Historia
JULIANO EL APÓSTATA (331-363)

Museo del Capitolio, Roma
Era hijo de Julio Constancio, hermanastro de Constantino el Grande, y de Basilina, su segunda esposa. Entre las autoridades para su vida y su política están en primer lugar sus propias obras, aunque su relato es oscuro y su texto defectuoso. Entre ellas están ocho alocuciones, un largo tratado dirigido a Temistio y otro a los atenienses; el Symposium; el Misopogon; más de ochenta cartas, algunos decretos y algunos fragmentos contenidos casi completamente en los diez libros de Cirilo contra Juliano. En el Symposium (también llamado Kaisares) critica a sus predecesores en el imperio, congregados en una fiesta en el Olimpo, reprende sus vicios y acaba con un panegírico de Marco Aurelio. El Misopogon es un tratado satírico escrito en Antioquía a comienzos de 363, conteniendo una ingeniosa descripción de sí mismo y de la población cristiana de Antioquía. Las cartas, de las que unas pocas son espurias o dudosas, fueron escritas casi todas durante su reinado, siendo la mejor fuente para su posición política y filosófica. Desafortunadamente la obra Contra los cristianos, en cuya composición estuvo ocupado los últimos meses de su vida, existe sólo parcialmente. Tras estas fuentes vienen en importancia los historiadores paganos, especialmente Amiano Marcelino, Eutropio y Zósimo. El primero es la principal autoridad para los acontecimientos externos del reinado de Juliano; fue un escritor de gran imparcialidad y al igual que Eutropio, contemporáneo si no testigo ocular. Zósimo escribe con evidente simpatía hacia el restaurador del helenismo. Aurelio Víctor aporta poco. Entre los oradores y hombres de letras, Libanio es el más importante; siete de sus alocuciones se refieren directamente a Juliano y ofrecen valioso material. Las declaraciones de Eunapio en sus vidas de los sofistas y del panegirista Mamertino se han de tomar con precaución.


Cuando los hijos de Constantino se aseguraron el imperio por la matanza de sus parientes masculinos, perdonaron a Juliano por su tierna edad, permaneciendo en Constantinopla bajo la responsabilidad de su distante pariente el obispo Eusebio de Nicomedia y del eunuco Mardonio, quien era cristiano profeso aunque sus ideales parece que eran helenistas. Es posible que él pusiera el fundamento de la última actitud de Juliano, pero fue él también quien despertó en él el entusiasmo por lo noble y bueno que hubo en su madurez. En el año 342 Eusebio murió y el suspicaz Constancio confinó a Juliano y a su hermanastro Gayo en la fortaleza de Macellun en Capadocia durante seis años, rodeado de clérigos cristianos. El muchacho leyó la Biblia, copió libros religiosos, edificó una capilla a San Mamas y se dice que ofició como lector en la adoración pública, lo que presupone (a menos que hubiera un desvío de la práctica ordinaria) que había sido bautizado, como de hecho Cirilo positivamente afirma, aunque ni Juliano ni ninguno de sus contemporáneos habla de su bautismo. En cualquier caso, no hay razón para suponer que las ideas religiosas de Juliano fueran en ese tiempo hostiles al cristianismo. Hacia el año 350 se permitió a los hermanos dejar Macellum y Juliano regresó a Constantinopla, donde se entregó al estudio. Pero al emperador le desagradó su presencia en la capital, yendo a Nicomedia y prometiendo no asistir a las clases que Libanio daba allí. Pero las leyó en ese tiempo y posteriormente en Pérgamo, siendo finalmente en Éfeso introducido por los más nombrados maestros helenistas de su tiempo a la filosofía neoplatónica y el misticismo. En 351 formalmente, aunque discretamente, se convirtió al paganismo. Los sueños de los poetas y las especulaciones de los filósofos fueron para él la verdad viviente; en el neoplatonismo halló la revelación de toda la riqueza de los más altos ideales de la antigüedad y la civilización griega. Sus sentimientos, principios y objetivos fueron, sin embargo, no los de los antiguos maestros a quienes había pensado seguir, sino los modernos, tales como los que habían sido justificados por las enseñanzas de los dirigentes cristianos de su tiempo. Los sucesos de su vida, su imaginación y su educación le inclinaron a la mitología y al saber griego, tal como elementos similares habían llevado a miles de otros al cristianismo. El gran objetivo de reformar el helenismo y abolir el sistema de su predecesor parece que le fue propuesto por sus amigos filósofos en Nicomedia y Éfeso. No se sabe con exactitud si ya ansiaba el trono, pero es probable que así fuera; los maestros, que nunca perdieron su ascendencia sobre él, parece que recibieron promesas, de acuerdo a la línea de su conducta, con motivo de su ascenso al poder. En el año 354 Constancio mandó matar a Gayo y encerró a Juliano en Milán durante seis meses. Entonces le fue permitido volver a Bitinia y en el verano de 355 ir a Atenas, donde se asoció con los más prominentes dirigentes helenistas, siendo iniciado en los misterios eleusinos. En octubre fue llamado de nuevo al norte de Italia, donde el emperador necesitaba un heredero y un dirigente contra los germanos, que habían irrumpido en la Galia. Tuvo una brillante intervención militar durante cuatro años en medio de grandes dificultades, llevando la guerra al propio país del enemigo y ganándose el respeto y la confianza del ejército. Estuvo en París en el invierno de 359-360, donde recibió la orden de enviar a sus mejores soldados al este a Constancio. Pero ellos respondieron aclamando a Juliano como Augusto, en principio sin ninguna