Historia

IRENEO DE LYÓN († 190)

Ireneo de Lyón es el más importante testigo de la tradición eclesiástica anterior a Eusebio. Procedía de Asia Menor, estando ligado en muchas maneras a la Iglesia de la Galia hasta su muerte que aconteció después del año 190. Poco se sabe de su vida hasta el año 177, en el que los confesores encarcelados de Lyón le escogieron para que llevara una carta a Eleuterio de Roma sobre la controversia montanista. El hecho de que los confesores le llamaran no sólo su hermano sino también su 'compañero', es una reminiscencia de Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino y en la perseverancia en Jesús, me encontraba en la isla llamada Patmos, a causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús.[…]Apocalipsis 1:9, pero además una indicación de que Ireneo también sufrió la persecución, pudiendo ser su elección como portador de la carta una manera de preservar por parte de ellos su valiosa vida. Probablemente a esas alturas Ireneo ya había sido presbítero de la iglesia en Lyón durante varios años, pues inmediatamente que volvió de Roma fue designado obispo para suceder a Fotino, quien había muerto durante la persecución. En esa posición escribió su obra hacia el año 185 y envió una carta a Víctor de Roma, quien había roto la comunión con las iglesias de Asia Menor por causa de la disparidad en la fecha de la Pascua. De sus últimos años de vida no se tiene más noticia. Jerónimo es el primero en mencionarle como mártir y sólo de manera incidental, aunque Tertuliano, Hipólito y Eusebio no dicen nada sobre ese extremo.

La Iglesia en la época de Ireneo
La Iglesia en la época de Ireneo

Su principal obra literaria se titula Contra herejes que consiste de cinco libros, existiendo una versión completa en latín y grandes extractos en griego en Epifanio, numerosas pequeñas citas en otros escritores y considerables porciones no reconocidas en la Refutación de Hipólito. El origen de la obra se debe a la posición eclesiástica que Ireneo tenía en Lyón. Algunos discípulos de Marcos, que había estado en la escuela de Valentín, habían llegado a la región del Ródano, siendo perturbada la iglesia de esa zona por los escritos de Florino, el presbítero romano que había abrazado las enseñanzas de Valentín. Ante la solicitud de parte de un colega y amigo para que escribiera algo que le ayudara a refutar las nuevas enseñanzas, Ireneo se puso manos a la obra. Aunque estaba destinada para un amplio círculo de lectores, la escribió sustancialmente para sus hermanos en la fe, ocupando la discusión de las doctrinas de Valentín buena parte de la obra, pero tratando también a Simón el Mago o a Marción, de manera que Ireneo es un enemigo declarado de las enseñanzas gnósticas que por aquel tiempo hacían furor en todas partes. Aparte de esta obra capital, Ireneo escribió otros tratados de los cuales solo han perdurado fragmentos aislados. No hizo alarde de conocimientos seculares, declinando ser maestro de la 'filosofía bárbara', como otros apologistas hicieron, desde Arístides a Clemente de Alejandría, pero los sobrepasa a todos ellos en claridad de exposición, solidez de juicio y agudeza de percepción, siendo de hecho el primer escritor del periodo post-apostólico que merece llevar el nombre de teólogo. En teología pura está por encima de Atanasio y Cirilo y sólo puede ser comparado con Orígenes y Agustín. La seguridad equilibrada de su actitud también es encomiable. Cuando los campesinos frigios perturbaron la escena en sus primeros años con sus fanáticas profecías y su predicación de una sombría penitencia, Ireneo no perdió la cabeza. En unión con la iglesia de Lyón y sus confesores exhortó a Eleuterio a que no condenara un movimiento que se entroncaba con la Iglesia apostólica y su valiosa herencia. Cuando los alogos, en oposición al montanismo, quisieron expulsar de la Iglesia la profecía y el Apocalipsis con ella, se encontraron con la oposición de Ireneo, aunque él no era un montanista. De nuevo en su juicio sobre la política pagana no abandonó la línea establecida por Cristo y Pablo y seguida por Juan en el Apocalipsis, en el sentido de que el Imperio Romano no es más Anticristo que el mundo, perteneciendo la carne al diablo. Como eclesiástico también está a gran altura, igual que como teólogo. Aunque sus sermones se han perdido, perduraron durante ciento cincuenta años después de su muerte y muestran que merece un lugar prominente entre los predicadores más grandes del periodo antiguo. Aprendió la lengua celta, a fin de alcanzar con el mensaje cristiano a los paganos de la Galia, lo cual le otorga un lugar en la obra misionera. Su evidente amor por la iglesia de su país natal no le cegó a la significación especial que la iglesia de Roma tenía por causa de su posición y de la historia de la ciudad. En la controversia sobre la fecha de la Pascua, aunque abandonó la posición que había recibido en sus primeros años de las iglesias de Asia Menor, se opuso firmemente a la pretensión de Víctor de Roma de imponer su criterio sobre todas las demás iglesias. La unidad de la Iglesia es compatible para él con la libertad y la diversidad en costumbres y con la independencia mutua de los distintos cuerpos eclesiásticos que componen la Iglesia universal. Tras la perversión doctrinal de los gnósticos vio otro gran peligro en la rigidez de una unidad compulsiva, manifestada en las actitudes de algunos cuartodecímanos y en la del obispo de Roma. Su influencia sobre el desarrollo de la Iglesia fue más grande que la de probablemente cualquier otro maestro cristiano de los dos primeros siglos más allá de la edad apostólica, trabajando para proteger a la Iglesia primero contra el ataque gnóstico, luego contra la estrechez mental y el fanatismo y finalmente contra las pretensiones de dominio de Roma.

El siguiente pasaje procede de su obra Contra las herejías, I, 22, 1:

'Nosotros nos atenemos al canon de la verdad, a saber, que hay un solo Dios todopoderoso, quien por su Verbo creó todas las cosas, y las dispuso, haciéndolas de la nada, para que existieran. Así lo dice la Escritura: Por la Palabra del Señor fueron establecidos los cielos, y por el aliento de su boca todas las potestades que hay en ellos (Por eso, que todo santo ore a ti en el tiempo en que puedas ser hallado; ciertamente, en la inundación de muchas aguas, no llegarán éstas a él.[…]Salmos 32:6). Y en otra parte: Todas las cosas fueron hechas por su Palabra; sin ella nada se hizo (Todas las cosas fueron hechas por medio de El, y sin El nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.[…]Juan 1:3). Al decir todas las cosas, nada queda excluido. Todo lo hizo el Padre por sí mismo, lo visible y lo invisible, lo sensible y lo inteligible, lo temporal y lo perdurable (...) todo esto no por medio de ángeles o de ciertos poderes independientemente de su voluntad, pues Dios no tiene necesidad de nada de eso, sino que hizo todas las cosas por su Verbo y por su Espíritu, disponiéndolas y gobernándolas y dándoles la existencia.'
Mapa de los Padres de la Iglesia - Ireneo de Lyón