Historia
JUANA DE ARCO (c. 1412-1431)
- Introducción
- Misión de Juana
- Acción en Orleáns
- Victorias y coronación del rey
- Ambición por París
- Batalla continuada
- Captura
- Juicio
- Abjuración, recaída y ejecución
- Carácter e importancia

célèbres, c. 1505 de Antoine Dufour; en el
Dobrée Museum, Nantes, Francia
Era hija de un granjero de Domrémy, en la frontera de los ducados de Bar y Lorena. En su misión de expulsar a los ingleses y sus aliados borgoñeses del reino de Francia se sintió guiada por las 'voces' de San Miguel, Santa Catalina y Santa Margarita. Poseyó muchos atributos característicos de las visionarias que fueron conspicuas en su tiempo. Esas cualidades incluían una extrema piedad personal, una pretensión de tener comunicación directa con los santos y una confianza en la experiencia individual de la presencia de Dios, más allá de la administración de la jerarquía y de la Iglesia institucional. A tales cualidades se añadían un notorio valor mental y físico, así como un sólido sentido común. En los siguientes siglos, Juana sería un foco de unidad para el pueblo francés, especialmente en tiempos de crisis.
Misión de Juana.
La corona de Francia en ese tiempo se la disputaban el delfín Carlos (posterior Carlos VII), hijo y heredero del rey Carlos VI, y el rey inglés Enrique VI. Los ejércitos de Enrique estaban en alianza con los de Felipe el Bueno, duque de Borgoña (cuyo padre, Juan el Temerario, había sido asesinado en 1419 por los partidarios del delfín), y estaban ocupando buena parte del territorio septentrional del reino. La posición desesperada del delfín a finales de 1427 se incrementó porque cinco años después de la muerte de su padre todavía no había sido coronado. Reims, el lugar tradicional para la investidura de los reyes franceses, estaba dentro del territorio enemigo. En tanto la situación del delfín estuviera en el aire, el derecho de sus pretensiones al trono de Francia quedaba abierto al desafío.

Inmediatamente Juana fue al castillo ocupado por el delfín Carlos. No era seguro que la recibiera y sus consejeros le dieron contradictorios consejos; pero dos días después la recibió en audiencia. Carlos se había escondido entre sus cortesanos, pero Juana se fue directa hacia él y le dijo que deseaba ir a la batalla contra los ingleses y que ella le coronaría en Reims. Por orden del delfín fue inmediatamente interrogada por las autoridades eclesiásticas, en presencia de Jean, duque de Alençon, pariente de Carlos, que estaba predispuesto favorablemente hacia ella. Durante tres semanas fue examinada en Poitiers por eminentes teólogos que eran aliados de la causa del delfín. Tales interrogatorios, cuyo registro se ha perdido, estaban ocasionados por el temor a la herejía que siguió al final del Cisma de Occidente en 1417. Juana dijo a los eclesiásticos que no era en Poitiers, sino en Orleáns donde daría pruebas de su misión; inmediatamente el 22 de marzo dictó cartas de desafío a los ingleses. En su informe los eclesiásticos afirmaron que en vista de la situación desesperada de Orleáns, puesta bajo sitio por los ingleses durante meses, el delfín haría bien en hacer caso de ella.
Juana regresó a Chinon. En Tours, durante el mes de abril, el delfín la proveyó con una guarda militar de varios hombres; Jean d'Aulon fue su escudero, uniéndosele sus hermanos Jean y Pierre. Su estandarte era una imagen de Cristo Juez y una bandera que portaba el nombre de Jesús. Cuando hubo que decidirse por una espada, ella declaró que se encontraría una en la iglesia de Sainte-Catherine-de-Fierbois, hallándose allí una en efecto.