sugerencia suya o más bien contra su voluntad. Tras alguna vacilación, permitió que le coronaran, notificando a Constancio lo que había ocurrido, sin asumir el título imperial. Constancio respondió con la espada, pero Juliano ya estaba preparado. Durante el invierno de 360-361 hizo sus preparativos en Vienne. Celebró la fiesta cristiana de Epifanía con ritos cristianos y luego se quitó la máscara, yendo al sur a marchas forzadas, abriendo los cerrados templos paganos por donde pasaba. Constancio fue a Siria para enfrentarse con él, pero murió el 3 de noviembre en Cilicia y el 11 de diciembre de 361 Juliano entró en Constantinopla como emperador indisputado. Permaneció allí el resto de ese invierno, ocupado con planes de reformas de largo alcance, pero al mismo tiempo haciendo preparativos para una campaña contra los persas. En el verano de 362 pasó de camino por Asia Menor, recibiendo en Antioquía desalentadoras noticias del resultado de su política, donde el excitado populacho le recibió con abierto desagrado y la parte cristiana dio rienda suelta a demostraciones inquietantes. El 4 de marzo de 363 partió para su campaña, a fin de enfrentarse a sus enemigos persas, compartiendo todas las fatigas y privaciones de sus soldados y ocupado activamente al mismo tiempo con sus estudios y sus grandes planes de reforma. Tras varias escaramuzas alentadoras recibió una herida de lanza en la batalla del 26 de junio, muriendo pocas horas después. La famosa narrativa de Teodoreto, según la cual clamó justo antes de morir: '¡Has vencido, Galileo!' es una derivación del relato de Efrén Sirio en el mismo año, que relata cómo 'se volvió, gimiendo, y pensando en las amenazas que a su partida había hecho por carta contra la Iglesia'. Es interesante que los persas, según Amiano (XXV, vi. 6), al día siguiente se burlaron de los romanos como traidores a su propio emperador, ya que fue una lanza romana la que le hirió. Pronto se esparció el rumor en el imperio y Libanio dijo en su alocución funeral que sospechaba que un cristiano había sido responsable de su muerte. Gregorio de Nacianzo, Rufino y Sócrates tratan la cuestión de manera indiferente y Sozomeno muestra que los cristianos eran capaces del hecho, al atribuirlo a uno de ellos y alabarlo. Pero Libanio no ofreció la más mínima prueba en apoyo de su acusación, pudiendo hacerse varias consideraciones en contra de la misma. Rumores similares se habían esparcido en ocasiones en el caso de una muerte súbita; Juliano era un valiente y arriesgado soldado, quien se exponía a gran peligro; su propia declaración no deja posibilidad a la sospecha, según Amiano, al agradecer a los dioses que no había caído en 'una emboscada clandestina'. Eutropio dice expresamente que fue herido por un enemigo y Efrén no sabe nada diferente; Amiano dice que no ofrecer recompensa al persa que le había herido, al poder estar ya muerto, dio origen al reproche hacia los romanos y así al crecimiento de la leyenda. Juliano fue enterrado en Tarso no dejando heredero, pues su esposa Helena, hermana de Constancio, había muerto en Vienne en el invierno de 360-361.

La restauración del helenismo fue el gran objetivo del reinado de Juliano. A su llegada a Constantinopla hizo una limpieza total de la antigua corte, apresurándose los filósofos neoplatónicos, con Máximo a la cabeza, en presentare en apoyo de alguien que era emprendedor de la línea que ellos defendían. La adoración de los antiguos dioses en su forma tradicional fue declarada religión privilegiada; los templos fueron reabiertos o reedificados y su propiedad restaurada. Juliano estaba especialmente deseoso de restaurar el sistema sacrificial completo, mostrando la forma en que iba a trabajar que las ideas que soportaban la antigua adoración pública no eran suyas, sino que él diseñó la restauración del antiguo paganismo bajo las formas de ciertos cultos de misterio, uniendo todas las religiones antiguas en una especie de Iglesia imperial. De los misterios tomó las líneas maestras de su política. Si había que ordenar toda la vida pública según la piedad prescrita en los misterios, el plan no sería una reacción, sino una reforma en el más alto sentido. El regreso a los antiguos dioses es la única característica reaccionaria del mismo; el ordenamiento ascético-pietista y místico-jerárquico de la adoración, organizada en asociaciones y sacerdocio, no habría sido sino una innovación insólita. Cambiar el paganismo a religión de Estado, modificando toda la relación entre religión y Estado, como había sido entendida en la antigüedad, era algo que sólo se podía realizar por la fuerza. El remanente de población pagana se mostraba indiferente u hostil a los planes que Juliano promulgó en una serie de edictos que combinaban, por así decirlo, características papales e imperiales. Las sentencias reformistas de sus planes se mostraban especialmente en sus provisiones para la recepción ceremonial de convertidos al paganismo, que serían admitidos para estar cerca de los dioses sólo tras una purificación corporal y espiritual y para la creación de una jerarquía definitivamente graduada y estrictamente organizada, con el emperador como pontifex maximus y sacerdotes para las provincias, correspondiéndose a los metropolitanos cristianos. En otros particulares es obvia la imitación de la disciplina de la Iglesia, especialmente en lo que respecta al cuidado de los pobres, de lo cual Juliano no escondió su admiración hacia el modelo cristiano; otros parecidos son indirectos, procediendo de la influencia de los misterios.
