Historia
LANCASTER, JOSEPH (1778-1838)

Publicó en 1803 su primer tratado, titulado Improvements in Education, que expone en detalle los resultados de su experiencia. Describió cómo su personal de monitores cooperaba con él en el mantenimiento de la disciplina y cómo enseñaban a leer, escribir y los elementos de aritmética mediante un método de instrucción y ejercicio simultáneo. El equipamiento material de su escuela era del tipo más pobre. Pupitres planos cubiertos con una fina capa de arena se usaban para los primeros ejercicios de escritura. Hojas tomadas de un libro de ortografía y pegadas en pizarras se colocaban ante cada clase, señalándose hasta que cada palabra era reconocida y deletreada. Pasajes extraídos de la Biblia e impresos en grandes hojas proporcionaban las lecturas y lecciones de escritura. Más allá de estos rudimentos no llegaba la instrucción. Ideó un sistema muy elaborado de castigos, grilletes y jaulas en las cuales colgar a los infractores hasta el techo, atar a los que se portaban mal a una columna, de la forma sugerida por las imágenes medievales de San Sebastián, diversas maneras de ignominia y otras apelaciones al sentido de vergüenza de los estudiantes; pero sus principios cuáqueros se sublevaron ante la imposición del dolor, impidiéndole infligir torturas con su propio sistema a sensibles niños. Instituyó grados de rango, insignias, oficios y órdenes de mérito, que, aunque hicieron su escuela atractiva a los muchachos de ambición, tendían a alentar su vanidad y ego. Era parte esencial de su plan alistar a los más prometedores de los estudiantes a su servicio y prepararlos para convertirse en maestros de escuela. De esta manera, Lancaster tiene derecho a ser reconocido como el primer pionero en el trabajo de capacitar docentes para su profesión en Inglaterra. Algunos de los principios que abogó, y sus dichos favoritos, han pasado a ser máximas pedagógicas, como: 'El orden de esta escuela es "un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar".' Del trabajo del día solía decir: 'Deja que cada niño tenga, por cada minuto de su tiempo de escuela, algo que hacer y un motivo para hacerlo.'

Mientras tanto, los asuntos económicos de Lancaster eran complicados y en 1808 dos cuáqueros, Joseph Fox y William Allen (1770-1843), con la cooperación de Whitbread y otros, se comprometieron a sacarlo de sus dificultades. Pagaron sus deudas, asumieron la responsabilidad de mantener la escuela modelo y se constituyeron en una junta de fiduciarios para la administración de los fondos que podrían otorgarse a la institución, a la que se les permitió designarla Royal Lancasterian Society. El interés público suscitado en el sistema de Lancaster, el patrocinio de la familia real y el anuncio de una larga lista de colaboradores influyentes, se combinaron para inducir a los amigos de la educación religiosa a mostrar una mayor hostilidad. Se decidió adoptar el nombre y el sistema de Bell y establecer una serie de escuelas elementales, que deberían estar al cargo de monitores, pero en el que la administración y la instrucción debían identificarse claramente con la Iglesia establecida. La National Society se fundó en 1811 para llevar a cabo estos principios. Pronto surgieron las controversias, azuzadas más por el celo de los amigos de los dos hombres que por sus rivalidades personales. Por un lado, se alinearon Brougham y el grupo de estadistas y escritores que posteriormente fundaron la Society for the Diffusion of Useful Knowledge y cuyo portavoz era el Edinburgh Review, además de la Sociedad de Amigos, muchos eclesiásticos liberales y el gran cuerpo de no conformistas. En el otro lado estaba casi todo el clero, Quarterly Review, y la facción tory en general. El primer artículo sobre el tema que apareció en Quarterly Review, (octubre de 1811) generalmente se atribuye a Southey. Vindicó las afirmaciones de Bell sobre la originalidad y ridiculizó los elaborados dispositivos de Lancaster para mantener la disciplina, poniendo mucho énfasis en la importancia de la enseñanza religiosa. Entre los dos métodos de procedimiento había varias diferencias importantes. Lancaster mostraba mayores números y tenía un sistema más elaborado para reclutar alumnos en el mantenimiento de la disciplina. Además, sus objetivos educativos, aunque bastante modestos, eran mucho más elevados que los de su rival. Bell había declarado expresamente su falta de voluntad para educar a los pobres más allá de cierto nivel. Lancaster, por otra parte, no solo enseñaba los elementos de la escritura y la aritmética, sino que no estaba dispuesto a ofrecer una educación más generosa a sus alumnos por consideraciones económicas solamente. Lancaster ciertamente adoptó, mucho antes que Bell, la práctica de seleccionar y capacitar a los futuros maestros. Pero la diferencia sustancial entre las partes, que utilizaban para sus propios fines los nombres de los dos combatientes, descansaba en el campo religioso. Los amigos de Bell deseaban abiertamente poner las escuelas para los pobres bajo el control de la Iglesia de Inglaterra. Lancaster, por otro lado, siempre predicó la doctrina de que no era asunto de la escuela pública servir a los intereses denominacionales de ninguna sección particular de la Iglesia cristiana y que la verdadera educación nacional del futuro debería ser cristiana, pero no sectaria. Sus amigos de la Royal Lancasterian Society pudieron afirmar que esta imparcialidad no era únicamente teórica, subrayando en su informe de 1811 que, si bien se habían educado más de siete mil niños bajo su influencia personal, ninguno de ellos había sido inducido a convertirse o realmente se había convertido en cuáquero.

