Historia
JERÓNIMO (c. 347-420)
- Estudios y viajes hasta el año 378
- Estancia en Roma, 382-385
- Residencia en Tierra Santa después de 385
- Obras bíblicas y exegéticas
- Obras históricas
- Obras dogmáticas y polémicas
- Cartas
- Posición teológica

Sus padres eran cristianos, pero fue bautizado hacia el año 360 aproximadamente, cuando fue a Roma con su amigo Bonoso para realizar sus estudios retóricos y filosóficos. Se trataba de estudios principalmente seculares, incluyendo probablemente literatura griega, no pareciendo que hasta entonces estudiara a los Padres griegos o algún otro escrito cristiano. Su viaje con Bonoso a la Galia parece que siguió inmediatamente a una estancia de varios años en Roma. Durante esta estancia en la Galia oriental y 'en las semi-bárbaras orillas del Rin' estuvo ocupado con estudios teológicos, copiando para su amigo Rufino el comentario de Hilario sobre los Salmos y el tratado De synodis. Luego siguió una estancia de al menos varios meses, posiblemente años, con Rufino en Aquileya, donde hizo muchos amigos cristianos, acompañándole algunos de ellos cuando partió hacia 373 en un viaje por Tracia y Asia Menor al norte de Siria. En Antioquía, donde hizo una larga pausa, murieron dos de sus compañeros y él mismo estuvo seriamente enfermo más de una vez. Durante una de esas enfermedades (hacia el invierno de 373-74) tuvo una visión que le determinó a dejar sus estudios seculares y dedicarse a las cosas de Dios. En cualquier caso, parece que se abstuvo durante considerable tiempo del estudio de los clásicos, zambulléndose profundamente en la Sagrada Escritura bajo el impulso de Apolinar de Laodicea, que entonces enseñaba en Antioquía y no estaba todavía bajo sospecha de herejía. Cautivado por el deseo de una vida de penitencia ascética, se fue durante un tiempo al desierto de Calcis, al sudoeste de Antioquía, conocido como la Tebaida siria, por el número de ermitaños que allí había. Durante este periodo, sin embargo, parece que halló tiempo para estudiar y escribir. Hizo su primer intento para aprender hebreo bajo la guía de un convertido judío, poniéndose en contacto en ese tiempo con los cristianos judíos en Antioquía, siendo tal vez entonces cuando se interesara en el evangelio de los Hebreos, identificado por ellos como la fuente del Mateo canónico.
Estancia en Roma, 382-385.
Al regresar a Antioquía, en 378 o 379, fue ordenado por el obispo Paulino, no de buena gana y a condición de que continuaría su vida ascética. Poco después fue a Constantinopla, para continuar sus estudios de Escritura bajo Gregorio de Nacianzo. Allí parece que estuvo dos años, estando los tres siguientes (382-385) en Roma otra vez en estrecha relación con Dámaso I y los otros dirigentes cristianos romanos. Invitado al sínodo de 382, convocado con el propósito de acabar con el cisma de Antioquía, se convirtió en alguien indispensable para Dámaso, tomando una posición prominente en sus concilios. Entre otros deberes se hizo cargo de la revisión del texto de la Biblia latina, basándose en el Nuevo Testamento griego y la Septuaginta, a fin de terminar con las divergencias en los textos occidentales. Esta comisión determinó el curso de su actividad erudita durante muchos años, siendo la ocasión de su más importante logro. Durante esos tres años ejerció indudablemente una importante influencia, a la que, además de su inusual saber, contribuyeron no poco su celo por el rigor ascético y la realización de la vida monástica. Se rodeó de un círculo de mujeres de noble linaje, bien educadas, incluyendo algunas de familias patricias, tales como las viudas Marcela y Paula, con sus hijas Blasilla y Eustoquia. La inclinación resultante de esas mujeres por la vida monástica y su implacable crítica de la vida del clero secular, levantó una creciente oposición contra él. Poco después de la muerte de su protector Dámaso (10 de diciembre de 384), decidió retirarse de una posición que se tornaba imposible.

Residencia en Tierra Santa después de 385.
