Historia
LEÓN I († 461)

siglo X; en la Biblioteca Vaticana (Vat. Gr. 1613 folio 412)
Celo por la ortodoxia.
Indomable enemigo de la herejía, León percibió que la diócesis de Aquileya recibió a los pelagianos a la iglesia sin repudio formal de sus errores; él escribió para reprender esta culpable negligencia, exigiendo una solemne abjuración ante un sínodo. Los maniqueos, que huían de los vándalos, llegaron a Roma en 439 y secretamente se organizaron allí. León supo de su propósito y procedió contra ellos (c. 443), sosteniendo un debate público con sus representantes, quemando sus libros y avisando a los cristianos romanos respecto a ellos. El edicto de Valentiniano III contra ellos (19 de junio de 445) se debe a sus esfuerzos. No fue menos decidida su actitud contra los priscilianistas. El obispo Toribio de Astorga, atónito ante la difusión de la secta en España, había escrito a los otros obispos españoles, enviando una copia de esta carta a León, quien no perdió la ocasión de ejercer su influencia en España. Escribió un extenso tratado (21 de julio de 447) contra la secta, examinando su falsa enseñanza en detalle y pidiendo un concilio en España para investigar si tenía adherentes entre los obispos, pero no pudo realizarse por las circunstancias políticas en España.
León reforzó su autoridad en 445 contra Dióscuro, el sucesor de Cirilo en el patriarcado de Alejandría, insistiendo que la práctica eclesiástica de su sede debía seguir la de Roma, ya que Marcos, el discípulo de Pedro y fundador de la Iglesia alejandrina, no pudo tener otra tradición más que la del príncipe de los apóstoles. El hecho de que la provincia africana de Mauritania Cesarense fuera preservada para el imperio y por lo tanto para la fe de Nicea en la invasión vándala, debiendo por su aislamiento apoyarse en la ayuda exterior, dio a León una oportunidad de afirmar su autoridad allí, lo cual hizo sobre ciertas cuestiones de disciplina. En una carta a los obispos de Campania, Piceno y Toscana (443) exige la observancia de todos sus preceptos y los de sus predecesores, reprendiendo duramente a los obispos de Sicilia (447) por su desviación de la costumbre romana en cuanto al tiempo del bautismo, mandándoles que envíen delegados al sínodo de Roma para que aprendan dicha práctica.
La afirmación del poder romano sobre Iliria ya había sido vigorosamente proclamada por los papas previos. Inocencio I había constituido al metropolitano de Tesalónica como su vicario, para resistir el creciente poder del patriarca de Constantinopla. Pero ahora los obispos de Iliria mostraban una tendencia a alinearse con Constantinopla y los papas tenían dificultad en mantener su autoridad. En el año 444 León estableció en una carta el principio de que Pedro recibió el primado y la supervisión sobre toda la Iglesia como compensación a su fe, teniendo que ser referidos a Roma todos los asuntos importantes. En el año 440 tuvo dos veces la oportunidad de intervenir en los asuntos de Iliria y en el mismo espíritu habló del romano pontífice como el eje de la jerarquía de obispos, metropolitanos y primados. Sin embargo, desde finales del siglo V la influencia de Constantinopla fue otra vez predominante allí.
Afirma su autoridad en la Galia.
No sin seria oposición logró afirmar su autoridad sobre la Galia. Patroclo de Arlés († 426) había recibido del papa Zósimo el reconocimiento de una primacía sobre la Iglesia galicana, lo que fue enérgicamente defendido por el sucesor de Patroclo, Hilario (429-449). Una petición de Celedonio de Besançon dio a León la ocasión para proceder contra Hilario, quien se defendió en Roma, rechazando reconocer la posición judicial de León. Pero éste restauró a Celedonio y restringió a Hilario a su propia diócesis, privándole incluso de sus derechos metropolitanos sobre la provincia de Vienne. Sintiendo que su idea dominante de la monarquía romana universal estaba siendo amenazada, León apeló al poder civil para que le apoyara, obteniendo de Valentiniano III el famoso decreto del 6 de junio de 445 que reconocía el primado del obispo de Roma basado en los méritos de Pedro, la dignidad de la ciudad y los decretos de Nicea (en su forma interpolada); ordenaba que cualquier oposición a sus normas, que tenían fuerza de ley, sería tratada como traición, autorizando a los gobernadores provinciales a usar la extradición forzosa contra cualquiera que rechazara responder a los requerimientos de Roma. Hilario se sometió, aunque bajo su sucesor, Ravenio, León dividió los derechos metropolitanos entre Arlés y Vienne (450).

