Historia
LAUD, WILLIAM (1573-1645)

Con la muerte de Jacobo I, el 27 de marzo de 1625, comenzó el poder auténtico de Laud en la Iglesia de Inglaterra. Firmemente convencido de la justicia de su causa, quiso hacer del rey un instrumento, para imponer sus propias ideas sobre la Iglesia entera. Firme defensor de la alianza entre la Iglesia y el Estado, subrayó la doctrina del derecho divino de los reyes, hasta el punto que la Cámara de los Comunes puritana le estimó enemigo de la libertad religiosa y civil. Por su parte, Carlos recompensó su fidelidad abundantemente. El 20 de junio de 1626 fue nombrado obispo de Bath y Wells, continuando con sus intentos de cambio, a pesar de la oposición puritana, a la que no intentó conciliar. En 1633, a la muerte de George Abbot, que había sido su oponente más feroz, Laud fue nombrado arzobispo de Canterbury. En ese tiempo sucedió algo que fue un enigma a la vez para puritanos y católicos. Laud, sospechoso ante los puritanos de tener inclinaciones católicas, recibió la oferta de la púrpura cardenalicia, pero él la rechazó diciendo: 'Hay algo dentro de mí que no lo soportaría, hasta que Roma sea diferente de lo que es', tomando posesión con energía de su nuevo deber como jefe de la Iglesia anglicana. El uso del Libro de Oración Común salió reforzado, se insistió en la dignidad de la adoración, las iglesias fueron reparadas, el sistema de 'lectores', por el que los sermones que atacaban los principios anglicanos fueron promovidos, fue frenado y el puritanismo agresivo detenido. Por otro lado, su insistencia en inclinarse ante el nombre de Jesús, la colocación del altar en el muro oriental de la iglesia, distinguiéndolo de esa manera de la mesa de la comunión puritana, así como su defensa de la diversión sana en domingo, en contraste con la observancia puritana, fueron atacados violentamente. Al mismo tiempo, se atrajo la hostilidad de la reina, que era católica, por su protesta contra el favoritismo mostrado hacia sus correligionarios. Como él mismo dijo, era 'como maíz entre dos prensas'.

Laud fue un generoso patrocinador del saber, dando mil trescientos manuscritos a Oxford y fundando una cátedra de árabe que todavía existe. Sus obras completas fueron editadas primero por W. Scott y W. Bliss (7 volúmenes, Oxford, 1847-60). Según los de tendencias puritanas fue estrecho, cruel y enemigo de la religión; según los adherentes anglicanos fue, como su rey, un mártir. En su favor puede decirse que sus faltas fueron las de su tiempo y su estrechez se puede encontrar fácilmente entre muchos de quienes se le opusieron. Su sinceridad y adhesión a lo que creía recto están más allá de duda, lo cual también es cierto de sus antagonistas puritanos. Fue persistente en su lucha contra el puritanismo, que contemplaba perjudicial para la Iglesia, a pesar de las escasas esperanzas de éxito. Insistió en la doctrina de la sucesión apostólica, la importancia de la tradición y el regreso a la Iglesia primitiva de los primeros cuatro siglos. Por otro lado, rechazó el catolicismo por las añadiduras posteriores no reconocidas por el cristianismo antiguo. Su énfasis lo puso en la conformidad con el ritual, que según él, llevaría a la uniformidad del corazón, pero por otro lado, no insistió en la armonía absoluta sobre asuntos de mera opinión. En teología era arminiano, postulando la necesidad de las buenas obras. Aunque no fue el primer anglicano en promover las ideas de la Alta Iglesia, Laud no puede ser injustamente contemplado como el más prominente defensor de esta línea.