Historia
ISABEL I DE INGLATERRA (1533-1603)
- Introducción
- Infancia
- Posición bajo Eduardo VI y María
- Ascensión al trono
- La mujer gobierna en un mundo patriarcal
- Cuestiones religiosas y el destino de María, reina de los escoceses
- La imagen de la reina

Apodada la reina virgen, su reinado en Inglaterra cubrió un periodo que abarcó desde el año 1558 hasta su muerte, denominándose época isabelina, en el que Inglaterra se afianzó como una gran potencia europea en la política, el comercio y las artes. Aunque su pequeño reino estaba amenazado por graves divisiones internas, la combinación en su personalidad de prudencia, valor y majestad, inspiraron ardientes afectos de lealtad y ayudaron a unificar la nación frente a enemigos extranjeros. La adulación que le fue conferida en vida y tras su muerte, no siempre fue una efusión espontánea sino el resultado de una cuidadosa campaña brillantemente ejecutada, en la que la reina destacaba como el símbolo rutilante del destino de la nación. Este simbolismo político, común a las monarquías, tenía más sustancia de lo usual, pues la reina no era meramente una figura decorativa. Aunque no detentó el poder absoluto con el que los gobernantes renacentistas soñaron, ejerció su autoridad tenazmente, tomando decisiones críticas que definieron las políticas del Estado y la Iglesia. La segunda mitad del siglo XVI en Inglaterra es justamente llamada la época isabelina, pues raramente en la vida colectiva de una era ha quedado tan grabado un sello tan distintivamente personal.
Infancia.
Los primeros años de Isabel no fueron prometedores. Nació en el palacio de Greenwich, siendo la hija de Enrique VIII y de su segunda esposa Ana Bolena. Enrique había desafiado al papa, apartando a Inglaterra de la autoridad de la Iglesia de Roma a fin de disolver su matrimonio con su primera esposa, Catalina de Aragón, quien le había dado una hija, María. Como el rey esperaba ardientemente que Ana le diera un heredero varón que fuera la clave para la estabilidad sucesoria, tuvo una amarga decepción al nacer otra niña, lo que dejaba en una peligrosa debilidad a la nueva reina. Antes de que Isabel cumpliera tres años su padre había mandado decapitar a su madre, acusándola de adulterio y traición. Más aún, a instigación de Enrique el parlamento declaró su matrimonio con Ana Bolena inválido desde el principio, lo que hacía que Isabel fuera hija ilegítima, algo que los católicos afirmaban desde el principio. (Aparentemente el rey permaneció impertérrito ante la inconsistencia de invalidar su matrimonio y acusar a su esposa de adulterio). El impacto emocional de esos sucesos en la niña, que había sido criada en una hacienda separada en Hatfield, no se conoce, presumiblemente porque nadie pensó que merecía la pena registrarlo. Lo que destacaba era su precoz seriedad, de manera que con seis años de edad parecía que tenía cuarenta.

Cuando la tercera esposa de Enrique, Jane Seymour, dio a luz en 1537 un hijo, Eduardo, Isabel fue desplazada todavía más a un segundo plano, pero sin ser abandonada. A pesar de su capacidad para la crueldad monstruosa, Enrique VIII trató a todos sus hijos con afecto, estando presente Isabel en ocasiones ceremoniales y siendo declarada la tercera en línea de sucesión al trono. Pasó mucho tiempo con su hermanastro Eduardo y a partir de los diez años tuvo la amorosa atención de su madrastra, Catalina Parr, la sexta y última esposa de su padre. Bajo una serie de distinguidos tutores, de los cuales el mejor conocido es el humanista de Cambridge, Roger Ascham, Isabel recibió la rigurosa educación reservada normalmente a los herederos varones, consistiendo de un curso de estudios centrado en lenguas clásicas, historia, retórica y filosofía moral. 'Su mente no tiene debilidad femenina', escribió Ascham bajo el inconsciente sexismo de su época. 'Su perseverancia es igual a la de un hombre y su memoria retiene lo que rápidamente recibe.' Además de griego y latín podía hablar fluidamente en francés e italiano, logros de los cuales estaba orgullosa y que en los años posteriores le serían muy útiles en la diplomacia. Sumergida en el saber secular renacentista, la inteligente princesa también estudió teología, entrando en contacto con los principios del protestantismo inglés en su periodo formativo. Su asociación con la Reforma es decisiva, pues modeló el curso futuro de la nación, aunque no parece haber sido una pasión personal, a tenor del testimonio de observadores que precisan su fascinación por las lenguas más que por el dogma religioso.
Posición bajo Eduardo VI y María.
Con la muerte de su padre en 1547 y la ascensión al trono de su frágil hermanastro de diez años Eduardo, la vida de Isabel tomó un giro peligroso. Su protectora, la viuda Catalina Parr, se casó casi inmediatamente con Thomas Seymour, el gran lord almirante. Apuesto, ambicioso e insatisfecho, Seymour comenzó a maquinar contra su poderoso hermano mayor, Edward Seymour, protector del reino durante la minoría de edad de Eduardo VI. En enero de 1549, poco después de la muerte de Catalina Parr, Thomas Seymour fue arrestado por traición y acusado de tramar casarse con Isabel para hacerse con el reino. Repetidos interrogatorios de Isabel y sus criados dieron por probado que ya en vida de su esposa, Seymour había flirteado e incluso usado maneras familiares hacia la joven princesa. Bajo un humillante y estrecho cuestionamiento, Isabel fue extraordinariamente circunspecta y comedida. Cuando se le dijo que Seymour había sido decapitado no mostró ninguna emoción.

