Historia

LAUD, WILLIAM (1573-1645)

William Laud, arzobispo de Canterbury, nació en Reading, Berkshire, Inglaterra, el 7 de octubre de 1573 y murió en Londres el 10 de enero de 1645.

William Laud
William Laud
Era hijo de un sastre, pero estudió en St. John College, Oxford (licenciatura en humanidades, 1594; máster en humanidades, 1598; doctor en teología, 1608), siendo miembro del consejo rector a la edad de veinte años. En 1601 fue ordenado y dos años después era capellán del conde de Devonshire. Su capacidad ya atraía la atención y su progreso fue rápido. En 1607 fue nombrado vicario de Stanford, Northamptonshire, y capellán de Richard Neile, posterior obispo de York. En 1611 fue elegido director de su colegio, aunque su posición era difícil porque Oxford en aquel momento era totalmente calvinista, siendo Laud igualmente opuesto al catolicismo y al presbiterianismo. La antipatía puritana hacia él se intensificó. Robert Abbot, posterior obispo de Salisbury, le atacó violentamente en 1614, pero su fiel amigo Neile le dio la prebenda de Buckden en el mismo año y la archidiaconía de Huntingdon en 1615, siendo en 1616 deán de Gloucester. Allí, con las más excelentes intenciones, levantó oposición por su obstinación y falta de tacto, cuando ordenó que el altar, puesto por influencia puritana en el centro del coro, debía ser restaurado a su antigua posición, contra el muro oriental. Su impopularidad se incrementó en 1617, al vestir una sobrepelliz en un funeral en Escocia. Su favor con el rey, en cambio, aumentó. En enero de 1621 tomó posesión de su prebenda en Westminster y seis meses más tarde fue consagrado obispo de St. David. Es característico de su rígida adhesión a lo que él estimaba recto, que rechazó retener los dos oficios, de obispo y rector de St. John, aunque tenía permiso expreso para hacerlo. En 1622 el asunto de la condesa de Buckingham, que se inclinaba hacia el catolicismo, demandó que definiera su posición hacia la Iglesia católica, que reconoció como una Iglesia verdadera, aunque ni en ese tiempo ni en ningún otro se aproximó o aceptó sus enseñanzas características.

Con la muerte de Jacobo I, el 27 de marzo de 1625, comenzó el poder auténtico de Laud en la Iglesia de Inglaterra. Firmemente convencido de la justicia de su causa, quiso hacer del rey un instrumento, para imponer sus propias ideas sobre la Iglesia entera. Firme defensor de la alianza entre la Iglesia y el Estado, subrayó la doctrina del derecho divino de los reyes, hasta el punto que la Cámara de los Comunes puritana le estimó enemigo de la libertad religiosa y civil. Por su parte, Carlos recompensó su fidelidad abundantemente. El 20 de junio de 1626 fue nombrado obispo de Bath y Wells, continuando con sus intentos de cambio, a pesar de la oposición puritana, a la que no intentó conciliar. En 1633, a la muerte de George Abbot, que había sido su oponente más feroz, Laud fue nombrado arzobispo de Canterbury. En ese tiempo sucedió algo que fue un enigma a la vez para puritanos y católicos. Laud, sospechoso ante los puritanos de tener inclinaciones católicas, recibió la oferta de la púrpura cardenalicia, pero él la rechazó diciendo: 'Hay algo dentro de mí que no lo soportaría, hasta que Roma sea diferente de lo que es', tomando posesión con energía de su nuevo deber como jefe de la Iglesia anglicana. El uso del Libro de Oración Común salió reforzado, se insistió en la dignidad de la adoración, las iglesias fueron reparadas, el sistema de 'lectores', por el que los sermones que atacaban los principios anglicanos fueron promovidos, fue frenado y el puritanismo agresivo detenido. Por otro lado, su insistencia en inclinarse ante el nombre de Jesús, la colocación del altar en el muro oriental de la iglesia, distinguiéndolo de esa manera de la mesa de la comunión puritana, así como su defensa de la diversión sana en domingo, en contraste con la observancia puritana, fueron atacados violentamente. Al mismo tiempo, se atrajo la hostilidad de la reina, que era católica, por su protesta contra el favoritismo mostrado hacia sus correligionarios. Como él mismo dijo, era 'como maíz entre dos prensas'.

Juicio del arzobispo Laud, por Alexander Johnston
Juicio del arzobispo Laud, por Alexander Johnston
En el primer año de su desempeño en la sede de Canterbury, Laud intentó imponer el ritualismo sobre las iglesias escocesas, que eran fuertemente presbiterianas, siendo el resultado desastroso, provocando revueltas en las iglesias, particularmente en St. Giles, Edimburgo, lo que originó la renovación de la Liga y Pacto Solemne en 1638. La desfavorable terminación de las dos 'guerras de los obispos' contra los escoceses precipitó la caída del arzobispo, ya odiado por su actividad en el consejo privado del rey. El 18 de diciembre de 1640 fue acusado de traición por la Cámara de los Comunes, siendo puesto bajo arresto, aunque no fue enviado a la Torre hasta el 1 de marzo del año siguiente. Dimitió de la cancilleria de la universidad de Oxford el 28 de junio de 1641, estando en la Torre hasta el 31 de mayo de 1643, intentando mientras tanto Prynne aprovechar la oportunidad para imprimir extractos dañinos del diario del arzobispo. El juicio comenzó el 12 de marzo de 1644, pero los Comunes percibieron que no contarían con la Cámara de los Lores tal como esperaban y en octubre resolvieron cambiar la acusación. Bajo amenazas de violencia de las turbas y la pretensión del parlamento de poderlo declarar crimen, los lores finalmente dieron su aprobación y el arzobispo fue decapitado seis días después.

Laud fue un generoso patrocinador del saber, dando mil trescientos manuscritos a Oxford y fundando una cátedra de árabe que todavía existe. Sus obras completas fueron editadas primero por W. Scott y W. Bliss (7 volúmenes, Oxford, 1847-60). Según los de tendencias puritanas fue estrecho, cruel y enemigo de la religión; según los adherentes anglicanos fue, como su rey, un mártir. En su favor puede decirse que sus faltas fueron las de su tiempo y su estrechez se puede encontrar fácilmente entre muchos de quienes se le opusieron. Su sinceridad y adhesión a lo que creía recto están más allá de duda, lo cual también es cierto de sus antagonistas puritanos. Fue persistente en su lucha contra el puritanismo, que contemplaba perjudicial para la Iglesia, a pesar de las escasas esperanzas de éxito. Insistió en la doctrina de la sucesión apostólica, la importancia de la tradición y el regreso a la Iglesia primitiva de los primeros cuatro siglos. Por otro lado, rechazó el catolicismo por las añadiduras posteriores no reconocidas por el cristianismo antiguo. Su énfasis lo puso en la conformidad con el ritual, que según él, llevaría a la uniformidad del corazón, pero por otro lado, no insistió en la armonía absoluta sobre asuntos de mera opinión. En teología era arminiano, postulando la necesidad de las buenas obras. Aunque no fue el primer anglicano en promover las ideas de la Alta Iglesia, Laud no puede ser injustamente contemplado como el más prominente defensor de esta línea.