Ilustración de Cassell's Illustrated History of England
Una tropa de varios cientos de hombres se situó en Blois, y el 27 de abril partieron para Orleáns. La ciudad, sitiada desde el 12 de octubre de 1428, estaba casi totalmente rodeada por un anillo de fortalezas inglesas. Cuando Juana y uno de los comandantes franceses, La Hire, entraron con avituallamiento el 29 de abril, ella dijo que había que retrasar la acción hasta que se añadieran nuevas fuerzas. En la tarde del 4 de mayo, cuando Juana estaba descansando, súbitamente se despertó y anunció que debía atacar a los ingleses. Poniéndose su armadura se apresuró a ir al este de la ciudad hacia una fortaleza inglesa, donde estaba teniendo lugar un enfrentamiento del que ella nada sabía. Su llegada estimuló a los franceses que conquistaron la fortaleza. Al día siguiente Juana dirigió otra de sus cartas de desafío a los ingleses. En la mañana del 6 de mayo cruzó a la orilla meridional del río y avanzó hacia el norte; los ingleses inmediatamente retrocedieron para defender una posición cercana más fuerte, pero Juana y La Hire los atacaron y los derrotaron. Muy temprano el 7 de mayo los franceses avanzaron contra la fortaleza de Les Tourelles. Juana fue herida pero rápidamente regresó a la lucha, siendo en parte gracias a su ejemplo que los comandantes franceses mantuvieron el ataque hasta que los ingleses capitularon. Al día siguiente los ingleses estaban en retirada, pero al ser domingo Juana rehusó perseguirlos.
Victorias y coronación del rey.
Juana dejó Orleáns el 9 de mayo y se encontró con Carlos en Tours, exhortándole a que se apresurara para ser coronado en Reims. Aunque él dudó porque algunos de sus más prudentes consejeros le avisaban que acometiera la conquista de Normandía, la importunidad de Juana se impuso. Sin embargo, se decidió primero expulsar a los ingleses de las otras localidades a lo largo del río Loira. Juana, con su amigo el duque de Alençon, que había sido nombrado teniente general del ejército francés, capturó una localidad y un importante puente. Luego atacaron Beaugency, tras lo que los ingleses se retiraron al castillo. Entonces, a pesar de la oposición del delfín y de Georges de La Trémoille, uno de sus favoritos, y a pesar de la reservas de Alençon, Juana recibió al condestable de Richemont, que era sospechoso para la corte francesa. Tras hacerle jurar fidelidad, aceptó su ayuda. Poco después se rindió el castillo de Beaugency.
Los ejércitos francés e inglés se vieron las caras en Patay el 18 de junio de 1429. Juana prometió la victoria a los franceses, diciendo que Carlos obtendría ese día un triunfo mayor que cualquier otro que hubiera tenido. La victoria fue completa, siendo el ejército inglés barrido, a la vez que su reputación de invencible.
En lugar de aprovechar su ventaja haciendo un ataque masivo a París, Juana y los comandantes franceses regresaron para alegrar al delfín, quien estaba con La Trémoille en Sully-sur-Loire. De nuevo Juana exhortó a Carlos para que fuera rápidamente a Reims. Sin embargo, él vaciló y mientras recorría las poblaciones a lo largo del Loira, Juana le acompañó recomendándole todo el tiempo que venciera sus dudas y pasara por alto a sus consejeros que le recomendaban no apresurarse. Finalmente Carlos quedó convencido por ella.
Desde Gien, donde el ejército comenzó a congregarse, el delfín envió las cartas habituales de citación para una coronación. Juana escribió dos cartas: una de exhortación al pueblo de Tournai, siempre leal a Carlos, y la otra a Felipe el Bueno, duque de Borgoña. Ella y el delfín se pusieron en marcha hacia Reims el 29 de junio. Antes de llegar a Troyes, Juana escribió a sus habitantes prometiéndoles el perdón si se sometían. Ellos respondieron enviando un fraile, el popular predicador hermano Richard, para evaluar a Juana; pero aunque el fraile regresó lleno de entusiasmo por Juana y su misión, los habitantes decidieron permanecer leales al régimen anglo-borgoñés. El delfín convocó un consejo, proponiendo Juana atacar a la población. A la mañana siguiente ella comenzó el asalto y los ciudadanos se rindieron. Luego el ejército real marchó hacia Châlons. A pesar de que la primera decisión fue resistir, el conde-obispo entregó las llaves de la ciudad a Carlos. El 16 de julio el ejército real llegó a Reims, que le abrió sus puertas. La coronación tuvo lugar el 17 de julio de 1429. Juana estuvo presente en la coronación, sosteniendo la bandera no lejos del altar. Tras la ceremonia se arrodilló delante de Carlos, llamándole rey por vez primera. Ese mismo día escribió al duque de Borgoña, conjurándole a hacer la paz con el rey y a retirar sus guarniciones de las fortalezas reales.