de Sir Anthony More, 1554;
en el Prado, Madrid
Muchos protestantes y católicos asumieron que su posición era fingida, pero Isabel se las arregló para guardar sus convicciones íntimas para sí misma, permaneciendo en religión como en otras cosas con un halo de misterio. Hay en Isabel una continua brecha entre una deslumbrante superficie y una interioridad escondida. Hubo observadores tentados a creer que lo que ellos pensaban era una vislumbre de su interior, pero pronto descubrían que solo habían visto otra faceta de la superficie. Todo en la primera etapa de la vida de Isabel le enseñó a poner cuidado sobre cómo mostrarse a sí misma y cómo ser percibida por otros. Esa lección la aprendió muy bien.

Ilustración de 'Cassell's Illustrated History of England'
A la muerte de María el 17 de noviembre de 1558, Isabel ascendió al trono entre repiques de campanas, fuegos artificiales, demostraciones patrióticas y otras señales de alegría pública. Su entrada en Londres y la gran procesión de coronación fueron piezas maestras de política cortesana. Un observador entusiasta escribió al respecto: 'Si alguna vez alguien había tenido el don o el estilo de ganarse el corazón del pueblo, fue esta reina y si alguna vez ella expresó reciprocidad fue en ese momento, balanceando mansedumbre con majestad, siendo capaz de rebajarse de su estatus real para poder relacionarse con personas comunes'. Los más pequeños gestos de Isabel fueron mirados con lupa, comos señales de la política y el tono del nuevo gobierno. Cuando un anciano en la multitud dio la espalda a la nueva reina y lloró, Isabel exclamó confiadamente que lo hizo de alegría; cuando una muchacha en una alegórica ceremonia le presentó una Biblia en inglés, prohibida bajo el reinado de María, besó el libro y lo tomó reverentemente, poniéndolo sobre su pecho; cuando el abad y los monjes de la abadía de Westminster se acercaron a saludarla con velas en sus manos a la luz del día, ella los rechazó con las palabras: '¡Fuera con estas antorchas! podemos ver suficiente'. Los espectadores tuvieron de esa manera por seguro que bajo Isabel, Inglaterra había vuelto, cauta pero decisivamente, a la Reforma.
Las primeras semanas de su reinado no estuvieron exentas de gestos simbólicos y ceremonial público. La reina comenzó a formar su gobierno y a emitir proclamas. Redujo el tamaño de su consejo privado, en parte para excluir a algunos de los miembros católicos y en parte para darle más eficacia a su cuerpo de consejeros. Comenzó a reestructurar la enorme casa real, equilibrando cuidadosamente la necesidad de una continuidad administrativa y judicial con el deseo de cambio, reuniendo a una serie de consejeros de confianza y experimentados, como William Cecil, Nicholas Bacon, Francis Walsingham y Nicholas Throckmorton. Principal entre ellos era Cecil (después Lord Burghley), a quien Isabel designó como su principal secretario de estado en la mañana de su ascenso y quien le serviría, primero en este cargo y desde 1571 como tesorero, con destacada sagacidad y habilidad durante cuarenta años.