El texto siguiente es bien elocuente sobre el estado moribundo del paganismo y el intento de Juliano por resucitarlo:
'El helenismo todavía no marcha como cabía esperar por culpa de nosotros que lo profesamos. ¿No vemos que lo que más ha contribuido al crecimiento del ateísmo es la humanidad con los extranjeros y la previsión sobre el enterramiento de los muertos y la fingida gravedad de vida? De cada una de estas cosas creo que debemos ocuparnos nosotros de verdad. Convence a los sacerdotes de la Galacia a que sean diligentes, o sepáralos de su sagrada función si no se aproximan a los dioses con sus mujeres, hijos y servidores, sino que toleran que sus criados, hijos o esposas galileas prefieran el ateísmo a la veneración de los dioses. Exhorta al sacerdote a no acudir al teatro, ni beber en las tabernas, ni ponerse al frente de algún arte o trabajo vergonzoso y censurable, y a los que te obedezcan hónralos, pero a los que te desobedezcan destitúyelos. Establece en cada ciudad abundantes hostales para que disfruten de nuestra humanidad los extranjeros. De dónde sacarás el dinero he pensado lo siguiente: he ordenado que cada año se entreguen para toda Galacia 30.000 modios de grano y 60.000 xestas de vino; de ello hay que gastar el quinto en los pobres que están al servicio de los sacerdotes, y el resto repartirlo a los extranjeros y a los que mendiguen de nosotros. Pues es vergonzoso que entre los judíos ni uno mendigue y que los impíos galileos alimenten además de a los suyos a los nuestros, mientras que los nuestros se vean que están faltos de ayuda. Enseña a los partidarios del helenismo a contribuir con sus impuestos a estos servicios.'Al discutir la cuestión de las relaciones de Juliano con la Iglesia es necesario distinguir lo que estaba en su mente y lo que de hecho hizo, e incluso entre las diferentes partes de su corto reinado, ya que aunque su política no cambió esencialmente, hay huellas de irritación creciente en su mente que influyeron en sus edictos. En principio rechazó el uso de la fuerza como ayuda para la conversión. El cristianismo, que consideraba una superstición piadosa para débiles mentales, una forma distorsionada de adoración apropiada para bárbaros que no tenían conocimiento de la Historia y una serie de elementos dispersos aunados solo por clérigos ambiciosos, caería por su propio peso. En el ejército, la cruz sería reemplazada por emblemas paganos y la guardia pretoriana sería expurgada de cristianos. Los oficiales cristianos serían removidos del gobierno. Todos los privilegios le serían retirados al clero y a la Iglesia, incluyendo el apoyo de los fondos del Estado y los derechos de jurisdicción que le habían sido concedidos. La restauración de los templos paganos, al costo de quienes los habían destruido, se haría a expensas de los cristianos. Todas las facciones cristianas serían tratadas por igual, incluyendo a los donatistas, lo que significaba la vuelta de los obispos ortodoxos desterrados. La antigua idea de que esto lo hizo para suscitar discordias entre sus antagonistas no es probable, aunque en vista del corto alcance de su visión política es posible, siendo el resultado de hecho beneficioso para la Iglesia. Su ley escolar del 17 de junio de 362, que requería a los candidatos para maestros que obtuvieran licencia de las autoridades locales o del emperador, aunque en principio no afectaba a las cuestiones religiosas, excluía en realidad a los cristianos de tales posiciones. La afirmación de que les prohibió asistir a las escuelas parece estar basada en un mal entendido. Otra arma en su campaña religiosa fue su tratado Contra los cristianos, que circuló no mucho antes de su muerte. El libro primero existe completo, algunos fragmentos del segundo y casi nada del tercero. En conocimiento y profundidad no puede compararse con las obras de Celso y Porfirio. Dice mucho de la actitud histórica y religiosa de Juliano y sus colaboradores, pero poco de sus relaciones con la Iglesia, cuyos puntos débiles reales son apenas tratados. Si fuera posible decidir sobre la verdad de que amenazó con tomar severas medidas a su regreso de la campaña persa sería más fácil llegar a un juicio definitivo sobre él, pero la sobria historia le contemplará más verdaderamente como un hijo tardío de una gran época pasada, engañado en sus ideales, pero noble en su naturaleza, mereciendo el honor de intentar hacer justicia en un tiempo cuando esto era una rara virtud.
(Juliano el Apóstata, Carta 84, dirigida a Arsacio, supremo sacerdote de Galacia).