Historia

JUAN FEDERICO EL MAGNÁNIMO (1503-1554)

Juan Federico el Magnánimo nació en Torgau el 30 de junio de 1503 y murió en Weimar el 3 de marzo de 1554.

Juan Federico el Magnánimo, por Lucas Cranach el Viejo
Juan Federico el Magnánimo,
por Lucas Cranach el Viejo
Recibió su educación de Spalatin, a quien estimó grandemente durante toda su vida. Su conocimiento de historia era amplio y su biblioteca, que abarcaba todas las ciencias, fue una de las más grandes de Alemania. Entró en relaciones personales con Lutero, comenzando a escribirse con él en los días cuando la bula de excomunión fue promulgada contra el reformador, mostrándose incluso entonces un convencido seguidor del evangelio. Con vívido interés observó el desarrollo del movimiento de la Reforma. Leyó ávidamente los escritos de Lutero, e impulsó la impresión de la primera edición completa (Wittenberg) de sus obras y en los últimos años de su vida promovió la compilación de la edición de Jena. Su padre, Juan el Constante, le introdujo en los asuntos políticos y diplomáticos del tiempo, dirigiendo las primeras negociaciones de un tratado con Hesse en Kreusburg y Friedewald. Tomó parte activa en los disturbios originados por el asunto Pack y Lutero le agradeció sus esfuerzos, a pesar de su juventud, por el mantenimiento de la paz. Durante la segunda dieta de Spira (1529) asumió temporalmente las riendas del gobierno en lugar de su padre. Las intrigas del archiduque Fernando le indujeron tras la dieta a elaborar un estatuto federal para los Estados evangélicos, que muestra que estaba más decididamente convencido del derecho y deber de defensa que su padre. Acompañó a éste a la dieta de Augsburgo en 1530, firmando la Confesión de Augsburgo y participando en los procedimientos. Su actitud no pasó desapercibida, ganándose el desdén del emperador.

A la edad de 21 años Juan Federico sucedió a su padre. Al comienzo reinó con su hermanastro, Juan Ernesto, pero en 1542 se convirtió en el único gobernante. El canciller Brück, quien durante años había dirigido las relaciones exteriores del país con habilidad y prudencia, permaneció siendo su consejero, pero su naturaleza abierta e impulsiva a veces le llevó a despreciar las propuestas de su más experimentado asesor, por lo que el país estuvo en frecuente peligro, especialmente al no ser Juan Federico un político perspicaz. Consolidó la Iglesia estatal mediante la institución de un consistorio electoral (1542) y renovó la visitación de iglesias. Tomó una posición más firme y decidida que su padre en favor de la Liga Evangélica, pero a causa de sus estrictas convicciones luteranas quedó envuelto en dificultades con el landgrave de Hesse, quien favorecía una unión con los suizos y los evangélicos de Estrasburgo. Fue contrario a todas las propuestas de los papas Clemente VII y Pablo III para ganarle para un concilio, porque estaba convencido de que sólo serviría "para la preservación de la norma papal y anti-cristiana"; pero para estar preparado para cualquier suceso, solicitó a Lutero que resumiera todos los artículos a los que debería adherirse ante un concilio, escribiendo Lutero los Artículos de Esmalcalda. En la dieta de Esmalcalda de 1537 el concilio fue rechazado y el elector trató al legado papal con abierto desprecio, rechazando las proposiciones de Held, legado imperial.

Mapa del imperio en el siglo XVI - Los príncipes y la Reforma
Mapa del imperio en el siglo XVI - Los príncipes y la Reforma

Juan Federico el Magnánimo
Juan Federico el Magnánimo
Siguió con sospecha los esfuerzos de acuerdo de Regensburgo de 1541 y rechazó aceptar el artículo sobre la justificación, que había sido elaborado bajo la supervisión de Contarini, para satisfacer a ambas partes, confirmándole Lutero, su firme consejero, en su aversión. Los esfuerzos de acuerdo fracasaron y el elector contribuyó no poco en agrandar la brecha por su interferencia en los asuntos eclesiásticos de Halle y al ayudar a la Reforma que había sido introducida allí por Justo Jonás. Su actitud se hizo más y más obstinada sin tener en cuenta las consecuencias, para desventaja de la causa protestante. A pesar de los avisos del emperador, de Brück y de Lutero dejó a un lado arbitrariamente en 1541 la elección de Julius von Pflug para la sede episcopal de Naumburgo, e instituyó a Nikolaus von Amsdorf como obispo e introdujo la Reforma. En 1542 expulsó al duque Enrique de Brunswick-Wolfenbüttel de su país para proteger las ciudades evangélicas de Goslar y Brünswick, introduciendo la Reforma allí. Nuevos enredos bélicos impidieron que Carlos V interferira y mediante una sumisión aparente logró esconder sus verdaderas intenciones. El elector apareció personalmente en la dieta de Spira en 1544. La armonía del emperador con los evangélicos nunca pareció más grande que en aquel momento. Permitió la declaración de Regensburgo de 1541 para que se incorporara al nuevo receso y reconoció todas las innovaciones que los evangélicos habían hecho entre 1532 y 1541, dado que necesitaba la ayuda de los protestantes contra Francia. Juan Federico de hecho pensó que la paz había llegado y continuó las reformas eclesiásticas en su país. Incluso la creciente discordia entre los aliados no le perturbó.

Cuando estalló la Guerra de Esmalcalda (1546) marchó hacia el sur a la cabeza de sus tropas, pero la inesperada invasión de su país por el duque Mauricio le obligó a regresar. Logró reconquistar la mayor parte de sus posiciones, rechazando a Mauricio, pero súbitamente el emperador se apresuró desde el norte y sorprendió al elector. La batalla de Mühlberg, 24 de abril de 1547, dispersó a su ejército. Juan Federico fue herido y cayó en manos del emperador. Éste lo condenó a muerte como rebelde convicto, pero para no perder tiempo en el sitio de Wittenberg, que estaba defendido por Sibila, la esposa del elector, no ejecutó la sentencia y entró en negociaciones. Para salvar su vida Juan Federico concedió la capitulación de Wittenberg tras haberse visto obligado a renunciar al gobierno de su país en favor de Mauricio; su condena fue conmutada por prisión perpetua. Nunca fue más grande y magnánimo que en los días de su cautividad, como se evidencia por la correspondencia con sus hijos, su esposa y sus consejeros. Amigos y enemigos se vieron obligados a reconocer su conducta pacífica, su fe inmutable y su grandeza bajo la desgracia. Firmemente rechazó renunciar a la fe protestante o reconocer el Interim, declarando que mediante su aceptación cometería un pecado contra el Espíritu Santo, porque muchos artículos iban contra la palabra de Dios. El súbito ataque contra el emperador por el elector Mauricio puso fin a su encarcelamiento, siendo liberado el 1 de septiembre de 1552. Firmemente rechazó ceder en asuntos de religión por las decisiones de un futuro concilio o dieta y, declarando que estaba resuelto a ser fiel hasta la tumba a la doctrina contenida en la Confesión de Augsburgo, regresó a su patria en una marcha triunfal. Trasladó la sede del gobierno a Weimar y reformó las condiciones de su país, pero murió en el plazo de dos años. Objeto especial de su cuidado fue la universidad de Jena, que planeó mientras estuvo prisionero en lugar de Wittenberg, que había perdido (1547).