Historia

JULIANO DE ECLANA (c. 380- c. 455)

Juliano de Eclana nació en Eclana, Italia, hacia el año 380 y murió en Sicilia hacia el 455. Estaba bien preparado en literatura clásica, aprendiendo de Aristóteles el arte de la dialéctica que usó inteligentemente en tiempos posteriores. Mientras era joven fue obispo de Eclana, cerca de Benevento, siendo grandemente respetado. No se sabe cómo fue ganado para el pelagianismo, pero esta doctrina se corresponde con su disposición, que no era religiosa, sino intelectual. Por un edicto del emperador Honorio y la Epistola tractatoria del obispo romano Zósimo, Juliano, con diecisiete obispos, fue despojado de su posición episcopal y expulsado de su país natal. Acometió la defensa de sus asociados, asumiendo el liderazgo en la batalla contra el agustinianismo, atacándolo primero en una carta al obispo Rufo de Tesalónica, en la que establecía sus ideas sobre la creación de cada hombre individual, sobre el matrimonio, la ley, el libre albedrío y el bautismo, contra Agustín y sus adherentes, a quienes consideraba maniqueos. En relación con esta carta hubo una circular a los seguidores de Pelagio en Italia, probablemente no escrita por Juliano mismo. Contra De nuptiis et concupiscentia de Agustín, dirigió los cuatro libros de su obra Ad Turbantium (419), siendo su principal pensamiento la bondad natural del hombre otorgada por la creación de Dios. Agustín escribió un segundo tratado De nuptiis et concupiscentia y Juliano respondió con ocho libros a Floro (Libri viii ad Florum contra Agustine librum secundum de nuptiis). Este es el escrito más importante de Juliano, lleno de polémicas personales, apasionadas y rencorosas contra Agustín, pero también impregnadas de lógica y agudeza, formando la fuente de conocimiento para la teología de Juliano. Sus esfuerzos y los de sus asociados ante la corte del emperador bizantino Teodosio II († 450), para ser restaurados a sus posiciones no tuvieron éxito y Mario Mercator hizo que fueran expulsados de Constantinopla. En el concilio de Éfeso en 431, Juliano fue condenado expresamente.

La presuposición fundamental de la doctrina de Juliano es que el pecado es un asunto de la voluntad y no de la naturaleza. La voluntad, a su vez, presupone la libertad de elección y esto significa la posibilidad de admitir o rechazar el pecado. En virtud de esta libertad de la voluntad, el hombre lleva la imagen de Dios dentro de sí y es cercano a él, tal como por su naturaleza sensual está relacionado con el animal. En el libre albedrío el hombre posee tal posibilidad perpetua de querer y no querer, que Juliano niega incluso la fuerza del motivo. De esta concepción del libre albedrío se sigue que se trata de una posesión que no puede perderse ni ser restringida por el pecado. La idea de pecado, como una obra de la voluntad, implica que sólo surge de una elección enteramente libre. Por lo tanto, Juliano estaba en oposición radical a la doctrina de Agustín del pecado original. Es una contradictio in adjecto, ya que pecado y culpa pueden existir cuando hay libertad de decisión. Es una perfecta tontería negar la virtud en los paganos. La doctrina de Agustín es totalmente maniquea, ya que solo el diablo puede ser creador y señor de una naturaleza mala. Agustín es incluso peor que Manes, ya que hace a Dios el autor y multiplicador del pecado. Si Dios crea la naturaleza de cada individuo, debe ser buena. Si el hombre fuera malo por naturaleza no sería capaz de redención; la desgracia de la naturaleza significa negación de la gracia. La doctrina del pecado original contradice también la justicia de Dios, ya que según la misma él recompensa y castiga lo que no es un asunto de libertad y no es debido a la propia falta. La justicia, sin embargo, es un reconocimiento general y una ley fundamental, siendo una contradicción de esta ley suficiente para refutar la doctrina del pecado original. La muerte no es mala; es natural que una criatura muera. La doctrina del pecado original destruye también la santidad del matrimonio, El matrimonio es agradable a Dios, pues el impulso sexual es obra suya. Incluso Cristo poseyó concupiscencia y si no había naturale peccatum en él, tampoco lo hay en nuestra naturaleza. Al mismo tiempo, Juliano no niega la importancia de la gracia de Dios. Nuestra investidura corporal y especialmente espiritual es obra de la gracia divina. Él no niega la pérdida del meritum innocentiae. En el bautismo recibimos perdón de pecados y el impulso para el bien, siendo ayudada la buena voluntad del hombre por Dios. El crecimiento de los beneficios divinos es útil y necesario aunque la virtud y el pecado permanecen siempre en la esfera del libre albedrío. Juliano siempre intentó demostrar su posición por las Escrituras, pero no las consideró su más alta y final autoridad; para él la razón era superior a la Escritura y a la tradición. La Escritura nunca puede contradecir lo que la razón enseña. Nadie supo usar el arte de la dialéctica mejor que Juliano, intentando decidir todas las cuestiones por conclusiones lógicas.