragón con Blanca de Navarra, a causa de su estrecho parentesco. Pedro, siendo un obediente hijo de la Iglesia, accedió al mandato papal y se casó con María, hija de Guillermo de Montpellier. Poco después, sintiendo que el matrimonio realizado era una cadena insoportable, quiso separarse de su esposa, apelando a la consanguinidad entre ambos, pero Inocencio dictaminó que la pretensión no estaba justificada.
Inocencio en el norte.
Cuando el rey Sancho de Portugal rechazó pagar el tributo prometido por su padre a la sede romana, Inocencio se lo exigió con energía. Más aún, exigió obediencia a las regulaciones papales al duque Ladislao de Polonia, quien estaba robando a la Iglesia y a los obispos sus privilegios y derechos. Inocencio dejó claro que el papa era el único que tenía derecho a excomulgar a reyes o liberarlos de la sentencia, como se aprecia en el caso del arzobispo Eric de Trondhjem, que absolvió, sin consultar al papa, a Hakon, rey de Suecia, tras haber restaurado a la Iglesia lo que su padre había tomado con violencia. Inocencio escribió al arzobispo que él le había imitado igual que un mono a un hombre y que sólo la absolución del representante de Pedro tenía validez. El renombre de este poderoso papa empujó al príncipe Juan de los búlgaros a esperar que por su sumisión a Roma se asegurara su soberanía sobre sus enemigos internos y contra las pretensiones de los emperadores bizantinos. El 8 de noviembre de 1204 recibió del legado papal la corona real, el cetro y un estandarte que Inocencio le envió, adornado con la cruz de Cristo y las llaves de Pedro.

Del ímpetu de Inocencio, su firme perseverancia una vez tomada una decisión y su altivo desdén sobre toda supremacía temporal, nació la convicción de que él no era simplemente el representante de Pedro sino también el vicario de Cristo y de Dios. Esa persuasión se muestra en su conducta hacia el rey inglés Juan. Los monjes de la catedral de Canterbury, a la muerte de su arzobispo Huberto, eligieron a su superior Reginaldo, como sucesor a la vacante, pero cuando demostró ser indigno de tal confianza eligieron, según la voluntad del rey, como obispo a Juan de Norwich. Inocencio no confirmó la elección, sino que indujo a ciertos miembros del capítulo de Canterbury a que viajaran a Roma para elevar al cardenal-sacerdote Stephen Langton como arzobispo. Un enconado conflicto entre la Iglesia y el Estado parecía inevitable, pues el rey no estaba dispuesto a someterse en favor de un hombre puesto por el papa. La amenaza papal de entredicho tuvo efecto práctico el 24 de marzo de 1208, tomando represalias el rey al desterrar a todo el clero de Inglaterra y confiscar sus bienes. A continuación el papa le excomulgó. Todos los intentos para evitar que las noticias de la acción del papa llegaran a Inglaterra fueron infructuosas, sintiendo el rey sus efectos en una revuelta de la nobleza. Cuando Inocencio liberó a todos sus súbditos de la lealtad y obediencia que habían jurado al rey, y amenazó con la excomunión a cualquiera que tuviera tratos con él, el levantamiento se fue haciendo cada vez mayor. En este momento el papa tomó la decisión extrema de declarar la corona vacante, exhortando a Felipe Augusto a expulsar al indigno del trono y tomar posesión permanente de ella. Cualquiera que tomara parte en la guerra contra Juan sería considerado un cruzado y beneficiario de las indulgencias propias de un cruzado. Juan se sometió a las propuestas de la curia realizadas por los legados Pandolfo y Durando. El 13 de mayo de 1213 en Dover, el rey concluyó un acuerdo con los plenipotenciarios romanos, reconociendo a Esteban como arzobispo de Canterbury, devolviendo todas las propiedades eclesiásticas que había tomado, autorizando el regreso de los clérigos y monjes desterrados y dando libertad a los cautivos. Pero esta escena de la rendición de Dover tuvo una mayor secuela. Para evitar la invasión del pretendiente francés a la corona, aunque nominalmente en expiación por sus pecados, el 18 de mayo de 1213 Juan sometió sus reinos de Inglaterra e Irlanda a Dios y al papa, recuperándolos luego como feudos a condición de entregar una suma anual tributaria por Inglaterra e Irlanda al papa. Sin embargo, no fue absuelto de su sentencia hasta que se humilló ante el arzobispo Esteban. Además, la tierra permanecería bajo el entredicho hasta el 2 de julio de 1214, es decir, hasta que el rey compensara al clero, mediante una fuerte suma de dinero, por los daños que le había infligido durante su mandato. La paz llegó, pero la opresión del rey a los barones sujetos a impuestos era una carga que éstos no podían soportar tras la humillación de Juan ante el papa. Al no ser removidas las presiones, recurrieron a las armas en 1215, tomando posesión de Londres y obligando al rey a firmar la Carta Magna. Tan pronto como su contenido fue conocido por Inocencio, éste denunció el documento como un ataque a la prerrogativa real e indirectamente a la sede romana. Declaró la carta vana y sin contenido, ultrajante y sin fuerza vinculante. Pero ni ese pronunciamiento ni las repetidas excomuniones de todos los adversarios del rey tuvieron el más mínimo resultado. Nada hizo tanto daño a la causa del papado en Inglaterra como su oposición a la Carta Magna.