En agosto de 385 regresó a Antioquía acompañado por su hermano Pauliniano y varios amigos, seguido poco después por Paula y Eustoquia, quienes habían decidido dejar sus posesiones patricias y terminar sus días en Tierra Santa. En el invierno de 385 Jerónimo las acompañó y actuó como su consejero espiritual. Los peregrinos, a los que se unió el obispo Paulino de Antioquía, visitaron Jerusalén, Belén y los santos lugares de Galilea, yendo luego a Egipto, hogar de los grandes héroes de la vida ascética. En Alejandría, Jerónimo escuchó a Dídimo el Ciego exponer al profeta Oseas, contándole sus recuerdos del gran Antonio que había muerto hacía treinta años; pasó algo de tiempo en Nitria, admirando la disciplinada comunidad de esa 'ciudad del Señor', aunque detectando incluso allí 'serpientes escondidas', es decir, el veneno de la herejía origenista. Más tarde, en el verano de 386 volvió a Tierra Santa, asentándose durante el resto de su vida en una ermita cerca de Belén, rodeado por unos pocos amigos, tanto hombres como mujeres (entre las cuales estaban Paula y Eustoquia), con los que actuó como guía sacerdotal y maestro. Ampliamente provisto por Paula con los medios para vivir y de una abundante colección de libros, llevó una vida de incesante actividad literaria. A esos últimos treinta años de su carrera pertenece la más importante de sus obras, su traducción del Antiguo Testamento del texto original, lo mejor de sus comentarios bíblicos, su catálogo de autores cristianos y el diálogo contra los pelagianos, cuya perfección literaria tuvo que reconocer incluso un oponente controversial. A este periodo pertenecen también la mayoría de sus apasionadas polémicas que le distinguen entre los Padres ortodoxos, incluyendo especialmente los tratados ocasionados por la controversia origenista contra el obispo Juan de Jerusalén y su anterior amigo Rufino. Como resultado de sus arremetidas contra los pelagianos fue sometido por ellos a persecución a comienzos del año 410, cuando un grupo de excitados irrumpió en los edificios monásticos, prendiéndoles fuego, atacando a los internos, matando a un diácono y obligando a Jerónimo a buscar refugio en una fortaleza vecina. La fecha de su muerte se registra en el Chronicon de Próspero. Sus restos, originalmente enterrados en Belén, se dice que fueron trasladados a Santa María la Mayor en Roma, aunque otros lugares afirman tener reliquias, como la catedral de Nepi que se jacta de poseer su cabeza, que según otra tradición está en El Escorial.
En el siguiente pasaje Jerónimo describe la dureza de la vida eremítica:
'¡Oh, cuántas veces, estando yo en el desierto y en aquella inmensa soledad que, abrasada de los ardores del sol, ofrece horrible asilo a los monjes, me imaginaba hallarme en medio de los deleites de Roma! Me sentaba solitario, porque estaba rebosante de amargura. Contemplaba con espanto mis miembros deformados por el saco; mi sucia piel había tomado el color de un etíope. Todo el día llorando, todo el día gimiendo. Y si, contra mi voluntad, alguna vez me vencía un sueño repentino, daba contra el suelo con mis huesos, que apenas si estaban ya juntos. De la comida y de la bebida prefiero no hablar, pues hasta los mismos enfermos sólo beben agua fría, y tomar algo cocido se considera un lujo. Así, pues, yo, que por miedo al infierno me había encerrado en aquella cárcel, compañero únicamente de escorpiones y fieras, me hallaba a menudo metido entre danzas de muchachas. Mi rostro estaba pálido por los ayunos; pero mi alma ardía en deseos dentro de un cuerpo helado, y muerta mi carne antes de morir yo mismo, sólo hervían los incendios de los apetitos.'
(Epístola 22,7).

