Historia
LEIBNIZ, GOTTFRIED WILHELM (1646-1710)

Tras estudiar jurisprudencia, matemáticas y filosofía en Leipzig y Jena, entró al servicio del elector de Maguncia en 1666, donde ocupó varios cargos, especialmente relacionados con la jurisprudencia. En 1672 fue a París supuestamente como tutor de los hijos del barón von Boyneburg, aunque su verdadera intención era desviar la atención de Luis XIV de sus planes contra Alemania. Tras una visita a Londres se afincó en París hasta 1676, ocupándose principalmente con las matemáticas y ciencias naturales. Su gran descubrimiento matemático, el cálculo diferencial, procede del año 1676, aunque no fue publicado hasta 1684. En 1676 aceptó una oferta del duque de Brunswick para asentarse en Hanover como bibliotecario e historiógrafo. En esa ciudad se quedaría durante el resto de su vida. Encargado de escribir la historia de la casa de Brunswick hizo varios viajes por Alemania e Italia, reuniendo una inmensa cantidad de material. Los frutos de esos trabajos fueron Codex juris gentium diplomaticus (2 volúmenes, Hanover, 1693 1700), Accessiones historicæ: (2 volúmenes, 1698-1700), Scriptores rerum Brunsvicensium (3 volúmenes, 1701-11; y la inacabada Annales imperii occidentis Brunsvicenses (edición de G. H. Perz, 3 volúmenes, 1813-40). Junto con esos estudios históricos escribió un gran número de tratados matemáticos, filosóficos y teológicos, publicados principalmente en Acta eruditorum, Journal des Savants y Miscellanea Berolinensia. También llevó a cabo extensas investigaciones etimológicas, publicando Collectanea etymologica (1717).
Doctrina metafísica.
Fue gracias a Leibniz que la filosofía alemana comenzó a ocupar un lugar por sí misma. El punto de partida de sus especulaciones fue la convicción de que el mundo no se explica en último análisis como un mecanismo. Las cosas en la naturaleza no actúan una sobre otra por mediación de alguna fuerza externa, pues en última instancia son auto-determinantes. La realidad es espiritual y consiste de una pluralidad de mónadas independientes y simples, cuyas actividades y relaciones están predeterminadas por la sabiduría de Dios. Para usar su expresión, las mónadas no tienen ventanas por las que puedan recibir impresiones externas. Al contrario, cada mónada, como entidad física, y centro de actividad intelectual es un espejo del universo. El cuerpo humano es un agregado de las mónadas; el alma es la mónada central dominante. Dios es la monad monadum. Al contemplar la realidad última como enteramente espiritual en esencia, Leibniz venció la dificultad del dualismo de Descartes, abarcando la relación de la mente con el cuerpo y por su concursus dei sustituyó su famosa doctrina de la armonía preestablecida. Desde su punto de vista de desarrollo o evolución, se convierte en un crecimiento progresivo de lo que ya existe en embrión. No hay nada radicalmente malo y la vida moral avanza gradualmente hacia la perfección. En todo tiempo, la misma razón domina este proceso, pero también está atrapada en este proceso de desarrollo. En este proceso histórico nada se pierde. El presente está 'cargado de pasado y preñado de futuro'. Leibniz no dejó una sola obra que adecuadamente expusiera su filosofía. La mejor exposición de su monadología es un breve resumen que preparó para el príncipe Eugenio de Saboya en 1714. Su mayor obra filosófica fue Nouveaux essais sur l'entendement humain (edición de R. E. Raspe, en Oeuvres philosophises, Ámsterdam, 1765), escrita contra Locke en 1704, pero no publicada por la muerte de Locke.
De su obra Nuevo sistema de la naturaleza es el siguiente pasaje en el que habla de la mónada:
'Al principio, apenas liberado del juego de Aristóteles, me había tropezado con el vacío y con los átomos, cosas que son las más aptas para satisfacer la imaginación; pero, habiendo cambiado de opinión, tras mucho reflexionar me di cuenta de que es imposible encontrar los principios de una verdadera unidad en la materia tomada por sí –es decir, en aquello que es puramente pasivo-, porque esto no es más una colección o agregado de partes, hasta el infinito.
Ahora bien: lo múltiple no puede obtener su realidad más que de sus unidades propiamente dichas, y éstas tienen un origen y naturaleza del todo diversos de los puntos matemáticos, que no son más que términos de la extensión y modificaciones. De ello queda claro que lo real no puede ser compuesto.
Por eso, para encontrar aquellas unidades reales tuve que recurrir a un punto real y animado, por decirlo así, o a un átomo de sustancia, que debe implicar una cierta forma o actividad para construir un ser completo.
Fue necesario, pues, retomar, y casi rehabilitar, las formas sustanciales, tan desacreditadas hoy día; pero de un modo tal que fuesen inteligibles, y que mantuviese bien diferenciado el uso debe que hacerse de ellas del abuso que se hace de las mismas.