Carlos VII dejó Reims el 20 de julio y durante un mes el ejército desfiló por Champagne y la Île-de-France. El 2 de agosto el rey decidió una retirada desde Provins al Loira, movimiento que implicaba abandonar cualquier ataque a París. Las ciudades leales que serían dejadas a la misericordia del enemigo mostraron su alarma. Juana, quien se oponía a la decisión de Carlos, escribió para asegurar a los ciudadanos de Reims el 5 de agosto, que el duque de Borgoña, entonces en posesión de París, había hecho una tregua quincenal, tras lo cual se esperaba que entregara París al rey. De hecho, el 6 de agosto las tropas inglesas impidieron al ejército real cruzar el Sena en Bray, para satisfacción de Juana y los comandantes, que esperaban que Carlos atacaría París. Aclamada en todas partes Juana era ahora, según un cronista el siglo XV, el ídolo de Francia. Entonces sintió que el propósito de su misión se había cumplido.
Cerca de Senlis, el 14 de agosto, los ejércitos francés e inglés se enfrentaron de nuevo. Esta vez solo fueron escaramuzas, no atreviéndose ninguno de los contendientes a comenzar la batalla, aunque Juana portó su estandarte hasta terreno enemigo y abiertamente los desafió. Mientras tanto, Compiègne, Beauvais, Senlis y otras localidades al norte de París se rindieron al rey. Poco después, el 28 de agosto, se alcanzó una tregua con los borgoñeses de cuatro meses en todo el territorio al norte del Sena.
Pero Juana estaba cada vez más impaciente, pensando que era esencial tomar París. Ella y Alençon fueron a Saint-Denis en los arrabales al norte de París el 26 de agosto, comenzando los parisienses a organizar sus defensas. Carlos llegó el 7 de septiembre, lanzándose un ataque el 8 dirigido contra las puertas de Saint-Honoré y Saint-Denis. A los parisienses no le cabía duda de que entre los asediadores estaba Juana; ella se adentró en su territorio, exhortándoles a entregar la ciudad al rey de Francia. Herida, continuó animando a los soldados hasta que tuvo que abandonar el ataque. Aunque al día siguiente ella y Alençon quisieron renovar el asalto, se les ordenó por el consejo de Carlos que se retiraran.

Carlos VII se retiró del Loira, siguiéndole Juana. En Gien, adonde llegaron el 22 de septiembre, el ejército se descompuso. Alençon y los demás capitanes se marcharon a sus lugares y solo Juana permaneció con el rey. Más tarde, cuando Alençon planeó una campaña en Normandía le pidió al rey que Juana estuviera con él, pero La Trémoille y otros cortesanos le disuadieron. Juana fue con el rey a Bourges, donde muchos años más tarde sería recordada por su bondad y generosidad hacia los pobres. En octubre fue enviada contra Saint-Pierre-le-Moûtier y mediante su valiente ataque, con solo unos pocos hombres, la ciudad fue tomada. El ejército de Juana entonces puso sitio a La Charité-sur-Loire; escasos de municiones pidieron ayuda a las localidades vecinas, pero ésta llegó tarde y tras un mes tuvieron que retirarse.
Juana entonces se reunió con el rey, que estaba pasando el invierno en las localidades del Loira. Más tarde en diciembre de 1429 Carlos concedió la nobleza a Juana, sus padres y hermanos. A principios de 1430 el duque de Borgoña comenzó a amenazar a Brie y Champagne. Los habitantes de Reims se alarmaron y Juana les escribió en marzo para asegurarles el interés del rey y prometerles que ella vendría en su defensa. Cuando el duque desplazó el ataque a Compiègne, los aldeanos determinaron resistir y a finales de marzo o principios de abril Juana dejó al rey y partió en su ayuda, acompañada solo por su hermano Pierre, su escudero Jean d'Aulon y una pequeña tropa de hombres armados. Llegó a Melun a mediados de abril y fue sin duda su presencia la que inclinó a los ciudadanos a declararse en favor de Carlos VII.
Juana estaba en Compiègne el 14 de mayo de 1439. Allí encontró a Renaud de Chartres, arzobispo de Reims, y a Luis I de Borbón, conde de Vendôme, pariente del rey. Con ellos fue a Soissons donde el pueblo les negó la entrada. Renaud y Vendôme decidieron volver al sur de los ríos Marne y Sena; pero Juana rechazó acompañarles, prefiriendo regresar con sus 'buenos amigos' a Compiègne.