Viena, ÖNB, Cod. 930
Los escritos de Jerónimo cubren casi todos los principales aspectos de la teología cristiana, pero los más numerosos e importantes pertenecen al estudio de la Biblia, incluyendo especialmente sus trabajos para la mejora de la traducción de la Biblia. Su conocimiento del hebreo, exigido principalmente por esta rama de su trabajo, da también a sus tratados exegéticos (especialmente a los escritos después de 386) un valor mayor que el de la mayoría de los comentarios patrísticos, aunque como norma está demasiado obstaculizado por la tradición judía y es indulgente con frecuencia con sutilezas alegóricas y místicas, según la manera de Filón y la escuela alejandrina. Pero merece crédito por su distinción con la que subraya la diferencia entre los apócrifos del Antiguo Testamento y la Hebraica veritas de los libros canónicos (véase especialmente su introducción a los libros de Samuel). Sus obras exegéticas se dividen en tres grupos: (a) sus traducciones o remodelaciones de predecesores griegos, incluyendo catorce homilías sobre Jeremías y el mismo número sobre Ezequiel por Orígenes (traducidas hacia el 380 en Constantinopla); dos homilías de Orígenes sobre Cantares (en Roma hacia 383) y treinta y nueve sobre Lucas (hacia 389 en Belén). Las nueve homilías de Orígenes sobre Isaías incluidas entre sus obras, pero que no eran suyas. Aquí se debería mencionar, como importante contribución a la topografía de Tierra Santa su libro De situ et nominibus locorum Hebraeorum, una traducción con adiciones y algunas lamentables omisiones sobre el Onomasticon de Eusebio. Al mismo periodo (c. 390) pertenece el Liber interpretationis nominum Hebraicorum, basado en una obra que supuestamente retrocede hasta Filón que fue ampliada por Orígenes. (b) Comentarios originales sobre el Antiguo Testamento. Al periodo anterior a su asentamiento en Belén y los cinco años siguientes pertenecen una serie de cortos estudios del Antiguo Testamento De seraphim, De voce Osanna, De tribus quaestionibus veteris legis (normalmente incluidos entre la cartas como xviii, xx, xxxvi); Quaestiones hebraicae in Genesin; Commentarius in Ecclesiasten; Tractatus septem in Psalmos x,-xvi (perdido); Explanationes in Michaeam, Sophoniam, Nahum, Habacuc, Aggaeum. Hacia el año 395 compuso una serie de comentarios más largos, aunque de forma irregular, sobre los siete restantes profetas menores, luego sobre Isaías (c. 395-c. 400), Daniel (c. 407), Ezequiel (entre 410 y 415) y Jeremías (después de 415, dejado inacabado). (c) Comentarios sobre el Nuevo Testamento, incluyendo Filemón, Gálatas, Efesios y Tito (compuesto apresuradamente 387-388); Mateo (dictado en una noche, 398); Marcos; pasajes seleccionados de Lucas; el prólogo de Juan y Apocalipsis, tratando este libro en su forma rápida y haciendo uso de un extracto del comentario de Ticonio, que está preservado al principio de una obra más extensa del presbítero español Beato de Liébana. Pero antes de éste ya había dedicado al Apocalipsis otro tratado, una arbitraria remodelación del comentario de Victorino († 303) con cuyas ideas milenaristas no estaba de acuerdo, sustituyendo la conclusión milenial por una espiritualización propia, supliendo una introducción y haciendo ciertos cambios en el texto.
Obras históricas.
Uno de los primeros intentos de Jerónimo en el campo de la historia fue Temporum liber, compuesto hacia el año 380 en Constantinopla; se trata de una adaptación en latín de las tablas cronológicas que componen la segunda parte del Chronicon de Eusebio, con un suplemento que cubre el periodo desde 325 a 379. A pesar de los numerosos errores tomados de Eusebio, y algunos suyos, Jerónimo produjo una obra valiosa, aunque sea solo por el impulso que dio a crónicas posteriores como las de Próspero, Casiodoro y Víctor de Tunnena para continuar sus anales. Otras tres obras de naturaleza hagiológica son la Vita Pauli monachi, escrita durante su primera estancia en Antioquía (c. 376), cuyo legendario material derivó de la tradición monástica egipcia; la Vita Malchi monachi captivi (c. 391), probablemente basada en una obra anterior, aunque pretende proceder de los relatos verbales que le hizo el anciano asceta Malco en el desierto de Calcis; y la Vita Hilarionis, de la misma fecha, conteniendo más material histórico de confianza que las otras dos y basada parcialmente en la biografía de Epifanio y parcialmente en la tradición oral. El denominado Martyrologium sancti Hieronymi es espurio, habiendo sido compuesto por un monje occidental a finales del siglo VI o comienzos del VII, con referencia a una expresión de Jerónimo en el capítulo inicial de la Vita Malchi, donde habla de querer escribir una historia de los santos y mártires de los tiempos apostólicos. Pero la obra histórica más importante de Jerónimo es De viris illustribus, escrita en Belén en 392, tomando prestados el título y el arreglo de Suetonio. Contiene cortas notas biográficas y literarias sobre ciento treinta y cinco autores cristianos, desde Pedro hasta Jerónimo mismo. Para los setenta y ocho primeros, Eusebio (Hist. eccl., i-viii) es la fuente principal; en la segunda edición, comenzando con Arnobio y Lactancio, incluye una buena cantidad de información independiente, especialmente de los autores occidentales.

