Historia

INOCENCIO IV († 1254)

Inocencio IV (Sinibaldo de' Fieschi) nació en Génova, siendo descendiente de los condes de Lavagna, y murió el 7 de diciembre de 1254 en Nápoles.

Inocencio IV
Inocencio IV
Primera etapa y escritos.
Fue criado en Parma donde estuvo al cuidado de su tío Obizzo, obispo de esa sede. Allí fue ordenado sacerdote y hecho canónigo de la catedral. Estudió derecho en Bolonia, época en la que echó los cimientos de la reputación que como jurista tendría después cuando ya era papa. Parece que su primera incursión en la vida política fue en 1218-19, cuando junto al cardenal Ugolino, más tarde Gregorio IX, logró la paz entre Génova y Pisa. En 1223 recibió un beneficio en Parma de parte de Honorio III y en 1226 una posición oficial en Roma, siendo hecho cardenal al año siguiente. Desde 1235 a 1240 fue gobernador papal de la marca de Ancona. El 25 de junio de 1243, tras un interregnum de un año y medio, fue elegido papa en Anagni y consagrado el 28 de junio. En medio de todas las tormentas políticas de su papado tuvo tiempo para la actividad literaria. Su pequeño tratado De exceptionibus, probablemente fue escrito antes, pero tras el concilio de Lyón (1245) escribió otro titulado Apparatus in quinque libros decretalium, que se caracteriza por su certera precisión, dominio perfecto del material que trata y profundidad de percepción. Su Apologeticus se ha perdido, donde sostenía una defensa de los derechos del papado contra el imperio. En otras facetas Inocencio promovió el conocimiento, induciendo a Alejandro de Hales a que escribiera su Summa Universæ Theologiæ, impulsando las universidades, especialmente la Sorbona, y construyendo nuevas escuelas, como las de Piacenza y Roma.

Federico de Sicilia con un halcón, miniatura de sutratado De arte venandi cum avibus;en la Biblioteca Vaticana (MS. Palat. Lat. 1071)
Federico de Sicilia con un halcón, miniatura de su
tratado De arte venandi cum avibus;
en la Biblioteca Vaticana (MS. Palat. Lat. 1071)
Inocencio y Federico II. Primer concilio de Lyón.
Las relaciones de Inocencio con Federico II y Conrado IV necesitan una explicación. Federico escribió a los príncipes tres días después de su elección manifestando su confianza en el resultado de su elección, enviando un mes más tarde una delegación de plenipotenciarios a Anagni para comenzar las negociaciones de paz. Pero a pesar de la voluntariedad de Inocencio de someter la controversia con el emperador a un concilio ecuménico y remover la excomunión en caso de que fuera hallada injusta, Federico no podía ceder a la devolución de todos los bienes a la Iglesia y la restauración al favor de los lombardos, a quienes él veía como rebeldes. Aunque las negociaciones estaban en marcha, Inocencio nombró al cardenal Capoccio, enemigo acérrimo de Federico, obispo de Viterbo, ganando por medio de él a esta localidad para el lado papal, ayudándola contra los ataques de Federico con grandes sumas de dinero. Por la mediación de Raimundo de Toulouse y Balduino, emperador de Constantinopla, se llegó a un acuerdo de paz el 31 de marzo de 1244, por el que Federico, que se sometía a las demandas del papa, se libraba de la excomunión. Pero antes de que terminara el mes de abril la lucha había comenzado de nuevo por la cuestión lombarda. Federico buscó una entrevista personal, pero Inocencio se retiró secretamente a Civita Vecchia, donde una flota genovesa le estaba esperando, llegando a Génova el 7 de julio desde donde se propuso encontrar un lugar apropiado para celebrar el concilio, lugar que sería Lyón, que ya no pertenecía al imperio ni tampoco era parte del reino francés, demarcando la frontera entre latinos y teutones. A esa ciudad llegó Inocencio el 2 de diciembre, convocando el día 27 de ese mes el concilio que habría de reunirse el 24 de junio del año siguiente. Asistieron 150 obispos, mayormente españoles y franceses y algún alemán. El papa incluyó dos acusaciones completas contra Federico. Tadeo de Suessa, legado imperial, hizo una hábil defensa de Federico, negando legitimidad a la asamblea y apelando a un futuro papa y a un verdadero concilio ecuménico. Los representantes de Francia e Inglaterra exhortaron a que hubiera una demora, pero Inocencio condenó a Federico bajo los cargos de perjurio, sacrilegio, herejía y felonía, el último por su opresión al reino de Sicilia y su negativa a pagar los impuestos feudales. A los príncipes alemanes les exhortó a elegir un nuevo emperador, mientras que Inocencio mismo haría provisión para Sicilia, tras consultar con los cardenales.