Captura.
En su camino de regreso Juana supo que Juan de Luxemburgo, capitán de una compañía borgoñesa, había puesto sitio a Compiègne. Apresurándose entró en la localidad al amparo de la oscuridad. La siguiente tarde, 23 de mayo, dirigió una salida y repelió dos veces a los borgoñeses, pero fue sobrepasada por los refuerzos ingleses, siendo obligada a rendirse. Permaneció hasta el final protegiendo la retaguardia que cruzaba el río Oise, pero fue descabalgada y no pudo remontar. Se entregó y con su hermano Pierre y Jean d'Aulon fue llevada a Margny, donde el duque de Borgoña vino a verla. Al decir al pueblo de Reims que Juana estaba cautiva, Renaud de Chartres la acusó de rechazar todo consejo y actuar locamente. Carlos, que estaba trabajando para una tregua con el duque de Borgoña, no hizo intentos de salvarla.
Juan de Luxemburgo envió a Juana y a Jean d'Aulon a su castillo en Vermandois. Cuando ella intentó escapar para regresar a Compiègne, la mandó a uno de sus castillos más distantes. Allí, aunque fue tratada cortésmente, quedó alterada por la estrechez de Compiègne. Su deseo de escapar era tan grande que saltó desde lo alto de una torre, cayendo inconsciente al foso. No se dañó seriamente y cuando se recuperó fue llevada a Arras, una localidad partidaria del duque de Borgoña.
Las nuevas de su captura llegaron a París el 25 de mayo. El día siguiente la facultad teológica de la universidad de París, que se había puesto del lado inglés, pidió al duque de Borgoña que la entregara para ser juzgada, bien al inquisidor principal o bien al obispo de Beauvais, Pierre Cauchon, en cuya diócesis había sido atrapada. La universidad escribió también a Juan de Luxemburgo y el 14 de julio el obispo de Beauvais se presentó ante el duque de Borgoña pidiéndole, en su propio nombre y en el del rey de Inglaterra, que Juana le fuera entregada por el pago de diez mil francos. El duque pasó la demanda a Juan de Luxemburgo y el 3 de enero de 1431 estaba en manos del obispo. El juicio se fijó en la plaza de Rouen. Juana fue llevada a una torre en el castillo de Bouvreuil, que estaba ocupado por el duque de Warwick, comandante inglés en Rouen. Aunque su delito contra la monarquía inglesa era de conocimiento público, Juana fue llevada a juicio ante un tribunal eclesiástico porque los teólogos de la universidad de París, como árbitros en asuntos de fe, insistieron que fuera juzgada como hereje. Ella no tenía amigos en la Iglesia militante (percibiéndolo como un combate con las fuerzas del mal), desafiando a su jerarquía por su afirmación de recibir comunicación directa de Dios en visiones o voces. Además, el juicio podía servir para desacreditar a Carlos VII, si se demostraba que tenía la corona gracias a una bruja, o al menos a una hereje. Sus dos jueces serían Cauchon, obispo de Baeauvais, y Jean Lemaître, viceinquisidor de Francia.

Comenzando el 31 de enero de 1431 se leyeron las declaraciones tomadas en Lorena y otras partes ante el obispo y sus asesores, que serían el marco para el interrogatorio de Juana. El 21 de febrero fue citada a comparecer ante sus jueces, pidiendo permiso para asistir a misa antes, solicitud que le fue rechazada por la gravedad de los crímenes con los que se le acusaba, incluyendo un intento de suicidio al saltar al foso. Se le ordenó jurar decir la verdad, pero ella rechazó revelar las cosas que había dicho a Carlos. Cauchon le prohibió salir de su prisión, pero Juana insistió que ella era moralmente libre para intentar escapar, por lo que le fueron asignados guardias dentro de la celda, siendo encadenada a un bloque de madera. Entre el 21 de febrero y el 24 de marzo fue interrogada casi doce veces. En cada ocasión se le exigió que jurara de nuevo decir la verdad, pero siempre dejó claro que no necesariamente confesaría todo a sus jueces, ya que aunque casi todos eran franceses, eran enemigos del rey Carlos. El informe de estos cuestionamientos preliminares le fue leído el 24 de marzo y aparte de dos puntos ella admitió su veracidad.