En los últimos años del reinado de María, el predicador calvinista escocés John Knox escribió su The First Blast of the Trumpet Against the Monstruous Regiment of Women en el que decía que 'Dios había revelado a algunos en esta nuestra edad que es más que una monstruosidad de la naturaleza que una mujer reine y ejerza el dominio por encima del hombre.' Pero con la ascensión de la protestante Isabel la trompeta de Knox se quedó muda, si bien quedó la convicción extendida y reforzada por la costumbre y la enseñanza de que mientras que los hombres estaban naturalmente dotados con autoridad, las mujeres eran temperal, intelectual y moralmente inapropiadas para gobernar. Los hombres se contemplaban a sí mismos como seres racionales, considerando a las mujeres como criaturas dominadas por el impulso y la pasión. Los nobles varones eran preparados para la elocuencia y las artes de guerra, mientras que las mujeres nobles debían guardar silencio y atender a su tarea doméstica. En los hombres de las clases elevadas una voluntad de dominio era admirada o al menos asumida; en las mujeres era un peligro o algo grotesco.
Los defensores de la reina afirmaban que siempre había habido grandes excepciones, tal como la bíblica Débora, la profetisa que juzgó a Israel. Los abogados de la corona elaboraron una teoría legal mística conocida como 'los dos cuerpos del monarca'. Cuando Isabel ascendió al trono, según esta teoría, el cuerpo entero de la reina fue profundamente alterado: su 'cuerpo natural' mortal fue desposado con un 'cuerpo político' inmortal. 'Yo sólo soy un cuerpo, naturalmente considerado,' declaró Isabel en su discurso de entronización, 'aunque por el permiso [de Dios] un cuerpo político para gobernar.' Su cuerpo de carne estaba sujeto a las imperfecciones de todos los seres humanos (incluyendo los específicos de su feminidad), pero el cuerpo político era intemporal y perfecto. De ahí que el género de la reina no era una amenaza para la estabilidad y gloria de la nación.

Ilustración de Cassell's Illustrated History of England
El culto de Isabel, como reina virgen que la desposó con su reino, fue una creación gradual que se fue desvelando a lo largo de los años, pero sus raíces pueden vislumbrarse allá por 1555. En ese tiempo, según un informe que llegó a la corte francesa, la reina María había propuesto casar a su hermanastra con el duque católico de Savoy; la normalmente cauta e impasible Isabel rompió en lágrimas, declarando que no tenía voluntad por ningún hombre. Otros candidatos fueron propuestos y firmemente rechazados. Pero en este vulnerable periodo de su vida había razones obvias para que Isabel esperara el momento oportuno y mantuviera las opciones abiertas. Nadie, ni la princesa misma, tomaba muy en serio su profesado deseo de permanecer soltera. Cuando fue reina las especulaciones sobre un candidato se dispararon inmediatamente, convirtiéndose las opciones en un asunto de interés nacional. Más allá de la convicción general de que el papel apropiado para una mujer era el de esposa, las apuestas diplomáticas y dinásticas en el proyecto matrimonial real eran muy altas. Si Isabel moría sin hijos, la línea Tudor se extinguiría. La heredera más cercana era María, reina de los escoceses, la nieta de Margarita, hermana de Enrique VIII. María, una católica cuya aspiración era apoyada por Francia y otros poderosos Estados católicos, era vista por los protestantes como una pesadilla amenazante que podría ser evitada si Isabel tenía un heredero protestante.
El matrimonio de la reina era crítico, no sólo por la cuestión de la sucesión sino también por la enmarañada red diplomática internacional. Inglaterra, aislada y militarmente débil, estaba necesitada de las grandes alianzas que un matrimonio ventajoso podía otorgar. Importantes candidatos se presentaron: Felipe II de España, que esperaba renovar el vínculo entre la católica España e Inglaterra; el archiduque Carlos de Austria; Eirk XIV, rey de Suecia; Enrique, duque de Anjou y más tarde rey de Francia; Francisco, duque de Alençon y otros. Muchos estudiosos piensan que es improbable que Isabel se tomara seriamente a alguno de estos aspirantes, pues los peligros siempre pesaban más que los posibles beneficios, por lo que hábilmente fue demorando las negociaciones de matrimonio durante meses e incluso años, pareciendo en un momento que iba a aceptar, para posteriormente hacer voto de virginidad perpetua. 'Es una princesa' dijo el embajador francés, 'que puede interpretar cualquier papel que le plazca.'