Importancia de León.
La importancia del pontificado de León yace en su pretensión de que el episcopado de Roma es universal, lo cual se aprecia en sus cartas y aún más en sus noventa y seis alocuciones. Según él, la Iglesia está edificada sobre Pedro, consecuencia de la promesa hecha en 16 Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. 17 Y Jesús, respondiendo, le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. 18 Yo ta[…]Mateo 16:16-19. Pedro participa de todo lo que es de Cristo. Lo que los otros apóstoles tienen en común con él lo tienen por él. El Señor ora solo por Pedro cuando el peligro amenazaba a todos los apóstoles, porque su firmeza fortalecerá a los otros. Y lo que es cierto para Pedro lo es también para sus seguidores. Cualquier otro obispo está encargado del cuidado de su propia grey, pero el romano con el de toda la Iglesia. Los demás obispos son solo sus ayudantes en su gran tarea. Por la sede de Pedro, Roma se ha convertido en la capital del mundo en un sentido más amplio que nunca antes. Por esta razón, cuando la tierra fue dividida entre los apóstoles, Roma fue reservada a Pedro, para que aquí, en el mismo centro, se pudiera ganar el triunfo decisivo sobre la sabiduría terrenal de la filosofía y el poder de los demonios; de esta manera, desde la cabeza, la luz de la verdad se difunde por todo el cuerpo. A ojos de León los decretos del concilio de Calcedonia adquieren su validez a partir de su confirmación. El amplio alcance de esta teoría justifica que se le aplique a él el título de primer papa.
El siguiente pasaje está tomado del Tomo de León a Flaviano (13 de junio de 449):
'Por tanto, manteniendo a salvo la propiedad de cada naturaleza y sustancia, y unidas ambas en una sola persona, la bajeza fue recibida por la majestad, la debilidad por la potencia, la condición mortal por la eternidad; y, para pagar la deuda de nuestra condición, la naturaleza inviolable se unió a la naturaleza capaz de padecer, para que, como convenía para nuestro remedio, uno solo y el mismo mediador entre Dios y los hombres, el hombre Jesucristo por una parte pudiese morir y, por otra, no pudiese. Luego Dios verdadero ha nacido en una naturaleza íntegra y perfecta de verdadero hombre, todo él en lo suyo, todo él en lo nuestro.
[...] Tomó de la madre del Señor la naturaleza humana, no la culpa. Ni, por ser admirable en el Señor Jesucristo el nacimiento, engendrado del seno de la Virgen, nos es diferente en la naturaleza. Porque el que es verdadero Dios, el mismo es verdadero hombre; y no hay falacia alguna, ya que se dan juntamente la bajeza del hombre y la grandeza de Dios. Así como Dios no sufre cambio al sentir misericordia, el hombre tampoco desaparece ante la dignidad [divina]. Cada una de las dos formas [naturalezas] opera lo que le es propio en comunión con la otra; es decir: el Verbo opera lo que es propio del Verbo, mientras que la carne ejecuta lo que es propio de la carne. Uno de ellos resplandece con milagros, el otro sufre las injurias. Y de la misma manera que el Verbo no se aparta de la igualdad de la gloria paterna, la carne no abandona la naturaleza de nuestro género.
[...] Por esta unidad de la persona, que hay que entender en cada una de las dos naturalezas, se lee que el Hijo del Hombre bajó del cielo, porque el Hijo de Dios tomó carne de la Virgen de la que nació. E, igualmente, se dice que el Hijo de Dios fue crucificado y sepultado, siendo así que esto no lo padeció en la divinidad, en la que el Unigénito es coeterno y consustancial con el Padre, sino que lo padeció en la debilidad de su naturaleza humana. Por eso también en el símbolo [de la fe] confesamos todos que el unigénito Hijo de Dios fue crucificado y sepultado, según lo del Apóstol: «Si lo hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de la majestad».'