Al principio, Lancaster aceptó, aunque de mala gana, el ejercicio del control sobre su institución por parte del comité designado en 1808; pero pronto se irritó contra la moderación comercial impuesta por el comité, se peleó con sus amigos, se separó de la sociedad y estableció una escuela privada en Tooting, que pronto fracasó y lo dejó en bancarrota. En 1816 imprimió en Bristol Oppression and Persecution, being a Narrative of a variety of Singular Facts that have occurred in the Rise, Progress, and Promulgation of the Royal Lancasterian System of Education, donde se queja amargamente de la conducta de sus 'pretendidos amigos', los fiduciarios, que, cuatro años antes, habían cambiado el nombre de la institución por el de British and Foreign School Society, y, según dijo, lo habían defraudado y herido, decidiendo llevar la tarea sin él. El documento es un petulante ataque contra todos sus antiguos amigos, a los que acusa de 'haberlo excluido de la gestión de su propia institución.' Sufrió mucho por la decepción, mala salud y pobreza. Más de una vez estuvo encarcelado por deudas, agravándose sus problemas por la aflicción mental de su esposa, resolviendo en 1818 sacudirse el polvo de sus pies y probar en el Nuevo Mundo.
En Nueva York y Filadelfia, Lancaster fue recibido amablemente, teniendo sus conferencias amplia asistencia y pareciendo abrirse el camino para una nueva carrera de honor y éxito. En Baltimore fundó una escuela, obtuvo algunos privilegios privados y publicó en 1821 un pequeño libro titulado The Lancasterian System of Education, with Improvements, by its Founder. Es principalmente una reimpresión de su primer tratado, pero está precedido por un capítulo curioso de autobiografía, que repite con mayor acrimonia sus antiguas acusaciones. Concluye con un anuncio de su nuevo internado, en el que promete tratar a los alumnos como 'plantas de su mano e hijos a su cuidado.' Pero una enfermedad grave impidió el éxito de la empresa y en su recuperación parcial determinó ir al clima más templado de Venezuela, estableciéndose durante un tiempo en Caracas, adonde había sido invitado varios años antes. Bolívar, el primer presidente que visitó Borough Road en 1810, recibió a Lancaster con mucha consideración, estuvo presente en su segundo matrimonio con la viuda de John Robinson, de Filadelfia, y le hizo grandes promesas de apoyo pecuniario, que, sin embargo, no se cumplieron. Finalmente, una de las muchas aflicciones de Lancaster fue que Bolívar, después de tomar posesión de todas las pequeñas propiedades que Lancaster había dejado en Caracas, le permitió partir con un recibo de 20.000 dólares que, cuando llegó el vencimiento, no fue abonado.

No es justificable afirmar que Lancaster o Bell personalmente tuvieran una gran influencia entre los fundadores de la educación popular en Inglaterra. El carácter de Lancaster era inestable; llevó una vida irregular, indisciplinada y muy cargada, muriendo en la pobreza y la oscuridad. Pero tenía un entusiasmo más noble y generoso que Bell, un amor más intenso por los niños, una mayor seriedad religiosa y una fe más fuerte en las bendiciones que la educación podía conferir a los pobres. Es muy conmovedor ver en sus últimos diarios y cartas la imagen de un hombre descorazonado y decepcionado, que acoge, sin embargo, tales tenues rayos de esperanza como para aliviar ocasionalmente la penumbra de su soledad, sin perder nunca la confianza en la misión con la que él se creía a sí mismo haber sido divinamente encomendado. Después de haber sido desechado por los Amigos a causa de sus irregularidades financieras, todavía mantenía, en lugar de una reunión, sus servicios silenciosos del domingo por la mañana, sentándose solo, esperando la visita del Espíritu Santo.
Las grandes expectativas que, a principios del siglo XX, ambas facciones educativas tenían sobre el futuro del 'sistema monitorizado' o 'mutuo' de la instrucción pública no se cumplieron. Era simplemente un sistema de instrucción y mecanismo mediante el cual grandes cantidades de niños podían ser ordenados y obedientes y por el que los estudiantes que sabían algo estaban para ayudar a los que sabían menos. Ni las escritos ni la práctica de Bell y Lancaster arrojaron luz sobre los principios de la enseñanza, ni fueron de valor alguno como contribuciones permanentes a la literatura de la educación. Pero respecto a las necesidades especiales y circunstancias de la época y a la miserable provisión que existía para la educación de los pobres, el trabajo de estos dos hombres fue de enorme valor. Ellos despertaron el interés público en el asunto. Pusieron, a un costo muy bajo, (alrededor de 7 chelines por muchacho y año), a miles de niños bajo una disciplina admirable, y les dieron los rudimentos de la educación y el deseo de aprender más. Lo que es aún más importante, trataron desde el principio a la escuela como un lugar de instrucción 'mutua', como una comunidad organizada en la que todos los miembros debían estar en relaciones útiles con los demás, siendo todos guiados a tomar parte en el éxito y la fama de la escuela a la que pertenecían. No hay duda de que el sentido de camaradería y vida corporativa fue inusualmente fuerte en las antiguas escuelas monitorizadas y que apenas fue inferior al de las mejores escuelas públicas posteriores. Pero los defectos intelectuales inherentes a un sistema educativo dependiente de instructores ignorantes e inmaduros, aunque no visibles al principio, se revelaron pasado el tiempo y en 1846 el departamento de educación recién constituido dio el importante paso de reemplazar los monitores por alumnos-docentes, quienes antes del aprendizaje debían pasar por el curso elemental y luego recibir instrucción regular y capacitación para el cargo de maestro.