Ilustración de Cassell's Illustrated History of England
Probablemente en el centro de la decisión de Isabel de permanecer soltera había un inconsciente compromiso con el poder. Sir Robert Naunton dijo que la reina ásperamente le dijo a Leicester en una ocasión, cuando le insistía por un favor: 'Aquí soy nada más que una amante y no una reina.' Para sus ministros ella era firmemente leal, estimulando su sincero consejo y sopesando sus advertencias, pero nunca cedía su autoridad final ni siquiera a los más confiables. Aunque recibía pacientemente peticiones y escuchaba consejos, celosamente retenía su poder para hacer la decisión final en cualquier crucial asunto de Estado. Consejos no solicitados podían ser peligrosos, como cuando en 1579 se publicó un panfleto denunciando vehementemente la proposición de matrimonio de la reina con el duque de Alençon, siendo su autor John Stubbs y su editor William Page arrestados y cortadas sus manos derechas.
Las actuaciones de Isabel, sus demostraciones de encaprichamiento y su aparente inclinación a casarse con el pretendiente de turno, a veces convencieron incluso a cercanos consejeros, de manera que el nivel de intriga y ansiedad, siempre elevado en las cortes reales, subió hasta niveles enfermizos. Pero lejos de intentar relajar la ansiedad, la reina parecía modelarla y usarla, pues era experta manipulando facciones. Esta habilidad se extendía más allá de las negociaciones de matrimonio, siendo una de las señales de su gobierno. Un poderoso noble sería inducido a creer que tenía una influencia única sobre la reina, sólo para descubrir que un odiado rival había llegado a la misma conclusión. Una lluvia dorada de favores reales -supuestas intimidades, honores públicos, otorgamiento de tierras y monopolios- darían paso a un distanciamiento regio o, peor aún, una ira regia. La ira de la reina se manifestaba especialmente ante cualquier desafío a su prerrogativa (cuyo alcance astutamente había dejado sin definir) y por cualquier señal de independencia. La atmósfera cortesana de vivacidad, ingenio y romance, se enfriaba súbitamente y la conducta de la reina, como señaló su ahijado Sir John Harington 'no deja dudas de quién es hija.' Esta identificación de Isabel con su padre y particularmente su capacidad para la ira es algo que ella misma, que nunca hizo mención de su madre, reconoció con frecuencia.


Isabel restauró el protestantismo en Inglaterra. El Acta de Supremacía, aprobada por el Parlamento en 1559, revivió los estatutos antipapales de Enrique VIII y declaró a la reina gobernadora suprema de la iglesia, mientras que el Acta de Uniformidad establecía una segunda versión, ligeramente modificada, del Libro de Oración de Eduardo VI como orden litúrgico oficial de adoración. El gobierno de Isabel se movió, cauta pero firmemente, para transferir esas reformas estructurales y litúrgicas desde los libros a las parroquias locales por todo el reino. A los sacerdotes, oficiales y hombres que se graduaban en la universidad se les exigía un juramento a la supremacía real si no querían perder sus posiciones; faltar a la iglesia en domingo estaba castigado con multa y los comisionados reales hacían que la conformidad doctrinal y litúrgica fuera una realidad. Muchos de los nobles y de la burguesía, junto con una mayoría del pueblo, permanecieron leales a la antigua fe, pero todas las posiciones claves en el gobierno y la iglesia estaban desempeñadas por protestantes, que mediante el patrocinio, presión y propaganda, incluyendo amenazas, aseguraban una observancia exterior de las resoluciones religiosas.
Pero para los protestantes militantes, incluyendo los exiliados durante el reinado de María que volvieron a Inglaterra desde la calvinista Ginebra y otros centros del continente, esas medidas les aparecían pusilánimes e inadecuadas. Querían una drástica reforma eclesiástica, purgando los elementos residuales de catolicismo en el libro de oración y ritual, y una vigorosa investigación y persecución de los que se negaran. Esas demandas repugnaban a la reina. Ella creía que las reformas realizadas eran suficientes y que cualquier agitación añadida provocaría desorden público, un ansia peligrosa por la novedad y una erosión de la lealtad a la autoridad establecida. Isabel, además, no tenía interés en probar las convicciones internas de sus súbditos, bastándole la uniformidad y obediencia pública y dejando las creencias privadas al interior de cada uno. Esta política era consistente con su propia estrategia de supervivencia, su profundo conservadurismo y su desapego personal por el fervor evangélico. Cuando en 1576 el arzobispo de Canterbury, Edmund Grindal, rechazó las órdenes de la reina de suprimir ciertos ejercicios educativos reformistas, llamados "prophesyings", Grindal fue suspendido de sus funciones perpetuamente. Tras la muerte de Grindal, Isabel escogió un sucesor, el arzobispo Whitgift, que vigorosamente impulsó la política eclesiástica de la reina y una despiadada hostilidad a las reformas puritanas.
Si el establecimiento religioso de Isabel estuvo amenazado por los protestantes disidentes, lo fue igualmente por la recalcitrante oposición de los católicos ingleses. Al principio esta oposición parecía pasiva, pero una serie de crisis mostraron su potencial peligro de convertirse en una amenaza fatal. En 1569 una rebelión de aristócratas feudales y sus seguidores en el norte de Inglaterra fue derrotada por una fuerza militar, mientras que en 1571 los informadores y espías de la reina descubrieron una conspiración internacional contra su vida. Ambas amenazas estaban relacionadas, al menos indirectamente, con María, reina de los escoceses, que había sido expulsada de su propio reino en 1568 y había buscado refugio en Inglaterra. La presencia de la mujer que la Iglesia católica consideraba la legítima reina de Inglaterra creaba un serio problema político y diplomático a Isabel, exacerbado por la incansable ambición de María y su tendencia a la conspiración. Isabel juzgó que era demasiado peligroso dejar que María saliera del país, pero al mismo tiempo rechazó firmemente el consejo del parlamento y de muchos consejeros de que fuera ejecutada, permaneciendo como una cautiva, a la vez inquietante, malevolente y patética.