El texto siguiente es de la bula Ad apostolicae dignitatis de Inocencio IV contra Federico II en 1245:

'Inocencio, obispo, siervo de los siervos de Dios, en presencia del santo concilio, para que conste eternamente. Elevado, aunque indigno, por la gracia de la divina Majestad a la cumbre de la dignidad apostólica, nuestra solicitud debe velar por todos los cristianos, nuestra mirada profunda debe distinguir los méritos de cada uno, nuestra reflexión prudente debe juzgar con equidad para, tras justo examen, poder recompensar proporcionalmente a quienes lo merecen, e imponer el merecido castigo a los culpables; sopesando siempre en los platillos de la balanza méritos y recompensas; repartiendo premios o castigos, a cada uno según sus obras [...]
Por eso, viéndonos en la imposibilidad de soportar por más tiempo sus iniquidades sin ofender a Cristo, nuestra propia conciencia nos obliga a castigarlo con toda justicia.
Pasando por alto otros crímenes, ha cometido cuatro graves delitos que ninguna tergiversación puede ocultar: ha violado varias veces sus juramentos; ha violado la paz firmada en otro tiempo entre la Iglesia y el Imperio; ha incurrido en sacrilegio al apoderarse de los cardenales de la santa Iglesia romana, de los prelados y clérigos, religiosos y seglares, cuando se dirigían al concilio convocado por nuestro predecesor; por último, es sospechoso de herejía por las pruebas no ligeras y dudosas, sino claras y convincentes que poseemos [...]
Además se esforzó cuanto pudo por disminuir y aun negar a la Iglesia romana el privilegio que nuestro Señor Jesucristo concedió a san Pedro y a sus sucesores: lo que atares en la tierra, quedará atado en los cielos, y lo (¡tic desatares en la tierra, quedará desatado en los cielos [Yo te daré las llaves del reino de los cielos; y lo que ates en la tierra, será atado en los cielos; y lo que desates en la tierra, será desatado en los cielos.[…]Mateo 16:19], privilegio en el que se basa la autoridad y el poder de la Iglesia romana. Escribió que no aceptaba las sentencias condenatorias de Gregorio. Y no contento con no observar la sentencia de su excomunión, despreciando el poder de las llaves, coaccionaba a los demás, personalmente o por legados, para que tampoco observasen ni la misma sentencia, ni cualquier otra pena de excomunión...
Así pues, tras haber deliberado con nuestros hermanos y con el santo concilio sobre los criminales abusos ya mencionados y muchos más, puesto que ocupamos, sin ningún mérito, el lugar de Jesucristo en la tierra y se nos ha dicho en la persona del bienaventurado apóstol Pedro: Todo lo que atares en la tierra... [Yo te daré las llaves del reino de los cielos; y lo que ates en la tierra, será atado en los cielos; y lo que desates en la tierra, será desatado en los cielos.[…]Mateo 16:19], al mencionado príncipe que se ha hecho tan indigno del Imperio, de los reinos y de todo honor y dignidad, que por sus iniquidades ha sido arrojado por Dios del Reino y del Imperio, lo declaramos y denunciamos atado a sus pecados y privado por Dios de todo honor y dignidad y además le privamos por condenación.'
(11. Wolter y H. Holstein, Lyón I y II [«Historia de los concilios ecuménicos 71, Eset, Vitoria, 1979, páginas 305-313.)
La respuesta de Federico II contra la sentencia de deposición fue la siguiente:
'Por más que profesamos abiertamente, como nos lo exige el deber hacia la Fe católica, que el Señor ha conferido al obispo de la santa Iglesia romana picos poderes en lo espiritual, por muy pecador que sea (lo cual Dios no quiera), de forma que cuanto atare sobre la tierra queda atado en el cielo, y cuanto desatare sobre la tierra queda desatado en el cielo (Yo te daré las llaves del reino de los cielos; y lo que ates en la tierra, será atado en los cielos; y lo que desates en la tierra, será desatado en los cielos.[…]Mateo 16:19), no hemos encontrado jamás que ninguna ley divina o humana le haya concedido el derecho de transferir los reinos a su capricho o de juzgar a los reyes o príncipes de la tierra en cosas temporales castigándolos con la privación de sus reinos. Pues, aunque por derecho y costumbre de los antepasados le pertenezca nuestra consagración, no le corresponde la privación o remoción en mayor medida que a los obispos de los reinos, que según costumbre consagran y ungen a sus reyes.
Admitamos que tenga tal poder, ¿entra dentro de esa plenitud de poder el atacar a cualquiera de sus súbditos sin observar el orden del derecho o el derecho del orden? En efecto, últimamente ha procedido contra nosotros no por acusación, pues no se presentó ningún acusador válido ni precedió la inscripción; ni por denuncia, ya que faltó el legítimo denunciante; ni en forma de proceso, puesto que ni se ha presentado ninguna querella judicial, ni conocemos haya existido verdadero juez, a no ser que hubiera actuado en secreto.