Biblia de Worms, 1148, procedente de Frankentahl, Alemania.
Harley MS 2803, f. 1v
Prácticamente todas las obras de Jerónimo en el campo del dogma son más o menos de carácter polémico, dirigidas contra los atacantes a la doctrina ortodoxa. Incluso la traducción del tratado de Dídimo sobre el Espíritu Santo al latín (comenzada en Roma en 384 y acabada en Belén) muestra una tendencia apologética contra arrianos y pneumatómacos. Lo mismo es verdad de su versión de Orígenes De principiis (c. 399), con el propósito de superar la insegura traducción de Rufino. Los escritos estrictamente más polémicos cubren cada periodo de su vida. Durante sus estancias en Antioquía y Constantinopla estuvo ocupado con la controversia arriana y especialmente con los cismas que protagonizaron Melecio y Lucífero. En dos cartas al papa Dámaso I (xv y xvi) se queja de la conducta de ambas facciones en Antioquía, los melecianos y paulinianos, que intentaban atraerle a su controversia sobre la aplicación de los términos ousia e hypostasis a la Trinidad. Por ese tiempo, o un poco después (379), compuso su Liber contra Luciferianos, en el que inteligentemente usa la forma dialogada para combatir las ideas de esa facción, particularmente su rechazo del bautismo de los herejes. En Roma (c. 383) escribió una apasionada réplica a las enseñanzas de Helvidio, en defensa de la perpetua virginidad de María y de la superioridad del celibato sobre el matrimonio. Un oponente de similar naturaleza fue Joviniano, con quien entró en conflicto en 392 (Adversus Jovinianum, estando entre las cartas la defensa de esta obra dirigida a su amigo Pammaquio, numerada xlviii). Una vez más defendió las prácticas ordinarias católicas de piedad y su propia ética ascética en el año 406, contra el presbítero español Vigilancio, quien se oponía al culto de los mártires y las reliquias, el voto de pobreza y el celibato clerical. Mientras tanto, sucedió la controversia con Juan de Jerusalén y Rufino, sobre la ortodoxia de Orígenes. A este periodo pertenecen algunas de sus más apasionadas y completas obras polémicas, como Contra Joannem Hierosolymitanum (398 o 399); las dos Apologiae contra Rufinum (402) y la 'última palabra' escrita unos meses más tarde, el Liber tertius seu ultima responsio adversus scripta Rufini. La última de sus obras polémicas es el hábilmente compuesto Dialogus contra Pelagianos (415).
Cartas.
Las cartas de Jerónimo, tanto por la gran variedad de sus temas y por sus cualidades de estilo, forman la porción más interesante de sus restos literarios. Tanto si discute cuestiones de erudición o razona casos de conciencia, consolando al afligido, o diciendo palabras agradables a sus amigos, reprendiendo los vicios y corrupciones de su tiempo, exhortando a la vida ascética y renuncia al mundo, o rompiendo una lanza contra sus oponentes teológicos, siempre da una vívida descripción no sólo de su mente, sino también de su tiempo y sus características peculiares. Las cartas más frecuentemente editadas son las de naturaleza exhortativa, tales como xiv, Ad Heliodorum de laude vitae solitariae; xxii, Ad Eustochium de custodia virginitatis; lii, Ad Nepotianum de vita clericorum et monachorumt una especie de epítome de teología pastoral, desde el punto de vista ascético; liii, Ad Paulinum de studio scripturarum; lvii, De institutione monachi; lxx, Ad Magnum de scriptoribus ecclesiasticis y cvii, Ad Laetam de institutione filiae.