British Library Board
Como vicario de Cristo, Inocencio exhortó a los reyes y pueblos para una cruzada a Tierra Santa. La predicación de Fulco de Neully ganó a una parte de la nobleza francesa, bajo la dirección del margrave Bonifacio de Montserrat, siendo el cisterciense Martín, abad de Colmar, quien defendiera la causa en Alemania meridional. Sin embargo, el ejército cruzado, acampado en Venecia, fue empleado por el dogo Dandalo en recuperar la ciudad de Zara, que había sido conquistada a los venecianos por el rey de Hungría. Luego, en contra de la voluntad del papa, los caballeros cruzados ofrecieron su ayuda al pretendiente bizantino Alexio Angelos, hijo del depuesto emperador Isaac Angelos, para recuperar su ancestral herencia, quitándosela al usurpador Alexio III, y conquistar Constantinopla. Tras ser ganada la capital por los cruzados y ser repuestos Isaac Angelos y su hijo en el trono, la situación entre griegos y latinos se hizo tan intolerable que durante una insurrección del segundo, Alexio Angelos, quien supuestamente se había mostrado demasiado parcial hacia los latinos, fue encarcelado y estrangulado. No le quedaba otra opción a los caballeros latinos que hacerse con el control de la ciudad por la fuerza y establecer un imperio latino. El 16 de mayo de 1204 el conde Balduino de Flandes fue coronado emperador. Por la fundación del imperio latino se abría la posibilidad de lograr una aspiración largamente soñada, como era la unión de las iglesias latina y griega, e Inocencio, que al principio había censurado amargamente el retraso de los cruzados por su expedición a Constantinopla, ahora proclamó su alegría por el éxito de las armas, declarando que pronto habría un rebaño y un pastor, señalando que la designación de un patriarca romano en Constantinopla sería el siguiente paso. A fin de proporcionar una nueva meta para el ardor de los cruzados, Inocencio emitió una bula fechada el 12 de octubre de 1204 en la que garantizaba las mismas dispensaciones para una expedición a Livonia, como si fuera una marcha a Jerusalén, autorizando a todos los que quisieran cambiar su destino de Jerusalén a Livonia. Mediante la incorporación de nuevas tropas, el obispo Alberto de Riga pudo bautizar a los livonios en 1206 y a los letones en 1208.
Inocencio y el cuarto concilio de Letrán.