Encontré, pues, que su naturaleza consiste en la fuerza de la que procede algo análogo al sentir y al apetecer; y que, por eso, es necesario concebirlas a imitación de cuanto entendemos como alma.
Pero como el alma no debe utilizarse para dar razón del cuerpo del animal en sus detalles, así igualmente consideré que tales formas no deben ser aplicadas en la explicación de los problemas específicos de la naturaleza, mientras que son necesarias para establecer verdaderos principios generales.'

El mismo intelectualismo que Leibniz muestra en su doctrina metafísica también domina sus ideas religiosas. Mientras que el núcleo de toda religión es el amor a Dios, esto se alcanza por un proceso de conocimiento. Para Leibniz la religión no es un asunto de sentimiento sino de intelecto, aunque se puede añadir que su deseo por la inmediata presencia de Dios en el alma le lleva a veces cerca del misticismo. Frecuentemente se expresó sobre cuestiones religiosas, pero su principal obra en ese campo es Théodicée, palabra acuñada por él mismo, que es un intento de demostrar el acuerdo entre la razón y la fe. El título completo es Essais de théodicée sur la bonté de Dieu, la liberté de l'homme et l'origine du mal (2 volúmenes, Ámsterdam, 1710). La obra se originó como una polémica contra el diccionario de Bayle, con ocasión de la petición de la reina Sofía Carlota. En muchas maneras refleja las doctrinas metafísicas del autor, su optimismo y determinismo. Su doctrina de que este mundo es el mejor posible le llevó a una idea del mal que es esencialmente diferente de la sostenida por la religión. El mal es el resultado simple y natural de la limitación necesaria de las criaturas; es consecuentemente algo metafísico, no ético. No reduce el mal a la condición de mera apariencia, pero intenta desmostar que el mundo es mejor con el mal que sin él. El mundo no puede ser racionalmente condenado sobre la base de la muy pequeña proporción de conocimiento que nosotros tenemos del mismo. Ha de ser contemplado como un todo inteligente. Igual que los astrónomos, al tomar al sol como su punto de partida sacan a luz un bello sistema solar del caos, así el filósofo del universo lo transformará en un reino de la razón, tan pronto aprenda 'a poner su mirada en el sol'. En forma similar su doctrina de la armonía preestablecida le llevó al determinismo, en el que la libertad de la voluntad se pierde en la necesidad metafísica o al menos pierde su verdadero punto ético. En general considera al cristianismo sólo como la más pura y noble de todas las religiones. No obstante, el libro está escrito con gran vigor y calor por lo que causó una amplia y profunda impresión.
Esfuerzos ecuménicos.
Otro aspecto interesante de la actividad teológica de Leibniz es su participación en el esfuerzo que se hizo entonces para unir las diferentes denominaciones cristianas. El sentimiento general prevaleciente tras la Guerra de los Treinta Años era favorable a tales planes, siendo el tema tratado competentemente por Bossuet, en su Exposition de la doctrine de l'église catholique (París, 1671), una defensa de la Iglesia católica, pero conciliadora en espíritu y muy comedida en su expresiones. Rojas y Spínola, monje franciscano de ascendencia española y confesor del emperador Leopoldo, fue un celoso campeón del proyecto. Visitó Hanover varias veces a ruegos del emperador y al estar abierto el duque Ernesto Augusto a negociaciones se arregló una conferencia entre Rojas y Spínola, por un lado, y Molanus y Leibniz por otro. Los resultados de la conferencia fueron recibidos con grandes esperanzas, tanto en Hanover, como en Viena y Roma. Hacia 1686-90 Leibniz diseñó un plan ecuménico en lo que se conoce como Systema theologicum (París, 1819), que era realmente una defensa filosófica del catolicismo. En 1691 entró en correspondencia con Bossuet, pero finalmente la autoridad del concilio de Trento, a la que Bossuet apeló insistentemente y a la que Leibniz rechazó con igual insistencia, demostró ser una piedra sobre la que se estrellaron todas las negociaciones y planes de unir a católicos y protestantes. En los intentos de unir a luteranos y reformados llevados a cabo por las autoridades de Berlín y Hanover, Leibniz también tomó parte prominente. En 1690 se dieron los primeros pasos y en 1693 se celebró una conferencia en Hanover entre el predicador de la corte prusiana Jablonski, por un lado, y Leibniz y Molanus por la otra. El plan para la unión se diseñó en bosquejo, adoptándose el nombre común 'evangélico'; pero los cambios políticos hicieron que el ardor se enfriara. En 1703 Federico I de Prusia dio un paso más adelante para establecer en Berlín un Collegium Irenicum, consistente de teólogos luteranos y reformados, pero gradualmente el interés en el plan se marchitó y Leibniz se retiró del mismo. Hacia el final de su vida se involucró en una controversia con Samuel Clarke, quien publicó la correspondencia entre ambos (Londres, 1717).