Historia
KIERKEGAARD, SØREN AABYE (1813-1855)

Kierkegaard, c. 1840; colección privada

Desde su temprana edad Kierkegaard había valorado al antiguo obispo de Zelanda, J. P. Mynster, con gran reverencia, pues había sido 'pastor de su padre'. Pero ahora que consideraba el deber de un cristiano llevar una vida de sufrimiento, se preguntaba si la predicación de Mynster no fue una falsa descripción de una paradoja estética y del evangelio del sufrimiento, en vez del verdadero cristianismo; se preguntó si la vida de Mynster era un martirio. Durante largo tiempo Kierkegaard esperó que Mynster admitiera que el ideal cristiano había sido correctamente definido en sus escritos y también que el primado de la Iglesia danesa admitiera que no había vivido conforme a ese ideal. Sin embargo, Mynster guardó silencio y como Kierkegaard no deseaba perturbar al viejo prelado de la tranquilidad de su mente, él también se refrenó de proclamar sus opiniones. A la muerte de Mynster, sin embargo, un sermón predicado por Martensen, en el que designaba al finado obispo como 'fiel testigo de la verdad' provocó la ira de Kierkegaard, escribiendo una protesta cuya publicación demoró por un tiempo. Pero cuando Martensen, nueve meses más tarde, fue designado sucesor de Mynster como obispo de Zelanda, esta protesta apareció en el periódico Fædrelandet el 18 de diciembre de 1854, bajo el título ¿Fue el obispo Mynster un testigo de la verdad, un fiel testigo de la verdad? ¿Es esto verdad?. Martensen prácticamente ignoró ese ataque, estigmatizando a Kierkegaard como un Thersites que danzaba sobre las tumbas de los héroes. Esto soliviantó a Kierkegaard aún más, volviendo al ataque con varios artículos y folletos en los que censuraba al 'cristianismo oficial', sus servicios divinos, sus actos religiosos y sus adherentes. Como defensor del individualismo no tenía simpatía por las masas, ni por la renovada tendencia a la organización. El enorme desgaste mental de su ataque contra el cristianismo organizado le dejó físicamente exhausto, apresurando su muerte. Las obras de Kierkegaard han dejado en Dinamarca una literatura tan rica, tan original y tan completa en la forma, que no tienen paralelo en ese país.
De Temor y temblor es el siguiente párrafo:
'Muchos padres han creído perder en su hijo su más preciado tesoro, y de haber sido así despojados de toda esperanza en el futuro. Y, sin embargo, ningún hijo ha sido el hijo de la promesa en el sentido en que Isaac lo fue para Abraham.
Muchos padres han perdido a su pequeño hijo, pero éste les fue quitado por la mano de Dios, por la insondable e inmutable voluntad del Omnipotente. El caso de Abraham no es en absoluto diferente. Una más grave prueba le estaba reservada; la suerte de Isaac estuvo en su puño, que asía el cuchillo. ¡Tal es la suerte del anciano frente a su única esperanza!
Pero él no dudó, no miró angustiado a derecha e izquierda, no fatigó al cielo con sus plegarias. El Omnipotente lo ponía a prueba, él lo sabía, y sabía también que ese sacrificio era el más duro que pudiera pedírsele; pero sabía asimismo que ningún sacrificio es tan duro cuando es Dios quien lo pide. Y alzó el cuchillo.
¿Quién dio fuerza al brazo de Abraham? ¿Quién sostuvo en alto su diestra y le impidió caer en la impotencia? Esta escena paraliza al espectador. ¿Quién dio fuerzas al alma de Abraham e impidió que sus ojos se nublaran para no ver ya ni a Isaac ni al carnero? ¡Esta escena ciega al espectador! Y, sin embargo, es bastante raro que no quede ciego ni paralizado, y más raro aún que dignamente cuente lo que sucedió. Nosotros lo sabemos: no era sino una prueba...
Y yo encuentro la prueba en la alegría profunda que lo conmovió cuando recuperó a Isaac, y en el hecho de que no tuvo necesidad de prepararse, que no tuvo necesidad de detenerse a meditar ante el mundo finito y sus alegrías.
Si hubiese sido otro hombre, quizá habría amado a Dios, pero no habría creído; porque amar a Dios sin tener fe significa reflejarse en sí mismo, pero amar a Dios con fe significa reflejarse en Dios.
Me propongo ahora extraer la dialéctica de la historia de Abraham bajo la forma de problemas, y contemplar así a la fe como una inaudita paradoja capaz de transformar un delito en un acto santo y agradable a ojos de Dios; una paradoja que restituye el hijo a Abraham; una paradoja que ningún razonamiento puede dominar, porque la fe comienza precisamente allí donde termina la razón.
La moral es, propiamente, lo general, y en cuanto general, es lo que vale para todos. En otro sentido, puede decirse que es lo que es válido en todo instante... Considerado como ser inmediato, sensible y psíquico, el individuo es individuo que tiene su télos (su fin) en lo general. Y ésta es su tarea ética: expresarse constantemente a sí mismo en ello, y disolver la propia individualidad en lo general.
La paradoja de la fe consiste, pues, en el hecho de que el individuo es superior a lo general, de modo que (para recordar una distinción dogmática hoy raramente empleada) el individuo determina su relación con lo general mediante su relación con el Absoluto, y no ya su relación con el Absoluto, mediante su relación con lo general.
También puede formularse la paradoja diciendo que existe un deber absoluto hacia Dios porque, en este deber, el individuo se refiere, en cuanto tal en modo absoluto, al Absoluto.
Veamos una paradoja de este tipo en la historia de Abraham. Desde el punto de vista moral, la relación que lo liga a Isaac se expresa diciendo que el padre debe amar al hijo. Esta relación moral desciende así a lo relativo frente a la relación absoluta con Dios.
Si se pregunta por qué, Abraham no puede responder otra cosa que esto: que es una prueba, una tentación, lo que expresa la unidad de una conducta en la que él actúa por amor a Dios y por amor a sí mismo.
El lenguaje corriente revela también la correspondencia de estos dos términos. Alguien realiza algo que no entra en lo general; se dice entonces que no ha actuado por amor a Dios, dando a entender con ello que ha actuado por amor a sí mismo. La paradoja de la fe ha perdido la instancia intermedia: lo general. Por una parte, la fe tiene la expresión del supremo egoísmo: realiza la acción terrible por amor a sí misma. Por otra parte, es la expresión del abandono absoluto, y actúa por amor a Dios.
La fe es esta paradoja; y el individuo no puede hacerse entender absolutamente por nadie... Abraham, pues, no ha hablado, no ha dicho nada a Sara, ni a Eliezer, ni a Isaac; ha descuidado las tres instancias morales porque, para él, la ética tenía su más elevada expresión en la vida familiar.'