durante el reinado de Isabel I
El efecto inmediato fue que la vida se hizo más difícil para los católicos ingleses, que fueron objeto de sospecha, incrementándose grandemente en 1572 cuando llegaron las noticias a Inglaterra de la Matanza de San Bartolomé en Francia. La tensión y la persecución aumentó a causa de las actividades clandestinas misioneras de los jesuitas, entrenados en el continente y que habían entrado en Inglaterra. Isabel estaba presionada para implicarse más en la batalla continental entre católicos y protestantes, particularmente ayudando a los rebeldes que luchaban contra los ejércitos españoles en los Países Bajos. Pero ella era reacia a hacerlo, en parte porque detestaba la rebelión, aunque fuera en nombre del protestantismo, y en parte porque detestaba los gastos. Tras vacilaciones, que hicieron desesperar a sus consejeros, acordó proporcionar algunos fondos y en 1585 enviar una pequeña fuerza expedicionaria a los Países Bajos.

d'Escosse, douairiere de France, de Adam Blackwood, 1589
Los temores de un intento de asesinato contra Isabel se incrementaron cuando el papa Gregorio XIII proclamó en 1580 que sería sin pecado el que quitara de en medio a una hereje tan miserable. En 1584 otro gran dirigente protestante de Europa, Guillermo de Orange, sería asesinado. Isabel misma no mostraba signos de preocupación, pero la ansiedad de la élite gobernante era intensa. En una oscura atmósfera de intriga, tortura y ejecución de jesuitas, con rumores de planes extranjeros para matar a la reina e invadir Inglaterra, el consejo privado de Isabel elaboró un documento por el que se pedía a sus signatarios que, en caso de atentado contra Isabel, mataran no sólo a los asesinos sino también a quien aspirara al trono en cuyo interés se hubiera cometido el atentado. El documento estaba claramente elaborado a causa de María, a quien los espías del gobierno, bajo la dirección de Sir Francis Walsingham, habían descubierto implicada en maquinaciones contra la vida de la reina. Cuando los hombres de Walsingham descubrieron la conspiración de Babington, otro plan para matar a Isabel, la infeliz reina de los escoceses fue condenada al interceptarse su correspondencia secreta y demostrarse su implicación en la trama. María fue juzgada y sentenciada a muerte. El parlamento solicitó que la sentencia fuera cumplida sin retraso. Durante tres meses la reina dudó, firmando la sentencia finalmente. Cuando le llegaron las noticias de que el 8 de febrero de 1587 María había sido decapitada, Isabel respondió con una demostración de lamento y furia. Al hijo de María, Jacobo VI de Escocia, le escribió diciendo que no había pretendido que la ejecución tuviera lugar, encarcelando al hombre que había entregado la orden firmada. Es imposible saber cuánta gente creyó en la manifestación de duelo de Isabel. Los católicos en el continente escribieron amargas denuncias contra la reina, mientras que los protestantes en todo el reino celebraron la muerte de una mujer que temían y odiaban.