Asegura que todo debe ser considerado como notorio; ahora bien, nosotros negamos abiertamente que los hechos sean notorios; además no han sido probados como notorios por el número de testigos que exige la ley. De esta forma, cualquier juez, despreciando las reglas del derecho, podría condenar a quien él quisiera, asegurando únicamente que el crimen era notorio [...]
En cuanto a las penas espirituales que nos imponen las penitencias prescritas por los sacerdotes, bien por el desprecio al poder de las llaves, bien por cualquier pecado cometido por fragilidad humana, las aceptamos con respeto, las observamos con devoción, provengan del soberano pontífice (al que reconocemos en el campo espiritual como señor y padre, si él nos trata debidamente como hijo) o de cualquier otro sacerdote.
Todo esto demuestra claramente que ha obrado más por ultrajarnos que por hacernos justicia, al sospechar de nuestra fe católica, que (el soberano juez es testigo) creemos firmemente y defendemos en todos y cada uno de sus artículos según el magisterio de la Iglesia universal y el símbolo aprobado por la Iglesia romana.
Que Vuestra Prudencia tome sus precauciones: ¿deberán ser observadas esta sentencia y este proceso, judicialmente nulos, que terminarán arruinando a todos los reyes, príncipes y dignatarios temporales cuando ningún príncipe de Alemania, de los que depende nuestra elevación al trono y nuestra deposición, los han confirmado con su presencia o con su voto? Que Vuestra Prudencia considere a qué fin pueden conducir estos principios [...j
Se ha comenzado por nosotros; pero estad seguros de que se terminará en otros reyes y príncipes, pues nuestros enemigos se vanaglorian de no temer a ninguna otra fuerza si logran, lo que Dios no quiera, aniquilar nuestro poder. Defended la justicia de vuestra causa, defendiendo la nuestra; velad por el futuro de nuestros sucesores y los vuestros.'
(H. Wolter y H. Holstein, Lyón I y II [«Historia de los concilios ecuménicos» 7], Eset, Vitoria, 1979, páginas 313-315.)
Mapa de Italia central y meridional en el siglo XIII
Mapa de Italia central y meridional en el siglo XIII
Progreso de la disputa entre el papa y el emperador.
Al emperador no le fue permitido dar respuesta. Dirigió una carta a los príncipes cristianos para remediar la condición secularizada de la Iglesia, obligando a los clérigos, especialmente a los altos prelados, al estado apostólico de pobreza e imitación de la humildad de su Señor. El papa también apeló a los príncipes, pero fue más allá de acusaciones personales, para desarrollar las teorías del sometimiento del poder secular al poder espiritual, tal como habían sido sostenidas desde Gregorio VII hasta Inocencio III. En ambos lados el acaloramiento alcanzó su apogeo. Los dominicos y franciscanos se manifestaron celosos predicadores de una cruzada contra un emperador hereje, a la cual se le otorgarían los mismos privilegios que a los que peleaban por Tierra Santa. Inocencio rechazó dos veces (noviembre de 1245 y mayo de 1246) la mediación de Luis IX de Francia, apoyando en Sicilia una conspiración aristocrática que quería asesinar al emperador. En Alemania buscó el apoyo de tres arzobispos renanos para convocar una nueva elección. El 21 de abril de 1246 exhortó a los electores a que designaran a Enrique Raspe, landgrave de Turingia, quien el 22 de mayo fue elegido por los tres arzobispos, cuatro obispos y varios caballeros y condes. Pero la mayoría, con las ciudades imperiales, se adhirieron al emperador y el 17 de febrero de 1247 el 'rey de los sacerdotes' acabó ignominiosamente. Inocencio buscó un sucesor, pero no tuvo éxito hasta que en octubre el conde William de Holanda, un joven de veinte años, fue elegido por los magnates seculares y eclesiásticos de las provincias del Rin, siendo coronado el 1 de noviembre de 1248 en Aachen, si bien su poder no era sentido más allá de Maguncia. Federico parecía tener al principio el control de la Italia septentrional, al ocupar una gran parte de los Estados de la Iglesia, el ducado de Espoleto y la marca de Ancona, mientras que el rey Enzio y Ezzelino da Romano apoyaban su causa en Lombardía. Además en el mismo momento de su destitución se le unió Venecia y el condado de Saboya, cuya adhesión le dio dominio sobre los pasos alpinos, planificando marchar sobre Lyón y obligar al papa a rendirse. Pero la situación cambió, ante el empuje de los partidarios de Inocencio que ganaron la plaza de Parma el 16 de junio de 1247, lugar de considerable valor estratégico. Esta localidad se convirtió en el escenario central de la batalla, cambiando la fortuna de Federico de signo cuando sus fuerzas fueron derrotadas con grandes pérdidas el 18 de febrero de 1248. Inocencio, entonces, redobló sus esfuerzos para obtener el mando de Sicilia, aunque sin éxito. Al cardenal Octaviano le fue mejor en Romaña sufriendo Federico un gran golpe con la captura de su hijo predilecto, Enzio, a manos de los boloñeses el 26 de mayo de 1249. Cuando se hallaba planificando nuevas estrategias para la guerra le sorprendió la muerte el 13 de diciembre de 1250.