Inocencio III fue el primero en otorgar a las guerras contra los herejes la categoría de cruzadas. En 1207 exhortó al rey de Francia a extirpar a los herejes de Toulouse, otorgando a todo el que se uniera en una cruzada contra ellos las mismas indulgencias que a los cruzados propiamente dichos. Las crueldades contra los albigenses hay que achacarlas al 'sistema' de Inocencio, que bajo él y mediante él tuvo su pleno desarrollo y ejecución. Las regulaciones contra los herejes elaboradas por el papa fueron aprobadas por el cuarto concilio de Letrán en 1215, siendo codificadas como ley canónica. Todos quienes detentaban posiciones de autoridad debían prometer extirpar la herejía de sus territorios. Si un príncipe no estaba dispuesto a poner en práctica el mandato, él mismo quedaba expuesto a la sentencia, pudiendo ser desposeído de su cargo. Cualquiera que tomara parte en tal cruzada gozaba de los mismos beneficios otorgados a los cruzados propiamente dichos. Extremadamente severa fue la política inaugurada y ordenada por este concilio contra los judíos. No solamente se prohibía a las autoridades confiar a los judíos un oficio público, sino que éstos estaban condenados a vestir de forma diferente a los cristianos para poder ser reconocidos, estándoles prohibido salir a la calle durante Semana Santa, para que no tomaran los cristianos en ese tiempo de aflicción represalias contra ellos. Entre otras decisiones tomadas por este concilio ha de notarse el rechazo de la errónea doctrina de Amalrico de Bena, la condenación del tratado contra Pedro Lombardo de Joaquín de Fiore, De unitate seu essentia trinitatis y la prohibición de nuevas órdenes. El mensaje final del concilio era la bula papal invitando a pueblos y gobernantes a una nueva cruzada a Tierra Santa en 1207. Este concilio ecuménico, celebrado al final del pontificado de Inocencio, muestra al poderoso papa como gobernante ilimitado sobre todo el mundo y sobre toda la Iglesia. Emperadores, reyes y príncipes tuvieron que enviar sus plenipotenciarios, acudiendo mil quinientos arzobispos, obispos, abades, etc., tomando parte en los procedimientos del concilio o, más apropiadamente, asistiendo a la lectura oficial de los decretos de Inocencio III, ya que no hubo deliberaciones.
La administración de la Iglesia.
El absolutismo de Inocencio III en la administración interna de la Iglesia excedió a todos sus predecesores. Nadie más había invadido el derecho de las prerrogativas de los obispos y metropolitanos, ni se atribuyó tan grandemente el derecho de nombrar dignatarios en la iglesia local. Fue el primero en afirmar para el papa el derecho de otorgar beneficios, emitiendo innumerables órdenes a fin de asegurar su cumplimento, a expensas del clero residente local y del prestigio abatido de los obispos nativos, para beneficio de los eclesiásticos romanos, que eran a veces parientes del papa y confidentes suyos. La centralización del poder eclesiástico en las manos del papa se vio también acrecentada por reservarse Inocencio el derecho de nombramiento episcopal, en el caso de que los electores cualificados se sobrepasaran en sus prerrogativas canónicas. Igualmente reservó para la sede romana el derecho a remover obispos, declarando que solo el papa, como vicario de Cristo, podía disolver el vínculo entre el obispo y su congregación.
Decretales y sermones.
El ilimitado prestigio de Inocencio III en cuestiones de ley canónica descansó en su demostrada visión legal y su completo y detallado conocimiento de la materia. Las decretales de los primeros tres años de su pontificado fueron recopiladas por Rainer de Pomposi, compilándolas posteriormente Bernardo Compostelano en una sola colección (Compilatio Romano) de los primeros nueve años de su papado. Luego, el papa mismo, por mano de su notario Pedro Callivacino, ordenó una compilación de todas sus decretales, promulgándolas el duodécimo año de su mandato y dirigiendo esta tercera compilación llamada Compilatio tertia (1210) a la universidad de Bolonia. Poco después de la muerte de Inocencio los breves y bulas de los últimos seis años de su pontificado fueron también publicados bajo el título de Compilatio quarta. Ocupado en disputas eclesiásticas y asuntos legales, Inocencio encontró tiempo en su actividad literaria para exponer los siete salmos penitenciales. Para neutralizar la influencia de los asuntos legales, predicaba frecuentemente, no solo en Roma sino también en sus viajes. Sus sermones fueron coleccionados en parte por él mismo, habiendo sido preservados un buen número de ellos. Son pomposos y floridos, pero testifican de su sentimiento religioso y una verdadera humildad ante Dios. Sus convicciones y hechos no deben ser atribuidos a un corazón egoísta o al de un inescrupuloso político o egocéntrico sacerdote. Cuando amenazó, condenó y absolvió no buscaba su propio honor sino el de aquél de quien él creía ser representante.