Cuando comenzó el juicio propiamente dicho más o menos un día después, le tomó dos días a Juana responder a los setenta cargos que habían sido formulados en su contra. Estaban basados principalmente en el argumento de que su actitud y conducta mostraba blasfema presunción; en particular por pretender que sus pronunciamientos tenían autoridad divina, que profetizaba el futuro, respaldaba sus cartas con los nombres de Jesús y María, identificándose con el novedoso y sospechoso culto del Nombre de Jesús, profesaba estar segura de su salvación y vestía ropas masculinas. Tal vez el cargo más serio era el de preferir lo que ella creía ser los mandamientos directos de Dios a los de la Iglesia.
El 31 de marzo fue interrogada de nuevo sobre varios puntos en los que fue evasiva, especialmente sobre la cuestión de su sumisión a la Iglesia. En su posición, la obediencia a la corona que la estaba juzgando era inevitablemente una prueba de tal sumisión. Ella hizo lo mejor que pudo para evitar esa trampa, diciendo que sabía bien que la Iglesia militante no podía errar, pero que era a Dios y a sus santos a quienes tendría que responder por sus palabras y acciones. El juicio continuó y los setenta cargos fueron reducidos a doce, que fueron enviados para consideración a muchos eminentes teólogos, tanto en Rouen como en París.
Mientras tanto, Juana cayó enferma en la cárcel, siendo atendida por dos médicos. El 18 de abril recibió una visita de Cauchon y sus ayudantes, quienes la exhortaron a someterse a la Iglesia. Juana, que estaba seriamente enferma y pensaba que se moría, suplicó que le fuera permitido confesarse y recibir la comunión y ser enterrada en suelo sagrado. Pero ellos continuaron hostigándola, recibiendo solo su constante respuesta: 'Descanso en nuestro Señor', 'sostengo lo que ya he dicho'. El 9 de mayo insistieron amenazándola con tortura si no clarificaba ciertos puntos.
Respondió que aunque la torturaran hasta la muerte no cambiaría de opinión. Ante su fortaleza sus interrogadores, por una mayoría de diez a tres, decidieron el 12 de mayo que la tortura sería inútil. Juana fue informada el 23 de mayo de la decisión de la universidad de París de que si persistía en sus errores sería entregada a las autoridades seculares, que eran las que tenían potestad para ejecutar la sentencia de muerte de un hereje.

por Martial de París (siglo XV). Biblioteca Nacional, París
En principio nada más podía hacerse. Juana fue sacada de la prisión por vez primera en cuatro meses el 24 de mayo y conducida al cementerio de la iglesia de Saint-Ouen, donde fue leída la sentencia. Primero tuvo que escuchar un sermón de uno de los teólogos, en el que violentamente se atacaba a Carlos VII, provocando que Juana le interrumpiera diciéndole que el rey era un 'buen cristiano' y que limitara sus censuras a ella. Después que el sermón hubo acabado, ella pidió que toda la evidencia de sus palabras y hechos fuera enviada a Roma, pero sus jueces ignoraron su apelación al papa, comenzando a leer la sentencia que la entregaba al brazo secular. Al escuchar su terrible destino Juana flaqueó y declaró que estaba dispuesta a hacer lo que la Iglesia le mandara. Se le presentó una abjuración, que ya debía estar preparada. Dudó en firmarla, haciéndolo finalmente a condición de que fuera 'agradable al Señor'. Entonces fue condenada a encarcelamiento perpetuo o, como algunos mantienen, encarcelamiento en un lugar usado habitualmente como prisión. En cualquier caso, los jueces mandaron que regresara a su antigua prisión.
El vice-inquisidor había ordenado a Juana vestirse ropas de mujer, a lo que ella accedió. Pero dos o tres días más tarde, cuando los jueces la visitaron la encontraron de nuevo en atuendo masculino, diciendo que prefería la ropa de varón. Entonces la presionaron sobre otras cuestiones, a lo que respondió que las voces de Santa Catalina y Santa Margarita habían censurado su 'traición' al abjurar. Esas declaraciones fueron interpretadas como una recaída y el 29 de mayo los jueces y 39 asesores acordaron que debía ser entregada al brazo secular.