Ilustración de British Battles on Land and Sea
Cuando la invasión española era inminente, Isabel pasó revista en persona al destacamento de soldados desplegados en Tilbury. Vestida con un atuendo blanco y una coraza plateada, recorrió el campo y dio un celebrado discurso. Algunos de sus consejeros la habían precavido para que no apareciera ante una gran multitud armada, pero ella, según dijo, no decepcionaría a su fiel y amante pueblo. Tampoco estaba temerosa del ejército de Parma: 'Sé que tengo el cuerpo de una débil y frágil mujer', dijo Isabel, 'pero tengo el corazón y el estómago de un rey, y de un rey de Inglaterra también.' Luego prometió recompensar ricamente a sus leales tropas, promesa que característicamente no cumplió. La escena resume muchas de las cualidades de la reina: su valor, su dominio histriónico de las grandes ocasiones públicas, su mezcla de retórica grandilocuente y amorosa, su identificación estratégica con virtudes marciales consideradas masculinas y su principesca mezquindad.

La mezquindad de Isabel no se extendía a sus adornos personales. Poseía un vasto repertorio de vestidos fantásticamente elaborados y ricas joyas. Su pasión por la ropa iba ligada con su cálculo político y una aguda conciencia de su propia imagen. Intentó controlar los retratos que circulaban ampliamente por Europa y en el exterior, estando sus apariciones en público rodeadas de esplendor y riqueza. Durante su reinado se movió incansablemente de un palacio a otro -Whitehall, Nonsuch, Greenwich, Windsor, Richmond, Hampton Court y Oatlands- aprovechándose de la hospitalidad de sus ricos súbditos. En sus viajes buscó el apoyo de su pueblo, siendo recibida con espléndidas fiestas. Artistas, incluyendo poetas como Edmund Spenser y pintores como Nicholas Hilliard, la celebraron en una variedad de poses mitológicas, como Diana la casta diosa de la luna, Astraea la diosa de la justicia, Gloriana, la reina de las ferias, no faltando por parte de Isabel la apropiación de la veneración que los piadosos ingleses dirigían a la Virgen María.
La última década de su reinado estuvo presidida por el decaimiento en su control sobre las fuerzas económicas, políticas y religiosas del país. Malas cosechas, inflación persistente y desempleo multiplicaron las complicaciones y la pérdida de la moral pública. Acusaciones de corrupción y codicia incrementaron el aborrecimiento popular por muchos de los favoritos de la reina, a quien ella había dado monopolios lucrativos. Una serie de desastres militares al intentar subyugar a los irlandeses culminaron en una crisis de autoridad con su último gran favorito, Robert Devereux, el orgulloso conde de Essex, quien se había propuesto derrotar a las fuerzas dirigidas por Hugh O'Neill, conde de Tyrone. Essex volvió de Irlanda contra las órdenes de la reina, la insultó en su presencia y luego hizo un desesperado intento de levantar una insurrección. Fue juzgado por traición y ejecutado el 25 de febrero de 1601. Las palabras de Francis Bacon, unos años antes de la muerte de Isabel, describen bien este periodo decadente: 'Ella imaginaba que el pueblo, que se deja influir por lo externo, estaría eclipsado por el brillo de sus joyas, no dándose cuenta de la decadencia de su atractivo personal.'
Isabel continuó pronunciando brillantes discursos para ejercer su autoridad y recibir los extravagantes cumplidos de sus admiradores, pero como dijo Sir Walter Raleigh era 'una dama sorprendida por el tiempo' y su largo reinado tocaba a su fin. Sufrió ataques de melancolía y mala salud, mostrando señales de debilidad creciente. Sus más astutos consejeros, entre ellos el hijo de Lord Burghley, Sir Robert Cecil, quien había sucedido a su padre como principal consejero-secretario entró en correspondencia con el más probable pretendiente al trono, Jacobo VI de Escocia. Habiéndole señalado como su sucesor, Isabel murió pacíficamente. La nación dio la bienvenida al nuevo monarca, aunque en el plazo de unos años se comenzó a notar la nostalgia por el gobierno de Isabel. Mucho antes de su muerte ella se había transformado en una poderosa imagen de autoridad femenina, magnificencia real y orgullo nacional, permaneciendo esa imagen hasta hoy.