Posición teológica.
Jerónimo es uno de los Padres occidentales de mayor saber. Sobrepasa a los otros en su conocimiento del hebreo, obtenido mediante duro estudio. Es verdad que era perfectamente consciente de sus capacidades y no enteramente libre de la tentación de menospreciar a sus rivales, especialmente a Ambrosio. Su propia erudición no está falta de puntos débiles. Su conocimiento de la literatura griega y latina, tanto pagana como cristiana, es grande, pero en ninguna manera sin lagunas y huellas de lectura superficial, ofreciendo su conocimiento del hebreo innumerables puntos de ataque a la crítica moderna. Como regla general no es tanto por el conocimiento absoluto por lo que brilla, sino por su elegancia casi poética, incisivo ingenio, habilidad singular para adaptar frases proverbiales a su propósito y un logrado efecto retórico. Como teólogo dogmático contribuyó sólo indirectamente al desarrollo de la doctrina. Lo mismo se puede decir de su contribución a la teología moral, en la que mostró menos interés en la especulación ética abstracta que en un celo mórbido ascético y un entusiasmo apasionado por el ideal monástico. Fue esta actitud la que hizo que Lutero le juzgara tan severamente. De hecho, los lectores evangélicos son poco inclinados a aceptar sus escritos como autoritativos, especialmente por su falta de independencia como maestro dogmático y su sumisión a la tradición ortodoxa. Se aproxima a su patrocinador papal Dámaso I, con la más profunda sumisión, no haciendo ningún intento de decidir por sí mismo. La Iglesia fundada sobre la roca de Pedro es la que decide si va a reconocer, con los melecianos, tres hypostases en la divina ousia o, con los paulinianos, una hipostases con tres prosopa o personas. 'Decide, te ruego, y no tendré temor de hablar de tres hypostases'. Puede ser descrito no solo como el precursor del ultramontanismo, sino incluso de la irracional obediencia jesuita. La tendencia a reconocer un superior se manifiesta algo menos en su correspondencia con Agustín (comp. las cartas numeradas lvi, lxvii, cii-cv, cx-cxii, cxv-cxvi en la suya propia, y xxviii, xxxix, xl, lxvii, lxviii, lxxi-lxxv, lxxxi-lxxxii en la de Agustín). Sin embargo, a pesar de los defectos y debilidades ya mencionados, Jerónimo ha retenido un rango principal entre los Padres occidentales. Esto se puede deber, aunque no sea por otra cosa, a la incalculable influencia que su versión latina de la Biblia tuvo sobre el desarrollo ulterior eclesiástico y teológico. El hecho de que se ganara el título de santo y doctor de la Iglesia católica fue posible sólo porque rompió enteramente con la escuela teológica en la que había crecido, esto es la de Orígenes. En la tradición artística de la Iglesia católica se le representa como cardenal y uno de los cuatro grandes doctores de la Iglesia occidental, al lado del obispo Agustín, el arzobispo Ambrosio y el papa Gregorio Magno.
El siguiente pasaje procede de su Carta 26, a Marcela, 4:
'En cuanto a amén, Aquila lo expresa por pepistômenôs que nosotros podemos traducir por «fielmente». Es un adverbio derivado del vocablo amuna, que significa fe. Los Setenta lo traducen por génoito, es decir fiat. Así, al fin de los libros del salterio -pues éste se divide entre los hebreos en cinco rollos- lo que en el texto hebreo se lee «amén, amen», los Setenta lo tradujeron «fiat, fiat», para confirmar que todo lo anteriormente dicho es verdadero. De ahí también que afirme Pablo no poder nadie responder amén, es decir, confirmar lo que antes se ha dicho, si no entiende lo que se predica (comp. De otra manera, si bendices sólo en el espíritu, ¿cómo dirá el Amén a tu acción de gracias el que ocupa el lugar del que no tiene ese don, puesto que no sabe lo que dices?[…]1 Corintios 14:16).'