A la mañana siguiente Juana recibió permiso de Cauchon, inusual para un hereje, para confesarse y recibir la comunión. Acompañada por dos dominicos, fue llevada a la plaza del viejo mercado. Allí soportó un sermón, tras lo cual se pronunció la sentencia que la entregaba al brazo secular, esto es, a los ingleses y sus colaboradores franceses, en presencia de una gran multitud. Los verdugos la tomaron, la llevaron a la estaca y encendieron la pira. Un dominico consoló a Juana, quien le pidió que sostuviera en alto un crucifijo para que ella pudiera verlo y proclamara las seguridades de la salvación tan fuertemente que ella pudiera escucharlas sobre el crepitar de las llamas. Hasta el final mantuvo que sus voces eran de Dios y no de engaño. Según los procedimientos de la rehabilitación de 1456 pocos testigos de su muerte parecen haber dudado de su salvación, concordando que murió como fiel cristiana. Unos pocos días más tarde el rey inglés y la universidad de París anunciaron formalmente la ejecución de Juana.
Casi veinte años después de su entrada en Rouen en 1450, Carlos VII ordenó una investigación del juicio. Dos años después el cardenal legado Guillaume d'Estouteville hizo una investigación aún más completa. Finalmente, por orden del papa Calixto III a petición de la familia de Juana ordenó los procedimientos en 1455-56 que revocaban y anulaban la sentencia de 1431. Juana fue canonizada por el papa Benedicto XV el 16 de mayo de 1920, siendo su fiesta el 30 de mayo. El parlamento francés, el 24 de junio de 1920, decretó una festividad anual nacional en su honor que se celebra el segundo domingo de mayo.

Ilustración de Cassell's Illustrated History of England
Juana de Arco tiene un lugar en la Historia. Tal vez su contribución a la historia del valor humano es mayor que la de su importancia en la historia política y militar de Francia. Fue víctima a la vez de un conflicto civil francés y de una guerra con una nación extranjera. La liberación de Orleáns fue indudablemente una notable victoria que aseguró la lealtad de ciertas regiones del norte de Francia al régimen de Carlos VII. Pero la Guerra de los Cien Años continuó durante veintidós años más tras su muerte, siendo el abandono de Felipe el Bueno de Borgoña de su alianza con los ingleses en 1435 lo que proporcionó el fundamento que recobró el poder de los Valois en Francia. Sin embargo, la naturaleza de la misión de Juana es una fuente de controversias entre los historiadores, teólogos y psicólogos. Hay innumerables puntos de sus campañas y de motivos y acciones de ayudantes y enemigos que son objeto de disputa; por ejemplo, el número y fechas de sus visitas a Vaucouleurs, Chinon y Poitiers; cómo pudo ganarse la confianza del delfín en su primer encuentro en Chinon; si las andanzas de Carlos tras su coronación en Reims representan un progreso o una escandalosa indecisión; lo que sus jueces querían decir por 'prisión perpetua'; si, tras su retratación Juana se vistió ropas masculinas por su propia voluntad, tal como le decían sus voces, o como una historia posterior afirma, porque le obligaron sus captores ingleses.
Generaciones posteriores han tendido a distorsionar el significado de la misión de Juana, según sus propias ideas políticas o religiosas, en lugar de situarla en el contexto de su tiempo. Los resultados del Cisma de Occidente (1378-1417) en la Iglesia occidental y del declive de la autoridad papal durante el movimiento conciliar (1409-49) hacían difícil que alguien efectuara un juicio independiente en asuntos relacionados con la fe. Los veredictos de la Inquisición fueron culpables de estar coloreados por la política y otras influencias y Juana no fue la única víctima de un procedimiento esencialmente injusto, que no permitía al acusado defensa y que sancionaba el interrogatorio bajo tortura. Su lugar entre los mártires está asegurado, no tanto por los dudosos milagros que le fueron atribuidos, sino por la heroica fortaleza que demostró en su juicio y, salvo por una caída al final del mismo, por su profunda convicción de la justicia de su causa, sostenida por la fe en el origen divino de sus voces. En muchas maneras fue la víctima de una lucha interna en Francia, condenada por jueces y asesores que eran casi enteramente franceses septentrionales, que ha llegado a ser un símbolo de conciencia nacional con quien todo el pueblo francés, de cualquier creencia o partido, puede identificarse.