Conrado IV, sello del siglo XIV;Bayerisches National Museum, Munich
Conrado IV, sello del siglo XIV;
Bayerisches National Museum, Munich
Conrado IV.
Inocencio se propuso ahora aplastar al heredero de su antiguo enemigo. Tras diseñar un plan con Guillermo de Holanda, Inocencio dejó finalmente Lyón el 19 de abril de 1251, llegando a Perugia y pasando por la Lombardía. Nápoles y Capua se pusieron de su lado, pero el joven Manfredo logró articular un movimiento en el sur con el resultado de que Conrado recuperó las ciudades que le habían abandonado. Inocencio buscó nuevos aliados, pero Ricardo de Cornualles, a quien le ofreció la corona de Sicilia, se negó, oponiéndose los cardenales franceses al proyecto. Carlos de Anjou fue considerado como candidato, pero sin resultado. Finalmente Enrique III de Inglaterra aceptó la corona para su hijo menor Edmundo. Incluso Roma fue amenazada por la victoria de Conrado en Nápoles. Inocencio rechazó recibir a sus enviados y comenzó a maquinar cómo acusarle de oprimir al clero, favorecer a los herejes y asesinato. La muerte vino otra vez en ayuda de Inocencio, pues en el invierno de 1253-54 Conrado perdió a su suegro Otto de Baviera, a su sobrino Federico y a su hermanastro Enrique de Sicilia, muriendo Conrado mismo el 20 de mayo de 1254, encomendando a su hijo de dos años a la guardia del papa. Inocencio se sintió ahora seguro de su posición sobre Sicilia y Manfredo, debilitado por la traición entre sus ayudantes, nada consiguió sino una sumisión nominal. El 20 de octubre de 1254 Inocencio tomaba posesión de Sicilia y Calabria. Pero Manfredo escapó de pronto a Luceria, poniéndose a la cabeza de sus fieles sarracenos. La obra de la vida del papa, que estaba casi a punto de completarse, estaba una vez más en peligro. El 2 de diciembre Manfredo capturó Foggia, huyendo el legado papal y su ejército sin disparar una flecha. Las nuevas de este desastre llegaron a Inocencio en su lecho de enfermedad, amargando sus últimas horas.

Luis IX, detalle de Ordonnances de l'Hotel du Roi,finales del siglo XIII; Archives Nationales, París
Luis IX, detalle de Ordonnances de l'Hotel du Roi,
finales del siglo XIII; Archives Nationales, París
Relaciones de Inocencio con Francia e Inglaterra.
Las relaciones de Inocencio con Francia estuvieron presididas por su deseo de poner un contrapeso al emperador y por la diligente voluntad de Luis IX para liberar Tierra Santa. Esto explica los esfuerzos de Luis por hacer la paz en 1244 y la actitud neutral que asumió en el conflicto que vino a continuación. Pero la curia interfirió en los asuntos nacionales, hostigando a los nobles franceses hasta el punto de que algunos de ellos apoyaron al emperador tras su destitución por el concilio. El odio ciego de Inocencio hacia Federico provocó el fracaso de la cruzada de 1248, siendo abiertamente acusado de ello por los hermanos del rey y los condes de Anjou y Poitou, quienes le amenazaron con expulsarlo de Lyón si no llegaba a un acuerdo con Federico. Las relaciones entre Francia y la curia se hicieron más amistosas cuando Carlos de Anjou fue propuesto como candidato para la corona de Sicilia. Inglaterra también era considerada por Inocencio como una abundante fuente de recursos para su guerra con el emperador, apareciendo su legado en la isla con el propósito de recolectar diez mil marcos. Cuando Federico aconsejó al rey que se negara al ilegal tributo se despachó al legado, explicando el rey que la curia había tomado anualmente sesenta mil marcos de Inglaterra, más que lo que él mismo recibía. Apoyado por el sínodo de Winchester de diciembre de 1245, Enrique se negó a pagar, aunque la amenaza de un entredicho hizo flaquear a los prelados. En lo referente a Portugal, Inocencio absolvió a los súbditos de Sancho II de lealtad debida por no querer abandonar su disoluta vida, transfiriendo la corona a su hermano Alonso.