Historia

JUAN VIII († 882)

Juan VIII fue papa entre los años 872 y 882. Nació en Roma y murió el 16 de diciembre de 882 en esa ciudad.

Juan VIII corona a Carlos <em>el Calvo</em>, Speculum Historiae, Museo Condé, Chantilly
Juan VIII corona a Carlos el Calvo, Speculum Historiae,
Museo Condé, Chantilly
Al ser elegido papa el 14 de diciembre de 872 se propuso con diligencia el propósito de gobernar en el espíritu de Nicolás I. Tenía muchas cualidades para lograrlo, incluyendo un genio para la organización militar y financiera y para convertir cada cambio de la situación política en ventajoso. Toda su energía estuvo dedicada a dos objetivos puramente políticos: la liberación de Italia de los sarracenos y su sometimiento, junto con el del imperio, al dominio del papado. Para el primero, como paso preliminar para el segundo, buscó una alianza con el emperador Luis II, creando, a su propio coste, una flota, organizando una milicia estable y terminando la fortificación de Roma. El mayor obstáculo para el éxito de sus planes fue la imposibilidad de separar a los príncipes de Palermo, Nápoles y Capua y el poder marítimo de Amalfi de su alianza con los sarracenos, a quienes él mismo se vio obligado a pagar un tributo anual al final de su gobierno. Su indisposición natural contra los alemanes y la dinastía carolingia se mostró a la muerte de Ludovico (12 de octubre de 875), cuando no invitó a Luis el Germánico sino a Carlos el Calvo para recibir la corona imperial, que puso sobre su cabeza el día de Navidad. Cuando Carlos el Calvo murió al año siguiente, Juan tuvo que reconocer las demandas al imperio de su sobrino Carlomán, cuyos seguidores aparecieron en Roma en la primavera de 878, encarcelando a Juan y tomando juramento de los principales ciudadanos para que apoyaran a Carlomán como emperador. Tan pronto como el papa fue liberado, fue a Francia por mar y convocó un concilio en Troyes, donde coronó a Luis el Tartamudo (7 de septiembre de 878), pero como éste mostraba poca inclinación a mezclarse en los asuntos italianos, Juan escogió otro candidato, el conde Boso de Provenza, quien le siguió a Italia, siendo coronado rey en Roma. El plan falló, porque los carolingios germanos habían ganado demasiado terreno en el norte de Italia. En agosto de 879 Juan fue obligado a reconocer a Carlos el Gordo en Rávena como rey de Italia y algún tiempo antes, 9 de febrero de 881, le coronó como emperador, dando así el adiós a cualquier esperanza de realizar sus planes italianos.

Juan VIII
Juan VIII
En la controversia entre Metodio y el episcopado bávaro, se puso del lado del primero, aunque en 879 le citó a Roma para responder de la acusación de herejía. Pero los intentos de Juan de agradar a ambas facciones fueron la semilla de futuras discordias en la joven Iglesia morava. Desarrolló con más consistencia la política de sus predecesores sobre la cuestión búlgara, pero nada obtuvo sino vagas promesas, mientras que el clero y la liturgia griegas permanecían dominantes. Esta cuestión había perturbado las relaciones de Roma con Ignacio, patriarca de Constantinopla. Tras su muerte en 877, Focio (que había sido depuesto por el cuarto concilio de Constantinopla en 869) fue restaurado. En 879, para ganar al emperador Basilio en su lucha contra los sarracenos, Juan expresó su disposición a reconocerlo bajo ciertas condiciones y aunque Focio falsificó groseramente los términos cuando los leyó en el concilio de 879, Juan desaprobó la acción de protesta de sus legados y todavía buscó la unión. La afirmación de historiadores posteriores de que cambió su política antes de su muerte destituyendo una vez más a Focio no tiene apoyo en sus cartas. De su carta al emperador Basilio sobre la restauración de Focio es el siguiente párrafo:
'Porque hemos creído deseable pacificar la Iglesia de Dios, os hemos enviado nuestros legados para que puedan dar cumplimiento a nuestra voluntad, aunque vuestra piedad se ha anticipado al restaurar a Focio. Aceptamos esa decisión no por nuestra autoridad aunque tengamos poder para hacerlo, sino por acatar las instituciones apostólicas.
En efecto, hemos recibido a través del primero de los apóstoles las llaves del Reino celestial del gran sacerdote Jesucristo cuando dijo: «Yo te daré las llaves del Reino de los cielos. Todo lo que atares sobre la tierra será atado en los cielos y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos». Por ello, este Solio apostólico tiene el poder de atar y desatar todo y, según las palabras de Jeremías, de desarraigar y de plantar. Por lo tanto, valiéndonos de la autoridad de Pedro, príncipe de los apóstoles, os anunciamos con nuestra Iglesia y a través de vosotros anunciamos a los amados patriarcas de Alejandría, Antioquía y Jerusalén, y a los demás obispos y presbíteros y a toda la iglesia de Constantinopla, que estamos de acuerdo con Vos o, mejor aún, con Dios y que admitimos vuestra petición.'